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28 de julio de 2019

El oficio de contar (II) - Gervasio Sánchez

Transcripción del minuto final.

-Hola, Gervasio. Después de haber sido testigo de todo lo que has sido testigo, de todo lo que has visto, ¿tienes fe en la humanidad como colectivo, y en el ser humano como individuo?

-Gervasio Sánchez: Sigo creyendo que los seres humanos podemos ser mejores de lo que somos. Y lo sigo creyendo, sorprendentemente, porque lo he visto en plena guerra. La dignidad es un concepto intangible, pero la dignidad es algo que sabemos a qué nos referimos. Lo he visto en pleno conflicto. He visto a la gente actuar de una manera increíblemente digna. Mujeres, hombres, niños que salían por las mañanas de casa sin luz, sin agua, sin calefacción, durante años, y, sorprendentemente, iban bien vestidos, iban arreglados, se habían bañado aunque fuera con una botella de agua, que atravesaban una ciudad golpeada por una violencia increíble, que se jugaban morir por estudiar. Yo vivía, una parte de la guerra de Bosnia, viví delante de un instituto. Mi casa, una casa de una familia que me acogió, estaba delante de un instituto. Y vi morir a chicos y chicas de 14 y 15 años, atravesando un puente que era batido por francotiradores. Y pienso, a veces: ¿la dignidad no será morir por estudiar en plena guerra? ¿La dignidad no será custodiar a un vecino de la minoría que está bombardeando la ciudad y evitar que lo maten? Porque siempre hay ajustes de cuentas en cualquier guerra. ¿La dignidad no es ser capaz de decirle a una vecina, cuando los paramilitares están entrando en tu barrio: «que tu hija mayor de 14 años se venga a mi casa, que yo lo haré pasar por hija mía, si no, la van a violar? ¿Y que cuando los paramilitares entran en la casa de esa señora, solamente violen a la madre? ¿Y que el señor se juegue el cuello, si lo descubren, lo matan, por salvar una vida? Eso es el heroísmo, la dignidad, la fuerza de la razón, en medio del desastre de la guerra. La capacidad que tenemos los seres humanos de hacer o de vivir situaciones injustas de una manera no vergonzosa. Yo sigo creyendo, quizás, todavía, porque he visto a los seres humanos decidir no matar. Hay muy poca gente que prefiera morir antes que matar, pero los hay. Entonces, este tipo de personajes son, para mí, por los que vale la pena batirse en esta profesión. Hacer, creer que todavía sigue existiendo el modelo que dignifica al ser humano. El problema es qué haces cuando todo se desmorona. Y ahí aparecen las dificultades y, casi siempre, la cobardía. Por eso, la gente jalea al que mata porque tiene el arma, la gente mira hacia otro lado para evitar que pueda ser el siguiente, la gente intenta escabullirse de sus responsabilidades. Pero, de cuando en cuando, aparece, también, lo mejor del ser humano.



23 de julio de 2019

El oficio de contar (I) - Los ojos de la guerra


Hace unas semanas terminé Los ojos de la guerra, editado por Gervasio Sánchez y Manuel Leguineche en 2001. Comprende un conjunto de crónicas realizadas por 70 corresponsales de guerra. Hay artículos sobre conflictos bélicos, homenajes a compañeros fallecidos -especialmente al cámara Miguel Gil Moreno que murió en mayo del 2000-, reflexiones sobre la profesión, sobre las razones que hacen que un reportero decida jugarse la vida para cubrir conflictos.
Miguel Gil era abogado en un bufete. Durante unas vacaciones cogió su moto y fue con ella desde Barcelona hasta Sarajevo. Quería ver lo que pasaba in situ. Quería hacerse reportero. Dejó la abogacía, aprendió el oficio y murió con 32 años en una emboscada en Sierra Leona. Todo aquel que lo conoció afirma que era de los buenos.


Empezaré diciendo que, si no fuera por ese maravilloso invento que es el préstamo interbibliotecario, esta entrada no existiría. La edición está descatalogada y las poquísimas ediciones de segunda mano en el mercado se venden a precio de oro. En estos casos las bibliotecas hacen de custodio y memoria. Vuelve a mi mente la imagen de la biblioteca de Sarajevo cuya destrucción inmortalizó Gervasio Sánchez. Todo un ejercicio de memoricidio.

Me resulta bastante difícil condensar en esta entrada lo que ha supuesto leer Los ojos de la guerra, quizá porque en este libro están presentes los mejores representantes del oficio, lo más digno de la profesión. Se hacen llamar "la tribu". Algunos son verdaderos veteranos. Han pasado 18 años desde su publicación y siguen en activo, como Gervasio y Ramón Lobo, o cambiaron de tercio como Arturo Pérez-Reverte. Y muchos otros se han ido uniendo a la lista de bajas: Ricardo Ortega, José Couso, Julio Anguita Parrado... o de secuestros. Para mí son viejos conocidos, les sigo la pista desde hace años. Recuerdo la voz de Olga Rodríguez y sus crónicas a primera hora de la mañana en Bagdad. Me preguntaba cuánto más difícil podía ser para ella hacer su trabajo por su condición de mujer y por eso acabé comprando su libro Aquí Bagdad. Crónica de una guerra. También a Mercedes Gallego, compañera de Julio Anguita Parrado, reportera empotrada con el ejército estadounidense y que publicó Más allá de la batalla: Una corresponsal de guerra en Irak. Recuerdo especialmente la emoción que me produjeron las imágenes del  asesinato de José Couso. Les admiro a ellos y a su trabajo y, dado los riesgos que asumen, me interesaba conocer su visión sobre lo que hacen. Su visión sobre la guerra.



Están emitiendo en Netflix la película documental del periodista Hernán Zin: "Morir para contar". Creo que, si os interesa el tema y no podéis acceder a Los ojos de la guerra, es la mejor oportunidad de ver lo que hacen y lo que pierden en ese camino. Emociona escuchar a Hernán o a Manu Bravo sobre lo que va muriendo en el interior de una persona cuando tu mirada, tu mente, se llena de imágenes y momentos terribles. Las reflexiones de David Beriain citando a Terencio: "soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno". Las confesiones de quienes necesitan tratamientos médicos para poder superar las vivencias.  Todos ellos también son supervivientes de guerra.

Antes de devolver el ejemplar del libro dejé anotados algunos fragmentos:

<<A lo largo del año pasado me he preguntado mucho por qué continúo trabajando como lo hago (...)
Me pregunto si soy adicta al peligro, si necesito sentir miedo para sentirme real. Estas interrogantes se han hecho más acuciantes desde que fui madre (...)
La respuesta es muy vieja. La respuesta es que cuando la gente buena no hace nada, los malos triunfan. La respuesta es que si no vamos a lugares terribles, a zonas en guerra para descubrir la brutalidad, la violación de derechos humanos, la limpieza étnica, los asesinatos en masa... si no vamos allí, los malos ganarán>>
CHRISTIANE AMANPOUR (corresponsal CNN)

<<Al final de su libro The view from the ground (El paisaje desde el suelo) Matha Gellhorm escribe: "En toda mi vida como informadora he lanzado pequeños guijarros a un estanque y no hay modo de saber si alguno de ellos provocó la más ligera onda. No necesito preocuparme de eso. Mi responsabilidad era hacer el esfuerzo. Pertenezco a un grupo global de hombres y mujeres que están preocupados por las guerras en el planeta y por sus habitantes más desprotegidos. Planeo pasar los años que me quedan aplaudiendo a esos compañeros, animándoles desde las gradas, gritando: Muy bien, vamos, eso es, nunca abandones>>
MAGGIE O´KANE (corresponsal de The Guardian)
Martha Gellhorn es una de las más destacadas periodistas de guerra del s.XX, pero se la sigue conociendo como la tercera esposa de Hemingway.

<<Una de las cosas que más temprano se capta e interioriza en esta profesión es que los hombres somos exactamente iguales. Entre el pálido científico alemán y un oscuro aborigen ruandés no hay diferencias sustanciales. Para constatarlo basta escarbar en las hemerotecas, echar mano de la historia reciente y repasar cómo procedieron germanos y hutus -en 1939 y 1994 respectivamente- contra quienes consideraban sus enemigos más odiados: judíos y tutsis.
Los seres humanos somos análogos, aunque nuestras circunstancias varían enormemente. Dicho esto, solo resta proclamar a voces que los conflictos sangrientos no son consecuencia de los genes, las diferencias de RH, la historia o la semántica. Las guerras, los atentados, el dolor, la tortura y el sufrimiento son el amargo fruto de la ambición, la estupidez, la locura y la dureza de corazón.>>
ALFONSO ROJO (Crónica "Ser reportero es siempre mejor que trabajar").


Miguel Gil fue galardonado con uno de los premios más prestigiosos, el Rory Peck. Al final del acto de entrega dijo:


<<Me siento como un paparazzi. Así es como me siento. Veo que estoy satisfaciendo una necesidad del mundo occidental. Este mundo necesita a lady Diana tres o cuatro veces por semana y necesita un poco de bang-bang cada una o dos semanas. Igual que necesita niños famélicos de África. Y paga por ello. No entiendo por qué, pero paga. No trato de comprenderlo, no soy un psiquiatra. Pero sé que nosotros somos una pieza de ese engranaje y que estamos sirviendo un producto.
Lo único malo de lo que hacemos es que todos tenemos gente que sufre por nosotros en casa, en Europa: novias, esposas, madres, hermanos, lo que sea. No sé qué decirles. Es todo lo que se me ocurre. Somos demasiado egoístas, llámalo como quieras. Hacemos lo que tenemos que hacer.>>


Quiero pensar que esta entrada es porque lo que ocurre en el mundo me importa y, sin embargo, en el fondo me digo a mí misma: ¿cuánto te importa? ¿qué haces para cambiar lo que pasa? Y la respuesta es nada.
Ellos se juegan la vida para mostrar el sufrimiento de otros y nosotros cambiamos de canal si las imágenes se nos atragantan.

Sin embargo, leo las últimas palabras que Miguel Gil dejó en su diario, el 23 de mayo de 2000, el día antes de morir, y pienso en ese dolor singular y único del que habla.

<<A veces las historias de la gente no me importan una mierda. Como el que ve un documental después de comer. Y una vocecita le dice "esto te debería de impresionar".
Cada dolor es singular  y único. Por las más sobrenaturales razones.>>





17 de julio de 2019

Pequeñas grandes cosas - Jodi Picoult

Pequeñas grandes cosas de Jodi Picoult ha sido mi última lectura. Dice la autora en una nota final: Pequeñas grandes cosas es una referencia a una cita atribuida al reverendo Martin Luther King Jr.: "Si no puedo hacer grandes cosas, puedo hacer pequeñas cosas a lo grande".

Son muchas las razones por las que me gusta Picoult. Es atrevida, en cada novela presenta conflictos de intereses, situaciones difíciles, temas controvertidos. Las relaciones familiares suelen tener también un gran protagonismo, así como las repercusiones legales de ciertos actos. No suele escribir libros cortos, muy al contrario, no teme pasar de las cuatrocientas o quinientas páginas y aún así nunca me parece que sobre nada ni me ralentiza la lectura. Sin embargo, no ha sido así esta vez. Porque esta vez el tema, el conflicto, me ha hecho sentir como si una parte de mí leyera y otra analizara todos los planteamientos y puntos de vista que se muestran en la novela.


SINOPSIS

Ruth Jefferson es enfermera en la sala de partos de un hospital de Connecticut, una profesional con más de veinte años de experiencia. Ruth empieza su turno con el reconocimiento rutinario de un recién nacido, pero unos minutos después le comunican que el niño tiene otra enfermera. Los padres son supremacistas blancos y no quieren que Ruth, que es de origen africano, toque a su pequeño. El hospital satisface sus deseos, pero al día siguiente el niño sufre una crisis cardíaca y Ruth es la única enfermera de servicio. ¿Obedecerá las órdenes de la dirección o intervendrá a pesar de todo? 


Con un extraordinario despliegue de inteligencia y sinceridad, y una gran empatía, Jodi Picoult aborda los problemas de la raza, los privilegios, los prejuicios, la justicia y la compasión y no da soluciones cómodas.


El tema estrella, como imaginaréis después de leer la sinopsis, es el racismo. Pero nada de un racismo ligh. La incomodidad se siente en sus líneas. Picoult coge el tema, lo esparce a través de sus protagonistas y es imposible no salir salpicada. ¿Quizá se le podría acusar de usar a los personajes para representar al estereotipo? Quizá. 

Ruth y su familia representan el estereotipo negro: está la madre-criada que trabaja para una familia blanca desde hace años, la hermana que vive en un barrio marginal, el hijo brillante que es la gran esperanza de la familia y Ruth, enfermera, que ha vivido creyendo que "se había integrado en la comunidad".

