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29 de mayo de 2019

Reseñas breves - mayo 2019

No sabía si tendría tiempo de hacer una entrada para cerrar este mes de mayo, pero lo cierto es que han sido tantas las buenas lecturas que quería dejarlas mencionadas, porque varias de ellas pasan directamente a las mejores de este año. No me extenderé porque solo serán unas pinceladas de cada una, pero desde ya os digo que si estáis con sequía lectora, probéis a empezar alguna de ellas.


Un caballero en Moscú, de Amor Towles


Podría decir tantas cosas de este libro. Creo que es muy difícil encontrar un equilibrio perfecto entre originalidad, narración impecable, personajes carismáticos, referencias históricas y de época que no desorientan ni abruman excesivamente al lector, un fino e inteligente sentido del humor y un desenlace que te deje con cierta nostalgia y a la vez con un sensación completamente dulce. Todo eso es Un caballero en Moscú. El autor lo consigue partiendo de la historia de un hombre que pertenece a la aristocracia rusa - el conde Rostov - juzgado tras la publicación de un polémico poema y condenado a vivir el resto de su vida en el hotel Metropol. Un punto de partida tan aparentemente limitado y sobre el que Amor Towles hace una pequeña obra de arte.


Detrás del hielo, de Marcos Ordoñez

Lo contaba hace unos días en Instagram. Quien me puso tras la pista de esta novela fue mi querida Miss Brandon cuando dijo en su reseña:  Leí el último capítulo con un nudo en el pecho e inmediatamente pensé que esta historia le encantaría a mi amiga Lidia. Muchos de los que pasáis por aquí sabéis que tengo debilidad por las historias sentimentales. La libertad, el amor, la amistad, todos los sentimientos nobles están representados en los personajes de esta novela: Jan, Klara y Oskar. Viven en un lugar inventado por el autor -diría que tiene algo de distópico-, pero consigue llenarlo de realidad y de verdad. Ese mundo feliz y despreocupado que conocían se torna oscuro y desesperanzador por la sombra del totalitarismo y la represión. Nada nuevo bajo el sol. Lo que para mí hace especial esta novela es la narrativa de Marcos Ordoñez y la facilidad con la que consigue hacernos creer en esa relación a tres, donde nadie sobra. Una lectura deslumbrante.

Bendición, de Kent Haruf

Bendición forma parte de la conocida como Trilogía de la llanura, y la nombro no tanto por ser el cierre de la misma sino como excusa para recomendarla al completo.
Creo que es una recomendación arriesgada. Kent Haruf escribe de una manera muy especial, cuesta cogerle el punto al principio, por la carencia de diálogos aunque haya conversaciones entre los personajes, por estar centrada en las pequeñas vidas (¿existen las vidas pequeñas?) de sus protagonistas que son quienes hacen grande esta trilogía ambientada en Holt, Colorado. Hay verdad en ellos, muestran lo mejor y lo peor del ser humano, pero destacan sobre todo los grandes sentimientos: la bondad, el sacrificio, el amor, la lealtad.
Apuntad: La canción de la llanura, Al final de la tarde y Bendición. Por ese orden.


Dos relecturas de dos novelas que sé que volveré a leer en el futuro

Lo que arriesgué por ti, de Marisa Sicilia.


Quienes seguís el blog sabéis que, dejando a un lado la afinidad con la persona, siempre recomendaré a Marisa Sicilia como escritora. No es solo que Dmitry me conquistara desde su primera aparición en Nadina o la atracción del vacío con todas sus sombras y su sentido de la lealtad. Dmitry fue desde el primer momento la actitud y deseé que encontrara su lugar.  Pero además, tal y como está el panorama literario (y social) actual, necesitamos muchos más personajes femeninos como Antje. Mujeres  fuertes y reales, que no pretenden ni ser perfectas ni hacer lo que se espera de ellas. Mujeres que se mueven en un mundo tradicionalmente de hombres y que muestran todas sus capacidades, sus errores y sus aciertos. A veces solo basta con tener dos personajes fuertes y coherentes. La química entre ellos traspasa las páginas, la trama de espionaje es potente y está tejida magistralmente y es difícil no quedar cautivada ante un entorno como Berlín. Era mi apuesta segura.



Juntos, nada más, de Anna Gavalda

Leí Juntos, nada más en 2014. Hace unos días me encontré en un momento en el que necesitaba una lectura que, simplemente, me hiciera sentir bien. Una historia de personajes: Camille, Frank, Phillibert y Paulette; de vida, de raros en un mundo de gente normal donde no encajan ni encuentran su sitio. Una anciana y su nieto, una artista sin futuro, un aristócrata tímido y excéntrico. Hasta que el destino los une y se obra el milagro. Anna Gavalda volvió a atraparme con su escritura -hacía tiempo que no leía un libro de casi seiscientas páginas en apenas tres días-, con la ternura que inspiran sus personajes, con ese mensaje final lleno de esperanza. Lo dije en mi última entrada: la importancia de encontrar tu tribu y así nos lo muestra la autora. Muy pocos escritores consiguen obrar esa magia y conseguir que el lector termine esta historia que sabe a despedida y a felicidad.


Dejadme cerrar con un poema, no creáis que he dejado de leer poesía en este tiempo. Un poema que encierra tanto y que abarca todo mi mes de mayo. Esas mentiras que nos cuentan, esas mentiras que nos creemos y, al final de todo... el amor. Lo firma el maestro Benjamín Prado.

SEGUNDA JUVENTUD

Tenía que decírtelo: era todo mentira.

No era verdad que el tiempo que se va no regrese;
ni que uno sólo pueda ser joven una vez;
que mi destino fuera perseguir lo que escapa
y que tú no existías.

Todo fue un simple engaño.

No es cierto que se pueda ser feliz junto a alguien
que lo conoce todo de ti menos quién eres,
ni al lado del que jura que la suerte está echada
y tu número existe nada más que en sus dados.

Tenía que decírtelo.

Es falso que el amor sea un tren que se marcha.
Es falso que el pasado nos deje siempre atrás.
Las cuerdas que nos atan se sueltan si transformas
la mano que acaricia en la que dice adiós.

Tenías que saberlo.

No podía esperar
a escribir un poema en que te diese
las gracias
                 por salvarme
                                       de mi vida.






18 de mayo de 2019

La importancia de la tribu

Hace unas semanas mostraba el libro "Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros" en Instagram. Lo saqué de la biblioteca y me parece un libro precioso, tanto por el contenido -las autoras recetan libros para estados de ánimo o para sobrellevar situaciones personales, con un toque de humor inglés- como por la edición.

Lo estoy leyendo muy poco a poco porque es una de esas lecturas que ganan si las dosificas, así que tuve que ir hace unos días a renovar el préstamo. Hay personas que tienen un don y que han nacido para su oficio y ese es el caso de la bibliotecaria que me atendió. Ya iba hacia la sala contigua con mis libros para sacar cuando me interceptó y me preguntó si quería que ella me hiciera el préstamo. Tan buena era su predisposición que la seguí sin dudarlo. Cogió los dos libros que llevaba. Una novela a cuyo autor conocía y del que me recomendó otro título. El segundo era de poesía: «fíjate, en todo este tiempo eres la tercera persona que se lo lleva. Solo tres préstamos. Ojalá pudiera traer más libros de poesía y se leyera más».

Yo creo que las personas tenemos un sexto sentido y que, cuando son de nuestra tribu, nos reconocemos. Entonces saqué el Manual de remedios literarios que ya había renovado y le dije: «tienes que leer este, porque es maravilloso». Y ella me sonrió y me dijo: «lo he leído... de hecho, ese lo he donado yo». Podéis imaginar mi cara, lo mucho que le agradecí esa donación porque a mí me había conquistado. Y tiene todo el sentido que esta humilde bibliotecaria regale un libro sobre recomendaciones literarias, porque eso es lo que hace la gente que adora leer y que lo contagia.

En realidad esta entrada es para hablar de la importancia de sentirte parte de ciertos grupos, gente con la que compartes afinidades, gustos, pasiones... 

Porque nunca será lo mismo ir a la biblioteca a donar libros y que te lo acepte una bibliotecaria con indiferencia a que te lo acepte una que te lo agradezca, te pregunte sobre el libro que estás donando y con la que acabes charlando sobre las tendencias lectoras. Ni esas librerías que le hacen frente al gigante Amazon a base de clubes de lectura, presentaciones de libros y recomendaciones lectoras.
Porque nunca será lo mismo la pasión que hay detrás de una persona que usa las redes para recomendar sus lecturas y transmitir sus impresiones, que aquella que lo hace como cualquier comercial de ventas. Lo auténtico se transmite, se nota; las imitaciones y las recomendaciones de cumplido, también.

Quizá por eso me siento más cómoda entre minorías y me haga especial ilusión encontrarme con rara avis. Una bibliotecaria o una librera que adoren su trabajo, una amiga lectora que te conozca tanto como para decirte «lee esto, yo creo que te va a gustar» y que acierte, un blogger o instagramer que recomiende con el corazón y no con una estantería llena de libros cedidos por editoriales, un@ escritor@ que te hable de libros y de vida, no solo de lo que quiere venderte. 

Yo sigo aquí gracias a esas rara avis. Son mi tribu, mi red de sujeción, mis referentes. 

5 de mayo de 2019

Berlín, azul y frío


El 24 de abril se publicó Lo que arriesgué por ti, última novela de Marisa Sicilia. En ella se da luz propia a Dmitry, secundario de peso en Nadina o la atracción del vacío.

Antje, Dmitry y Berlín se reparten el protagonismo en esta historia. Alentada por las imágenes que Marisa Sicilia ha ido compartiendo estos días en las redes (os invito a visitar sus destacados en Instagram y comprobarlo) y, porque yo misma he acabado fascinada por Berlín sus contrastes, sus edificios, sus cielos azules—, pedí a su autora hacer una entrada donde invitaros a recorrerla, teniendo como referencia algunas de las ubicaciones presentes en la novela.

En torno a Antje y Dmitry se ha tejido una trama con todos los ingredientes comunes que encontraríamos en novelas, películas o series de espionaje, por eso también haremos referencias a ellas.

Solo me resta agradecer a Marisa su tiempo y dedicación para dar forma y contenido a esta entrada. Por mi parte, ha sido un auténtico placer. Empezamos.


¿Por qué BERLÍN?

Porque tenía que ser. La historia no sería la misma (es más, seguramente ni siquiera existiría) si no hubiese decidido enmarcarla en Berlín. Cuando terminé con Nadina o la atracción del vacío, no dejaba de preguntarme qué sería de Dima, dónde iría a parar y cuál sería su futuro. Y como nunca eres neutral —y yo quería lo mejor para él— vi enseguida cual era el tipo de mujer que sería capaz de hacerle frente: una mujer con poder, por encima de él en varios aspectos, pero que, por su trabajo y su experiencia vital, podía llegar a esa relación de igual a igual que deseaba para ellos, que deseo para todas mis parejas y en todas mis historias, aunque el punto de partida no sea ese. 

