.Image { text-align:center; }

18 de mayo de 2019

La importancia de la tribu

Hace unas semanas mostraba el libro "Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros" en Instagram. Lo saqué de la biblioteca y me parece un libro precioso, tanto por el contenido -las autoras recetan libros para estados de ánimo o para sobrellevar situaciones personales, con un toque de humor inglés- como por la edición.

Lo estoy leyendo muy poco a poco porque es una de esas lecturas que ganan si las dosificas, así que tuve que ir hace unos días a renovar el préstamo. Hay personas que tienen un don y que han nacido para su oficio y ese es el caso de la bibliotecaria que me atendió. Ya iba hacia la sala contigua con mis libros para sacar cuando me interceptó y me preguntó si quería que ella me hiciera el préstamo. Tan buena era su predisposición que la seguí sin dudarlo. Cogió los dos libros que llevaba. Una novela a cuyo autor conocía y del que me recomendó otro título. El segundo era de poesía: «fíjate, en todo este tiempo eres la tercera persona que se lo lleva. Solo tres préstamos. Ojalá pudiera traer más libros de poesía y se leyera más».

Yo creo que las personas tenemos un sexto sentido y que, cuando son de nuestra tribu, nos reconocemos. Entonces saqué el Manual de remedios literarios que ya había renovado y le dije: «tienes que leer este, porque es maravilloso». Y ella me sonrió y me dijo: «lo he leído... de hecho, ese lo he donado yo». Podéis imaginar mi cara, lo mucho que le agradecí esa donación porque a mí me había conquistado. Y tiene todo el sentido que esta humilde bibliotecaria regale un libro sobre recomendaciones literarias, porque eso es lo que hace la gente que adora leer y que lo contagia.

En realidad esta entrada es para hablar de la importancia de sentirte parte de ciertos grupos, gente con la que compartes afinidades, gustos, pasiones... 

Porque nunca será lo mismo ir a la biblioteca a donar libros y que te lo acepte una bibliotecaria con indiferencia a que te lo acepte una que te lo agradezca, te pregunte sobre el libro que estás donando y con la que acabes charlando sobre las tendencias lectoras. Ni esas librerías que le hacen frente al gigante Amazon a base de clubes de lectura, presentaciones de libros y recomendaciones lectoras.
Porque nunca será lo mismo la pasión que hay detrás de una persona que usa las redes para recomendar sus lecturas y transmitir sus impresiones, que aquella que lo hace como cualquier comercial de ventas. Lo auténtico se transmite, se nota; las imitaciones y las recomendaciones de cumplido, también.

Quizá por eso me siento más cómoda entre minorías y me haga especial ilusión encontrarme con rara avis. Una bibliotecaria o una librera que adoren su trabajo, una amiga lectora que te conozca tanto como para decirte «lee esto, yo creo que te va a gustar» y que acierte, un blogger o instagramer que recomiende con el corazón y no con una estantería llena de libros cedidos por editoriales, un@ escritor@ que te hable de libros y de vida, no solo de lo que quiere venderte. 

Yo sigo aquí gracias a esas rara avis. Son mi tribu, mi red de sujeción, mis referentes. 

5 de mayo de 2019

Berlín, azul y frío


El 24 de abril se publicó Lo que arriesgué por ti, última novela de Marisa Sicilia. En ella se da luz propia a Dmitry, secundario de peso en Nadina o la atracción del vacío.

Antje, Dmitry y Berlín se reparten el protagonismo en esta historia. Alentada por las imágenes que Marisa Sicilia ha ido compartiendo estos días en las redes (os invito a visitar sus destacados en Instagram y comprobarlo) y, porque yo misma he acabado fascinada por Berlín sus contrastes, sus edificios, sus cielos azules—, pedí a su autora hacer una entrada donde invitaros a recorrerla, teniendo como referencia algunas de las ubicaciones presentes en la novela.

En torno a Antje y Dmitry se ha tejido una trama con todos los ingredientes comunes que encontraríamos en novelas, películas o series de espionaje, por eso también haremos referencias a ellas.

