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8 de noviembre de 2018

Medio sol amarillo - Chimamanda Ngozi Adichie




<<Odenigbo subió a la tribuna haciendo ondear la bandera de Biafra: banderas rojas, negras y verdes y, en el centro, un luminoso medio sol amarillo.>>



Cuando tenía seis o siete años me ingresaron durante varias semanas en el hospital aquejada de meningitis. La primogénita de la familia -mi hermana- había fallecido por esa causa a los diez días de nacer, así que aquello fue un asunto grave y peligroso dados los antecedentes. Todos estos años he escuchado esta historia de boca de mis padres y familiares, un episodio del que yo apenas guardo recuerdos, y que siempre terminaba con la misma frase de mi padre: "Parece que te esté viendo corretear por el hospital, con esas patillas en lugar de piernas, y la barriga abultada. Parecías una niña de Biafra". Al principio pensé que Biafra era una fábrica. Pero una vez le pregunté a qué se refería y entonces me dijo: "¿Has visto esos niños negritos que salen en la tele, que están en los huesos y tienen las barrigas hinchadas?" Biafra era uno de esos países africanos donde fueron grabadas las imágenes que ponían cara a la hambruna. La fotografía tomó total claridad y forma en mi cabeza y ahora entendía por qué daba tanta pena.
Hasta hace unos días, eso es lo que sabía de Biafra. Apenas una triste anécdota para hablar de un ingreso hospitalario que mantuvo a mis padres durante semanas con el corazón en un puño. Ahora, después de leer Medio sol amarillo, sé que lo que sufrían esos niños se llama kwashiorkor.

Han pasado muchos años de esto y tengo la grandísima suerte de tener amigas lectoras y que, además, me regalan libros. Miss Brandon no sabrá nunca la emoción que supuso leer la sinopsis de Medio sol amarillo: Por fin iba a conocer la historia de aquel país del que había oído hablar (en un contexto erróneo) pero del que no sabía absolutamente nada. Por eso, y por muchas razones más, son tan necesarios los libros. No solo sirven para contar historias, también sirven para hacernos tomar conciencia, para enseñarnos, para dejar constancia de los episodios más infames de nuestro paso por el planeta y, sobre todo, para recordar. Porque, en realidad, ¿qué sabemos los occidentales de la historia de África?

SINOPSIS
Medio sol amarillo recrea un período de la historia contemporánea de África: la lucha de Biafra por conseguir una república independiente de Nigeria, y la consecuente guerra civil que segó la vida de miles de personas.

Con gran empatía y la naturalidad de una narradora comprometida, Chimamanda Ngozi Adichie recrea la vida de tres personajes atrapados en las turbulencias de la década: el joven Ugwu, empleado de la casa de un profesor universitario de ideas revolucionarias; Olanna, la hermosa mujer del profesor, que por amor ha abandonado su privilegiada vida en Lagos para residir en una polvorienta ciudad, y Richard, un joven y tímido inglés que está enamorado de la hermana de Olanna, una mujer misteriosa que renuncia a comprometerse con nadie. A medida que las tropas nigerianas avanzan, los protagonistas de esta historia deben defender sus creencias y reafirmar sus lealtades.


Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en una de las grandes voces africanas, tanto por su literatura como por su continua reivindicación social y feminista. Me parece más admirable que lo haga sin abandonar ni renunciar a sus raíces, de las que se siente claramente orgullosa.

Medio sol amarillo se sitúa en el origen y fundación de Biafra, la república nacida tras las masacres cometidas contra el pueblo igbo, en un intento de separarse de Nigeria y que solo se mantuvo en pie desde 1967 hasta 1970. La autora se sirve de varios protagonistas para ir tejiendo la historia de este conflicto político-étnico. La pareja formada por Odenigbo y Olanna, que representan el sector intelectual que apoya el surgimiento de este nuevo país y que se muestra claramente crítica con la injerencia europea en los años previos. Richard, un británico aspirante a escritor que llega a la ciudad de Nsukka atraído por la cultura africana, sin un rumbo fijo hasta que conoce a Kainene, la hermana de Olanna, y se enamora de ella. Es la imagen del occidental que también se enamorará de la propia África y que usa todo lo que tiene para intentar salvarla de los acontecimientos. Y, finalmente, Ugwu, que llega siendo un niño a casa de Odenigbo para ejercer de criado. Ese destino cambiará sus expectativas y toda su vida.

Admiro el ingente trabajo de memoria histórica realizado por Chimamanda Ngozi y que, para ello, haya creado a personajes que no pretenden ser héroes y que carecen de cualquier rasgo idealizado. Se equivocan, luchan, cometen errores y pasan por todas las emociones que nos hace humanos: la ira, el dolor, la vergüenza, la pasión, el perdón... Si bien es cierto que me ha costado adaptarme a la narrativa de la autora, me resulta difícil no hacer una lista con todas las cosas que, en mi opinión, logra hacer en esta novela:

- Conseguir hablar de uno de los conflictos bélicos olvidados y hacerlo sin convertirlo ni en un manual de historia ni tampoco en un panfleto político. Aun cuando todos los protagonistas permanecen en el territorio de lo que fue Biafra, es capaz de poner sobre la mesa las actuaciones reprobables de ambos bandos y la intervención extranjera sin tomar partido.

- Dejar constancia de las costumbres, las tradiciones y el legado nigeriano. La precariedad de sus vidas, los rituales mágicos, las creencias, las condiciones a las que se enfrentan, las diferencias entre quienes tienen cierta calidad de vida y los que carecen de lo básico, aquello que hace confortable nuestra vida (la que conocemos los europeos).  Y todo ello de una manera objetiva.

- Poner el foco en la gestación de Biafra y no solo en las consecuencias, aquellas que hicieron visible el conflicto al resto del mundo: los campos de refugiados y la desnutrición. Detrás de eso había un ideal político que defender y, como en todo, una importante campaña propagandística que llevó a la guerra civil a miles de nigerianos. 



El mundo guardó silencio cuando morimos. Ese será el título del libro que está por escribir y que aparece de manera recurrente a lo largo de toda la novela, el que contará lo que ocurrió en Biafra. Un título que nunca prescribe y una novela que me ha recordado la fotografía de Amal Hussein, la niña yemení fallecida a causa de la hambruna que aparecía hace una semana en la portada del New York Times. El problema de leer libros como Medio sol amarillo es que te hacen muy consciente de hasta qué punto los intereses gubernamentales, políticos y financieros, siempre estarán por encima de la vida de la población civil y de lo afortunados que somos por haber nacido en el continente explotador. Ignorarlo solo nos hace más cómplices.



3 de noviembre de 2018

The future is female

Antes de empezar ya sé que ésta será una de esas entradas cortas un poco caóticas, un poco deshilachadas que suelo hacer. Una especie de entrada patchwork: tejido hecho por la unión de pequeñas piezas de telas cosidas por los bordes entre sí...

O solo es que me gusta recopilar todo aquello que me resulta inspirador y a lo que poder volver cuando lo necesite. Están las palabras, los fragmentos, de Chimamanda Ngozi, que resuenan como si yo misma las hubiera pronunciado suscribiendo cada afirmación. También las de Marta Sanz, rotundas y cargadas de ironía. Ambas en torno a la literatura.


La literatura nos enseña. La literatura importa.

Leo para que me consuelen, leo para que me conmuevan, leo para que me recuerden la gracia, la belleza y el amor, pero también el dolor y la pena. Y todas estas cosas importan. Todas son lecciones útiles.


Final del discurso de Chimamanda Ngozi Adichie, en la 70ª Feria del Libro de Fráncfort. Octubre 2018.



La literatura sirve porque Caperucita dice: “Abuelita, abuelita, qué ojos más grandes tienes” y el lobo, disfrazado de abuelita, responde: “Sí, hija, son para verte mejor”. Y después el lobo se come a Caperucita y el leñador destripa al lobo y le llena la hueca bolsa intestinal de piedras y lo tira al río. Sin paños calientes. Y ahí te quedas tú, lectora, lector, con la boca abierta y la mandíbula temblona.


 Final del Manifiesto Eñe, 2016, año en el que fue directora del Festival Eñe




Y la extrema belleza y emoción la pone JULIE GAUTIER. Mientras escribía la entrada, me doy de bruces con su cortometraje AMA, mujer de mar en japonés, en referencia a las buceadoras que se dedican a recolectar perlas en Japón

Estrenado el 08 de marzo de este año y dedicado a todas las mujeres del mundo
La música: Rain in your black eyes, de Ezio Bosso.






Qué suerte vivir para verlo. