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16 de agosto de 2018

Rotos, dudas y silencios

¿Qué hacemos con todo el equipaje que nos pesa y no dejamos atrás?
¿Qué hacemos con los errores, las desilusiones, las decisiones que nos parecían buenas y luego no tanto?  Los días en los que los actos siguen las reglas del blanco o negro, la ley de deshojar la margarita: me quiere, no me quiere y así hasta el último pétalo de cuyo resultado depende todo. Tan voluble. Tan irracional.
¿Qué hacemos con ese agujero negro que se queda en el pecho y crece y a veces no te deja respirar?
¿Qué hacemos con los días grises? ¿A dónde van todos aquellos afectos que tuviste y sentiste, que fueron reales, y hoy ya no?
¿Cómo sobrevivimos a los naufragios emocionales?
Dejadme preguntar hoy, que no tengo respuestas. Ni fuerzas.

Lo explica tan bonito Ben Clark en este poema de La policía celeste (Premio Loewe). Porque hoy me siento un poco más cerca del bando de los que se han roto.


Los rotos (con Anne Sexton)


Todas las divisiones son mentira
salvo la que divide los cuerpos en dos
grupos incomprensibles entre sí.
Aquellos que se han roto y los que no.

Los rotos no pedimos demasiado:
que se nos quiera, sí,
que los que no han vivido la fractura
tengan paciencia
si mascullamos viendo las noticias
o hacemos el amor
con un poco de miedo.

Entenderás, entonces, ciertas cosas.
Por qué en casa las tazas no se tiran
y por qué a veces quiero
estar solo después de que suene un portazo.
Los ritos de los rotos, amor mío.
Ademanes que espero que no comprendas nunca.





30 de julio de 2018

#Si la belleza salvara al mundo

Llevo semanas pensando en la cantidad de información que recibimos, el bombardeo de malas noticias: la avalancha de inmigrantes y refugiados escapando de una muerte segura -algunos encontrándola en esa huida-, la falta de humanidad por parte de los poderes políticos y económicos (y demasiados conciudadanos); que cada día se hable de agresiones sexuales, asesinatos de mujeres, valoraciones sobre lo que una mujer puede o no hacer porque seguimos siendo ciudadanas de segunda. La derecha enseñando peligrosamente el colmillo en nuestro país. Ciudadanos cantando el cara al sol en el valle de los Caídos y exigiendo que no muevan al dictador de su monumento a la infamia. Dirigentes internacionales, Trumps del mundo sin corazón, con el poder de decidir sobre las vidas de otros. La crisis de los rohingyas. África y sus imágenes que hablan de pobreza, guerrillas, saqueos y violaciones... Y no me olvido de las cosas que te tocan de cerca, las pequeñas decepciones personales. Hay días que me puede el desaliento y no es para menos.

No sé qué haría si no existiera algo con qué compensarlo. Las cosas que me llenan, que me emocionan, que me importan, supongo, y que no tienen por qué coincidir con las de los demás.
Sigo a un fotógrafo en Instagram que, además de mostrar imágenes que definirían por sí solas la belleza, las acompaña de auténticas declaraciones de amor hacia su pareja y sus hijos. Ese amor del bueno, el que no es fingido ni impostado. El que se declara sin pudor, de manera sencilla, sin artificios.
Sigo a  gente que siente una pasión genuina por lo que hace, por la vida, por su trabajo -¡qué envidia me han dado siempre las personas creativas!-, por su familia... y te contagian con un par de frases, con una fotografía, con una ilustración, o con un post en un blog. Y siempre nos quedará el consuelo de los libros.

Pensaba estos días ¿no habría una forma de compensar todo lo que está mal? ¿Y si la belleza salvara al mundo? Yo que tantas veces he dicho que ni eso lo salvará. Pero sería un bonito deseo. Así que he pensado que agosto va a ser el mes de compartir cosas bellas y, para ello, voy a usar Instagram. Voy a compartir imágenes, una cada día, bajo el hashtag #silabellezasalvaraalmundo. Fotografías, fotogramas, pinturas... Sé que no cambiará nada, pero espero llenar mi agosto de imágenes que transmitan algo positivo.

Y hablando de cosas bellas, no podía no dejaros alguna, en forma de poemas.



EL AMOR ESTÁ EN LO QUE TENDEMOS...

El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.

