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22 de octubre de 2023

La educación física, de Rosario Villajos

Hay libros que tienen un efecto similar al que se produce cuando tiras una piedra a un estanque. La piedra baja rápidamente, desaparece y, sin embargo, en la superficie varias ondas se expanden, alterando la calma. Lo leí en abril y aún resuena. Mucho más, quizá, porque después he podido ir escuchando a su autora en las entrevistas, he podido hablar con ella sobre ese instituto, el nuestro, del que habla en la novela y he podido comentarlo con otras amigas lectoras.

Me acerqué a La educación física por razones equivocadas: había sido Premio Biblioteca Breve 2023 y lo había escrito Rosario Villajos, cordobesa y un año mayor que yo. Leí el libro y aparecieron las razones correctas: yo conocía a Catalina, su entorno, e incluso, a veces, había sido yo. La portada del libro, un cuerpo femenino enfundado en una braga-faja, y el título presagiaban lo que vendría después. 

La educación física nos habla del cuerpo femenino, de la desposesión propia y la posesión ajena que se hace del mismo. Recuerdo que con diez o doce años iba a eventos familiares con faja. Así la ropa, en mi cuerpo aún sin formar y del que no tenía ningún control, quedaría mejor.

La barriga prominente sería más aceptable social y estéticamente. Asisto estupefacta a la moda de bikinis con relleno para niñas, me dan ganas de llorar. Si desde la infancia recibes ese mensaje, hay algo que está mal en tu cuerpo y puede arreglarse para que deje de ser él y se acerque al ideal, ¿cómo esperamos llegar a la adolescencia con cierta autoestima?Luego llegarán los demás: la belleza como estatus, el despilfarro económico en peluquerías, manicuras, láseres y depilación, rayos uva, maquillajes, ropas y complementos. Chicas de menos de treinta que ya tienen unas pestañas, cejas y boca que no eran las suyas. Veo series donde los personajes femeninos de más de sesenta tienen todas las mismas bocas, las mismas frentes estiradas, los mismos rasgos sin expresión. La tiranía de la belleza y la juventud como mensaje 24/7.

Crecí en la misma época, con los mismos mensajes erróneos, y en el mismo instituto que retrata la novela. No sé cuánto hay de ficción, pero reconozco perfectamente las partes que no lo son. El miedo que nos inculcaron a las chicas cuando ocurrió lo de las niñas de Alcácer, la desigualdad evidente entre mi hermano y yo por una cuestión de género, las pequeñas agresiones que te marcan para toda la vida y que no sabes cómo gestionar: que tus compañeros de clase opinen abiertamente sobre tu cuerpo, que siendo una niña un señor se frotara contigo en un autobús y tú contuvieras la respiración mientras la vergüenza te dejaba paralizada, que en mitad de la calle un chico te tocara por que sí, por que podía hacerlo. Las miradas de ciertos hombres que eran difíciles de decodificar pero que sabías que no estaban bien. Cortarse el pelo a lo chico para ganar un poco de invisibilidad y empezar a utilizar camisetas dos tallas más grandes. Correr durante las clases de educación física con la cazadora del chándal porque, aunque el calor es insoportable, lo son más las miradas y comentarios sobre el tamaño y movimiento de tus pechos que sabías que se hacían entre tus compañeros. Tu cuerpo siempre a disposición de los demás. El miedo y la alerta siempre presentes.

El momento definitivo, quizá, es el de ese profesor de educación física que solo sacaba a chicas para ponerlas de ejemplo sobre cómo hacer el pino, el pino puente y lo que hiciera falta. El profesor sobón que yo y muchas de mis amigas habíamos conocido. El secreto a voces con el que no podías hacer nada, salvo rezar para que no te eligiera la próxima vez. Todos conocedores y todos cómplices. Cuando se intentó hacer algo, la reprimenda fue para las denunciantes.
Mi cuñada y yo comentábamos anécdotas del instituto, la rumorología y las certezas. El profesor ex-seminarista de dibujo que puntuaba mejor a las chicas que a los chicos. No era algo que nos inventáramos. Dos láminas de dibujo técnico hechas por la misma persona, eran puntuadas diferente según fueras chica o chico. Todas esas atenciones indeseadas por señores que te doblaban y triplicaban la edad. Todos los comentarios de tus compañeros sobre enseñar escotes para tener mejores notas.

Mi amiga A. no estuvo en nuestro instituto, solo tiene hermanas y, sin embargo, tras prestarle la novela y preguntarle su opinión me dijo que había sido una lectura que le había dolido. Fijaos en la palabra utilizada. Dolor. Otra más que se identificaba con los escenarios comunes.

Quizá por eso, porque La educación física es una novela que nos narra y nos cuenta a muchas de nosotras, tiendo a recomendarla tanto. Catalina, la protagonista, es legión. Leo comentarios de lectoras que quieren abrazar a la protagonista. Ojalá nos juzgaran menos y nos abrazaran más.

"Cruzar el descampado es lo más parecido a lo que viven los personajes de las novelas del oeste y de aventuras que leía hace unos años, solo que John Silver y el pequeño Jim quieren encontrar un tesoro en una isla y Catalina solo quiere llegar a casa a tiempo y sin que la violen.
Una de aquellas veces, a pesar de que era pleno invierno, llegó a su portal tiritando, pero no de frío, sino porque oyó un ruido y creyó que alguien la estaba siguiendo. El suyo, le han dicho, es un miedo ancestral, estadístico, antropológico, epigenético, fundado."


