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9 de octubre de 2021

Tengo un nombre - Chanel Miller

Que en los últimos doce meses haya leído: "El consentimiento", de Vanessa Springora, "Creedme", de T. Christian Miller y Ken Armstrong, "She said - La investigación periodística que destapó los abusos de Harvey Weinstein e impulsó el movimiento #MeToo", de Jodi Kantor y Megan Twohey, o "Tengo un nombre" de Chanel Miller, y haya visto documentales como "Gimnasta A: El médico depredador", "La guerra contra las mujeres" o "¿Qué co#o está pasando?" podría ser definido como patrón. O uno de esos temas que me obsesionan, interesa, sobre los quiero tener información suficiente tanto para crearme una opinión como para defenderla. Porque si hay algo seguro es que al menos una vez al mes tratarás con alguien que negará la violencia de género, pondrá en duda a las víctimas de las agresiones sexuales, opinará sobre el último titular de prensa que denuncie alguna de estas situaciones con afirmaciones que solo dejarán en evidencia que hablar es gratis y que se puede decir lo que se quiera bajo el auspicio de la libertad de expresión.

No tenía previsto hacer esta entrada. Esta semana terminé Tengo un nombre, de Chanel Miller y pensé en hacer una reseña de este testimonio. Me dije que, al final, estas lecturas nos interesan siempre a las mismas personas y que ya podía ponerla por las nubes: probablemente nadie que pasara por aquí optaría por añadirla a su wishlist. Pero justo saltó la noticia de que uno de los violadores de la Manada había escrito una carta pidiendo perdón a la víctima. Es curioso que pueda pensarse que es una victoria para la víctima, a la que social e institucionalmente se encargaron de denigrar, poner en duda y juzgar. Lo cierto es que lo que espera este violador, ahora confeso, son beneficios penitenciarios.

Lo que cuenta Chanel Miller es su experiencia desde que fue violada en un campus universitario hasta que tuvo que enfrentarse a la condena de seis ridículos meses a su violador. Su caso trascendió cuando se hizo pública su Declaración de daños. Lo hizo bajo un seudónimo porque pasó mucho tiempo hasta que se atrevió a sacar a la luz su verdadera identidad. 

«Tú no me conoces, pero has estado dentro de mí, y por eso estamos aquí hoy.
(...) Le dije a la agente de la condicional que no quería que Brock se pudriera en la cárcel. No le dije que no se mereciera estar entre rejas. 
(...) También le dije a la agente de la condicional que lo que quería de verdad era que Brock entendiera lo que había hecho y admitiera el delito. Por desgracia, después de leer la declaración del acusado, siento una profunda decepción y veo que es incapaz de mostrar un arrepentimiento sincero ni de responsabilizarse de su conducta. Respeté plenamente su derecho a tener un juicio justo, pero incluso después de que doce miembros del jurado lo declararan culpable de tres delitos graves, lo único que ha admitido es que bebió alcohol. Alguien que es incapaz de aceptar su plena responsabilidad por lo que ha hecho no merece que se suavice su veredicto. Es profundamente ofensivo que pretenda enmascarar una violación amparándose en la "promiscuidad". Por definición, una violación no es la ausencia de promiscuidad, sino la ausencia de consentimiento, y me inquieta enormemente que no sea capaz de apreciar esa distinción.»

En She said, encuentro párrafos como estos:

«The Washington Post había obtenido parte de una cinta de audio del programa de cotilleos Access Hollywood en la que Trump se vanagloriaba de sus agresiones hacia las mujeres. La grabación era de 2005:

Me siento automáticamente atraído por las chicas guapas, simplemente empiezo a besarlas. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, dejan que lo hagas. Puedes hacer cualquier cosa... Agarrarlas por el coño. Puedes hacer cualquier cosa.»

Posteriormente, Trump se retractó primero, habló de bromas de vestuario y luego acusó a las mujeres que se atrevieron a corroborar sus afirmaciones, de mentir. Siempre me sorprende en estos casos la cantidad de mujeres que salen en defensa de los agresores, especialmente las que afirman que ellas no habrían consentido o que por qué esperaron "x" años para hablar. Qué atrevida es la ignorancia.

Hemos sido testigos del reciente caso del youtuber que alardeaba de mantener relaciones sexuales sin preservativo porque les aseguraba a las chicas que era estéril, afirmación que provocaba la risa de su interlocutor. También en este caso se pueden leer comentarios y opiniones sobre que él se ha disculpado sinceramente, que no existen pruebas, que aquello no era una confesión, sino una mera conversación inapropiada. Si yo fuera una de esas chicas, sabiendo cómo se pone en marcha la maquinaria difamatoria sobre las víctimas, probablemente no abriría la boca. 

Se habla mucho ahora de "la cultura de la cancelación", del castigo al que se ven sometidos abusadores y agresores, que actuaron con la mayor impunidad. Creo que el problema está en que el foco mediático cae sobre ellos, se intenta poner en valor sus aportaciones sociales, culturales, aquello en lo que han destacado y entonces se habla de censura, puritanismo, de si debemos separar autor y obra. La cuestión es que gran parte de las víctimas no cuentan su historia, no hablan de su vida antes y después de las agresiones. No pueden hacer como Chanel Miller, contar el momento exacto en el que su vida cambió y dejó de ser ella para convertirse en Emily Doe, una chica a la que un chico decidió agredir detrás de unos contenedores aún sabiendo que estaba prácticamente inconsciente y que fue socorrida por dos chicos que pasaban por allí en bicicleta a los que solo les bastó una ojeada para saber que se estaba produciendo una agresión sexual. Posteriormente la sometieron a un juicio público en las redes, dejó de trabajar y hacer planes porque el juicio la mantuvo atada a un calendario en el que no podía ejercer ningún control y que necesitó (y probablemente necesitará siempre) algún tiempo de terapia y asistencia psicológica. Detrás de cada víctima hay además una familia, gente que la quería y cuyas vidas también cambiaron.

Es terrible tener la sensación de que no importan las víctimas. Es hipócrita pensar que puedes saber que una persona agredió a otra pero que, oye, hay que separar la obra del autor. No cuando cuentas con cierta información. Porque resulta que hay hombres como Trump que creen que pueden hacer lo que quieran, contarlo e irse de rositas. Que de hecho lo hacen y pueden incluso convertirse en presidente de EEUU. O que describen una violación con la mayor frialdad y desapego, como lo hacía Neruda en Confieso que he vivido y seas recordado solo por tu obra. La mala noticia es que ya no, no puedes hacerlo y que esta generación mire para otro lado. Compré hace unos años Veinte poemas de amor y una canción desesperada, ejemplar que actualmente descansa en algún vertedero, espero que sepultado por una tonelada de escoria e inmundicia. No se trata de censura. Por mí pueden seguir imprimiendo sus libros hasta el fin de la humanidad. Lo que no quiero es tener en mi casa algo que me recuerde un pasaje como el que cierra esta entrada y que no me hace pensar en un poeta, en un Nobel de la literatura, sino en un ser miserable y ególatra. Lo único que siento es que esa mujer de la que habla nunca tuviera forma de contar su historia. Y es por eso por lo que yo sigo leyendo libros como Tengo un nombre o viendo documentales como Gimnasta A: El médico depredador. Para mí es muy fácil saber qué voces quiero oír, de qué lado quiero estar.

«Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado.
Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

Me costó trabajo leer el cablegrama. El Ministerio de Relaciones Exteriores me comunicaba un nuevo nombramiento.»



6 de febrero de 2021

Julio Cortázar y Cris - Cristina Peri Rossi

 El amor es un asunto de palabras
Cristina Peri Rossi

«Soy consciente de que la escritura es una forma de recuperación, de salvación frente a la muerte y a la desaparición.»


No sé si era esa la intención de Cristina Peri Rossi cuando accedió a escribir y publicar Julio Cortázar y Cris. El amor es un asunto de palabras y a ella le bastan apenas cien páginas para dejarnos una buena muestra de ello. El amor es el único sentimiento que perdura en el tiempo, el que se mantiene incluso por aquellas personas que ya no están.

La generación de Julio Cortázar (1914-1984) y la de Cristina Peri Rossi (1941-   ) se me queda lejos, aunque después de leer este brevísimo retrato autobiográfico, sé algo más de ellos. Dice un extracto de la contraportada: Julio Cortázar le dedicó Quince poemas de amor a Cris y, muchos años después de su muerte, Cris escribe la crónica de esa amistad amorosa irrepetible.

Creo que, como en la vida, la literatura está llena de impostores. Autor@s con obras que apelan a la emoción y que nos dejan absolutamente indiferentes. 

A veces incluso ves el truco venir: juegan la carta del duelo, del drama familiar, de la injusticia... un universo de lugares comunes, y eres consciente de que no, no vas a caer en el burdo ardid: es falso, carece de toda consistencia, es puro artificio.

Simplemente hay sentimientos que no se pueden fingir y cuando están ahí, cuando hay verdad en ellos, tienen el efecto esperado. Te hacen partícipe, te incluyen, te emocionan. Con apenas unos retazos de conversaciones y recuerdos, Cristina Peri Rossi consigue transmitir toda la complicidad, la admiración y el amor que se tuvieron y que va mucho más allá de lo romántico. No he podido evitar pensar en Éramos unos niños, de Patti Smith y en la pureza que ella conseguía transmitir al hablar de su relación con Robert Mapplethorpe. Claro que, Cortázar y Peri Rossi, compartían además de la fascinación por los caleidoscopios y los dinosauros, su condición de exiliados políticos.

Dicen que para que algo exista, hay que nombrarlo. Imagino que por eso existen expresiones como alma gemela, para hablar de una persona con la que se tiene una especial conexión o afinidad. Leyendo a Peri Rossi una se da cuenta de que mucho de eso había. 

Julio Cortázar escribió este poema para Cris

Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha

Cris escribió estas palabras para hablar de Julio

Ambos amábamos la poesía. Julio siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas. «Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto de los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy muy triste o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiche. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.


Qué afortunados fueron de encontrarse y qué suerte la nuestra de tener sus palabras, sus obras. Me acompaña mientras cierro esta entrada la voz de Neil Young y su Heart of gold. Otro regalo para la nostalgia.

 



20 de febrero de 2020

Testamento de juventud, de Vera Brittain

Denunciaba estos días (especialmente en Instagram, con pantallazos bastante gráficos sobre lo que una editorial pretende vender como un buen trabajo de traducción y corrección, cuando en realidad ese trabajo no existe), lo cansada que estoy de encontrar obras mal editadas y de que nos mientan sobre las razones por las que eso ocurre. 
Siempre me he negado a hacer reseñas negativas, por eso no perderé el tiempo en traerlo aquí y darle más publicidad a quienes no cuidan lo que hacen. Para contrarrestar eso, hoy os traigo un ejemplo de edición impecable.

Testamento de juventud, de Vera Brittain, una coedición de Periférica & Errata naturae con la magnífica traducción de Regina López Muñoz. Si veis el nombre de Regina en cualquier libro, os garantizo que la traducción será perfecta. Es su sello.
Si pasáis por una librería y lo veis, hojeadlo, abridlo, oledlo. Es un libro que permanecerá intacto durante años en vuestras estanterías.

Pero no todo es el continente. Testamento de juventud no estaría aquí si no fuera por su contenido. Su SINOPSIS recoge perfectamente lo que encontraréis en estas memorias de la inglesa Vera Brittain.


Vera Brittain dedicó casi veinte años a escribir esta obra portentosa, en la que debía haber espacio «para los seres queridos y también para aquellos a quienes no conoceremos nunca, pero que, no cabe duda, son nuestros iguales». Pocas veces se ha contado la vida de aquella juventud, la que sufrió la Primera Guerra Mundial y la posguerra, con tanta profundidad, elegancia y exactitud. Se combinan aquí las peripecias (siempre verdaderas) de la hija del propietario de una fábrica de papel de provincias que luchaba por emanciparse con las de la joven estudiante de Oxford y con el sufrimiento que esa misma joven, convertida en enfermera, encuentra en el frente durante la guerra; su pasión por el estudio y la literatura con el afecto por muchos de los que la rodearon desde adolescente… Todos sus amigos lucharán en las trincheras, y todos sus amigos vivirán el fin de una época mejor en la que todo parecía más puro e ingenuo.
«Si la guerra me perdona la vida», escribió Brittain a su hermano, «mi único objetivo será inmortalizar en un libro nuestra historia, la de nuestros amigos». Aquel deseo, casi una promesa, se convirtió en uno de los libros de memorias más famosos y conmovedores del siglo XX. A pesar de su interés por ajustarse al marco histórico de lo sucedido y a los datos reales, Vera Brittain, cuando escribe, siempre lo hace en los alrededores de la poesía y de los sentimientos, respaldados por una inteligencia viva y sus fervientes creencias pacifistas y feministas.
Cuando finalmente se publicó, en 1933, Testamento de juventud fue un éxito instantáneo. La primera edición se agotó en pocas semanas; Virginia Woolf anotó en su diario que se sentía impelida a quedarse despierta toda la noche para terminar de leerlo; y cuando apareció su edición americana, The New York Times escribió con entusiasmo que aquella historia autobiográfica era «honesta, reveladora… y desgarradoramente hermosa».

La obra está precedida por las etiquetas: feminista y pacifista. Reconozco que, cuando lo vi me eché a temblar. En torno al feminismo se están enlazando obras, actos y símbolos que nada tienen que ver con el movimiento. Es como cuando dicen que la actuación de Shakira y Jennifer López en un descanso de la Super Bowl es un símbolo, un mensaje al mundo del empoderamiento femenino. Ojos en blanco. Ante afirmaciones así me siento de otro planeta. Llamadme rara



Todos mis temores se disiparon cuando empecé a leer a Vera. Testamento de juventud sorprende por la lucidez en cada afirmación que hace su protagonista, por lo innovador y maduro de su discurso. Me atrevería a decir que escritoras como Virginia Woolf alcanzaron la fama, y personas como Vera Brittain cardaron la lana. El hecho de que su obra no se haya traducido en nuestro país hasta ahora, me parece un claro ejemplo.
Lo mejor, creo, es citarla:

«Yo había resuelto que, casada o no, me mantendría solita, a poder ser mediante la escritura, y que jamás sería una carga económica para mi esposo. Ya entonces juzgaba incompatibles la libertad personal y la dignidad en el matrimonio con la dependencia económica; »

«Pueden atribuirse pocos méritos a la guerra, pero uno de ellos fue poner fin a aquella triste tradición según la cual las enfermedades venéreas o la brutalidad sexual en un marido quedaban sobradamente compensadas por un saldo bancario envidiable.»

«En tiempos de guerra, lo que agota a las mujeres no son las extenuantes tareas desconocidas que les tocan en suerte, ni el miedo constante a la muerte de maridos, enamorados, hermanos o hijos; es el conflicto incesante entre las exigencias personales y las nacionales lo que absorbe toda nuestra energía y quebranta el espíritu.»

«¿Podía transformarme en joven esposa y madre, yo la veterana de guerra, concediendo así de nuevo al destino el poder de hacerme daño, de destruir mi vitalidad y mi capacidad creativa como las había destruido en los años posteriores a 1914?»


Lo mismo ocurre con su mirada pacifista:

«"Es imposible", concluía, "hallar satisfacción alguna en los veinticinco mil alemanes asesinados, mutilados y abandonados a la descomposición; la destrucción del hombre como si fuera una bestia, ya sea éste inglés, francés, alemán o de cualquier otro país, supone un atentado contra el progreso de la civilización."»

«Ojalá todas esas personas que escriben sin pensar sobre "una guerra santa" y esos oradores que no se cansan de repetir que tenemos que seguir adelante sin importar cuánto dure la guerra y lo que ello suponga, pudieran ver al menos a un soldado -por no hablar de diez- víctima del gas mostaza; ojalá pudieran ver a estos pobres hombres achicharrados y plagados de ampollas enormes y supurantes de color mostaza, y ciegos - a veces con carácter temporal, otras veces, permanente-, con los párpados pegajosos y pegados, y dejándose la piel por respirar, con la voz reducida a un murmullo, diciendo que se les cierra la garganta y que saben que van a asfixiarse.»

Reflejó también la situación en la que quedaron aquellos hombres que no fueron a las trincheras, pero que trabajaron para seguir sosteniendo el país:

«El nefasto entendimiento psicológico de las altas esferas obligaba a unas personas que se mataban a trabajar sacando adelante dos y hasta tres empleos a jornada completa a llevar prendas que según la opinión popular los tildaban de "gandules", a la vez que miembros de guarniciones muy ligeras y perfectamente seguras eran elevados a la categoría de héroes. A mi tío, la guerra le costó la vida casi como si hubiera estado en las trincheras; sin embargo, lejos de saborear la "gloria" del sacrificio, ni siquiera se le permitió prescindir de un atavío que lo condenaba a la humillación.»


Testamento de juventud no solo plasma los pensamientos y reflexiones de Vera. El texto incluye fragmentos de cartas (emociona leer las palabras de su hermano y las de su prometido, durante el tiempo que estuvieron en el frente), poemas, referencias literarias, su trabajo de enfermera, la ingenuidad inicial ante el conflicto y la emoción ante las sucesivas pérdidas de amigos y familiares. 

Más de ochocientas páginas llenas de sentido común, sentimiento y rebeldía. Yo creo que, si una persona lee solo este libro, podría dar el año lector por bien empleado.


Quizá algún día brille otra vez el sol,
y yo vea que el cielo todavía es azul,
y vuelva a sentir que no vivo en vano;
aunque viva despojada de ti.

Quizá, a mis pies, las praderas doradas
alegren las horas soleadas de la primavera
y saboree la dulzura de las flores de mayo;
aunque te hayas marchado.

Quizá los bosques resplandezcan en verano,
y recuperan su belleza las rosas rojas,
y las cosechas su abundancia otoñal;
aunque no estés aquí.

Pero aunque el Tiempo generoso renueve la alegría,
hay una, la mayor, que yo no conoceré
porque al perderte mi corazón
hace tiempo que se rompió.

V. B. «QUIZÁ...», PARA R.A.L., 1916
De Versos de una enfermera voluntaria.




18 de marzo de 2017

Escapar para vivir - Yeonmi Park


ESCAPAR PARA VIVIR


Yeonmi Park

Edición impresa 
ISBN: 9788416820733


Plataforma editorial
(2017)


Narrativa extranjera
Autobiografía



SINOPSIS

Yeonmi Park no soñaba con la libertad cuando escapó de Corea del Norte. Ni siquiera sabía qué significaba ser libre. Lo único que sabía era que huía para salvar la vida, que si su familia y ella seguían allí morirían: por el hambre, las enfermedades o incluso ejecutados.
Escapar para vivir es el relato de la lucha de Park por subsistir en el país más enigmático y represivo del mundo; su angustiosa huida hacia Corea del Sur a través del submundo de contrabandistas y traficantes de personas de China; y su transformación en una destacada activista pro derechos humanos… Todo ello antes de cumplir veintiún años.
Hoy en día, Park, cuya historia se hizo viral y dio la vuelta al mundo gracias a su conmovedor discurso en el One Young World de 2014, es una líder influyente para las generaciones más jóvenes de disidentes norcoreanos. Ha obtenido reconocimiento internacional como defensora de los derechos humanos en todo el mundo.
Un libro sobre la resiliencia del espíritu humano y el extraordinario poder del amor para vencer los horrores más espantosos y las circunstancias más desesperadas. «Tuve que aprender a amar a los demás», dice Yeonmi Park. «Y ahora estoy dispuesta a morir por ellos.»


Seguro que, en algún momento, habéis visto alguna noticia sobre el actual líder norcoreano Kim Jong-un. Sobre alguna de sus excentricidades, muchas de ellas tomadas como un chiste. Es probable que, en esta sociedad desinformada se hable más de su corte pelo que de su presunta implicación en el asesinato de su hermano Kim Jong-nam, el pasado febrero. Lo sorprendente es que tanto él como los anteriores líderes sigan haciendo lo que les viene en gana con la población de Corea del Norte. Y no hay nada como leer el testimonio de Yeonmi Park para tomar conciencia de la verdadera situación del país y de sus ciudadanos.

El discurso que Yeonmi, con apenas veintiún años, realizó en el One Young Word de 2014 consiguió hacer más visible el problema, ya que ha sido uno de los fenómenos virales en internet (al finalizar esta entrada, os dejo el vídeo, subtitulado en español). Ahora tenemos la oportunidad de leer su historia tras la publicación en español de Escapar para vivir (enero de 2017), que vio la luz en su versión inglesa en 2015. La estupenda reseña del blog Pluma, espada y varita me llevó a querer conocer su historia.

En Escapar para vivir, Yeonmi Park cuenta sus primeros años y los de su familia en Hyesan, Corea del Norte, y su huida a China y posteriormente a Corea del Sur. El impacto ante lo que cuenta sobre su infancia es mayor cuando lo lee una persona que dispone de libertad, opinión y capacidad para decidir. Y también cuando tiene a su alcance tantísimos bienes materiales. Yeonmi nos habla del hambre, del miedo constante, de la propaganda y de los medios a los que recurrieron sus padres para intentar sobrevivir en su país.

<<A los norcoreanos les dan vueltas por la cabeza dos historias todo el tiempo, como si fueran trenes en vías paralelas. Una es lo que te enseñan a creer; la otra es lo que ves con tus propios ojos.>>

Su hermana, con quince años, y luego su madre y ella misma (que en ese momento tenía trece años), deciden arriesgarse a cruzar la frontera y llegar a China bajo la promesa de una vida mejor. Entenderemos lo que supone caer en las redes de la trata de personas, con el hándicap añadido de ser mujeres, o lo que es lo mismo, objetos y esposas potenciales dispuestas a soportar cualquier cosa para sobrevivir bajo la autoridad de hombres que no conoces y para los que, de entrada, no significas nada.

<<Me repugna pensar en lo que yo y tantas otras chicas y mujeres tuvimos que hacer para sobrevivir en China. Desearía que nada de eso hubiera ocurrido y no tener que volver a hablar nunca de ello. Pero quiero que todos sepan la espantosa verdad sobre la trata de personas. Si el Gobierno chino le pusiera fin a su cruel política de enviar a los refugiados de vuelta a Corea del Norte, los intermediarios perderían todo su poder para explotar y esclavizar a esas mujeres. Aunque, por supuesto, si Corea del Norte no fuera un infierno en la tierra, las mujeres no necesitarían huir.>>

En la parte final, nos habla de lo que supuso llegar a Corea del Sur como refugiada, adaptarse a una vida en libertad y cómo ha llegado a convertirse en una defensora de los derechos humanos y una imagen para todos aquellos ciudadanos sin voz de Corea del Norte.

<<En Corea del Norte, normalmente se nos enseña a memorizarlo todo, y la mayoría de las veces solo hay una respuesta correcta para cada pregunta. Así que, cuando la profesora me preguntó mi color favorito, me esforcé en encontrar la respuesta "correcta". Nunca me habían enseñado a utilizar la parte mi cerebro encargada del "pensamiento crítico", la parte que realiza juicios razonados acerca de por qué una cosa parece mejor que otra.
La profesora me dijo:
— No es tan difícil. Yo, primero mi color favorito es el rosa. ¿Y el tuyo?
— ¡El rosa!— exclamé, aliviada de haber obtenido al fin la respuesta correcta. 
En Corea del Sur llegué a odiar la pregunta "¿Qué opinas?". ¿A quién le importaba lo que yo opinara? Me llevó mucho tiempo empezar a pensar por mí misma y entender por qué mis opiniones importaban. >>


Leer Escapar para vivir me ha hecho más consciente del poder manipulador de los gobiernos y la prensa, del negocio y la falta de humanidad que hay detrás de la trata de personas, de la vulnerabilidad de la mujer en el mundo, de lo que las personas son capaces de aguantar para vivir. Un testimonio tan duro como necesario. Al menos, nadie podrá decir que desconocía esta realidad. Puede que, después de leerlo, pensemos en si reírnos la próxima vez que veamos alguna imagen o noticia de Kim Jong-un.


Discurso en el One Young World de 2014






3 de julio de 2016

Instrumental - James Rhodes


INSTRUMENTAL

Memorias de música, medicina y locura
James Rhodes

Edición impresa
ISBN: 978-84-16290-43-7
Blackie Books
(2015)




Narrativa extranjera
Autobiografía

SINOPSIS

«AHORA SÉ QUE LA MÚSICA CURA.»
 La música fue su salvación. James Rhodes fue víctima de abusos durante su infancia y su vida ha estado marcada por esa tragedia. Escuchar a Rajmáninov en bucle durante su adolescencia y descubrir el Adagio de Bach en un ala psiquiátrica le ayudó a combatir sus demonios y a transformar su vida. 
James Rhodes es uno de los más eminentes concertistas de piano de la actualidad y un gran renovador de la música clásica. Ha protagonizado documentales para la BBC y Channel 4, escribe en The Guardian y ofrece recitales en todo el mundo. «Instrumental» son sus memorias, que vieron la luz en Reino Unido después de que el Tribunal Supremo levantara el veto que pesaba sobre la obra. Todo un tributo apasionado al poder terapéutico de la música y que aborda cuestiones fascinantes sobre cómo funciona la música clásica y sobre cómo y por qué puede cambiar nuestras vidas.

«El fenómeo editorial del año.» Mail On Sunday
 «Este libro es un milagro.» The Guardian
 «Alguien que ha sufrido lo que él ha sufrido, y que ha luchado tanto contra las consecuencias de su sufrimiento, tiene derecho a contárselo al mundo. Por eso permitimos la publicación de este libro.» Veredicto del juez del Supremo, Lord Toulson

Instrumental es una autobiografía no exenta de polémica: James Rhodes fue víctima de abusos sexuales por parte de un profesor desde los cinco hasta los diez años. Dicho así, te puedes hacer una idea de lo que supuso eso para un niño, pero la verdad es que no. No eres consciente de ello hasta que James te lo cuenta. Lo hace con una sinceridad aplastante pero sin recurrir a detalles escabrosos, alejándose de la pornografía, aunque no deja de ser igual de impactante. Lo que le salvó fue su amor por la música clásica.

El libro está dividido en veinte capítulos y cada uno de ellos comienza con la presentación de una pieza musical, del compositor y de su intérprete y le sirve para introducirnos en cada etapa de su vida. Quizá pueda parecer aburrido si no estás interesado en la música clásica, pero lo que hace James es usar altas dosis de humor y sarcasmo para acercarnos al hombre y al músico que hay detrás. Mirad si no:

"Liszt es el cabronazo responsable de que los pianistas tengan que ejecutar de memoria recitales de piano enteros, cosa que hasta el momento jamás se había hecho: en los conciertos coincidían diferentes intérpretes y géneros musicales, y los músicos siempre recurrían a la partitura. Entonces, esta estrella de rock del siglo XIX, este Paganini del piano y Keith Richards de su época, hizo añicos las convenciones interpretativas al ofrecer de memoria largos recitales de piano, al tocar más rápido, con mayor volumen, potencia y violencia de lo que nadie había hecho nunca" (Cap. 10).

"A Schubert, apodado «Setita» porque apenas llegaba al metro cincuenta y era más feo que un pecado, le iba escandalosamente mal con las chicas y, en una de las infrecuentísimas ocasiones en que consiguió ligar, pilló la sífilis. Un amigo suyo dijo: «Con qué potencia el ansia de placer arrastró a su alma al lodazal de la degradación moral». " (Cap. 15).

Instrumental es muchas cosas: una sesión muy larga de terapia en la que James se desnuda ante el lector y le cuenta de tú a tú las consecuencias que supone ser víctima de abusos sexuales en la infancia, es una clase sobre música clásica, una crítica al mercado musical, una carta de amor cuyos destinatarios son el piano, Hattie (su actual pareja) y su hijo (fruto de su primer matrimonio). Es una confesión, es hablar de muchos tabús sin ningún tipo de filtro (razón por la que estuvo a punto de no publicarse). No es un libro, es James Rhodes contando sus miserias y también dejando un mensaje claro hacia la lucha y la esperanza. Sin tapujos a la hora de hablar de las autolesiones o de expresar su amor sin remordimientos por el tabaco. Un hombre que quiso ser concertista de piano y que, a pesar de tenerlo todo en contra, lo ha conseguido y continúa trabajando en ello. ¿Queréis saber lo que os vais a encontrar? 

"Los efectos secundarios a los que me refería antes: autolesiones, depresión, adicción al alcohol y a las drogas, cirugía reparadora, trastorno obsesivo-compulsivo, disociación, incapacidad de mantener relaciones funcionales, rupturas maritales, ingresos forzosos en instituciones mentales, alucinaciones (auditivas y visuales), hipervigilancia, síndrome de estrés postraumático, confusión y vergüenza asociadas al sexo, anorexia y otros trastornos de la alimentación. Esos fueron únicamente algunos de mis síntomas (a falta de un término mejor) causados por los abusos sexuales crónicos. Todos han formado parte de mi vida hasta hace muy poco, algunos no los he superado, y los abusos que viví ocurrieron hace treinta años."

Menuda carta de presentación, ¿verdad?. Y a eso hay que añadir tendencia suicida. Pero yo solo puedo deciros que lo leáis que, a pesar de lo que pueda parecer, detrás de todos esos trastornos hay un discurso lúcido, sincero y sentido, a veces incluso agotador cuando pone sobre la mesa todo lo que pasa por su cabeza. Y altas dosis de cinismo y sarcasmo que me han hecho sonreír (su supuesto intento de huida de uno de los centros psiquiátricos me hizo reír a carcajadas) .

"La cuestión es que a los diez años ya había aprendido que podía enfrentarme a cualquier situación y sobrevivir, a veces incluso mejorar, porque tengo los poderes de manipulación de un superhéroe"

"Así que podría ser generoso y afirmar que tengo aspérger y que por eso soy muy manipulador y me cuesta sentir empatía, o podría declarar que soy un psicópata incapaz de sentirla. Las dos cosas encajan. Elegid vosotros." 


Instrumental se ha ido directa a la lista de libros imprescindibles. Durante la lectura he pensado muchas veces que ojalá fuera ficción, ojalá James no hubiera tenido razones para hablarnos de todo lo que le ha ocurrido. Sin embargo, no deja de ser el mejor ejemplo de que el ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Me quedo con su lección de vida, sus consejos, su pasión por la música, sus planteamientos sobre la felicidad y su discurso sobre el amor (no dejéis de leer los agradecimientos finales). También con la intención de acercarme a la música clásica desde una perspectiva muy diferente. 
Salid de vuestra zona de confort y dadle una oportunidad a algo que no se parecerá en nada a lo que hayáis leído hasta ahora. Dejaos seducir por el "la experiencia y/o universo Rhodes" y luego contádmelo. Estoy deseando intercambiar opiniones.