«Puede que se debiese a que era una mujer y ocupaba un puesto de responsabilidad, por lo que siempre parecía tener algo que demostrar. No se entendían bien. Dmitry percibía su continua necesidad de reafirmarse, de dejar claro que estaba por encima de él. No tenía por qué restregárselo constantemente, pero lo hacía.» (pág. 27)

Y, para ser sincera, tengo que reconocer que primero pensé en Londres, pero no acababa de estar convencida ni sobre la ciudad ni de si era buena idea seguir adelante, hasta que me dije: ¿y por qué no Berlín? Y todo hizo clic. Ya no dudé más. 


BERLÍN como estado de ánimo.
Cielos azul oscuro sobre la ciudad en la portada...

¿Es Berlín, además de un lugar en el mapa, un estado de ánimo?


Lo es. Son ellos los que la recorren y nosotros los que la vemos a través de sus ojos. Esa subjetividad es la que hace que la ciudad parezca fría y sin alma en determinados momentos y en otros se muestre más acogedora. Además, Dmitry es ruso, nació en la Unión Soviética. Después de haberlo tenido todo en París, acabar en Berlín es un retroceso aún más evidente porque gran parte del entorno le recuerda lo que creía ya superado. 

«Durante el trayecto se dedicó a observar la ciudad a través de la ventanilla. Calles frías, luces congeladas, nuevas construcciones de hormigón y cristal. Al cabo de un rato cruzaron al antiguo sector oriental. Algunos edificios conservaban una estética que le era familiar y bien reconocible. Lo odiaba.
Odiaba Berlín.» (Nadina o la atracción el vacía, pág. 379)

Es distinto para Antje que no se crio en Berlín, pero vivió la caída del Muro y compartió esa corriente de entusiasmo que generó tanta confianza y tantas nuevas expectativas. Ahora, años después, esas ilusiones han perdido brillo, pero eso no impide que siga tratando de actuar conforme a sus convicciones y sintiéndose parte de la ciudad.


«Después de todo quizá se había estado engañando respecto a Berlín. Quizá no era tan frío, gris y deprimente. Quizá solo necesitaba aceptar que ya formaba parte de esa ciudad que no escondía sus heridas.
—U menya yest' ty —susurró abrazándola.
Y que ella era parte de él.»

(Lo que arriesgué por ti, pág. 239)

BERLÍN como cuna del espionaje

Lo que arriesgué por ti tiene una importante trama de espionaje, agentes y servicios secretos. Un muro que dividió ciudad, ciudadanos y también su propia estética. Y ahí se desarrolla la acción, a caballo entre las antiguas zonas Oriental y Occidental. 
Zonas y barrios divididas por el Muro y controladas por soviéticos, ingleses, americanos y franceses.
¿Por qué recurrir a ese escenario que aún asociamos con la Guerra Fría?

Porque, aunque los equilibrios de fuerzas han cambiado, las amenazas siguen vigentes. En la actualidad, muchos de los ataques son informáticos y agencias como el BND (los servicios secretos alemanes) dedican gran parte de su esfuerzo a vigilar movimientos en redes sociales y prevenir hackeos. Hay miles de personas trabajando en la sede de Neubau —que se construyó específicamente con ese fin y, por supuesto, también entra dentro de sus funciones combatir el terrorismo. 

«La sede del BND en Berlín era un gran edificio gris recorrido por sucesivas hileras de ventanas, todas con idéntico tamaño y disposición, alargadas y estrechas. Resultaba curioso porque en las ocasiones en que lo había visitado jamás había estado en una habitación con ventanas. Las reuniones transcurrían en un espacio interior, totalmente aislado. Dmitry sospechaba que las oficinas con ventanas estaban vacías. Eran solo un decorado. 
Estaba en el distrito de Neubau, muy cerca del centro y dentro de la antigua zona este.» (pág. 25)


Dentro de esas prácticas de “todo vale” que asociamos con los servicios secretos, Berlín destaca por aunar la posición de fuerza que le da ser la capital de uno de los países con más poder e influencia dentro de la Unión Europea (sino el que más), con ese pasado sombrío y no tan lejano del que aún quedan multitud de huellas en la ciudad. De hecho, una de las cosas que más me gusta de Berlín, es que no lo han derribado todo y construido encima, sino que han dejado las heridas a la vista. 
El recuerdo de los bombardeos de la II Guerra Mundial en el Memorial que se alza en la Breitscheidplatz, los disparos de los soldados rusos en las columnas de la Antigua Galería de Arte, el Reichstag convertido de nuevo en sede del Parlamento Federal después de que fuese incendiado en la época nazi, los restos del Muro o la misma Torre de la Televisión, que es la estructura más alta de Alemania y fue erigida en 1969 por las autoridades del este para demostrar la superioridad del bloque comunista frente a la decadencia capitalista. Cincuenta años después ya no hay bloque, sin embargo, la Torre sigue allí. Diría que Berlín es un buen ejemplo de que la vida da muchas vueltas, y hay que seguir avanzando sin que ello implique olvidar. 

«Como para muchos alemanes, para Antje el Reichstag contenía no solo un significado político o social, sino también una gran carga emocional. A los dieciocho años hizo cola durante horas para ser de las primeras en visitarlo tras la reapertura. Era el símbolo de la Alemania reunificada y de la voluntad de afrontar el futuro de un modo distinto. Renovación. Transparencia. Confianza. Aprender de los errores, superarlos y jamás volver a repetirlos. Todo eso representaba aquel edificio.» (pág. 321)
BERLÍN y sus símbolos. 