7 de junio de 2020

La belleza de la luz regala el día - Marcos Ordóñez (Una cierta edad)



Sabiduría de Leonard Cohen: 
«Nunca hay que lamentarse. 
Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos, 
que sea en los confines estrictos de la dignidad y la belleza 
(Discurso de la recepción del Premio Príncipe de Asturias).»



No debe ser casualidad que mis últimas elecciones lectoras sean ensayos o textos autobiográficos. En concreto estoy enredada en tres lecturas muy diferentes de las que voy extrayendo reflexiones, citas y pensamientos. Son El infinito en un junco, de Irene Vallejo; Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem y Una cierta edad de Marcos Ordóñez. 

Creo que cada una de estas lecturas merece su propio espacio en el blog, así que me centraré en Una cierta edad. Marcos Ordóñez me deslumbró con su novela Detrás del hielo, así que cuando vi que había publicado un libro a modo de dietario/diario, con anotaciones y reflexiones que abarcan desde 2011 a 2016, no me lo pensé.

Ordóñez nació en 1957, tiene la edad de mi madre, y hay momentos en los que soy muy consciente de la diferencia generacional. En sus textos hay referencias literarias y cinematográficas que yo nunca tuve ni tendré. Pero lo curioso es que el libro está salpicado de temas universales y ahí sí que se produce la conexión. 

«Necesitamos la precisión del arte, un arte que fije y nos fije; necesitamos ese punto y aparte que, colocado en el lugar correcto, como pedía Isaak Bábel, nos desgarre el corazón con la fuerza de unas tenazas.»

Una cierta edad habla de cine, de literatura y del oficio de escribir, de la crítica y los críticos, de la sabiduría de la calle y la de las grandes sentencias de ciertos personajes famosos y admirados. Hay un poquito de mirada social y de mirada íntima. Hay anécdotas, un poco de ironía y algunos recuerdos pasados por el tamiz de la felicidad, fugaces y únicos. 

«Toda vida es una sucesión de vidas breves, como bien contó Onetti: por eso nos cuesta siempre reconocernos en las viejas fotos. El problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual. O al revés: que cuando crees haber aprendido el funcionamiento de la máquina, un tropiezo de raíces muy lejanas te hace ver que no has cambiado tanto como creías. La vida te pone siempre en su sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene.»

Me reconforta leer los pensamientos de Marcos Ordóñez en estos tiempos convulsos porque ya sabéis que tengo tendencia al pesimismo y lo que ocurre en nuestro mundo no invita al optimismo; a pesar de todo, soy consciente de estar siendo testigo del cambio: una pandemia global, la crisis climática y la migratoria, la lucha feminista y el movimiento contra el racismo... No son meros eslóganes. Espero que en el futuro, los pequeños hitos, queden reflejados en los manuales de Historia. 

«La historia es conocida. Nietzsche en Turín. Una oscura y borrascosa tarde de invierno rompe a llorar y se abraza a un viejo caballo azotado sin piedad por el cochero. Quizás los hombres se dividan entre quienes consideran ese acto como el comienzo de la locura del filósofo y quienes perciban la grandeza de su alma, y lloren también, un poco, y vean en los ojos del viejo caballo a todos los inocentes bajo la fusta de los bárbaros.»

Quizá si un día hiciera como Marcos Ordóñez y decidiera tomar notas sobre lo que ocurre y sobre lo que me importa, todos estos temas llenarían páginas y páginas. ¿No lo es ya acaso, aunque sea un poco, este blog? Pero seguro que también los lugares seguros y comunes que toca el autor y que ya he mencionado. 

Dice Ordóñez«Hablando puedes decir incontables memeces; escribiendo tienes la oportunidad (y diría que la obligación) de repensarlo.»

Puede que suene a obviedad, pero a mí me parece una de esas conclusiones a las que uno llega cuando ha traspasado una cierta edad.


23 de enero de 2020

Sin llaves, a las puertas del instante estoy

"Candiles de aceite habrá que encender 
sin llaves, a las puertas del instante estoy"
Sin llaves. Manolo García.

Nunca se me ha dado bien claudicar. Quizá por eso en los últimos años he ido encadenando destinos y trabajos sin el tiempo necesario para cerrar una etapa y abrir otra. Hasta que en septiembre me colapsé y en diciembre paré. 

Ahora, todas esas actividades que antes no podía hacer con mi tiempo son posibles.  Pequeñas cosas: leer más, escuchar podcast o audiolibros, salir a pasear por las tardes, volver a disfrutar del cine y las series, revisionar programas o charlas que me había perdido. Rodearme de gente especial para mí. Ir a Córdoba a pasar las fiestas sin tener que salir corriendo porque nunca es buen momento para pedir días libres. Planear unas vacaciones sin que tengas que cuadrar una agenda laboral con circunstancias que ni siquiera dependen de ti. Permitirme un día en blanco. Escribir en el blog sin ninguna prisa.

Ayer, hojeando Cuaderno de faros, de Jasmina Barrera, leía un párrafo que había señalado en mi primera lectura:

"En 1814, sir Walter Scott realizó un viaje a Escocia con una comisión de inspectores de faros en la que se encontraba Robert Stevenson, a bordo de un buque faro llamado Pharos. Scott escribió un diario durante este viaje y ahí cuenta de Bessie Millie, una anciana que vivía en el pueblo de Stromness y que se ganaba la vida vendiéndole vientos favorables a los marineros. Nadie osaba embarcarse sin antes visitar a Bessie Millie, quien pedía en sus rezos que el viento acompañara el trayecto del marinero. Para llegar a su casa, que Scott describe como la morada del mismísimo dios de los vientos, había que transitar por una serie de caminos maltrechos y peligrosos."

Si existiera una Bessie Millie contemporánea probablemente yo también querría comprarle un viento favorable para mi viaje en tierra firme.

El tiempo y la salud física y emocional es lo más valioso que tenemos. Temía que la inactividad profesional me trajera de cabeza o que la incertidumbre por el futuro lo acaparara todo, pero no. Los días, cuando los vuelcas en todo aquello que te hace bien, se transforman en tiempo bien invertido y, aún a riesgo de sonar dramática o excesiva, te enriquecen el alma. Aunque ojalá existiera una red de seguridad. Una Bessi Millie.


El otro día escuchaba un podcast de la escritora y psicóloga María Fornet : Cómo ser una mujer sensible en tiempos modernos (podéis pinchar y escucharlo) y me quedé con un mensaje final o al menos el que yo interpreté: ante el continuo bombardeo de problemas, noticias e información que se convierten en piedras en nuestra mochila diaria, debemos permitirnos poder "vaciar la jarra". Qué gran metáfora. 

No me había dado cuenta de lo cansada que me sentía por todas las veces en las que sabes que -en una parte de las redes sociales teatral y superficial - no encajas, no aceptas, no compartes. Y no pasa nada. Se asume y dejas que entre esa pequeñísima parte que sí adquiere valor para ti.

La propia María Fornet en su libro Feminismo terapéutico decía en relación al éxito:

"Cuando yo hablo de éxito, hablo de vivir de manera sistemática en el camino hacia aquello que a ti te hace sentir bien y crea una vida acorde con lo que para ti es importante. Hablo de orientar esos valores a la persecución de unos objetivos que para ti sean significativos, que signifiquen algo, que te hagan sentir más feliz, más rica, más plena. Hablo de vivir de forma estratégica en una dirección que conecte con quien realmente eres, de tener las herramientas necesarias para reevaluar tus opciones cuando te pierdas en medio de ese camino, de rodearte de personas que te respeten y quieran que te conviertas en tu mejor versión. Personas que también te permitan ser de cuando en cuando tu peor versión, pero que te ayuden a salir del hoyo y no te empujen más al fondo. Hablo de, siguiendo la expresión de Erica Jong, arriesgarse a parecer tonta, a probar y a equivocarse, a aceptar que esa es la única manera sincera de buscar tu voz en medio de tanto lío."

No sé cuánto durará este paréntesis, este lío, pero por el momento no quiero que termine. Quiero bebérmelo todo, disfrutarlo todo y deseo salir fortalecida. Y si no, al menos, lo habré intentado.

Hace unos días empezaba un libro duro y difícil, Ella soy yo, de Marta Suria (nombre ficticio). Marta habla de lo que supuso para ella haber convivido con un padre abusador. Abusos que su mente compartimentaba en un lugar aislado, bloqueando su recuerdo. Hasta que un día esos recuerdos, casi a los treinta, estallan. Al inicio de ese testimonio, aparecen algunos versos de un poema de Francisca Aguirre.  Lo recojo completo y lo hago mío. Cierro con él esta entrada.


NO OS CONFUNDÁIS

A Justo Jorge Padrón 

Y cuando ya no quede nada
tendré siempre el recuerdo
de lo que no se cumplió nunca.
Cuando me miren con áspera piedad
yo siempre tendré
lo que la vida no pudo ofrecerme.

Creedme:
Todo lo que pensáis que fue destrozo y pérdida
no ha sido más que conjetura.
Y cuando ya no quede nada
siempre tendré lo que me fue negado.

No os confundáis: con lo que nunca tuve
puedo llenar el mundo palmo a palmo.
Tanto miedo tenéis que no habéis advertido
la riqueza que se oculta en la pérdida.

Desdichados,
poca ganancia es la vuestra
si nunca habéis perdido nada.
Yo sí he perdido:
Yo tengo, como el náufrago,
toda la tierra esperándome.

Francisca Aguirre
De los trescientos escalones, 1973-1976











14 de enero de 2020

Los impostores - Pilar Romera


«Y mientras bebía, miraba al hombre que tenía delante preguntándose si alguna vez lo había llegado a conocer de verdad, si esa persona que había querido como a un hijo era, en realidad, un monstruo. Pero ¿quién no era un monstruo en aquellos tiempos? ¿Quién no era un traidor a algo? ¿Quién no fingía, quién no ocultaba? ¿Quién no callaba por prudencia? ¿Quién no había vuelto la cara a algún amigo, marcado como rojo? ¿Quién no había sido un cobarde, al final?
Todos eran impostores.
Todos eran unos cobardes.
Pero tal vez el tiempo de serlo había acabado.»


Barcelona, mayo de 1949. Albert, un joven que trabaja en una imprenta, es detenido por la Brigada Político-Social y enviado a la temida comisaria de Via Layetana, acusado de colaborar con jóvenes universitarios en la difusión de propaganda clandestina. Una visita secreta del general Franco a la Ciudad Condal lleva de cabeza a los mandos policiales, que dan órdenes de detener a los sospechosos habituales. El encuentro casual entre Dora, hermana de Albert, y un antiguo amante, desencadenará unas consecuencias que ninguno de los protagonistas podrán controlar. Unos acontecimientos ocurridos en el campo de Argelès diez años antes volverán para pasarles cuentas.

Con una capacidad deslumbrante para hacernos cómplices de cada uno de los personajes, esta fascinante novela narra la historia de tres perdedores de la Guerra Civil: Dora Colom, Miquel Alberich y Bonaventura Puig. Una historia repleta de engaños, impostura, amor, amistad y traición. Y, en medio, Fuentes, un comisario de la vieja guardia, corrupto y adicto, y Paco, un antiguo transformista del famoso cabaret La Criolla que también son, a pesar de todo, unos supervivientes.


La entrada de hoy pretende contaros un flechazo lector con final feliz. Conviene dar la razón a quienes aseguran que un libro entra por los ojos, por la portada. La de Los impostores recoge un pequeño fragmento de la imagen "Honeymoon" del fotógrafo Kurt Hutton: ese pequeño gesto, el beso de un hombre sobre el hombro de una mujer tendida en la arena de una playa.

La editorial, la sección Destino, no suele estar entre mis imprescindibles (salvo cuando se trata de cualquiera de las novelas de Víctor del Árbol), pero esta portada, este título y posteriormente su sinopsis me deslumbraron. Para consumar el idilio todavía faltaba que tomara el ejemplar en las manos, leyera la primera página y algún párrafo al azar y convencerme de que debía llevármelo a casa. Alguna veces, esa intuición funciona y otras no. Huelga decir que esta vez lo hizo.


Visita de Franco- mayo 1949

Albert, Miquel, Eliseo, Bonaventura, Ignasi, Dora, el comisario Fuentes y Paco son los protagonistas principales de esta novela. Las dramatis personae. Los escenarios: la España franquista de 1949 -en concreto la visita que hizo el dictador en mayo de ese año a Barcelona- y las playas francesas de Argelès en 1939, tras La Retirada.



Romera usa capítulos cortos, normalmente dedicados a un personaje concreto cada vez. Utiliza un lenguaje preciso, honesto, sin excesos y adaptado a los sentimientos y emociones que van mostrando a los protagonistas y alimentando la trama. Y lo que para mí fue un plus: recuerda los campos de internamiento franceses que acogieron a miles de refugiados españoles en sus playas, en condiciones miserables.

Hace un par de años os contaba en la entrada El país sin memoria  lo que para mí fue visitar algunos de los lugares donde esos refugiados llegaron en masa. Esa historia que no conocía, que nadie me había contado. Esa Historia que sí tiene cabida en algunos municipios franceses donde monolitos, museos y antiguos campos de internamiento están muy presentes y nos recuerdan un pasado no tan lejano.




Podría ser una novela normal pero, en mi opinión, el estilo de Pilar Romera la hace redonda, perfecta, inolvidable. La autora muestra a sus personajes con todas las dudas, errores, imperfecciones y miserias que los hace humanos. Son víctimas de una época, de una situación que les obliga a tomar decisiones que no habrían tomado en otras circunstancias. Los convierte en supervivientes. Y, la mayor parte del tiempo, en impostores. 

Miquel e Ignasi. El antes y el después de la guerra civil. Siempre alertas y con la sospecha de que algún día podrían ser descubiertos, sintiendo el aliento de la maquinaria franquista en la nuca. Dora, como el sol, ese punto sobre el que giran los demás. La vida detenida, los sueños olvidados, abandonados a su suerte, perdedores todos.  El comisario Fuentes y Paco, el conseguidor. Adaptándose cada cual a las nuevas circunstancias. Como camaleones. 

Si en lugar de leer su historia hubiera podido viajar en el tiempo y conocerles, yo me habría quedado. Y habría intentado saber si al final, después de todo lo ocurrido, la vida les recompensó y les dio algo bueno, algo mejor. Eso deseé al llegar a la última página. 
O que el tiempo se hubiera detenido en un momento concreto, cuando antes de la guerra civil los sueños, las ilusiones y un futuro brillante se podían inmortalizar en una imagen, en un único gesto.


Honeymoon - Kurt Hutton (1954)











9 de enero de 2020

Propósitos lectores 2020

Para casi todo el mundo, enero suele ser un mes lleno de propósitos personales, laborales y lectores. Dejaré a un lado los personales y laborales (que son muchos y por sí mismos darían para otra entrada) y me centraré en los lectores haciendo una confesión: soy incapaz de unirme a cualquier iniciativa que suponga una agenda de lecturas. Todos esos retos que se inician en blogs, canales de youtube o instagram me son completamente ajenos. Disfruto de mi anarquía a la hora de elegir qué libros leer en cada momento, especialmente porque depende en gran medida de mi estado de ánimo o intereses en un determinado período del año. Y también reconozco que mi nivel de tolerancia a la frustración es muy bajo, así que considero suficiente desafío el Reading Challenge de Goodreads

Dicho esto, he empezado 2020 con optimismo y ganas de cumplir con algunos objetivos lectores propios, así que he decidido que esta primera entrada contenga una lista de libros que quiero leer este año. La mayoría son novelas que llevan meses esperando en las estanterías, recomendaciones y préstamos de amigas lectoras. Podría llenar mi Reading Challenge, que este año vuelve a ser de 50 libros, solo con todo lo que tengo pendiente por leer, pero he reducido la lista a lo que realmente no quiero dejar esperar. Será interesante cuando en diciembre haga balance final de lecturas y vuelva a esta primera entrada del año para comprobar cuánto he cumplido. Así que, allá voy:

- "Clásicos":



Anna Karénina, de Lev N. Tolstói y Norte y Sur, de Elizabeth Gaskell son los dos clásicos que no quiero dejar pasar este año.