José Ángel Valente



EL PARAISO DEL GLADIADOR

Estoy enamorado
de tus ojos.
El resto de ti es
simplemente
un combate en la arena:
el paraíso
de cualquier gladiador

Los hijos de Bob Dylan
Gordon E. McNeer

16 de julio de 2018

<<...el velo pintado al que quienes viven llaman Vida.>>

No tenía previsto hacer una entrada de El velo pintado, pero reconozco que no dejo de pensarla y recordarla. Ocurre con las lecturas que te dejan un poso, que se quedan contigo y que desearías que todo el mundo conociera. Mucha gente reconocerá el título y la imagen por la película estrenada en 2006 (aunque hubo una anterior en 1934) y, aunque es bastante fiel al libro, obviamente se pierden los matices que sí hay en la novela. Recomiendo leerla antes de verla porque, como suele ocurrir, hay ciertos cambios en el final que, en mi opinión, buscan que el espectador acabe congraciándose de alguna manera con Kitty.

SINOPSIS
(He elegido una de las sinopsis que menos cuenta sobre el contenido de la novela)

Londres, Hong Kong y el interior de la China asolada por el cólera, son el marco de las relaciones entre Kitty Garstin, joven de la alta sociedad londinense, su marido, un sabio bacteriólogo socialmente poco brillante, y el superficial Charlie Towsend. Una novela sólida, magistralmente construida, con una hábil descripción psicológica de unos personajes a los que el lector tiene la sensación de haber conocido íntimamente. Una novela en que la experiencia femenina del amor, de la pasión, del adulterio y del afán de redención desembocan en un mayor conocimiento de uno mismo, del otro, de las relaciones humanas y, sobre todo, de la gran estafa de la educación de la mujer burguesa.


El velo pintado fue escrito por William Somerset Maugham (1874-1965) y publicado en 1925. Cuando terminas la novela son ese tipo de datos que te sorprende para bien. 
La novela arranca con el entorno y las razones por las que Kitty contrae matrimonio con Walter: la edad, la falta de pretendientes que puedan asegurarle a ella y a su familia el prestigio y la solvencia social, la certeza de que es preferible un matrimonio de conveniencia que la posibilidad de perder su oportunidad... La idea de trasladarse a Hong Kong y alejarse de su familia termina por convencerla.
Aunque Walter está enamorado de ella, su comportamiento, su rectitud y seriedad acaban arrojando a Kitty a los brazos de Charlie Towsend. Charlie parece tener todos los atributos y virtudes que desea Kitty en un hombre y, cuando Walter descubre su infidelidad, casi siente alivio ante la posibilidad de verse liberada de un matrimonio que nunca debió celebrarse. Sin embargo, el curso de los acontecimientos dará al traste con todas sus ilusiones. 

En mi opinión, Somerset Maugham hace un trabajo impecable en cuanto a la recreación de la época, las costumbres, la sociedad londinense, el viaje y situación de la ciudad china Mei Tan Fu, los paisajes y sensaciones que genera todo lo que va ocurriendo en la vida de los protagonistas. Y junto a ese trabajo de ambientación, el autor nos regala un personaje como Kitty, frívolo, complejo, egoísta a veces. Ella y su evolución serán el alma de la novela. Estoy segura de que su comportamiento y decisiones habrán sido objeto de críticas por muchos lectores, pero a mí me parece que este escritor ha creado una protagonista que solo es una víctima de la época y su educación. Por eso, el hecho de que evolucione y las últimas páginas finales (ese mensaje a las mujeres) me han parecido perfectas y hacen que me quite el sombrero ante la amplitud de miras del autor. Mi único pero ha sido no poder profundizar en los sentimientos y frustraciones de Walter.

–¿Por qué te desprecias?– preguntó, apenas consciente de que rompía el silencio, como si la conversación previa no se hubiese interrumpido.
Él bajó el libro y la contempló, meditabundo, poniendo en orden sus pensamientos, que al parecer se encontraban muy lejos de allí.
–Porque te quería.
Kitty se sonrojó y apartó los ojos, incapaz de aguantar la mirada fría y firme con que Walter la examinaba. Aunque entendió el significado de estas palabras, tardó un rato en responder.
–Creo que eres injusto conmigo–replicó–. No es de recibo recriminarme que me haya portado como una tonta frívola y vulgar. Así me educaron. Todas las chicas que conozco son así. Es como reprochar a alguien que no tiene oído musical que se aburra en un concierto sinfónico. ¿Es justo que me eches la culpa porque me atribuiste unas cualidades que no poseo? Nunca intenté engañarte fingiendo ser lo que no era. Era bonita y alegre, nada más. Uno no va a un puesto de feria a comprar un collar de perlas o un abrigo de visón, sino una trompeta de hojalata y un globo.
–No te culpo.

El velo pintado no es una novela romántica, aunque hay romance, ni tampoco una novela histórica, aunque está perfectamente ubicada y ambientada en un período histórico, ni una novela social, a pesar del retrato que hace de la clase media-alta londinense y la china colonial. Es todo eso y más.
Por eso me apetecía traerla y tentaros para que descubráis lo que hay entre sus páginas si todavía no lo habéis hecho. Y, después, cuando conozcáis el desenlace, ved la película.