El hotel Park Inn junto a la Torre de la Televisión, el Reichstag, el aeropuerto de Tempelhof, la Isla de los Museos... Símbolos todos de la ciudad, especialmente visitados y apreciados por los turistas, pero que también guardan cierto simbolismo en la novela: dónde aparecen, cuándo y su importancia a la hora de plantear los avances y retrocesos en la relación de los protagonistas. ¿Costó decidir dónde ubicar cada escena?

Con algunos lugares lo tenía muy claro, como con el Reichstag, quería escena en la cúpula sí o sí y también sabía lo que ocurriría allí, otros fueron surgiendo sobre la marcha (como el puente de Oberbaum o la vieja fábrica de Treptow) y otros, como con el Park Inn, estuve dudando y, si me decidí por él, fue por la cercanía a la Torre de la Televisión. La Torre, además de aparecer en la portada, es un elemento recurrente en la novela y me pasó con ella como le pasa a Dmitry con Berlín. 

Me parecía un armatoste muy poco atractivo, pero cuando comencé a reunir información, descubrí que dependía de la luz, del enfoque… dependía de cómo la miraras, y también yo acabé enamorándome del Fernsehturm, que es el nombre de la Torre en alemán. 



Y en una historia donde, en cierto modo, los protagonistas encarnan cada uno de esos dos lados de Berlín: el deslumbrante y eficiente, y el más turbulento y deteriorado, también a través de la ciudad quería mostrar que es posible la conciliación, que todos tenemos partes oscuras y a veces depende de muy poco que nos inclinemos por ellas o venzan emociones más positivas. Que hay cierta belleza en el deterioro y que la frialdad puede ser solo aparente, y que esa convivencia de ambos extremos es lo que hace de Berlín una ciudad única.


«Era estúpido esperar afecto por parte de ella y tampoco es que hiciese mucho para ganárselo, pero una parte de él lo deseaba.
Debía de ser Berlín, la falta de luz. Quizá influía que Antje solía llegar con el atardecer, cuando el sol conseguía abrirse paso entre las nubes altas y regalaba unos minutos de brillo a la ciudad. O porque le gustaba más de lo quería admitir sentir en sus manos el peso grávido de sus senos, hundirse en ella, dejarse arrastrar a aquel espacio oscuro en el que no estaba claro quién perdía y quién ganaba. O tal vez solo repetía malas pautas y, cuanto más pretendía que no le importaba, más atraído por ella se sentía.» (pág. 162)

Estuve allí hace año y medio y volví aún más enamorada y más enganchada. Más convencida de que si se pretende, no lavar culpas, pero sí asumirlas y afrontarlas, es imprescindible no enterrar el pasado sino recuperarlo y tenerlo bien presente, de que lo que parece imposible puede convertirse en factible de un día para otro, y de que siempre, incluso después de lo más terrible, es posible recomenzar. 

«Se le fue casi una hora en llegar a Lichtenberg. Los edificios no eran vanguardistas, como los de Tiergarten, pero muchos habían sido reformados y presentaban fachadas de colores y algún que otro lavado de cara para hacer menos patente la monotonía de la estética socialista. Muy cerca de la estación se encontraba la antigua sede de la Stasi. Él había crecido con la glásnost y la perestroika, había visto desmoronarse la Unión Soviética y desmontarse una tras otra todas las mentiras que les contaban en la escuela. Cuando tenía dieciséis años solo pensaba en irse lejos y hacerse rico.» (pág. 164)

Todo un legado para lectores, cinéfilos y serie-adictos

La literatura y el cine han tenido y siguen teniendo grandes figuras del género. Frederick Forsyth, Graham Green, John Le Carré, Alan Furst o Ian McEwan son algunos de los autores más reputados. Cuentan en su haber con novelas de espías llevadas al cine, como el propio Robert Ludlum (y su trilogía de Bourne) o el afamado Ian Fleming y su (más famoso aún) James Bond. Actualmente, el auge de las series también ha devuelto a primera línea el papel de los servicios secretos, las tensiones diplomáticas y su influencia en el desarrollo de la política mundial.

Si tuvieras que mencionar novelas, películas o series ¿cuáles serían tus recomendaciones?

El espía que surgió del frío, de John Le Carré.  

Ambientada en plena Guerra Fría, cuando acababa de levantarse el Muro, retrata la falta de escrúpulos tanto a un lado como a otro de esa línea divisoria. Antes de dedicarse a escribir, el propio Le Carré trabajó para el MI5 inglés, así que no hay que dudar de que escribe con conocimiento de causa. 

Por cierto, que hay una historia de amor creíble y muy emotiva en esta novela, solo que Le Carré no tiene mucha fe en los finales felices. 


El momento en que todo cambió, de Douglas Kennedy

Situada en los años ochenta, nos lleva a Berlín de la mano de un escritor estadounidense que se documenta para su próxima novela, allí conocerá a Petra, una berlinesa de la RDA que ha logrado pasarse al otro lado. El contraste entre el Berlín Occidental, sitiado pero singularmente libre y vivo y la opresión que impera en el Oeste, la difícil situación de Petra, la arrogancia moral de Thomas… 

Todo hace de esta novela una lectura intensa y difícil de olvidar. 

El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.  

No transcurre en Berlín, sino en Colonia, y no es de espías. Pero este retrato de una mujer, injustamente acusada de cómplice por haber sido la amante de un criminal, es una buena muestra de cierto carácter que yo identifico como germánico (en buena medida por lo mucho que me impactó esta novela ya hace más de veinte años), así como lo insensible de la maquinaria del Estado y la manipulación a la que nos someten los medios de comunicación. 

Y ya ambientadas en la actualidad hay dos series que no puedo dejar de recomendar: 


Berlín Station. Los protagonistas son agentes de la estación en Berlín de la CIA y se centra en cuestiones muy reales como las filtraciones de datos confidenciales a la prensa (WikiLeaks y demás), yihadismo, grupos neonazis… Buenos personajes, buenas interpretaciones y los mejores planos de la ciudad.

Homeland. Terrorismo, luchas de poder, problemas mentales, conflictos éticos… 
Una serie con una primera temporada deslumbrante y otras más irregulares, pero de la que destaco la quinta  por transcurrir en Berlín y por recuperar con creces la tensión dramática.


Aquí ponemos punto y final a esta entrada. Por mi parte, además de suscribir todas y cada una de sus recomendaciones, también os invito a que, si queréis disfrutar de una novela con las etiquetas "thriller" y "espionaje" junto a la de romántica os dejéis tentar por Lo que arriesgué por ti.
Los servicios secretos alemanes, rusos y franceses manteniendo un pulso entre ellos y en lucha común contra el terrorismo yihadista. 

Un pulso entre los propios Antje y Dmitry. Os esperan en Berlín.


Booktrailer





17 de abril de 2019

El Árbol de los deseos para la paz de Yoko Ono

En el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, situado en Córdoba, Yoko Ono -sí, esa Yoko Ono- ha dejado tres obras específicamente creadas para exponerlas allí: Para ver el cielo. Versión cordobesa (2015-2017), Pieza para zurcir en cuatro estaciones (1966-2017) y Árbol de los deseos para la paz (1996-2017).

El pasado fin de semana pude visitarlas y, sin ninguna duda, me quedo con el Árbol de los deseos para la paz.  


Pide un deseo

Anótalo en un trozo de papel.

Dóblalo y átalo alrededor de una rama de un árbol de los deseos.

Pide a un amigo que haga lo mismo.

Sigue deseando

Hasta que las ramas estén cubiertas de deseos


Está instalado en la entrada del Centro y es un olivo. No había nadie y pensé que era una de las cosas más bonitas que había visto y, también, una de las que recordaré con más cariño porque mi madre me acompañaba.


Me planté delante de ese árbol lleno de deseos que se mecían con cada soplo de aire. Tenía que desear algo, anotarlo y colgarlo. Hice una lista de personas a las que quiero y que están en mi vida, de momentos buenos y malos, y de las cosas materiales que poseo. Me di cuenta de que podía sentirme satisfecha con todo eso. Más que eso, afortunada. Es probable que, comparado con otros, tenga poco de cada cosa y, sin embargo, no me cambiaría por otra persona. Cómo hacerlo si vivo en el Primer Mundo. Porque podría no tener nada ni a nadie.Tomé conciencia de ello en ese momento, plantada allí delante de aquel árbol junto a mi madre. ¿Podría llenar una lista de deseos? Claro que sí. Y, no obstante, no tendrían nada que ver conmigo porque esos deseos tienen que ver con todo lo que está mal alrededor nuestro, en este siglo XXI.



Y, sin embargo... todos necesitamos desear y cumplir deseos. Ver a quienes queremos, desear y cumplirlos. Yo no sé si inundar el planeta de Árboles de deseos para la paz cambiaría el mundo, pero sí creo que conseguiría que cada uno de nosotros se parara y pensara qué tiene, qué le falta y qué desea. Leí furtivamente alguna de las notitas colgadas y resulta que prácticamente todos deseamos lo mismo: hacer de este planeta un sitio mejor. Que los buenos sentimientos vencieran a los malos. Que lo espiritual ganara a lo material. Triunfaría aquello de <<no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita>>. Sería un bonito sitio donde vivir.

Un sábado cualquiera de abril, Yoko Ono me dio razones para pensar, meditar, desear y estar agradecida. También me hizo creer que podía hacerlo mejor. 


Pensadlo. Si junto a la puerta de vuestra casa hubiera un Árbol de los deseos... ¿qué pediríais?





14 de abril de 2019

Después de mil balas (II) - Izet Sarajlić


La hija de Izet Sarajlić, Tamara, dice en el apéndice del libro Después de mil balas


Del mismo modo que durante toda su vida defendió el amor y la necesidad humana de honradez, calidez, bondad y amistad, así fue como padre, abuelo y esposo. <<Todos podemos odiar, pero amar es el privilegio de los mejores>>, repetía siempre.

Hay muchos sentimientos dentro de la poesía de Izet. Conocéis cómo fue su vida a través de los ojos y palabras de Erri De Luca. Lo mejor es mostrárosla. 




DEDICATORIA

Te dedico mis ojos, mis labios y mis dientes.
¿Mis poemas? ¿Qué harías con los poemas que escribí
porque no sabía callarme?
¿Qué harías con mis poemas si no pueden besarte?

No somos aves ni mantis religiosas en la víspera
y no tenemos alas sino manos.
Lo último que nos espera no puede ser nuestra muerte,
porque los deseos de nuestra sangre tienen que continuar en alguna parte.

Eres una mujer, pequeña,
eres una pequeña mujer,
y un agosto inmortal te trajo a mis baladas.
Quédate con mi amor, que sobrevivirá a todos mis
lamentos, a todos mis cambios.
Junto a mis ojos quédate.

Sobreviviremos a nosotros mismos, no sólo en los túmulos de nuestras tumbas,
porque sabíamos, sabíamos, tiernos y soberbios,
huyendo de dagas y granadas, matar a los ángeles que habitan en nosotros
y, sin embargo, seguir siendo ángeles.

Aquellos del futuro, si nos buscáis, seguid un rastro rojo,
sólo nuestros cuerpos yacerán bajo la tierra muda,
pero caminad suavemente,
para no herir nuestros labios
y no pisar nuestras miradas muertas.

(1955)


NUESTROS ENCUENTROS DE AMOR EN EL LEÓN

Qué hermosa vejez pudimos haber tenido
tú y yo
sin toda esta locura nacionalista eslavo-meridional.
Y en cambio,
después de todo sólo nos han quedado
estos encuentros de amor tristes
en el cementerio junto al León.
Te diré
que cuando soy más feliz en mi desgracia
es cuando en el cementerio me sorprende la lluvia.
¡Cuánto me gusta empaparme junto a ti!


CON TODAS LAS COSAS HORRIBLES QUE HABÉIS OÍDO SOBRE MÍ

Con todas las cosas horribles que habéis oído sobre mí
sólo me queda advertiros de algunos de mis otros defectos y deficiencias:
soy un cosmopolita incorregible,
antifascista,
conservador
que se lamenta terriblemente por tantas bellezas no loadas en los
poemas de la de la segunda mitad del siglo XX,
un desesperado que a pesar de todo cree en la victoria del Bien.

DE ALGÚN OTRO POEMA

En algún poema, no en éste,
cuando hable de mi generación de poetas
habrá que decir también lo siguiente:
difícil le será a mi generación estar en el cielo entre los ángeles sin la
tierra donde seguirán andando los hombres,
pero a la tierra sin mi generación tampoco le será más fácil.



*Fotografías: Gervasio Sánchez

11 de abril de 2019

Después de mil balas (I) - Izet Sarajlić - Prólogo de Erri De Luca


Voy a hablar de Después de mil balas en dos entradas, os contaré la razón. Cuando vi un poemario escrito por un sarajevita me asaltó la curiosidad. Quería saber si ese poeta era como Gojko, el amigo de Gemma, la protagonista de la novela La palabra más hermosa. Si se parecían no lo sabré nunca, pero ya se había encendido la llama. 

Nunca me había planteado la importancia de un prólogo. Normalmente no llego a leerlos completos. Suelen estar escritos por editores, amigos, el propio autor... Pero leyendo el maravilloso prólogo que Erri De Luca le hace a esta obra me he llegado a plantear si  podría entrar dentro de un género literario como lo es el relato.
Por eso Después de mil balas va a tener dos entradas. La primera, con la transcripción del prólogo de De Luca (y que me ha puesto tras la pista de sus libros publicados). La verdad es que no sé si esto traspasa los límites de derechos de autor... 
La segunda entrada la dejo para el domingo. Ya sabéis, es cuando toca la poesía.

PRÓLOGO

<<¿Quién cubre el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo? Nosotros, los poetas>>  En el asedio más largo del siglo XX, en la Sarajevo de los años noventa, los ciudadanos acudían a las veladas de poesía en la penumbra de una ciudad sin corriente eléctrica. Experimentaban así que en una guerra sólo los versos son capaces de corregir a fuerza de sílabas milagrosas el tiempo sincopado de los sollozos, el ragtime de las granadas, el ojo de una mirada telescópica en el cogote. Los versos acarrean la responsabilidad de la palabra enmudecida. Los poetas leían o recitaban de memoria sus cantos en una ciudad asediada. A los italianos que iban a visitarlo al cerco de Sarajevo les decía: <<Bienvenidos a la cárcel más grande de Europa>>. Los poetas cubrían el turno de noche en Sarajevo para impedir el secuestro del corazón del mundo.

La biblioteca, una magnífica obra artesanal del arte islámico en Europa, estaba reducida a añicos y cenizas. La artillería de los sitiadores se concentraba en monumentos, cementerios, mezquitas, para borrar de la faz de la tierra la sombra y la raíz del adversario. Las palabras habían emigrado de los libros bombardeados, giraban a ciegas las páginas invisibles, mientras desde las colinas se encendían las llamitas de los disparos de los francotiradores. Los poetas cubrían el turno de noche.

Izet Sarajlić recibió dos veces a domicilio la visita de dos guerras. La Mundial le arrebató a su hermano mayor, Ešo, al que adoraba, fusilado en el cuarenta y tres por los camisas negras italianos. A quien le reprochaba su amor por la lengua italiana junto con la rusa, contestaba que su hermano había sido fusilado por los camisas negras del mundo. Porque su hermano Ešo era un combatiente, y hubiera podido caer en Stalingrado, en la defensa de Madrid, en el gueto de Varsovia, en cualquier lugar en el que entrara en liza el choque entre la libertad y la opresión.
Adoraba Italia e iba allí a menudo después de la guerra. En alguna velada alrededor de la mesa de mi cocina le salían del vozarrón eslavo algunas estrofas cantadas en italiano: <<Non ti potrò scordare piemontesina bella, tu sei la sola stella che brillerà per me>> [nunca te olvidaré, hermosa piamontesina, serás la única estrella que brillará para mí]. O bien la canción rusa Ochi chornye, ojos negros, que cargaba de énfasis y de gestos con las manos en la segunda estrofa: <<Kak lyublyu ya vas, kak boyus´ya vas>> [cuánto te amo, cuánto te amo].

Italia era para él el martillo rojo que está en los vehículos públicos, empleado para romper el cristal en caso de incendio: Bosnia era el autobús en llamas e Italia el martillito rojo que abría la salida de emergencia. Prefería de entre los poetas a Alfonso Gatto y a Nazim Hikmet, bebía vodka y aguardiente como yo bebo vino y después se levantaba de la mesa más derecho que antes y el blanco de su pelo resplandecía aún más. De nosotros dos decía que éramos los hermanos Grimm: en el siglo más zarandeado y desbocado de la historia humana, nos dedicábamos a escribir cuentos.
En una noche de granadas que explotaban al tuntún en su colina, escribía con toda su voluntad de contradecir a la destrucción: << Una noche como ésta inconscientemente te preguntas cuántas noches de amor te quedan>>. No supo odiar, no supo maldecir ni siquiera a aquellos que a través de la mira de un fusil tiraban al blanco de un niño en la calle. Quiso reafirmar el verbo amar, que sus coetáneos, los poetas y quienes no lo eran, sentían pudor por teclear a máquina. Le gustaba la palabra ammore, que en napolitano se redobla en el centro.

Durante los años de asedio escribió El libro de los adioses. Se despedía así de los amigos que se habían ido hacia un exilio cualquiera o bien habían sido acompañados al cementerio de noche, porque de día los cortejos fúnebres eran un blanco fácil. Las fosas se excavaban de noche: <<En Sarajevo hemos sido todos sepultureros>>.
En un poema se despedía de una calle vaciada por las granadas, en otro se despedía de un tranvía que había dejado de pasar. En una guerra, un poeta es una especie de Noé, monta a bordo de su barco de papel una recolección de personas y lugares, los conserva al resguardo del diluvio y los hace desembarcar en la tierra seca de una posguerra. <<No veo la hora de poder escribir por segunda vez en mi vida mis poemas de la segunda posguerra.>>
Y consiguió llegar al desembarco en la tierra firme de la tregua. Había perdido a dos hermanas en aquella condenación, convertido en hijo único.

<<Pero yo no puedo dejar de ser hermano>>, me escribía a mí también, buscando a su alrededor poder ejercer su anhelo de fraternidad.


Ya lo sé, ésta es la introducción al libro de un poeta y no una recopilación de efectos personales. Y, sin embargo, creo que un poeta debe convertirse en miembro de la familia y no quedarse en autor de versos publicados. Pero también creo que un poeta paga sus versos con la vida que lleva. En un poeta busco, exijo, que su vida esté a la altura de sus páginas. De un escritor en prosa me trae al fresco si es un canalla o un santo. De un poeta, en cambio, no pueden salir buenas líneas si su existencia no se ha visto cepillada en el río por una almohaza de hierro. Por eso el siglo XX ha sido el siglo de los poetas.
Por eso Izet Sarajlić tenía que ser maestro de lealtad civil quedándose en Sarajevo hasta el último día de la mala hora. Con sus versos habían alimentado su voz los enamorados de dos generaciones. Quien ha sido responsable de la felicidad, lo es también de la infelicidad. Por ello permaneció en fila india, pegado a los muros, delante de un horno que había recibido harina, delante de una fuente que volvía a manar. ¿Cuál es el cometido de un intelectual, de alguien que tiene un pequeño derecho de audiencia pública? Quedarse, compartir la avería que le sobreviene a su pueblo. Su presencia en la ciudad era el mejor consuelo para sus conciudadanos.


También fue maestro de fidelidad amorosa, y amó a la mujer de su juventud hasta el último día de su alianza cogidos del brazo. Ella murió, dejándolo poco menos que demediado, un día de febrero del noventa y siete, con la guerra recién acabada. Él, en las habitaciones carentes de ella, era un soldado que volvía del frente  y no hallaba a nadie. Sin ella sólo había exilio. Él, que no había querido abandonar Sarajevo, sin ella se sentía sin patria y sin ciudad. Entonces iba a empaparse de lluvia al cementerio, para compartir con ella la misma agua. Y hasta el final de sus días fue un marinero varado en una playa que aguarda para abandonar la tierra firme.
<<Esos dos abrazados a orillas del Rin / podríamos ser nosotros dos. / Pero nosotros no volveremos a pasear / abrazados por ninguna orilla. / Ven, paseemos al menos en esta poesía.>>



Izet Sarajlić murió en una de sus habitaciones por voluntad de ser alcanzado. A mí me corresponde interrumpir la distancia cada vez que lo nombre, lo escribo, lo canto en mis veladas sobre la elevación de un estrado. Mientras reúno algunos de sus versos para quienes están sentados en la penumbra de una sala, los empuño también como si fueran un ramo y los deposito ante una puerta de Sarajevo, la ciudad de Izet Sarajlić.

<<¿Quién cubre el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo? Nosotros, los poetas.>> A ellos les corresponde arrebatar a la muerte el derecho a la última palabra.

Traducción de Carlos Gumpert

* Las fotografías son del fotoperiodista Gervasio Sánchez, tomadas en Sarajevo.


31 de marzo de 2019

Louise Glück - Poemas

Leer a la poetisa Louise Glück y dejar que nazca, mitad sorprendida - mitad sarcástica, una sonrisa. Entre tanto ruido, dejemos que sigan hablando los poetas.

Mira, una mariposa.
¿Pediste un deseo?
Uno no pide deseos a las mariposas
Tú hazlo.
¿Pediste uno?
Sí.
Pues no cuenta.


La terquedad de Penélope

Un pájaro llega a la ventana. Es un error
considerarlos solamente 
pájaros, muy a menudo son
mensajeros. Por eso, una vez 
se precipitan sobre el alfeizar, se quedan
perfectamente quietos, para burlarse
de la paciencia, alzando la cabeza para cantar
pobrecita, pobrecita, un aviso
de cuatro notas, para volar luego
del alfeizar al olivar como una nube oscura.

¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana
a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas
y mi memoria es larga; ¿por qué iba a enviar esa libertad
cuando tengo humanidad? Aquellos
que tienen el corazón más diminuto son dueños
de la mayor libertad.


El dolor de Circe
Circe - Wright Barker

Finalmente, me di a conocer
a tu mujer como lo haría
un dios, en su propia casa, en
Ítaca, una voz
incorpórea: ella
detuvo su labor, giró la cabeza
primero a la derecha, luego izquierda
aunque era inútil por supuesto
seguirle el rastro a ese sonido hasta
cualquier fuente objetiva: dudo
que vaya a regresar a su telar
con lo que ahora sabe. Cuando
la vuelvas a ver, dile 
que así es como un dios se despide:
si me quedo en su cabeza para siempre
permaneceré en tu vida para siempre.


LOUISE GLÜCK

26 de marzo de 2019

De refugios y poesía

He venido a refugiarme un rato aquí. Marzo toca a su fin. Mes de días señalados en el calendario público, como el 8, Día Internacional de la Mujer, o el 21, Día Mundial de la Poesía.
El pasado domingo emitían el programa Imprescindibles, sobre la figura del poeta Luis García Montero y qué bonito e inspirador. ¿No os pasa a veces? ¿Querer desaparecer de lo público y correr a refugiarte en todas las cosas y las personas que te hacen sentir bien? Lugares y personas que son hogar. Convertirlos en estados de ánimo.



Siempre me sorprende que haya acabado recurriendo tantas veces a la poesía en busca de serenidad. A veces también he encontrado otras cosas: el punto justo de reivindicación o denuncia, el sentimiento contenido, el sarcasmo bien adornado. Pero, en general, recurro a ella como lo hago con la música, para gestionar emociones. Un soplo de belleza o de evocación. Supongo que es porque la poesía te alivia brevemente, justo lo necesario para respirar, tomar aire y continuar. Al menos en mi caso no es como leer una novela o ver una película en busca de evasión durante el mayor tiempo posible. Lo que necesito es una inyección, por eso los poemas han acabado siendo lecturas-botiquín.

Por eso he venido a refugiarme un rato aquí. Porque es el lugar al que vuelvo para dejarlos y compartirlos. Porque la poesía no sería lo mismo si solo la mantuviéramos escrita en nuestras libretas. 
Hay algo muy íntimo en ese sentimiento que aparece la primera vez que nos dejamos deslumbrar por un poema concreto, cuando lo hacemos nuestro.

La banda sonora la ponen The Irrepressibles y su canción In this shirt. Otro descubrimiento, un flechazo. Ha sido la canción usada en el programa libre del patinador francés Kevin Aymoz en el Campeonato del Mundo celebrado recientemente.  Los poemas, conocidos, del maestro García Montero.


V

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi,
cruzo la desmedida realidad
de febrero por verte,
el mundo transitorio que me ofrece
un asiento de atrás,
su refugiada bóveda de sueños,
luces intermitentes como conversaciones,
letreros encendidos en la brisa,
que no son el destino,
pero que están escritos encima de nosotros.

Ya sé que tus palabras no tendrán
ese tono lujoso, que los aires
inquietos de tu pelo
guardarán la nostalgia artificial
del sótano sin luz donde me esperas,
y que, por fin, mañana
al despertarte,
entre olvidos a medias y detalles
sacados de contexto,
tendrás piedad o miedo de ti misma,
vergüenza o dignidad, incertidumbre
y acaso el lujurioso malestar,
el golpe que nos dejan
las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería
peor y más costoso
llevárselas a casa, no esconder su cadáver
en el humo de un bar.

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad,
y sin idiomas voy hacia la tuya.
No hay nada que decir,
pero supongo
que hablaremos desnudos sobre esto,
algo después, quitándole importancia,
avivando los ritmos del pasado,
las cosas que están lejos
y que ya no nos duelen.


XXIII


Si alguna vez no hubieses existido,
si el calor de tus muslos no me hubiese
buscado como un látigo preciso
y mis ambigüedades electivas
—los días más oscuros de mí mismo—
no te hubiesen tenido como saldo
de afirmación o excusa,
es posible
que este volver a casa en soledad
y demasiado pronto,
me recordase ahora un poco menos
al joven que apostaba por el mundo,
con el mundo a su espalda.

Sólo el amor es duro.
Metidos en la noche, regresando
entre la potestad y la mentira,
hablamos del poder o de los sueños
al hablar del abrazo.
Y no lo sé tal vez, no sé si me recuerdo
prisionero de un cuerpo o libre junto a él,
buscando salvación o en servidumbre,
miserable y maldito, pero atónito.

Quizás sólo se trata de que no estás aquí,
de que perder es duro para todos
y el amor me hace falta, como sabes.
Quizás contigo estuve
tan demasiado cerca de su reino,
que necesito ahora desmentirme,
utilizar los trucos que uno tiene
para poder seguir.

Porque somos así seguramente,
huellas equivocadas,
solitarias hogueras de un camino,
paraísos de cuatro habitaciones
que sólo se comprenden
después de haber firmado muchas veces,
precisamente ahí,
donde pone El viajero.

Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
más allá de los tiempos y los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños.