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1 de marzo de 2020

Por si vinieran tiempos de silencio

Me he levantado esta mañana pensando en la cantidad de tiempo que dedicamos a cosas y a personas que, en realidad, no nos aportan nada. Tiempo mal invertido, tiempo transformado en decepción.
Me convenzo, en una reflexión un poco naíf, de que son momentos necesarios para valorar en su justa medida aquellas cosas y personas que son bálsamo, inspiración y compañía. Con los años he ido perdiendo capacidad de asombro o deslumbramiento, por eso su número -las personas cuya opinión y reflexiones me importa- es reducido. Pero su valor, incalculable. Tanto como lo es sentir que le gustas a esa gente que te gusta a ti. Esa reciprocidad invaluable que te proporciona una buena charla, una buena recomendación, una buena lectura. 

Quiero hacer un pacto conmigo misma: no dejar que los mediocres, los miserables, los estúpidos, los cargantes, los mentirosos, los manipuladores, los cobardes, los impostores, los necios, los tibios, los cretinos... estropeen un solo momento de esta mañana de domingo. Ni de ninguna otra más. No es un pacto baladí. Campan a sus anchas, saturan las redes sociales o coincides con ellas inevitablemente en tu entorno, parecen mancharlo todo.

Y, al mismo tiempo, en el mismo terreno encuentras a algunas de las personas más influyentes de/en tu vida, hallazgos a los que merece la pena prestar toda tu atención. Decía Pavese: no se recuerdan los días, se recuerdan los instantes. Quiero tener una vida rica en instantes.



Las mañanas de domingo, ya sabéis, son tiempo de poesía y de rodearnos de lo que al final nos aleja un poco del ruido y nos acerca a la cordura. Quizá, la poeta Raquel Lanseros tenía todo esto presente cuando escribió su poema:

Invocación

Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo.
Huya yo del resabio,
del cinismo,
de la imparcialidad de hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.
Engáñenme los cantos de sirenas,
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.
Que nunca se parezca mi epidermis
a la piel de un paquidermo inconmovible,
helado.
Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado.
Consérvense en mis labios las canciones,
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.
Por si vinieran tiempos de silencio.

Y por si vinieran tiempos de silencio, por si alguien me pregunta un día si ha merecido la pena, si haría o diría algo diferente conociendo las consecuencias de antemano, si pudiera elegir... entonces, simplemente, contestaría con el poema  de Raymond Carver.

Lluvia

Me desperté esta mañana con
unas ganas tremendas de quedarme todo el día en la cama
leyendo. Luché contra ello durante un rato.

Me asomé entonces a la ventana y estaba lloviendo.
Y me rendí. Me dediqué por entero
al cuidado de esta mañana lluviosa.

¿Viviría mi vida otra vez?
¿Con los mismos errores imperdonables?
Sí, a la mínima posibilidad que tuviera. Sí.


Porque, al fin y al cabo, como decía al principio, ¿cuáles y cuántas son en realidad las cosas que nos importan? ¿cuántas personas permanecerán a nuestro lado? ¿cuántas querremos conservar a lo largo de nuestra vida? Al fin y al cabo... tenía razón Amalia Bautista:

Al cabo

Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


Ahí fuera están las palabras que consiguen alegrar mi alma y esas pocas personas que mueven mi corazón. El resto, pasará.

Os deseo una feliz mañana de domingo y felices lecturas.


23 de febrero de 2020

Bartleby y compañía



«La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; 
el de otros consiste en no escribir.»
Jean de la Bruyère.


Bartleby, el escribiente ha sido mi pequeño gran descubrimiento de este año. Nunca despreciéis el poder de un buen podcast para acercaros a la lectura de un clásico. Hasta el momento no había leído nada de Herman Melville - #shameonme - y la historia me pareció maravillosa.


SINOPSIS
Nos cuenta la historia de un peculiar copista que trabaja en una oficina de Wall Street. Un día, de repente, deja de escribir amparándose en su famosa fórmula: «Preferiría no hacerlo». Nadie sabe de dónde viene este escribiente, prefiere no decirlo, y su futuro es incierto pues prefiere no hacer nada que altere su situación. El abogado, que es el narrador, no sabe cómo actuar ante esta rebeldía, pero al mismo tiempo se siente atraído por tan misteriosa actitud. Su compasión hacia el escribiente, un empleado que no cumple ninguna de sus órdenes, hace de este personaje un ser tan extraño como el propio Bartleby.


La de hoy es una entrada plagada de casualidades que se han ido sucediendo hasta traerme aquí. El relato de Bartleby volvía de vez en cuando a mi cabeza y, en una de mis últimas visitas a la biblioteca, encontré un pequeño ejemplar de Enrique Vila-Matas:  Bartleby y compañía. Y ahora está en forma de edición de bolsillo en mi biblioteca personal.


SINOPSIS
 Señor Rulfo, ¿por qué lleva tantos años sin escribir nada?
 Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.
Este libro habla de los que dejan de escribir (Rulfo, Rimbaud, Salinger...) e indaga en los motivos de cada uno para preferir no hacerlo. Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que, cuando se le encargaba un trabajo o se le pedía que contara algo sobre su vida, respondía siempre, indefectiblemente diciendo:
 Preferiría no hacerlo.


Creo que a todos nos gustan que nos cuenten historias, anécdotas, cosas que no sabemos. Y eso hace Vila-Matas en esta obra. Saca a la luz a muchos escritores que, o bien dejaron de escribir o, teniendo la oportunidad, nunca lo hicieron. Como el personaje de Melville, preferían no hacerlo. Las razones son a veces sensatas, a veces un poco bizarras. Rulfo, Alfau, Juan Ramón Jiménez, María Lima Mendes, Pepín Bello... ¿por qué, en algún momento de sus vidas, abandonaron el oficio de escribir?

«La excusa del tío Celerino es de las más originales que conozco de entre todas las que han creados los escritores del No para justificar su abandono de la literatura. 

— ¿Que por qué no escribo?— se le oyó decir a Juan Rulfo en Caracas, en 1974—. Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escribí eran puras mentiras.»




«Me parece genial el tío Celerino que se sacó de la manga Felipe Alfau. Creo que es muy ingenioso decir que uno ha renunciado a la escritura por culpa del trastorno de haber aprendido inglés y haberse hecho sensible a complejidades en las que nunca había reparado.
(...)
— De modo que el inglés le complicó demasiado la vida...»

Menciona a Marianne Jung, autora de algunos poemas que luego Goethe recopiló, publicó -y por tanto, se atribuyó como propios- en la obra el Diván. O la historia de María de la O Lejárraga (los detalles de su vida los conocí al leer Historia de mujeres, de Rosa Montero) esposa del mediocre escritor Gregorio Martínez Sierra que alcanzó la fama por la apropiación de las obras teatrales escritas por María. Cuántas Camile Claudel habrá en el mundo de la literatura...

Entre mis pasajes favoritos está el que habla de la Biblioteca Brautigan, que admite solo manuscritos no publicados, rechazados. (Por lo que he leído, podría haber inspirado el argumento de una de las novelas de David Foenkinos)

«La Biblioteca Brautigan reúne exclusivamente manuscritos que, habiendo sido rechazados por las editoriales a las que fueron presentados, nunca llegaron a publicarse. Esta biblioteca reúne sólo libros abortados. Quienes tengan manuscritos de esta clase y quieran enviarlos a la Biblioteca del No o Biblioteca Brautigan no tienen más que remitirlos a la población de Burlington, en Vermont, Estados Unidos. Sé de buena tinta —aunque allí estén sólo interesados en almacenar mala tinta— que ningún manuscrito es rechazado; todo lo contrario, allí son cuidados y exhibidos con el mayor placer y respeto.»


Leyéndolo recordaba el final del Bartleby de Melville:

«El rumor es éste: Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carretadas las queman todos los años. 
A veces, del papel doblado, el pálido empleado saca un anillo  —el dedo al que estaba destinado quizá se está convirtiendo en polvo en la tumba; un billete enviado con la caridad más diligente —al que podría aliviar, ni come ni siente hambre ya; perdón para quienes murieron desesperando; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!»

Bibliotecas que guardan manuscritos rechazados y oficinas de correos que almacenan y destruyen las cartas que no consiguen llegar a sus destinatarios... Lo primero real, lo segundo inventado, pero fascinante para mí en ambos casos.
Así es un poco la  literatura.

Hay una afirmación genial, al final de uno de los apuntes (mi favorito) de Vila-Matas en relación a Primo Levi, con el que quería cerrar esta entrada junto a un bello párrafo de Bartleby, el escribiente.

Dice Vila-Matas:

«La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.»


Y a eso solo se puede responder con una buena muestra:

« Tan cierto es y tan terrible, que hasta cierto punto, el ver o el pensar en la miseria despierta nuestros mejores sentimientos, pero, en ciertos casos especiales, más allá de ese punto ya no lo hace. Se confunden los que afirman que esto se debe al egoísmo inherente del corazón humano. Proviene más bien de una cierta desesperanza de remediar un daño orgánico excesivo. Para un ser sensible, la piedad es a menudo dolor. Y cuando se da uno cuenta al fin que tal piedad no puede conducir a un auxilio efectivo, el sentido común ordena al alma que se deshaga de ella. (...) Podía darle limosna para su cuerpo, pero el cuerpo no le dolía; era su alma la que sufría y yo no podía alcanzarla.»



20 de febrero de 2020

Testamento de juventud, de Vera Brittain

Denunciaba estos días (especialmente en Instagram, con pantallazos bastante gráficos sobre lo que una editorial pretende vender como un buen trabajo de traducción y corrección, cuando en realidad ese trabajo no existe), lo cansada que estoy de encontrar obras mal editadas y de que nos mientan sobre las razones por las que eso ocurre. 
Siempre me he negado a hacer reseñas negativas, por eso no perderé el tiempo en traerlo aquí y darle más publicidad a quienes no cuidan lo que hacen. Para contrarrestar eso, hoy os traigo un ejemplo de edición impecable.

Testamento de juventud, de Vera Brittain, una coedición de Periférica & Errata naturae con la magnífica traducción de Regina López Muñoz. Si veis el nombre de Regina en cualquier libro, os garantizo que la traducción será perfecta. Es su sello.
Si pasáis por una librería y lo veis, hojeadlo, abridlo, oledlo. Es un libro que permanecerá intacto durante años en vuestras estanterías.

Pero no todo es el continente. Testamento de juventud no estaría aquí si no fuera por su contenido. Su SINOPSIS recoge perfectamente lo que encontraréis en estas memorias de la inglesa Vera Brittain.


Vera Brittain dedicó casi veinte años a escribir esta obra portentosa, en la que debía haber espacio «para los seres queridos y también para aquellos a quienes no conoceremos nunca, pero que, no cabe duda, son nuestros iguales». Pocas veces se ha contado la vida de aquella juventud, la que sufrió la Primera Guerra Mundial y la posguerra, con tanta profundidad, elegancia y exactitud. Se combinan aquí las peripecias (siempre verdaderas) de la hija del propietario de una fábrica de papel de provincias que luchaba por emanciparse con las de la joven estudiante de Oxford y con el sufrimiento que esa misma joven, convertida en enfermera, encuentra en el frente durante la guerra; su pasión por el estudio y la literatura con el afecto por muchos de los que la rodearon desde adolescente… Todos sus amigos lucharán en las trincheras, y todos sus amigos vivirán el fin de una época mejor en la que todo parecía más puro e ingenuo.
«Si la guerra me perdona la vida», escribió Brittain a su hermano, «mi único objetivo será inmortalizar en un libro nuestra historia, la de nuestros amigos». Aquel deseo, casi una promesa, se convirtió en uno de los libros de memorias más famosos y conmovedores del siglo XX. A pesar de su interés por ajustarse al marco histórico de lo sucedido y a los datos reales, Vera Brittain, cuando escribe, siempre lo hace en los alrededores de la poesía y de los sentimientos, respaldados por una inteligencia viva y sus fervientes creencias pacifistas y feministas.
Cuando finalmente se publicó, en 1933, Testamento de juventud fue un éxito instantáneo. La primera edición se agotó en pocas semanas; Virginia Woolf anotó en su diario que se sentía impelida a quedarse despierta toda la noche para terminar de leerlo; y cuando apareció su edición americana, The New York Times escribió con entusiasmo que aquella historia autobiográfica era «honesta, reveladora… y desgarradoramente hermosa».

La obra está precedida por las etiquetas: feminista y pacifista. Reconozco que, cuando lo vi me eché a temblar. En torno al feminismo se están enlazando obras, actos y símbolos que nada tienen que ver con el movimiento. Es como cuando dicen que la actuación de Shakira y Jennifer López en un descanso de la Super Bowl es un símbolo, un mensaje al mundo del empoderamiento femenino. Ojos en blanco. Ante afirmaciones así me siento de otro planeta. Llamadme rara



Todos mis temores se disiparon cuando empecé a leer a Vera. Testamento de juventud sorprende por la lucidez en cada afirmación que hace su protagonista, por lo innovador y maduro de su discurso. Me atrevería a decir que escritoras como Virginia Woolf alcanzaron la fama, y personas como Vera Brittain cardaron la lana. El hecho de que su obra no se haya traducido en nuestro país hasta ahora, me parece un claro ejemplo.
Lo mejor, creo, es citarla:

«Yo había resuelto que, casada o no, me mantendría solita, a poder ser mediante la escritura, y que jamás sería una carga económica para mi esposo. Ya entonces juzgaba incompatibles la libertad personal y la dignidad en el matrimonio con la dependencia económica; »

«Pueden atribuirse pocos méritos a la guerra, pero uno de ellos fue poner fin a aquella triste tradición según la cual las enfermedades venéreas o la brutalidad sexual en un marido quedaban sobradamente compensadas por un saldo bancario envidiable.»

«En tiempos de guerra, lo que agota a las mujeres no son las extenuantes tareas desconocidas que les tocan en suerte, ni el miedo constante a la muerte de maridos, enamorados, hermanos o hijos; es el conflicto incesante entre las exigencias personales y las nacionales lo que absorbe toda nuestra energía y quebranta el espíritu.»

«¿Podía transformarme en joven esposa y madre, yo la veterana de guerra, concediendo así de nuevo al destino el poder de hacerme daño, de destruir mi vitalidad y mi capacidad creativa como las había destruido en los años posteriores a 1914?»


Lo mismo ocurre con su mirada pacifista:

«"Es imposible", concluía, "hallar satisfacción alguna en los veinticinco mil alemanes asesinados, mutilados y abandonados a la descomposición; la destrucción del hombre como si fuera una bestia, ya sea éste inglés, francés, alemán o de cualquier otro país, supone un atentado contra el progreso de la civilización."»

«Ojalá todas esas personas que escriben sin pensar sobre "una guerra santa" y esos oradores que no se cansan de repetir que tenemos que seguir adelante sin importar cuánto dure la guerra y lo que ello suponga, pudieran ver al menos a un soldado -por no hablar de diez- víctima del gas mostaza; ojalá pudieran ver a estos pobres hombres achicharrados y plagados de ampollas enormes y supurantes de color mostaza, y ciegos - a veces con carácter temporal, otras veces, permanente-, con los párpados pegajosos y pegados, y dejándose la piel por respirar, con la voz reducida a un murmullo, diciendo que se les cierra la garganta y que saben que van a asfixiarse.»

Reflejó también la situación en la que quedaron aquellos hombres que no fueron a las trincheras, pero que trabajaron para seguir sosteniendo el país:

«El nefasto entendimiento psicológico de las altas esferas obligaba a unas personas que se mataban a trabajar sacando adelante dos y hasta tres empleos a jornada completa a llevar prendas que según la opinión popular los tildaban de "gandules", a la vez que miembros de guarniciones muy ligeras y perfectamente seguras eran elevados a la categoría de héroes. A mi tío, la guerra le costó la vida casi como si hubiera estado en las trincheras; sin embargo, lejos de saborear la "gloria" del sacrificio, ni siquiera se le permitió prescindir de un atavío que lo condenaba a la humillación.»


Testamento de juventud no solo plasma los pensamientos y reflexiones de Vera. El texto incluye fragmentos de cartas (emociona leer las palabras de su hermano y las de su prometido, durante el tiempo que estuvieron en el frente), poemas, referencias literarias, su trabajo de enfermera, la ingenuidad inicial ante el conflicto y la emoción ante las sucesivas pérdidas de amigos y familiares. 

Más de ochocientas páginas llenas de sentido común, sentimiento y rebeldía. Yo creo que, si una persona lee solo este libro, podría dar el año lector por bien empleado.


Quizá algún día brille otra vez el sol,
y yo vea que el cielo todavía es azul,
y vuelva a sentir que no vivo en vano;
aunque viva despojada de ti.

Quizá, a mis pies, las praderas doradas
alegren las horas soleadas de la primavera
y saboree la dulzura de las flores de mayo;
aunque te hayas marchado.

Quizá los bosques resplandezcan en verano,
y recuperan su belleza las rosas rojas,
y las cosechas su abundancia otoñal;
aunque no estés aquí.

Pero aunque el Tiempo generoso renueve la alegría,
hay una, la mayor, que yo no conoceré
porque al perderte mi corazón
hace tiempo que se rompió.

V. B. «QUIZÁ...», PARA R.A.L., 1916
De Versos de una enfermera voluntaria.




12 de febrero de 2020

Los lectores que compraban libros y otras criaturas mitológicas

Desde hace unos días me ronda en la cabeza la pregunta ¿hasta cuándo autor@s y editoriales apelarán a nuestra paciencia? Me refiero a la paciencia de los lectores. En concreto: a los lectores que compramos libros.

Desde luego hubo un antes y un después tras Amazon y también tras el uso y abuso de las redes sociales como plataforma de lanzamiento y spam. Los lectores que compramos libros nos hemos encontrado con:

- Colaboraciones editoriales (y de autores) con influencers, blogs, instagramers, y sorteadores de libros en sus espacios. Nos hemos acostumbrado a ver cómo parte de nuestro pago por un libro va directo a sufragar el envío gratuito a gente que, en algunos casos, no sabe ni escribir ni expresarse con naturalidad (o sin ella), pero que han creado en torno a sus cuentas una acumulación alta de seguidores. Hace unos días saltó la noticia de que iba a empezar a ser obligatorio informar de que tal o cual recomendación de un producto era en realidad publicidad. Creo que tampoco es tan difícil darse cuenta de quienes están leyendo por gusto y quienes por intereses comerciales, solo hay que mirar hacia sus fotografiadas estanterías. Para rizar el rizo, muchos de ellos acaban publicando sus propias obras, codeándose con aquellas personas a las que hace nada reseñaban o publicitaban. ¿Quién dijo que Amazon era todo ventajas o que existía un filtro editorial?

- Libros que se publican sin una corrección exhaustiva o una mala traducción y libros por encima de los 15€ con problemas de maquetación y edición (márgenes inexistentes, tamaño de letra inapropiada, grosor de las páginas no mucho mayor que el del papel de fumar...), ausencia de corrección de estilo y/o ortotipográfica. Incluso con todo eso a la vez. Ocurre en las editoriales (especialmente los sellos que copan la mayor parte del mercado) y en la autopublicación y parece que, como es un mal endémico, tenemos que acostumbrarnos y aceptarlo. No, es inaceptable y nos sentimos indefensos y despreciados ante tales despropósitos. Así que, cuando nos encontramos con una edición perfecta -creo que puedo reducirlo al 10% de mis lecturas, normalmente sellos independientes- alabamos a la editorial o escritor@ en cuestión, por aquello de ser la excepción a esta regla. Así está el nivel. Para que os hagáis una idea, dejo aquí enlazada la completa entrada de Escaparate Literario y el respeto al lector, con sendos y vergonzosos ejemplos.

- Campañas de marketing y spam por parte de los autor@s y seguidores/amistades tan infladas y superficiales que, cuando nos enfrentamos a la lectura del libro nos llevamos una soberana decepción. De verdad, creo que hay bastante gente que debería revisar lo que afirma y sentencia en las redes sobre sus propios libros o los libros de sus colegas. Entiendo que para cada uno, su obra sea lo mejor que ha escrito pero, al afirmarlo (y posteriormente leer sus novelas y decepcionarme) siempre pienso en cuáles han sido sus lecturas de cabecera, en dónde quedó la objetividad y la autocrítica. Aunque alguien vendrá y me dirá: será que no era una lectura para ti. Muy bien, no eres tú, soy yo. Simplemente dejaré de compartir su "criterio" en cuanto a gustos literarios y, por extensión, comprar sus libros o los que recomiende.
Lo de denunciar públicamente los comentarios negativos y el posterior linchamiento de sus contactos al incauto lector (o malintencionado, que de todo hay en la viña del Señor), lo dejamos para otro día.

- Autor@s que apelan al clásico "quien no llora, no mama". Imagino que ocurre en todos los géneros pero, por proximidad, yo conozco especialmente el género romántico. Hace unas semanas se reabría (porque es un debate que nunca muere) la polémica del por qué el género romántico era un género denostado, a raíz de varios artículos sobre el cuadragésimo aniversario del sello Harlequín y los estereotipos y clichés que en ellos se vertían. A mí se me ocurren un millón de razones, pero no las voy a decir porque no-sirve-para-nada. Mucha indignación y muy poca autocrítica, eso es lo que vi. Muchos golpes de pecho pero muy poca reflexión sobre lo que cada cual está aportando al género. Parece que hay mucha obra maestra por ahí que los lectores no hemos descubierto o valorado como tal. En mi opinión, -como ex-lectora del género y de autoras españolas (han quedado reducidas a dos o tres escritoras a las que recomiendo con entusiasmo porque sus novelas se definen y defienden solas)- la pregunta que deberían hacerse es: ¿qué es lo que estoy yo aportando al género? ¿qué es lo que da valor, lo que hace que mi novela esté a la altura de cualquier otro? ¿qué hay de innovador, extraordinario o destacable en mi obra para pensar que merece un lugar especial en el magazine cultural de un periódico?
Creedme, para mí no hay nada peor que ser testigo de la autocomplacencia y de la búsqueda continua de la aprobación que cualquier autor@ hace mediante sus perfiles sociales. En realidad, sí lo hay: leer su novela y confirmar lo que ya sospechabas, que no era lo que te habían vendido. No me imagino a Nora Roberts o a Almudena Grandes haciéndolo, más bien me las imagino currando de lo lindo para intentar ser mejores.
Ayer, Víctor del Árbol escribía un artículo y decía: "Un escritor debería poder abordar sin miedo cualquier tema, a condición de enfrentarse a la autocensura, al narciso que exige su tributo en forma de reconocimiento y aplausos, y aceptar sin caer en la banalidad el rol que su poder sobre la palabra le confiere." Nada más que añadir.

- Premios y galardones literarios que esconden detrás encargos editoriales. Tal cual. Y si no, buscad las bases de alguno de ellos, a ver si lo encontráis o aparecen por generación espontánea.


Vuelvo a mi pregunta de inicio: ¿hasta cuándo editoriales y autor@s apelarán a nuestra paciencia? Porque después de todo lo que he dicho, las editoriales y l@s autor@s se quejan de la falta de ventas, de la piratería y de cómo las plataformas se están comiendo los escasos réditos que dejan las ventas, pero nadie parece hacer autocrítica ni tomar medidas. No hay rectificaciones, reediciones revisadas ni disculpas cuando publican obras mediocres o sin filtro de corrección. No hay pudor en repartir libros de cortesía para que sean otros quienes realicen las labores de marketing. No hay reparos morales a la hora de incluir en el catálogo al famosill@ de turno.

Nuestra paciencia y nuestro bolsillo tiene un límite. Y nuestra memoria. Los lectores que invertimos en libros, que los compramos, empezamos a tener una lista demasiado larga de agravios. Es una pena que, cuando vayamos a la librería o al catálogo de Amazon/Storytel/Nubico, tengamos que sacar esa lista y tachar editoriales y autor@s por las razones equivocadas

O quizá llegue el día en que los lectores que compraban libros estén en el mismo imaginario que los unicornios.

23 de enero de 2020

Sin llaves, a las puertas del instante estoy

"Candiles de aceite habrá que encender 
sin llaves, a las puertas del instante estoy"
Sin llaves. Manolo García.

Nunca se me ha dado bien claudicar. Quizá por eso en los últimos años he ido encadenando destinos y trabajos sin el tiempo necesario para cerrar una etapa y abrir otra. Hasta que en septiembre me colapsé y en diciembre paré. 

Ahora, todas esas actividades que antes no podía hacer con mi tiempo son posibles.  Pequeñas cosas: leer más, escuchar podcast o audiolibros, salir a pasear por las tardes, volver a disfrutar del cine y las series, revisionar programas o charlas que me había perdido. Rodearme de gente especial para mí. Ir a Córdoba a pasar las fiestas sin tener que salir corriendo porque nunca es buen momento para pedir días libres. Planear unas vacaciones sin que tengas que cuadrar una agenda laboral con circunstancias que ni siquiera dependen de ti. Permitirme un día en blanco. Escribir en el blog sin ninguna prisa.

Ayer, hojeando Cuaderno de faros, de Jasmina Barrera, leía un párrafo que había señalado en mi primera lectura:

"En 1814, sir Walter Scott realizó un viaje a Escocia con una comisión de inspectores de faros en la que se encontraba Robert Stevenson, a bordo de un buque faro llamado Pharos. Scott escribió un diario durante este viaje y ahí cuenta de Bessie Millie, una anciana que vivía en el pueblo de Stromness y que se ganaba la vida vendiéndole vientos favorables a los marineros. Nadie osaba embarcarse sin antes visitar a Bessie Millie, quien pedía en sus rezos que el viento acompañara el trayecto del marinero. Para llegar a su casa, que Scott describe como la morada del mismísimo dios de los vientos, había que transitar por una serie de caminos maltrechos y peligrosos."

Si existiera una Bessie Millie contemporánea probablemente yo también querría comprarle un viento favorable para mi viaje en tierra firme.