Jude el oscuro, de Thomas Hardy quizá tenga que esperar al próximo año.






- Flechazos:

En este apartado están las novelas que, por alguna razón, he querido leer al instante de verlas publicadas.

Los impostores, de Pilar Romera. Lectura actual, de la que espero hablaros pronto en el blog.

Todos quieren a Daisy Jones y Los siete maridos de Evelyn Hugo, de Taylor Jenkins Reid. Miss Brandon y yo llevamos años esperando a que siguieran traduciendo las obras de esta autora que nos conquistó con Por siempre ¿felices? y Por siempre, unidos. En enero y febrero llegará lo nuevo y se avecina una estupenda experiencia lectora junto a Mónica, con las expectativas por las nubes.

Marido y mujer, de Tsruyá Shalev es una novela que me llamó la atención en cuanto la vi y que mi lado dramático espera disfrutar mucho.

Testamento de juventud, de Vera Brittain. Una autobiografía que bien podría estar en el apartado de recomendaciones, ya que fue a través de las redes donde conocí su existencia y contenido. He empezado a leerla, junto a Cris, en lo que esperaba fuera una conjunta mucho más dinámica y no lo está siendo porque me está costando un poco entrar. Gracias a los entusiastas comentarios de mi compañera de lectura no voy a abandonar, así que espero poder hablaros de ella en las próximas semanas.

La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili es, creo, la novela más extensa de todas las elegidas, junto a Anna Karenina y Testamento de juventud. Me interesa su argumento, la época y confío en las buenas opiniones que de ella hay en Goodreads.




- Recomendaciones:

Las voces del Pamano, de Jaume Cabré y Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi son dos recomendaciones de la escritora María Montesinos, en cuyo criterio lector confío lo suficiente como para haber adquirido ambos libros en papel y que estén en esta lista.

Variaciones enigma, de André Aciman y El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina, son dos recomendaciones y préstamos de la escritora Marisa Sicilia que llevan demasiado tiempo esperando en mi estantería. Cerré mi año 2019 escuchando Tigres de cristal, de Toni Hill, una novela que me fascinó, gracias a ella (lo mismo ocurrió con El paciente inglés, por ejemplo), así que la lectura de ambas novelas es casi obligada.

Ángulo de reposo, de Wallace Stegner y La ciudad solitaria, de Olivia Laing están en mi lista gracias a las buenas críticas que han tenido por parte de lectoras en cuyo criterio confío.

Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan y El corazón helado, de Almudena Grandes son dos recomendaciones de Miss Brandon que he ido dejando pasar año tras año. Espero, de corazón, encontrar el momento para ellas.  







Y hasta aquí mi lista de propósitos lectores. Hay muchos más títulos, pero estas son las novelas cuya lectura, el hecho de terminarlas y que formen parte de mi bagaje lector, más satisfacción me daría. Quién sabe lo que puede ocurrir en los próximos doce meses. Quién sabe cuántas novedades, clásicos, flechazos y recomendaciones pueden ir llenando 2020. En diciembre volveré a esta entrada. Prometo hacer balance entonces y contároslo.

¿Vosotros también tenéis propósitos y retos lectores al empezar el año? ¿Los cumplís?


19 de diciembre de 2019

Ítaca te brindó tan hermoso viaje... Mejores lecturas 2019


Ítaca te brindó tan hermoso viaje...

(...)Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca. 
Konstantino Kavafis

Es curioso cómo, a veces, la vida se interpone. En ocasiones de manera sutil, pero la mayoría te atropella, te zarandea. Si me hubieran dicho que no tendría nada que escribir durante cuatro meses no lo habría creído. No habría querido hacerlo. Y aquí estoy, intentando hacer la última entrada de 2019 antes de que se cierre el calendario. 
Dejé pasar agosto en blanco adrede. Me dije: take a break, take a breath. Fue un buen mes en cuanto a lecturas. Luego llegó septiembre y el caos. Y desde entonces me he sentido como lo hace una mosca chocando contra el cristal, intentando alcanzar una salida a base de golpearse tercamente contra esa realidad que no puede ver.
Los lectores solemos decir que los libros son refugio, pero hay momentos en los que no. A mí no me funcionó. De hecho, creo que ha sido el año que he empezado y abandonado más libros. Lo único que sí me ha servido estas últimas semanas es asumir lo que significa aprender a desaprender. Tomar conciencia de lo que he hecho hasta ahora y decidir que ha llegado el momento de cambiar, reinventarse, readaptarse. Y da miedo. Hacer un parón laboral a los cuarenta no es ninguna broma, aunque reconozco que, ahora mismo, acepto y valoro todo el bien que me está trayendo y quizá también por eso he vuelto a disfrutar del placer de la lectura. Un placer que se empaña por el uso y abuso que editoriales, escritor@s y lector@s hacen y del que nunca dejo de sorprenderme. Una de esas guerras que hace tiempo decidí dejar de batallar en el blog, pero sí poniendo mucho más cuidado en lo que leía. 

Una última entrada de año no sería tal sin dejar constancia de lo que han sido mis mejores lecturas de 2019:

Por la belleza que encierran sus páginas y la sensación de haber leído una historia redonda, de calado:

-Un caballero en Moscú, de Amor Towles.
-La sinfonía del azar, de Douglas Kennedy
-El paciente inglés, de Michael Ondaatje
-Detrás del hielo, de Marcos Ordóñez















Porque hay una narrativa femenina que debe y tiene que ser contada, que trata de la realidad de muchas mujeres. Por ser una perspectiva enriquecedora, dolorosa, diferente y necesaria.

- Tea rooms, de Luisa Carnés
- Microfísica sexista del poder, de Nerea Barjola
- Cárdeno adorno, de Katharina Winkler
- La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich


 




Lo que arriesgué por ti, de Marisa Sicilia

Por ser la historia y los protagonistas que se quedaron en mi corazón. Por hacer que siga creyendo en las historias de amor, por la esperanza, la fuerza y la valentía. Por el viaje a Berlín.

Por la suerte de encontrarnos en esta vida y coincidir. Por una presentación inolvidable.

Porque la suerte siempre sonríe a los valientes.



Los amnésicos, de Géraldine Schwarz


Por la lucidez del relato, los datos, la Historia.

Porque la amnesia se combate con la memoria y la mentira con la documentación, la educación y la investigación.

Por los hilos tejidos por Géraldine Schwarz, a lo largo de tres generaciones.




Éramos unos niños, de Patti Smith

Por la ternura de Patti y la bondad que inunda su historia con Robert Mapplethorpe.

Por el deseo de un mundo sin prejuicios. Por ser un canto a la amistad y a la compasión.

Por contener una de las más bellas cartas de amor.




Como suele ocurrirme cada año, muchas de estas lecturas han sido recomendaciones de amigas. Gracias Mónica, siempre. Algunas se han convertido en lecturas conjuntas. Gracias Cris, por decir siempre "sí".

Gracias a "las mujeres de libros" por los cafés interminables, las reuniones en petit comité, las charlas, las confesiones, los detalles, y todas las veces que llegué a casa con una sonrisa y la sensación de sentirme parte de algo bueno, algo que merece la pena. Por no hacerme sentir nunca intrusa.

Quizá no ha sido el mejor año pero aquí seguimos, con las ganas intactas de que el que viene sea mejor.
Os deseo, ¡Felices Fiestas y próspero 2020!

Y como hace mucho que no hago una entrada de poesía o de fragmentos, cierro este año con la transcripción de la carta que Patti Smith escribió a Robert Mapplethorpe días antes de su muerte.


«Querido Robert: 
Cuando no puedo dormir, a menudo me pregunto si tú tampoco puedes. ¿Tienes dolor o te sientes solo?. Tú me sacaste del período más aciago de mi joven vida y compartiste conmigo el sagrado misterio de lo que es ser artista. Aprendí a ver a través de ti y  jamás he compuesto un verso ni he dibujado una curva que no provenga de los conocimientos que obtuve en nuestra preciada vida juntos. Tu obra, que emana de una fuente fluida, tiene su origen en la candorosa canción de tu juventud. Entonces hablabas de dar la mano a Dios. Recuerda que, en todo lo que has pasado, siempre has ido de esa mano. Cógela fuerte, Robert, y no la sueltes. 
La otra tarde, cuando te quedaste dormido en mi hombro, también yo me dormí. Pero antes de hacerlo pensé, mientras miraba todas tus cosas y creaciones, y repasaba tus años de trabajo, que de todas tus obras, tú continúas siendo la más bella. La obra más bella de todas.
                                                                                                                        Patti» 






29 de junio de 2019

El jardín de la memoria - Lea Vélez

Hace varios años escuché hablar de El jardín de la memoria en la radio. Me impresionó la temática: Lea Vélez escribía una novela con claros tintes biográficos, una especie de diario de los últimos días de vida de su marido, que falleció víctima de un cáncer. Y, decían, lo hacía dejando un mensaje esperanzador. Con eso me quedé. Anoté el título y desde entonces estaba en mi lista de Goodreads.

Ahora que lo he leído, mis impresiones han tomado una dimensión nueva, un poco más exacta y realista, un poco alejada de lo que creía que iba a encontrar. 


«Fue un otoño extraordinario. El otoño en el que tú me enseñaste a vivir y yo te enseñé a morir. Durante la última aventura, filosofamos, investigamos, leímos las viejas cartas de tu hermano Stephen. Las cartas que relatan una época y un pasado familiar. Gracias a una antigua foto en un sobre con matasellos de Sheffield, encontré respuesta a la dudosa paternidad de Gill. Me encanta hacer de detective. Las cosas de Stephen siguen en la buhardilla, metidas en sus cajas de bombones y a veces las saco y releo una poesía del cuaderno infantil. Allí, en la Inglaterra de 1957, estaban las respuestas y mientras yo escribía este Jardín transcribiendo cartas amarillas por el tiempo, tú lograste perdonar. Pienso en la sonrisa del otro protagonista de este relato: Francesc Boix. Te fascinó la vida del republicano español, testigo de Núremberg, fotógrafo de guerra. Yo te contaba sus hazañas, que están en esta novela y que no sé si es novela porque todo lo que se cuenta en ella sucedió de verdad.
Ese verano volvimos a Malmesbury. Tenías razón. 
No existe un lugar con más encanto en Inglaterra. Los niños se disfrazaron de caballeros y cruzaron aceros de plástico en los jardines de la abadía. Hicimos un picnic. Entre saltos, tumbas de piedra, juegos y merienda, esparcimos tus cenizas bajo un roble centenario. Entro de nuevo en este otro jardín, El jardín de la memoria, ojeo sus páginas, riego con cuidado el primer beso que nos dimos y ese último que a veces es como el primero de un nuevo cariño real, invisible. Ahora estás hecho de un aire que empuja con constancia mi columpio. Subo y bajo, y veo más allá de los campos y de los tejados, entendiendo cómo hay que vivir. Tres años después de aquel otoño extraordinario, me siento plena, sabiendo que ganamos y que había que contarlo. Para demostrar lo que digo, aquí está nuestra historia.»


Iba a iniciar esta entrada diciendo que El jardín de la memoria me ha recordado a La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero y, mientras lo pensaba, me di cuenta de lo injusto que sería hacer esa comparación. Es cierto que ambas tratan del duelo, de la muerte de sus respectivas parejas, y que se centran en personajes históricos para ir hilvanando su historia:  Rosa Montero lo hacía con la premio Nobel Marie Curie, Lea Vélez lo hace con el fotógrafo republicano Francesc Boix. Y, sin embargo, las semejanzas acaban ahí.

Lea Vélez es capaz de contar cómo afrontó los meses previos a la muerte de George con una fuerza, resignación y sentido de la realidad que desarman. Como lectora, no me he sentido testigo de escenas idealizadas ni de falsos sentimentalismos. Como persona, he entendido la contención de la autora en ciertos momentos y me he dejado llevar cuando, algunos párrafos después,  las emociones estaban ahí, desnudas, en el momento exacto en que exigían abrir las compuertas. Hay verdad en su relato.

Además de todo eso, me ha fascinado reencontrarme con un personaje como Francesc Boix. Un ejercicio de memoria y de recuerdo a uno de los republicanos españoles más conocidos, superviviente de la guerra civil española, prisionero del campo de Mauthausen y uno de los principales testigos que declararon en Los Juicios de Núremberg. Las fotografías que consiguió sacar del campo cambiaron el destino de varios criminales nazis.
Mientras leía su propio guion cinematográfico, el que Lea teje en la novela, sonreía pensando qué opinará ella de esa película estrenada hace poco en la que a Boix lo interpreta el actor Mario Casas. Sonreía porque imagino toda la ironía que destila habitualmente en las redes sociales puesta al servicio de una crítica sobre la cinta.

El jardín de la memoria tiene apenas doscientas cincuenta páginas y, aún así, la autora hace otro hueco para hablar de la familia de su marido. La muerte prematura del hermano mayor, Stephen, las tensas relaciones del matrimonio de sus padres, las dudas sobre la paternidad de su última hermana...

Creo que el mérito de la obra está en la manera en la que temas tan diversos y delicados son tratados, reunidos y almacenados en este jardín de la memoria. Creo que, cuando se tocan temas tan "humanos" es muy difícil llegar al lector. 


«Escribo adrede algo que en apariencia no debería de ser nada comercial porque como Boix, insisto, tengo un proyecto. He dicho adrede y lo mantengo. Yo trato conscientemente de evitar que mi novela pueda ser colgada de ninguna percha y mucho menos comercial. La razón de este extraño experimento no es una fanática postura literaria. No es desprecio por el dinero o por la sociedad de consumo. Es sólo que quiero ser exhaustivamente sincera porque creo que, irónicamente, el verdadero éxito, ya sea comercial o humanístico, nace de la verdad. No sé si me he explicado. Quiero probar que mi ruta anticomercial es más comercial que cualquier otra.»


Quizá el secreto esté en que, como confiesa la propia autora, nunca pretendió hacer una obra comercial, más bien una obra honesta y sincera. Y en esa honestidad, es fácil reconocerse.

29 de mayo de 2019

Reseñas breves - mayo 2019

No sabía si tendría tiempo de hacer una entrada para cerrar este mes de mayo, pero lo cierto es que han sido tantas las buenas lecturas que quería dejarlas mencionadas, porque varias de ellas pasan directamente a las mejores de este año. No me extenderé porque solo serán unas pinceladas de cada una, pero desde ya os digo que si estáis con sequía lectora, probéis a empezar alguna de ellas.


Un caballero en Moscú, de Amor Towles


Podría decir tantas cosas de este libro. Creo que es muy difícil encontrar un equilibrio perfecto entre originalidad, narración impecable, personajes carismáticos, referencias históricas y de época que no desorientan ni abruman excesivamente al lector, un fino e inteligente sentido del humor y un desenlace que te deje con cierta nostalgia y a la vez con un sensación completamente dulce. Todo eso es Un caballero en Moscú. El autor lo consigue partiendo de la historia de un hombre que pertenece a la aristocracia rusa - el conde Rostov - juzgado tras la publicación de un polémico poema y condenado a vivir el resto de su vida en el hotel Metropol. Un punto de partida tan aparentemente limitado y sobre el que Amor Towles hace una pequeña obra de arte.


Detrás del hielo, de Marcos Ordóñez

Lo contaba hace unos días en Instagram. Quien me puso tras la pista de esta novela fue mi querida Miss Brandon cuando dijo en su reseña:  Leí el último capítulo con un nudo en el pecho e inmediatamente pensé que esta historia le encantaría a mi amiga Lidia. Muchos de los que pasáis por aquí sabéis que tengo debilidad por las historias sentimentales. La libertad, el amor, la amistad, todos los sentimientos nobles están representados en los personajes de esta novela: Jan, Klara y Oskar. Viven en un lugar inventado por el autor -diría que tiene algo de distópico-, pero consigue llenarlo de realidad y de verdad. Ese mundo feliz y despreocupado que conocían se torna oscuro y desesperanzador por la sombra del totalitarismo y la represión. Nada nuevo bajo el sol. Lo que para mí hace especial esta novela es la narrativa de Marcos Ordoñez y la facilidad con la que consigue hacernos creer en esa relación a tres, donde nadie sobra. Una lectura deslumbrante.

Bendición, de Kent Haruf

Bendición forma parte de la conocida como Trilogía de la llanura, y la nombro no tanto por ser el cierre de la misma sino como excusa para recomendarla al completo.
Creo que es una recomendación arriesgada. Kent Haruf escribe de una manera muy especial, cuesta cogerle el punto al principio, por la carencia de diálogos aunque haya conversaciones entre los personajes, por estar centrada en las pequeñas vidas (¿existen las vidas pequeñas?) de sus protagonistas que son quienes hacen grande esta trilogía ambientada en Holt, Colorado. Hay verdad en ellos, muestran lo mejor y lo peor del ser humano, pero destacan sobre todo los grandes sentimientos: la bondad, el sacrificio, el amor, la lealtad.
Apuntad: La canción de la llanura, Al final de la tarde y Bendición. Por ese orden.


Dos relecturas de dos novelas que sé que volveré a leer en el futuro

Lo que arriesgué por ti, de Marisa Sicilia.


Quienes seguís el blog sabéis que, dejando a un lado la afinidad con la persona, siempre recomendaré a Marisa Sicilia como escritora. No es solo que Dmitry me conquistara desde su primera aparición en Nadina o la atracción del vacío con todas sus sombras y su sentido de la lealtad. Dmitry fue desde el primer momento la actitud y deseé que encontrara su lugar.  Pero además, tal y como está el panorama literario (y social) actual, necesitamos muchos más personajes femeninos como Antje. Mujeres  fuertes y reales, que no pretenden ni ser perfectas ni hacer lo que se espera de ellas. Mujeres que se mueven en un mundo tradicionalmente de hombres y que muestran todas sus capacidades, sus errores y sus aciertos. A veces solo basta con tener dos personajes fuertes y coherentes. La química entre ellos traspasa las páginas, la trama de espionaje es potente y está tejida magistralmente y es difícil no quedar cautivada ante un entorno como Berlín. Era mi apuesta segura.



Juntos, nada más, de Anna Gavalda

Leí Juntos, nada más en 2014. Hace unos días me encontré en un momento en el que necesitaba una lectura que, simplemente, me hiciera sentir bien. Una historia de personajes: Camille, Frank, Phillibert y Paulette; de vida, de raros en un mundo de gente normal donde no encajan ni encuentran su sitio. Una anciana y su nieto, una artista sin futuro, un aristócrata tímido y excéntrico. Hasta que el destino los une y se obra el milagro. Anna Gavalda volvió a atraparme con su escritura -hacía tiempo que no leía un libro de casi seiscientas páginas en apenas tres días-, con la ternura que inspiran sus personajes, con ese mensaje final lleno de esperanza. Lo dije en mi última entrada: la importancia de encontrar tu tribu y así nos lo muestra la autora. Muy pocos escritores consiguen obrar esa magia y conseguir que el lector termine esta historia que sabe a despedida y a felicidad.


Dejadme cerrar con un poema, no creáis que he dejado de leer poesía en este tiempo. Un poema que encierra tanto y que abarca todo mi mes de mayo. Esas mentiras que nos cuentan, esas mentiras que nos creemos y, al final de todo... el amor. Lo firma el maestro Benjamín Prado.

SEGUNDA JUVENTUD

Tenía que decírtelo: era todo mentira.

No era verdad que el tiempo que se va no regrese;
ni que uno sólo pueda ser joven una vez;
que mi destino fuera perseguir lo que escapa
y que tú no existías.

Todo fue un simple engaño.

No es cierto que se pueda ser feliz junto a alguien
que lo conoce todo de ti menos quién eres,
ni al lado del que jura que la suerte está echada
y tu número existe nada más que en sus dados.

Tenía que decírtelo.

Es falso que el amor sea un tren que se marcha.
Es falso que el pasado nos deje siempre atrás.
Las cuerdas que nos atan se sueltan si transformas
la mano que acaricia en la que dice adiós.

Tenías que saberlo.

No podía esperar
a escribir un poema en que te diese
las gracias
                 por salvarme
                                       de mi vida.