Por otro lado, están los supremacistas blancos: los que creen firmemente en la superioridad aria, los odiadores (de negros, homosexuales, judíos...), los que se concentran para sentir el apoyo del grupo y poder reafirmar sus creencias, los delincuentes que usan ese odio como válvula de escape para emplear la violencia. Y en medio de todo eso, una abogada blanca que deberá ponerse en la piel de su defendida para entender la magnitud de una situación que se mantiene en EEUU, que es donde se sitúa la novela. Huelga decir que toda mi empatía se ha ido hacia esa abogada.

«-¿Sabías que, en El Rey León, las hienas, que son los malos, hablan con jerga de negros o latinos? ¿Y que a los cachorros se les dice que no vayan donde viven las hienas?

Me mira como si le estuviera contando una gracia.

-¿Sabes que Scar, el villano, es más oscuro que Mufasa?»

El hecho de pensar en los estereotipos ha sido lo que ha ralentizado mi lectura. No dejaba de pensar: ¿de verdad ocurre esto? ¿de verdad se permite?. No soy una ingenua. Lo cierto es que creo todos los escenarios que presenta Jodi Picoult. Y, además, he disfrutado mucho de la trama legal y judicial (y eso es culpa de haber estudiado Derecho pensando que al terminar todo sería como en la serie de finales de los noventa: Ally McBeal).

Aun así no ha sido una lectura redonda y con Picoult suelo estar avisada. Los temas que toca tienen tantas aristas que el lector espera con ganas que llegue el final y que se resuelva el conflicto. Cuanto más se enreda todo más te preguntas: ¿cómo vas a solucionar todo lo que estás poniendo en el tablero?. A veces esa resolución no me satisface del todo y en este caso me ha parecido un poco complaciente con el lector. 

Justo el mismo día que termino la novela (#señales), escucho un podcast sobre el trabajo de Angélica Dass, Humanae Projet. La escuchaba y pensaba en cuánto ganaría el mundo si todos entendiéramos que el color de la piel no nos hace diferentes porque, ante todo, somos seres humanos.

Creo que la mejor forma de cerrar esta entrada es dejando su charla TED. De veras, merece la pena. Leed también a Picoult, es una buena manera de revisarnos a nosotros mismos y de disfrutar a la vez de una  muy buena lectura.



11 de julio de 2019

Lo que arriegué por ti - Marisa Sicilia

CRÓNICA DE UNA DESPEDIDA

Hace mucho que esta casa virtual, mi casa, dejó de ser solo un blog de reseñas para convertirse en un diario de lecturas y, como diría mi querida Miss Brandon, de vida.
Aquí voy dejando trocitos de experiencias lectoras, fragmentos de libros y poesía y, a veces, también hablo de las cosas que me importan y sobre las que me gusta posicionarme.
Y luego hay días como los de hoy, en los que quiero convertir el blog en un tarrito de esencias, el sitio donde encerrar emociones y recuerdos y que puedo destapar cuando quiera, con la seguridad de que todo eso permanecerá intacto. La banda sonora la ponen Imagine Dragons y su tema Whatever it takes.

A los lectores suele pasarnos aquello de engancharnos irremediablemente a una historia de ficción y convertirla en realidad. Dar vida a los protagonistas en nuestra mente, ponerles cara y gestos, llegar incluso a sentir como/con ellos. La facilidad con la que las emociones fluyen durante una lectura (o una película), el efecto deslumbrante que ciertos escritores transmiten a través de sus letras (metáforas imposibles, imágenes literarias cargadas de belleza), la asunción de un mensaje cómplice -cuando piensas yo también estaría de tu lado, yo también comparto este modo de entender la amistad, el amor, la vida...-. Con todas estas cosas contamos. A lo que no vamos a acostumbrarnos, yo al menos me niego a hacerlo, es a despedirme de ellos.

Imaginad que habéis visto nacer esa historia y habéis contado los meses hasta verla publicada en papel, que es algo así como el último paso para hacerles tangibles, corpóreos.  ¿Cómo te despides de esas personas que han formado de algún modo extraño pero real, parte de tu vida durante meses?
En realidad no puedes hacerlo, pero sí puedes celebrar que han existido e intentar que, aun sin quererla, esa despedida sea más dulce.


El día 5 de julio, Marisa Sicilia presentaba en Madrid Lo que arriesgué por ti y, hasta que llegó ese día, ambas nos empeñamos en que Antje y Dmitry tuvieran su momento de gloria. Un último capítulo. Un bonus track. 

Hay dos cosas que no voy a olvidar de ese día:

- El calor que nos transmitieron quienes asistieron, la sonrisa cómplice entre el público de la también escritora Laura Sanz que fue un bálsamo para mis nervios, y el pellizco que sientes por la ausencia de aquellas personas que por muy diversas razones no pudieron estar, pero que desde la distancia te envían fuerza para hacerlo aún mejor.

- Los mensajes que transmitió Marisa Sicilia -o que yo libremente interpreté- en relación a los protagonistas de la novela pero que se pueden aplicar a la vida: no olvidar el pasado (para no repetirlo), no aceptar como bueno aquello que nos paraliza o nos daña, asumir los errores sin que eso suponga lastrar nuestra vida y, sobre todo, no renunciar nunca a lo que amamos.



(Podéis pinchar aquí para ver la Crónica de la Presentación)

Lo que sé es que, en este mundo que tantas veces se me antoja hostil e injusto, es fundamental invertir el tiempo en todo aquello que nos llena, que nos alimenta y que nos hace felices. Y es aún más importante compartirlo con las personas que nos importan y cuya presencia nos hace, en cierta medida, sentir en casa. Me siento muy en deuda con todas esas personas, pero con Marisa -la escritora y la amiga- más que con ninguna otra. 

Me quedo con su dedicatoria inicial y su mensaje:  <<Para aquellas que os enfrentáis a diario a las inseguridades, las zancadillas, las desilusiones, la presión por llegar a todo. Gracias por no rendiros, por querer hacerlo aún mejor. Por arriesgaros. >>

Decía Marisa en su crónica que es importante dejar ir, despedirse, cerrar el círculo para que puedan llegar cosas nuevas. Mi suerte es que Nadina, Mathieu, Antje y Dmitry no se marchan del todo, seguirán ahí, en la estantería, esperando el momento justo para volver a ellos. Es lo que ocurre con las buenas historias, son puerto seguro en el que atracar siempre. No es un adiós, es un hasta la próxima lectura.





Whatever it takes
You take me to the top
I'm ready for whatever it takes
Because I love the adrenaline in my veins
I do what it takes



29 de junio de 2019

El jardín de la memoria - Lea Vélez

Hace varios años escuché hablar de El jardín de la memoria en la radio. Me impresionó la temática: Lea Vélez escribía una novela con claros tintes biográficos, una especie de diario de los últimos días de vida de su marido, que falleció víctima de un cáncer. Y, decían, lo hacía dejando un mensaje esperanzador. Con eso me quedé. Anoté el título y desde entonces estaba en mi lista de Goodreads.

Ahora que lo he leído, mis impresiones han tomado una dimensión nueva, un poco más exacta y realista, un poco alejada de lo que creía que iba a encontrar. 


«Fue un otoño extraordinario. El otoño en el que tú me enseñaste a vivir y yo te enseñé a morir. Durante la última aventura, filosofamos, investigamos, leímos las viejas cartas de tu hermano Stephen. Las cartas que relatan una época y un pasado familiar. Gracias a una antigua foto en un sobre con matasellos de Sheffield, encontré respuesta a la dudosa paternidad de Gill. Me encanta hacer de detective. Las cosas de Stephen siguen en la buhardilla, metidas en sus cajas de bombones y a veces las saco y releo una poesía del cuaderno infantil. Allí, en la Inglaterra de 1957, estaban las respuestas y mientras yo escribía este Jardín transcribiendo cartas amarillas por el tiempo, tú lograste perdonar. Pienso en la sonrisa del otro protagonista de este relato: Francesc Boix. Te fascinó la vida del republicano español, testigo de Núremberg, fotógrafo de guerra. Yo te contaba sus hazañas, que están en esta novela y que no sé si es novela porque todo lo que se cuenta en ella sucedió de verdad.
Ese verano volvimos a Malmesbury. Tenías razón. 
No existe un lugar con más encanto en Inglaterra. Los niños se disfrazaron de caballeros y cruzaron aceros de plástico en los jardines de la abadía. Hicimos un picnic. Entre saltos, tumbas de piedra, juegos y merienda, esparcimos tus cenizas bajo un roble centenario. Entro de nuevo en este otro jardín, El jardín de la memoria, ojeo sus páginas, riego con cuidado el primer beso que nos dimos y ese último que a veces es como el primero de un nuevo cariño real, invisible. Ahora estás hecho de un aire que empuja con constancia mi columpio. Subo y bajo, y veo más allá de los campos y de los tejados, entendiendo cómo hay que vivir. Tres años después de aquel otoño extraordinario, me siento plena, sabiendo que ganamos y que había que contarlo. Para demostrar lo que digo, aquí está nuestra historia.»


Iba a iniciar esta entrada diciendo que El jardín de la memoria me ha recordado a La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero y, mientras lo pensaba, me di cuenta de lo injusto que sería hacer esa comparación. Es cierto que ambas tratan del duelo, de la muerte de sus respectivas parejas, y que se centran en personajes históricos para ir hilvanando su historia:  Rosa Montero lo hacía con la premio Nobel Marie Curie, Lea Vélez lo hace con el fotógrafo republicano Francesc Boix. Y, sin embargo, las semejanzas acaban ahí.

Lea Vélez es capaz de contar cómo afrontó los meses previos a la muerte de George con una fuerza, resignación y sentido de la realidad que desarman. Como lectora, no me he sentido testigo de escenas idealizadas ni de falsos sentimentalismos. Como persona, he entendido la contención de la autora en ciertos momentos y me he dejado llevar cuando, algunos párrafos después,  las emociones estaban ahí, desnudas, en el momento exacto en que exigían abrir las compuertas. Hay verdad en su relato.

Además de todo eso, me ha fascinado reencontrarme con un personaje como Francesc Boix. Un ejercicio de memoria y de recuerdo a uno de los republicanos españoles más conocidos, superviviente de la guerra civil española, prisionero del campo de Mauthausen y uno de los principales testigos que declararon en Los Juicios de Núremberg. Las fotografías que consiguió sacar del campo cambiaron el destino de varios criminales nazis.
Mientras leía su propio guion cinematográfico, el que Lea teje en la novela, sonreía pensando qué opinará ella de esa película estrenada hace poco en la que a Boix lo interpreta el actor Mario Casas. Sonreía porque imagino toda la ironía que destila habitualmente en las redes sociales puesta al servicio de una crítica sobre la cinta.

El jardín de la memoria tiene apenas doscientas cincuenta páginas y, aún así, la autora hace otro hueco para hablar de la familia de su marido. La muerte prematura del hermano mayor, Stephen, las tensas relaciones del matrimonio de sus padres, las dudas sobre la paternidad de su última hermana...

Creo que el mérito de la obra está en la manera en la que temas tan diversos y delicados son tratados, reunidos y almacenados en este jardín de la memoria. Creo que, cuando se tocan temas tan "humanos" es muy difícil llegar al lector. 


«Escribo adrede algo que en apariencia no debería de ser nada comercial porque como Boix, insisto, tengo un proyecto. He dicho adrede y lo mantengo. Yo trato conscientemente de evitar que mi novela pueda ser colgada de ninguna percha y mucho menos comercial. La razón de este extraño experimento no es una fanática postura literaria. No es desprecio por el dinero o por la sociedad de consumo. Es sólo que quiero ser exhaustivamente sincera porque creo que, irónicamente, el verdadero éxito, ya sea comercial o humanístico, nace de la verdad. No sé si me he explicado. Quiero probar que mi ruta anticomercial es más comercial que cualquier otra.»


Quizá el secreto esté en que, como confiesa la propia autora, nunca pretendió hacer una obra comercial, más bien una obra honesta y sincera. Y en esa honestidad, es fácil reconocerse.

29 de mayo de 2019

Reseñas breves - mayo 2019

No sabía si tendría tiempo de hacer una entrada para cerrar este mes de mayo, pero lo cierto es que han sido tantas las buenas lecturas que quería dejarlas mencionadas, porque varias de ellas pasan directamente a las mejores de este año. No me extenderé porque solo serán unas pinceladas de cada una, pero desde ya os digo que si estáis con sequía lectora, probéis a empezar alguna de ellas.


Un caballero en Moscú, de Amor Towles


Podría decir tantas cosas de este libro. Creo que es muy difícil encontrar un equilibrio perfecto entre originalidad, narración impecable, personajes carismáticos, referencias históricas y de época que no desorientan ni abruman excesivamente al lector, un fino e inteligente sentido del humor y un desenlace que te deje con cierta nostalgia y a la vez con un sensación completamente dulce. Todo eso es Un caballero en Moscú. El autor lo consigue partiendo de la historia de un hombre que pertenece a la aristocracia rusa - el conde Rostov - juzgado tras la publicación de un polémico poema y condenado a vivir el resto de su vida en el hotel Metropol. Un punto de partida tan aparentemente limitado y sobre el que Amor Towles hace una pequeña obra de arte.


Detrás del hielo, de Marcos Ordoñez

Lo contaba hace unos días en Instagram. Quien me puso tras la pista de esta novela fue mi querida Miss Brandon cuando dijo en su reseña:  Leí el último capítulo con un nudo en el pecho e inmediatamente pensé que esta historia le encantaría a mi amiga Lidia. Muchos de los que pasáis por aquí sabéis que tengo debilidad por las historias sentimentales. La libertad, el amor, la amistad, todos los sentimientos nobles están representados en los personajes de esta novela: Jan, Klara y Oskar. Viven en un lugar inventado por el autor -diría que tiene algo de distópico-, pero consigue llenarlo de realidad y de verdad. Ese mundo feliz y despreocupado que conocían se torna oscuro y desesperanzador por la sombra del totalitarismo y la represión. Nada nuevo bajo el sol. Lo que para mí hace especial esta novela es la narrativa de Marcos Ordoñez y la facilidad con la que consigue hacernos creer en esa relación a tres, donde nadie sobra. Una lectura deslumbrante.

Bendición, de Kent Haruf

Bendición forma parte de la conocida como Trilogía de la llanura, y la nombro no tanto por ser el cierre de la misma sino como excusa para recomendarla al completo.
Creo que es una recomendación arriesgada. Kent Haruf escribe de una manera muy especial, cuesta cogerle el punto al principio, por la carencia de diálogos aunque haya conversaciones entre los personajes, por estar centrada en las pequeñas vidas (¿existen las vidas pequeñas?) de sus protagonistas que son quienes hacen grande esta trilogía ambientada en Holt, Colorado. Hay verdad en ellos, muestran lo mejor y lo peor del ser humano, pero destacan sobre todo los grandes sentimientos: la bondad, el sacrificio, el amor, la lealtad.
Apuntad: La canción de la llanura, Al final de la tarde y Bendición. Por ese orden.


Dos relecturas de dos novelas que sé que volveré a leer en el futuro

Lo que arriesgué por ti, de Marisa Sicilia.


Quienes seguís el blog sabéis que, dejando a un lado la afinidad con la persona, siempre recomendaré a Marisa Sicilia como escritora. No es solo que Dmitry me conquistara desde su primera aparición en Nadina o la atracción del vacío con todas sus sombras y su sentido de la lealtad. Dmitry fue desde el primer momento la actitud y deseé que encontrara su lugar.  Pero además, tal y como está el panorama literario (y social) actual, necesitamos muchos más personajes femeninos como Antje. Mujeres  fuertes y reales, que no pretenden ni ser perfectas ni hacer lo que se espera de ellas. Mujeres que se mueven en un mundo tradicionalmente de hombres y que muestran todas sus capacidades, sus errores y sus aciertos. A veces solo basta con tener dos personajes fuertes y coherentes. La química entre ellos traspasa las páginas, la trama de espionaje es potente y está tejida magistralmente y es difícil no quedar cautivada ante un entorno como Berlín. Era mi apuesta segura.



Juntos, nada más, de Anna Gavalda

Leí Juntos, nada más en 2014. Hace unos días me encontré en un momento en el que necesitaba una lectura que, simplemente, me hiciera sentir bien. Una historia de personajes: Camille, Frank, Phillibert y Paulette; de vida, de raros en un mundo de gente normal donde no encajan ni encuentran su sitio. Una anciana y su nieto, una artista sin futuro, un aristócrata tímido y excéntrico. Hasta que el destino los une y se obra el milagro. Anna Gavalda volvió a atraparme con su escritura -hacía tiempo que no leía un libro de casi seiscientas páginas en apenas tres días-, con la ternura que inspiran sus personajes, con ese mensaje final lleno de esperanza. Lo dije en mi última entrada: la importancia de encontrar tu tribu y así nos lo muestra la autora. Muy pocos escritores consiguen obrar esa magia y conseguir que el lector termine esta historia que sabe a despedida y a felicidad.


Dejadme cerrar con un poema, no creáis que he dejado de leer poesía en este tiempo. Un poema que encierra tanto y que abarca todo mi mes de mayo. Esas mentiras que nos cuentan, esas mentiras que nos creemos y, al final de todo... el amor. Lo firma el maestro Benjamín Prado.

SEGUNDA JUVENTUD

Tenía que decírtelo: era todo mentira.

No era verdad que el tiempo que se va no regrese;
ni que uno sólo pueda ser joven una vez;
que mi destino fuera perseguir lo que escapa
y que tú no existías.

Todo fue un simple engaño.

No es cierto que se pueda ser feliz junto a alguien
que lo conoce todo de ti menos quién eres,
ni al lado del que jura que la suerte está echada
y tu número existe nada más que en sus dados.

Tenía que decírtelo.

Es falso que el amor sea un tren que se marcha.
Es falso que el pasado nos deje siempre atrás.
Las cuerdas que nos atan se sueltan si transformas
la mano que acaricia en la que dice adiós.

Tenías que saberlo.

No podía esperar
a escribir un poema en que te diese
las gracias
                 por salvarme
                                       de mi vida.






18 de mayo de 2019

La importancia de la tribu

Hace unas semanas mostraba el libro "Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros" en Instagram. Lo saqué de la biblioteca y me parece un libro precioso, tanto por el contenido -las autoras recetan libros para estados de ánimo o para sobrellevar situaciones personales, con un toque de humor inglés- como por la edición.

Lo estoy leyendo muy poco a poco porque es una de esas lecturas que ganan si las dosificas, así que tuve que ir hace unos días a renovar el préstamo. Hay personas que tienen un don y que han nacido para su oficio y ese es el caso de la bibliotecaria que me atendió. Ya iba hacia la sala contigua con mis libros para sacar cuando me interceptó y me preguntó si quería que ella me hiciera el préstamo. Tan buena era su predisposición que la seguí sin dudarlo. Cogió los dos libros que llevaba. Una novela a cuyo autor conocía y del que me recomendó otro título. El segundo era de poesía: «fíjate, en todo este tiempo eres la tercera persona que se lo lleva. Solo tres préstamos. Ojalá pudiera traer más libros de poesía y se leyera más».

Yo creo que las personas tenemos un sexto sentido y que, cuando son de nuestra tribu, nos reconocemos. Entonces saqué el Manual de remedios literarios que ya había renovado y le dije: «tienes que leer este, porque es maravilloso». Y ella me sonrió y me dijo: «lo he leído... de hecho, ese lo he donado yo». Podéis imaginar mi cara, lo mucho que le agradecí esa donación porque a mí me había conquistado. Y tiene todo el sentido que esta humilde bibliotecaria regale un libro sobre recomendaciones literarias, porque eso es lo que hace la gente que adora leer y que lo contagia.

En realidad esta entrada es para hablar de la importancia de sentirte parte de ciertos grupos, gente con la que compartes afinidades, gustos, pasiones... 

Porque nunca será lo mismo ir a la biblioteca a donar libros y que te lo acepte una bibliotecaria con indiferencia a que te lo acepte una que te lo agradezca, te pregunte sobre el libro que estás donando y con la que acabes charlando sobre las tendencias lectoras. Ni esas librerías que le hacen frente al gigante Amazon a base de clubes de lectura, presentaciones de libros y recomendaciones lectoras.
Porque nunca será lo mismo la pasión que hay detrás de una persona que usa las redes para recomendar sus lecturas y transmitir sus impresiones, que aquella que lo hace como cualquier comercial de ventas. Lo auténtico se transmite, se nota; las imitaciones y las recomendaciones de cumplido, también.

Quizá por eso me siento más cómoda entre minorías y me haga especial ilusión encontrarme con rara avis. Una bibliotecaria o una librera que adoren su trabajo, una amiga lectora que te conozca tanto como para decirte «lee esto, yo creo que te va a gustar» y que acierte, un blogger o instagramer que recomiende con el corazón y no con una estantería llena de libros cedidos por editoriales, un@ escritor@ que te hable de libros y de vida, no solo de lo que quiere venderte. 

Yo sigo aquí gracias a esas rara avis. Son mi tribu, mi red de sujeción, mis referentes. 

5 de mayo de 2019

Berlín, azul y frío


El 24 de abril se publicó Lo que arriesgué por ti, última novela de Marisa Sicilia. En ella se da luz propia a Dmitry, secundario de peso en Nadina o la atracción del vacío.

Antje, Dmitry y Berlín se reparten el protagonismo en esta historia. Alentada por las imágenes que Marisa Sicilia ha ido compartiendo estos días en las redes (os invito a visitar sus destacados en Instagram y comprobarlo) y, porque yo misma he acabado fascinada por Berlín sus contrastes, sus edificios, sus cielos azules—, pedí a su autora hacer una entrada donde invitaros a recorrerla, teniendo como referencia algunas de las ubicaciones presentes en la novela.

En torno a Antje y Dmitry se ha tejido una trama con todos los ingredientes comunes que encontraríamos en novelas, películas o series de espionaje, por eso también haremos referencias a ellas.

Solo me resta agradecer a Marisa su tiempo y dedicación para dar forma y contenido a esta entrada. Por mi parte, ha sido un auténtico placer. Empezamos.


¿Por qué BERLÍN?

Porque tenía que ser. La historia no sería la misma (es más, seguramente ni siquiera existiría) si no hubiese decidido enmarcarla en Berlín. Cuando terminé con Nadina o la atracción del vacío, no dejaba de preguntarme qué sería de Dima, dónde iría a parar y cuál sería su futuro. Y como nunca eres neutral —y yo quería lo mejor para él— vi enseguida cual era el tipo de mujer que sería capaz de hacerle frente: una mujer con poder, por encima de él en varios aspectos, pero que, por su trabajo y su experiencia vital, podía llegar a esa relación de igual a igual que deseaba para ellos, que deseo para todas mis parejas y en todas mis historias, aunque el punto de partida no sea ese. 

«Puede que se debiese a que era una mujer y ocupaba un puesto de responsabilidad, por lo que siempre parecía tener algo que demostrar. No se entendían bien. Dmitry percibía su continua necesidad de reafirmarse, de dejar claro que estaba por encima de él. No tenía por qué restregárselo constantemente, pero lo hacía.» (pág. 27)

Y, para ser sincera, tengo que reconocer que primero pensé en Londres, pero no acababa de estar convencida ni sobre la ciudad ni de si era buena idea seguir adelante, hasta que me dije: ¿y por qué no Berlín? Y todo hizo clic. Ya no dudé más. 


BERLÍN como estado de ánimo.
Cielos azul oscuro sobre la ciudad en la portada...

¿Es Berlín, además de un lugar en el mapa, un estado de ánimo?


Lo es. Son ellos los que la recorren y nosotros los que la vemos a través de sus ojos. Esa subjetividad es la que hace que la ciudad parezca fría y sin alma en determinados momentos y en otros se muestre más acogedora. Además, Dmitry es ruso, nació en la Unión Soviética. Después de haberlo tenido todo en París, acabar en Berlín es un retroceso aún más evidente porque gran parte del entorno le recuerda lo que creía ya superado. 

«Durante el trayecto se dedicó a observar la ciudad a través de la ventanilla. Calles frías, luces congeladas, nuevas construcciones de hormigón y cristal. Al cabo de un rato cruzaron al antiguo sector oriental. Algunos edificios conservaban una estética que le era familiar y bien reconocible. Lo odiaba.
Odiaba Berlín.» (Nadina o la atracción el vacía, pág. 379)

Es distinto para Antje que no se crio en Berlín, pero vivió la caída del Muro y compartió esa corriente de entusiasmo que generó tanta confianza y tantas nuevas expectativas. Ahora, años después, esas ilusiones han perdido brillo, pero eso no impide que siga tratando de actuar conforme a sus convicciones y sintiéndose parte de la ciudad.


«Después de todo quizá se había estado engañando respecto a Berlín. Quizá no era tan frío, gris y deprimente. Quizá solo necesitaba aceptar que ya formaba parte de esa ciudad que no escondía sus heridas.
—U menya yest' ty —susurró abrazándola.
Y que ella era parte de él.»

(Lo que arriesgué por ti, pág. 239)

BERLÍN como cuna del espionaje

Lo que arriesgué por ti tiene una importante trama de espionaje, agentes y servicios secretos. Un muro que dividió ciudad, ciudadanos y también su propia estética. Y ahí se desarrolla la acción, a caballo entre las antiguas zonas Oriental y Occidental. 
Zonas y barrios divididas por el Muro y controladas por soviéticos, ingleses, americanos y franceses.
¿Por qué recurrir a ese escenario que aún asociamos con la Guerra Fría?

Porque, aunque los equilibrios de fuerzas han cambiado, las amenazas siguen vigentes. En la actualidad, muchos de los ataques son informáticos y agencias como el BND (los servicios secretos alemanes) dedican gran parte de su esfuerzo a vigilar movimientos en redes sociales y prevenir hackeos. Hay miles de personas trabajando en la sede de Neubau —que se construyó específicamente con ese fin y, por supuesto, también entra dentro de sus funciones combatir el terrorismo. 

«La sede del BND en Berlín era un gran edificio gris recorrido por sucesivas hileras de ventanas, todas con idéntico tamaño y disposición, alargadas y estrechas. Resultaba curioso porque en las ocasiones en que lo había visitado jamás había estado en una habitación con ventanas. Las reuniones transcurrían en un espacio interior, totalmente aislado. Dmitry sospechaba que las oficinas con ventanas estaban vacías. Eran solo un decorado. 
Estaba en el distrito de Neubau, muy cerca del centro y dentro de la antigua zona este.» (pág. 25)


Dentro de esas prácticas de “todo vale” que asociamos con los servicios secretos, Berlín destaca por aunar la posición de fuerza que le da ser la capital de uno de los países con más poder e influencia dentro de la Unión Europea (sino el que más), con ese pasado sombrío y no tan lejano del que aún quedan multitud de huellas en la ciudad. De hecho, una de las cosas que más me gusta de Berlín, es que no lo han derribado todo y construido encima, sino que han dejado las heridas a la vista. 
El recuerdo de los bombardeos de la II Guerra Mundial en el Memorial que se alza en la Breitscheidplatz, los disparos de los soldados rusos en las columnas de la Antigua Galería de Arte, el Reichstag convertido de nuevo en sede del Parlamento Federal después de que fuese incendiado en la época nazi, los restos del Muro o la misma Torre de la Televisión, que es la estructura más alta de Alemania y fue erigida en 1969 por las autoridades del este para demostrar la superioridad del bloque comunista frente a la decadencia capitalista. Cincuenta años después ya no hay bloque, sin embargo, la Torre sigue allí. Diría que Berlín es un buen ejemplo de que la vida da muchas vueltas, y hay que seguir avanzando sin que ello implique olvidar. 

«Como para muchos alemanes, para Antje el Reichstag contenía no solo un significado político o social, sino también una gran carga emocional. A los dieciocho años hizo cola durante horas para ser de las primeras en visitarlo tras la reapertura. Era el símbolo de la Alemania reunificada y de la voluntad de afrontar el futuro de un modo distinto. Renovación. Transparencia. Confianza. Aprender de los errores, superarlos y jamás volver a repetirlos. Todo eso representaba aquel edificio.» (pág. 321)
BERLÍN y sus símbolos. 

El hotel Park Inn junto a la Torre de la Televisión, el Reichstag, el aeropuerto de Tempelhof, la Isla de los Museos... Símbolos todos de la ciudad, especialmente visitados y apreciados por los turistas, pero que también guardan cierto simbolismo en la novela: dónde aparecen, cuándo y su importancia a la hora de plantear los avances y retrocesos en la relación de los protagonistas. ¿Costó decidir dónde ubicar cada escena?

Con algunos lugares lo tenía muy claro, como con el Reichstag, quería escena en la cúpula sí o sí y también sabía lo que ocurriría allí, otros fueron surgiendo sobre la marcha (como el puente de Oberbaum o la vieja fábrica de Treptow) y otros, como con el Park Inn, estuve dudando y, si me decidí por él, fue por la cercanía a la Torre de la Televisión. La Torre, además de aparecer en la portada, es un elemento recurrente en la novela y me pasó con ella como le pasa a Dmitry con Berlín. 

Me parecía un armatoste muy poco atractivo, pero cuando comencé a reunir información, descubrí que dependía de la luz, del enfoque… dependía de cómo la miraras, y también yo acabé enamorándome del Fernsehturm, que es el nombre de la Torre en alemán. 



Y en una historia donde, en cierto modo, los protagonistas encarnan cada uno de esos dos lados de Berlín: el deslumbrante y eficiente, y el más turbulento y deteriorado, también a través de la ciudad quería mostrar que es posible la conciliación, que todos tenemos partes oscuras y a veces depende de muy poco que nos inclinemos por ellas o venzan emociones más positivas. Que hay cierta belleza en el deterioro y que la frialdad puede ser solo aparente, y que esa convivencia de ambos extremos es lo que hace de Berlín una ciudad única.


«Era estúpido esperar afecto por parte de ella y tampoco es que hiciese mucho para ganárselo, pero una parte de él lo deseaba.
Debía de ser Berlín, la falta de luz. Quizá influía que Antje solía llegar con el atardecer, cuando el sol conseguía abrirse paso entre las nubes altas y regalaba unos minutos de brillo a la ciudad. O porque le gustaba más de lo quería admitir sentir en sus manos el peso grávido de sus senos, hundirse en ella, dejarse arrastrar a aquel espacio oscuro en el que no estaba claro quién perdía y quién ganaba. O tal vez solo repetía malas pautas y, cuanto más pretendía que no le importaba, más atraído por ella se sentía.» (pág. 162)

Estuve allí hace año y medio y volví aún más enamorada y más enganchada. Más convencida de que si se pretende, no lavar culpas, pero sí asumirlas y afrontarlas, es imprescindible no enterrar el pasado sino recuperarlo y tenerlo bien presente, de que lo que parece imposible puede convertirse en factible de un día para otro, y de que siempre, incluso después de lo más terrible, es posible recomenzar. 

«Se le fue casi una hora en llegar a Lichtenberg. Los edificios no eran vanguardistas, como los de Tiergarten, pero muchos habían sido reformados y presentaban fachadas de colores y algún que otro lavado de cara para hacer menos patente la monotonía de la estética socialista. Muy cerca de la estación se encontraba la antigua sede de la Stasi. Él había crecido con la glásnost y la perestroika, había visto desmoronarse la Unión Soviética y desmontarse una tras otra todas las mentiras que les contaban en la escuela. Cuando tenía dieciséis años solo pensaba en irse lejos y hacerse rico.» (pág. 164)

Todo un legado para lectores, cinéfilos y serie-adictos

La literatura y el cine han tenido y siguen teniendo grandes figuras del género. Frederick Forsyth, Graham Green, John Le Carré, Alan Furst o Ian McEwan son algunos de los autores más reputados. Cuentan en su haber con novelas de espías llevadas al cine, como el propio Robert Ludlum (y su trilogía de Bourne) o el afamado Ian Fleming y su (más famoso aún) James Bond. Actualmente, el auge de las series también ha devuelto a primera línea el papel de los servicios secretos, las tensiones diplomáticas y su influencia en el desarrollo de la política mundial.

Si tuvieras que mencionar novelas, películas o series ¿cuáles serían tus recomendaciones?

El espía que surgió del frío, de John Le Carré.  

Ambientada en plena Guerra Fría, cuando acababa de levantarse el Muro, retrata la falta de escrúpulos tanto a un lado como a otro de esa línea divisoria. Antes de dedicarse a escribir, el propio Le Carré trabajó para el MI5 inglés, así que no hay que dudar de que escribe con conocimiento de causa. 

Por cierto, que hay una historia de amor creíble y muy emotiva en esta novela, solo que Le Carré no tiene mucha fe en los finales felices. 


El momento en que todo cambió, de Douglas Kennedy

Situada en los años ochenta, nos lleva a Berlín de la mano de un escritor estadounidense que se documenta para su próxima novela, allí conocerá a Petra, una berlinesa de la RDA que ha logrado pasarse al otro lado. El contraste entre el Berlín Occidental, sitiado pero singularmente libre y vivo y la opresión que impera en el Oeste, la difícil situación de Petra, la arrogancia moral de Thomas… 

Todo hace de esta novela una lectura intensa y difícil de olvidar. 

El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.  

No transcurre en Berlín, sino en Colonia, y no es de espías. Pero este retrato de una mujer, injustamente acusada de cómplice por haber sido la amante de un criminal, es una buena muestra de cierto carácter que yo identifico como germánico (en buena medida por lo mucho que me impactó esta novela ya hace más de veinte años), así como lo insensible de la maquinaria del Estado y la manipulación a la que nos someten los medios de comunicación. 

Y ya ambientadas en la actualidad hay dos series que no puedo dejar de recomendar: 


Berlín Station. Los protagonistas son agentes de la estación en Berlín de la CIA y se centra en cuestiones muy reales como las filtraciones de datos confidenciales a la prensa (WikiLeaks y demás), yihadismo, grupos neonazis… Buenos personajes, buenas interpretaciones y los mejores planos de la ciudad.

Homeland. Terrorismo, luchas de poder, problemas mentales, conflictos éticos… 
Una serie con una primera temporada deslumbrante y otras más irregulares, pero de la que destaco la quinta  por transcurrir en Berlín y por recuperar con creces la tensión dramática.


Aquí ponemos punto y final a esta entrada. Por mi parte, además de suscribir todas y cada una de sus recomendaciones, también os invito a que, si queréis disfrutar de una novela con las etiquetas "thriller" y "espionaje" junto a la de romántica os dejéis tentar por Lo que arriesgué por ti.
Los servicios secretos alemanes, rusos y franceses manteniendo un pulso entre ellos y en lucha común contra el terrorismo yihadista. 

Un pulso entre los propios Antje y Dmitry. Os esperan en Berlín.


Booktrailer





17 de abril de 2019

El Árbol de los deseos para la paz de Yoko Ono

En el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, situado en Córdoba, Yoko Ono -sí, esa Yoko Ono- ha dejado tres obras específicamente creadas para exponerlas allí: Para ver el cielo. Versión cordobesa (2015-2017), Pieza para zurcir en cuatro estaciones (1966-2017) y Árbol de los deseos para la paz (1996-2017).

El pasado fin de semana pude visitarlas y, sin ninguna duda, me quedo con el Árbol de los deseos para la paz.  


Pide un deseo

Anótalo en un trozo de papel.

Dóblalo y átalo alrededor de una rama de un árbol de los deseos.

Pide a un amigo que haga lo mismo.

Sigue deseando

Hasta que las ramas estén cubiertas de deseos


Está instalado en la entrada del Centro y es un olivo. No había nadie y pensé que era una de las cosas más bonitas que había visto y, también, una de las que recordaré con más cariño porque mi madre me acompañaba.


Me planté delante de ese árbol lleno de deseos que se mecían con cada soplo de aire. Tenía que desear algo, anotarlo y colgarlo. Hice una lista de personas a las que quiero y que están en mi vida, de momentos buenos y malos, y de las cosas materiales que poseo. Me di cuenta de que podía sentirme satisfecha con todo eso. Más que eso, afortunada. Es probable que, comparado con otros, tenga poco de cada cosa y, sin embargo, no me cambiaría por otra persona. Cómo hacerlo si vivo en el Primer Mundo. Porque podría no tener nada ni a nadie.Tomé conciencia de ello en ese momento, plantada allí delante de aquel árbol junto a mi madre. ¿Podría llenar una lista de deseos? Claro que sí. Y, no obstante, no tendrían nada que ver conmigo porque esos deseos tienen que ver con todo lo que está mal alrededor nuestro, en este siglo XXI.



Y, sin embargo... todos necesitamos desear y cumplir deseos. Ver a quienes queremos, desear y cumplirlos. Yo no sé si inundar el planeta de Árboles de deseos para la paz cambiaría el mundo, pero sí creo que conseguiría que cada uno de nosotros se parara y pensara qué tiene, qué le falta y qué desea. Leí furtivamente alguna de las notitas colgadas y resulta que prácticamente todos deseamos lo mismo: hacer de este planeta un sitio mejor. Que los buenos sentimientos vencieran a los malos. Que lo espiritual ganara a lo material. Triunfaría aquello de <<no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita>>. Sería un bonito sitio donde vivir.

Un sábado cualquiera de abril, Yoko Ono me dio razones para pensar, meditar, desear y estar agradecida. También me hizo creer que podía hacerlo mejor. 


Pensadlo. Si junto a la puerta de vuestra casa hubiera un Árbol de los deseos... ¿qué pediríais?