El tiempo y la salud física y emocional es lo más valioso que tenemos. Temía que la inactividad profesional me trajera de cabeza o que la incertidumbre por el futuro lo acaparara todo, pero no. Los días, cuando los vuelcas en todo aquello que te hace bien, se transforman en tiempo bien invertido y, aún a riesgo de sonar dramática o excesiva, te enriquecen el alma. Aunque ojalá existiera una red de seguridad. Una Bessi Millie.


El otro día escuchaba un podcast de la escritora y psicóloga María Fornet : Cómo ser una mujer sensible en tiempos modernos (podéis pinchar y escucharlo) y me quedé con un mensaje final o al menos el que yo interpreté: ante el continuo bombardeo de problemas, noticias e información que se convierten en piedras en nuestra mochila diaria, debemos permitirnos poder "vaciar la jarra". Qué gran metáfora. 

No me había dado cuenta de lo cansada que me sentía por todas las veces en las que sabes que -en una parte de las redes sociales teatral y superficial - no encajas, no aceptas, no compartes. Y no pasa nada. Se asume y dejas que entre esa pequeñísima parte que sí adquiere valor para ti.

La propia María Fornet en su libro Feminismo terapéutico decía en relación al éxito:

"Cuando yo hablo de éxito, hablo de vivir de manera sistemática en el camino hacia aquello que a ti te hace sentir bien y crea una vida acorde con lo que para ti es importante. Hablo de orientar esos valores a la persecución de unos objetivos que para ti sean significativos, que signifiquen algo, que te hagan sentir más feliz, más rica, más plena. Hablo de vivir de forma estratégica en una dirección que conecte con quien realmente eres, de tener las herramientas necesarias para reevaluar tus opciones cuando te pierdas en medio de ese camino, de rodearte de personas que te respeten y quieran que te conviertas en tu mejor versión. Personas que también te permitan ser de cuando en cuando tu peor versión, pero que te ayuden a salir del hoyo y no te empujen más al fondo. Hablo de, siguiendo la expresión de Erica Jong, arriesgarse a parecer tonta, a probar y a equivocarse, a aceptar que esa es la única manera sincera de buscar tu voz en medio de tanto lío."

No sé cuánto durará este paréntesis, este lío, pero por el momento no quiero que termine. Quiero bebérmelo todo, disfrutarlo todo y deseo salir fortalecida. Y si no, al menos, lo habré intentado.

Hace unos días empezaba un libro duro y difícil, Ella soy yo, de Marta Suria (nombre ficticio). Marta habla de lo que supuso para ella haber convivido con un padre abusador. Abusos que su mente compartimentaba en un lugar aislado, bloqueando su recuerdo. Hasta que un día esos recuerdos, casi a los treinta, estallan. Al inicio de ese testimonio, aparecen algunos versos de un poema de Francisca Aguirre.  Lo recojo completo y lo hago mío. Cierro con él esta entrada.


NO OS CONFUNDÁIS

A Justo Jorge Padrón 

Y cuando ya no quede nada
tendré siempre el recuerdo
de lo que no se cumplió nunca.
Cuando me miren con áspera piedad
yo siempre tendré
lo que la vida no pudo ofrecerme.

Creedme:
Todo lo que pensáis que fue destrozo y pérdida
no ha sido más que conjetura.
Y cuando ya no quede nada
siempre tendré lo que me fue negado.

No os confundáis: con lo que nunca tuve
puedo llenar el mundo palmo a palmo.
Tanto miedo tenéis que no habéis advertido
la riqueza que se oculta en la pérdida.

Desdichados,
poca ganancia es la vuestra
si nunca habéis perdido nada.
Yo sí he perdido:
Yo tengo, como el náufrago,
toda la tierra esperándome.

Francisca Aguirre
De los trescientos escalones, 1973-1976











14 de enero de 2020

Los impostores - Pilar Romera


«Y mientras bebía, miraba al hombre que tenía delante preguntándose si alguna vez lo había llegado a conocer de verdad, si esa persona que había querido como a un hijo era, en realidad, un monstruo. Pero ¿quién no era un monstruo en aquellos tiempos? ¿Quién no era un traidor a algo? ¿Quién no fingía, quién no ocultaba? ¿Quién no callaba por prudencia? ¿Quién no había vuelto la cara a algún amigo, marcado como rojo? ¿Quién no había sido un cobarde, al final?
Todos eran impostores.
Todos eran unos cobardes.
Pero tal vez el tiempo de serlo había acabado.»