Solo me resta agradecer a Marisa su tiempo y dedicación para dar forma y contenido a esta entrada. Por mi parte, ha sido un auténtico placer. Empezamos.


¿Por qué BERLÍN?

Porque tenía que ser. La historia no sería la misma (es más, seguramente ni siquiera existiría) si no hubiese decidido enmarcarla en Berlín. Cuando terminé con Nadina o la atracción del vacío, no dejaba de preguntarme qué sería de Dima, dónde iría a parar y cuál sería su futuro. Y como nunca eres neutral —y yo quería lo mejor para él— vi enseguida cual era el tipo de mujer que sería capaz de hacerle frente: una mujer con poder, por encima de él en varios aspectos, pero que, por su trabajo y su experiencia vital, podía llegar a esa relación de igual a igual que deseaba para ellos, que deseo para todas mis parejas y en todas mis historias, aunque el punto de partida no sea ese. 

«Puede que se debiese a que era una mujer y ocupaba un puesto de responsabilidad, por lo que siempre parecía tener algo que demostrar. No se entendían bien. Dmitry percibía su continua necesidad de reafirmarse, de dejar claro que estaba por encima de él. No tenía por qué restregárselo constantemente, pero lo hacía.» (pág. 27)

Y, para ser sincera, tengo que reconocer que primero pensé en Londres, pero no acababa de estar convencida ni sobre la ciudad ni de si era buena idea seguir adelante, hasta que me dije: ¿y por qué no Berlín? Y todo hizo clic. Ya no dudé más. 


BERLÍN como estado de ánimo.
Cielos azul oscuro sobre la ciudad en la portada...

¿Es Berlín, además de un lugar en el mapa, un estado de ánimo?


Lo es. Son ellos los que la recorren y nosotros los que la vemos a través de sus ojos. Esa subjetividad es la que hace que la ciudad parezca fría y sin alma en determinados momentos y en otros se muestre más acogedora. Además, Dmitry es ruso, nació en la Unión Soviética. Después de haberlo tenido todo en París, acabar en Berlín es un retroceso aún más evidente porque gran parte del entorno le recuerda lo que creía ya superado. 

«Durante el trayecto se dedicó a observar la ciudad a través de la ventanilla. Calles frías, luces congeladas, nuevas construcciones de hormigón y cristal. Al cabo de un rato cruzaron al antiguo sector oriental. Algunos edificios conservaban una estética que le era familiar y bien reconocible. Lo odiaba.
Odiaba Berlín.» (Nadina o la atracción el vacía, pág. 379)

Es distinto para Antje que no se crio en Berlín, pero vivió la caída del Muro y compartió esa corriente de entusiasmo que generó tanta confianza y tantas nuevas expectativas. Ahora, años después, esas ilusiones han perdido brillo, pero eso no impide que siga tratando de actuar conforme a sus convicciones y sintiéndose parte de la ciudad.


«Después de todo quizá se había estado engañando respecto a Berlín. Quizá no era tan frío, gris y deprimente. Quizá solo necesitaba aceptar que ya formaba parte de esa ciudad que no escondía sus heridas.
—U menya yest' ty —susurró abrazándola.
Y que ella era parte de él.»

(Lo que arriesgué por ti, pág. 239)

BERLÍN como cuna del espionaje

Lo que arriesgué por ti tiene una importante trama de espionaje, agentes y servicios secretos. Un muro que dividió ciudad, ciudadanos y también su propia estética. Y ahí se desarrolla la acción, a caballo entre las antiguas zonas Oriental y Occidental. 
Zonas y barrios divididas por el Muro y controladas por soviéticos, ingleses, americanos y franceses.
¿Por qué recurrir a ese escenario que aún asociamos con la Guerra Fría?

Porque, aunque los equilibrios de fuerzas han cambiado, las amenazas siguen vigentes. En la actualidad, muchos de los ataques son informáticos y agencias como el BND (los servicios secretos alemanes) dedican gran parte de su esfuerzo a vigilar movimientos en redes sociales y prevenir hackeos. Hay miles de personas trabajando en la sede de Neubau —que se construyó específicamente con ese fin y, por supuesto, también entra dentro de sus funciones combatir el terrorismo. 

«La sede del BND en Berlín era un gran edificio gris recorrido por sucesivas hileras de ventanas, todas con idéntico tamaño y disposición, alargadas y estrechas. Resultaba curioso porque en las ocasiones en que lo había visitado jamás había estado en una habitación con ventanas. Las reuniones transcurrían en un espacio interior, totalmente aislado. Dmitry sospechaba que las oficinas con ventanas estaban vacías. Eran solo un decorado. 
Estaba en el distrito de Neubau, muy cerca del centro y dentro de la antigua zona este.» (pág. 25)


Dentro de esas prácticas de “todo vale” que asociamos con los servicios secretos, Berlín destaca por aunar la posición de fuerza que le da ser la capital de uno de los países con más poder e influencia dentro de la Unión Europea (sino el que más), con ese pasado sombrío y no tan lejano del que aún quedan multitud de huellas en la ciudad. De hecho, una de las cosas que más me gusta de Berlín, es que no lo han derribado todo y construido encima, sino que han dejado las heridas a la vista. 
El recuerdo de los bombardeos de la II Guerra Mundial en el Memorial que se alza en la Breitscheidplatz, los disparos de los soldados rusos en las columnas de la Antigua Galería de Arte, el Reichstag convertido de nuevo en sede del Parlamento Federal después de que fuese incendiado en la época nazi, los restos del Muro o la misma Torre de la Televisión, que es la estructura más alta de Alemania y fue erigida en 1969 por las autoridades del este para demostrar la superioridad del bloque comunista frente a la decadencia capitalista. Cincuenta años después ya no hay bloque, sin embargo, la Torre sigue allí. Diría que Berlín es un buen ejemplo de que la vida da muchas vueltas, y hay que seguir avanzando sin que ello implique olvidar. 

«Como para muchos alemanes, para Antje el Reichstag contenía no solo un significado político o social, sino también una gran carga emocional. A los dieciocho años hizo cola durante horas para ser de las primeras en visitarlo tras la reapertura. Era el símbolo de la Alemania reunificada y de la voluntad de afrontar el futuro de un modo distinto. Renovación. Transparencia. Confianza. Aprender de los errores, superarlos y jamás volver a repetirlos. Todo eso representaba aquel edificio.» (pág. 321)
BERLÍN y sus símbolos. 

El hotel Park Inn junto a la Torre de la Televisión, el Reichstag, el aeropuerto de Tempelhof, la Isla de los Museos... Símbolos todos de la ciudad, especialmente visitados y apreciados por los turistas, pero que también guardan cierto simbolismo en la novela: dónde aparecen, cuándo y su importancia a la hora de plantear los avances y retrocesos en la relación de los protagonistas. ¿Costó decidir dónde ubicar cada escena?

Con algunos lugares lo tenía muy claro, como con el Reichstag, quería escena en la cúpula sí o sí y también sabía lo que ocurriría allí, otros fueron surgiendo sobre la marcha (como el puente de Oberbaum o la vieja fábrica de Treptow) y otros, como con el Park Inn, estuve dudando y, si me decidí por él, fue por la cercanía a la Torre de la Televisión. La Torre, además de aparecer en la portada, es un elemento recurrente en la novela y me pasó con ella como le pasa a Dmitry con Berlín. 

Me parecía un armatoste muy poco atractivo, pero cuando comencé a reunir información, descubrí que dependía de la luz, del enfoque… dependía de cómo la miraras, y también yo acabé enamorándome del Fernsehturm, que es el nombre de la Torre en alemán. 



Y en una historia donde, en cierto modo, los protagonistas encarnan cada uno de esos dos lados de Berlín: el deslumbrante y eficiente, y el más turbulento y deteriorado, también a través de la ciudad quería mostrar que es posible la conciliación, que todos tenemos partes oscuras y a veces depende de muy poco que nos inclinemos por ellas o venzan emociones más positivas. Que hay cierta belleza en el deterioro y que la frialdad puede ser solo aparente, y que esa convivencia de ambos extremos es lo que hace de Berlín una ciudad única.


«Era estúpido esperar afecto por parte de ella y tampoco es que hiciese mucho para ganárselo, pero una parte de él lo deseaba.
Debía de ser Berlín, la falta de luz. Quizá influía que Antje solía llegar con el atardecer, cuando el sol conseguía abrirse paso entre las nubes altas y regalaba unos minutos de brillo a la ciudad. O porque le gustaba más de lo quería admitir sentir en sus manos el peso grávido de sus senos, hundirse en ella, dejarse arrastrar a aquel espacio oscuro en el que no estaba claro quién perdía y quién ganaba. O tal vez solo repetía malas pautas y, cuanto más pretendía que no le importaba, más atraído por ella se sentía.» (pág. 162)

Estuve allí hace año y medio y volví aún más enamorada y más enganchada. Más convencida de que si se pretende, no lavar culpas, pero sí asumirlas y afrontarlas, es imprescindible no enterrar el pasado sino recuperarlo y tenerlo bien presente, de que lo que parece imposible puede convertirse en factible de un día para otro, y de que siempre, incluso después de lo más terrible, es posible recomenzar. 

«Se le fue casi una hora en llegar a Lichtenberg. Los edificios no eran vanguardistas, como los de Tiergarten, pero muchos habían sido reformados y presentaban fachadas de colores y algún que otro lavado de cara para hacer menos patente la monotonía de la estética socialista. Muy cerca de la estación se encontraba la antigua sede de la Stasi. Él había crecido con la glásnost y la perestroika, había visto desmoronarse la Unión Soviética y desmontarse una tras otra todas las mentiras que les contaban en la escuela. Cuando tenía dieciséis años solo pensaba en irse lejos y hacerse rico.» (pág. 164)

Todo un legado para lectores, cinéfilos y serie-adictos

La literatura y el cine han tenido y siguen teniendo grandes figuras del género. Frederick Forsyth, Graham Green, John Le Carré, Alan Furst o Ian McEwan son algunos de los autores más reputados. Cuentan en su haber con novelas de espías llevadas al cine, como el propio Robert Ludlum (y su trilogía de Bourne) o el afamado Ian Fleming y su (más famoso aún) James Bond. Actualmente, el auge de las series también ha devuelto a primera línea el papel de los servicios secretos, las tensiones diplomáticas y su influencia en el desarrollo de la política mundial.

Si tuvieras que mencionar novelas, películas o series ¿cuáles serían tus recomendaciones?

El espía que surgió del frío, de John Le Carré.  

Ambientada en plena Guerra Fría, cuando acababa de levantarse el Muro, retrata la falta de escrúpulos tanto a un lado como a otro de esa línea divisoria. Antes de dedicarse a escribir, el propio Le Carré trabajó para el MI5 inglés, así que no hay que dudar de que escribe con conocimiento de causa. 

Por cierto, que hay una historia de amor creíble y muy emotiva en esta novela, solo que Le Carré no tiene mucha fe en los finales felices. 


El momento en que todo cambió, de Douglas Kennedy

Situada en los años ochenta, nos lleva a Berlín de la mano de un escritor estadounidense que se documenta para su próxima novela, allí conocerá a Petra, una berlinesa de la RDA que ha logrado pasarse al otro lado. El contraste entre el Berlín Occidental, sitiado pero singularmente libre y vivo y la opresión que impera en el Oeste, la difícil situación de Petra, la arrogancia moral de Thomas… 

Todo hace de esta novela una lectura intensa y difícil de olvidar. 

El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.  

No transcurre en Berlín, sino en Colonia, y no es de espías. Pero este retrato de una mujer, injustamente acusada de cómplice por haber sido la amante de un criminal, es una buena muestra de cierto carácter que yo identifico como germánico (en buena medida por lo mucho que me impactó esta novela ya hace más de veinte años), así como lo insensible de la maquinaria del Estado y la manipulación a la que nos someten los medios de comunicación. 