Barcelona, mayo de 1949. Albert, un joven que trabaja en una imprenta, es detenido por la Brigada Político-Social y enviado a la temida comisaria de Via Layetana, acusado de colaborar con jóvenes universitarios en la difusión de propaganda clandestina. Una visita secreta del general Franco a la Ciudad Condal lleva de cabeza a los mandos policiales, que dan órdenes de detener a los sospechosos habituales. El encuentro casual entre Dora, hermana de Albert, y un antiguo amante, desencadenará unas consecuencias que ninguno de los protagonistas podrán controlar. Unos acontecimientos ocurridos en el campo de Argelès diez años antes volverán para pasarles cuentas.

Con una capacidad deslumbrante para hacernos cómplices de cada uno de los personajes, esta fascinante novela narra la historia de tres perdedores de la Guerra Civil: Dora Colom, Miquel Alberich y Bonaventura Puig. Una historia repleta de engaños, impostura, amor, amistad y traición. Y, en medio, Fuentes, un comisario de la vieja guardia, corrupto y adicto, y Paco, un antiguo transformista del famoso cabaret La Criolla que también son, a pesar de todo, unos supervivientes.


La entrada de hoy pretende contaros un flechazo lector con final feliz. Conviene dar la razón a quienes aseguran que un libro entra por los ojos, por la portada. La de Los impostores recoge un pequeño fragmento de la imagen "Honeymoon" del fotógrafo Kurt Hutton: ese pequeño gesto, el beso de un hombre sobre el hombro de una mujer tendida en la arena de una playa.

La editorial, la sección Destino, no suele estar entre mis imprescindibles (salvo cuando se trata de cualquiera de las novelas de Víctor del Árbol), pero esta portada, este título y posteriormente su sinopsis me deslumbraron. Para consumar el idilio todavía faltaba que tomara el ejemplar en las manos, leyera la primera página y algún párrafo al azar y convencerme de que debía llevármelo a casa. Alguna veces, esa intuición funciona y otras no. Huelga decir que esta vez lo hizo.


Visita de Franco- mayo 1949

Albert, Miquel, Eliseo, Bonaventura, Ignasi, Dora, el comisario Fuentes y Paco son los protagonistas principales de esta novela. Las dramatis personae. Los escenarios: la España franquista de 1949 -en concreto la visita que hizo el dictador en mayo de ese año a Barcelona- y las playas francesas de Argelès en 1939, tras La Retirada.



Romera usa capítulos cortos, normalmente dedicados a un personaje concreto cada vez. Utiliza un lenguaje preciso, honesto, sin excesos y adaptado a los sentimientos y emociones que van mostrando a los protagonistas y alimentando la trama. Y lo que para mí fue un plus: recuerda los campos de internamiento franceses que acogieron a miles de refugiados españoles en sus playas, en condiciones miserables.

Hace un par de años os contaba en la entrada El país sin memoria  lo que para mí fue visitar algunos de los lugares donde esos refugiados llegaron en masa. Esa historia que no conocía, que nadie me había contado. Esa Historia que sí tiene cabida en algunos municipios franceses donde monolitos, museos y antiguos campos de internamiento están muy presentes y nos recuerdan un pasado no tan lejano.




Podría ser una novela normal pero, en mi opinión, el estilo de Pilar Romera la hace redonda, perfecta, inolvidable. La autora muestra a sus personajes con todas las dudas, errores, imperfecciones y miserias que los hace humanos. Son víctimas de una época, de una situación que les obliga a tomar decisiones que no habrían tomado en otras circunstancias. Los convierte en supervivientes. Y, la mayor parte del tiempo, en impostores. 

Miquel e Ignasi. El antes y el después de la guerra civil. Siempre alertas y con la sospecha de que algún día podrían ser descubiertos, sintiendo el aliento de la maquinaria franquista en la nuca. Dora, como el sol, ese punto sobre el que giran los demás. La vida detenida, los sueños olvidados, abandonados a su suerte, perdedores todos.  El comisario Fuentes y Paco, el conseguidor. Adaptándose cada cual a las nuevas circunstancias. Como camaleones. 

Si en lugar de leer su historia hubiera podido viajar en el tiempo y conocerles, yo me habría quedado. Y habría intentado saber si al final, después de todo lo ocurrido, la vida les recompensó y les dio algo bueno, algo mejor. Eso deseé al llegar a la última página. 
O que el tiempo se hubiera detenido en un momento concreto, cuando antes de la guerra civil los sueños, las ilusiones y un futuro brillante se podían inmortalizar en una imagen, en un único gesto.


Honeymoon - Kurt Hutton (1954)