Y ya ambientadas en la actualidad hay dos series que no puedo dejar de recomendar: 


Berlín Station. Los protagonistas son agentes de la estación en Berlín de la CIA y se centra en cuestiones muy reales como las filtraciones de datos confidenciales a la prensa (WikiLeaks y demás), yihadismo, grupos neonazis… Buenos personajes, buenas interpretaciones y los mejores planos de la ciudad.

Homeland. Terrorismo, luchas de poder, problemas mentales, conflictos éticos… 
Una serie con una primera temporada deslumbrante y otras más irregulares, pero de la que destaco la quinta  por transcurrir en Berlín y por recuperar con creces la tensión dramática.


Aquí ponemos punto y final a esta entrada. Por mi parte, además de suscribir todas y cada una de sus recomendaciones, también os invito a que, si queréis disfrutar de una novela con las etiquetas "thriller" y "espionaje" junto a la de romántica os dejéis tentar por Lo que arriesgué por ti.
Los servicios secretos alemanes, rusos y franceses manteniendo un pulso entre ellos y en lucha común contra el terrorismo yihadista. 

Un pulso entre los propios Antje y Dmitry. Os esperan en Berlín.


Booktrailer





17 de abril de 2019

El Árbol de los deseos para la paz de Yoko Ono

En el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, situado en Córdoba, Yoko Ono -sí, esa Yoko Ono- ha dejado tres obras específicamente creadas para exponerlas allí: Para ver el cielo. Versión cordobesa (2015-2017), Pieza para zurcir en cuatro estaciones (1966-2017) y Árbol de los deseos para la paz (1996-2017).

El pasado fin de semana pude visitarlas y, sin ninguna duda, me quedo con el Árbol de los deseos para la paz.  


Pide un deseo

Anótalo en un trozo de papel.

Dóblalo y átalo alrededor de una rama de un árbol de los deseos.

Pide a un amigo que haga lo mismo.

Sigue deseando

Hasta que las ramas estén cubiertas de deseos


Está instalado en la entrada del Centro y es un olivo. No había nadie y pensé que era una de las cosas más bonitas que había visto y, también, una de las que recordaré con más cariño porque mi madre me acompañaba.


Me planté delante de ese árbol lleno de deseos que se mecían con cada soplo de aire. Tenía que desear algo, anotarlo y colgarlo. Hice una lista de personas a las que quiero y que están en mi vida, de momentos buenos y malos, y de las cosas materiales que poseo. Me di cuenta de que podía sentirme satisfecha con todo eso. Más que eso, afortunada. Es probable que, comparado con otros, tenga poco de cada cosa y, sin embargo, no me cambiaría por otra persona. Cómo hacerlo si vivo en el Primer Mundo. Porque podría no tener nada ni a nadie.Tomé conciencia de ello en ese momento, plantada allí delante de aquel árbol junto a mi madre. ¿Podría llenar una lista de deseos? Claro que sí. Y, no obstante, no tendrían nada que ver conmigo porque esos deseos tienen que ver con todo lo que está mal alrededor nuestro, en este siglo XXI.



Y, sin embargo... todos necesitamos desear y cumplir deseos. Ver a quienes queremos, desear y cumplirlos. Yo no sé si inundar el planeta de Árboles de deseos para la paz cambiaría el mundo, pero sí creo que conseguiría que cada uno de nosotros se parara y pensara qué tiene, qué le falta y qué desea. Leí furtivamente alguna de las notitas colgadas y resulta que prácticamente todos deseamos lo mismo: hacer de este planeta un sitio mejor. Que los buenos sentimientos vencieran a los malos. Que lo espiritual ganara a lo material. Triunfaría aquello de <<no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita>>. Sería un bonito sitio donde vivir.

Un sábado cualquiera de abril, Yoko Ono me dio razones para pensar, meditar, desear y estar agradecida. También me hizo creer que podía hacerlo mejor. 


Pensadlo. Si junto a la puerta de vuestra casa hubiera un Árbol de los deseos... ¿qué pediríais?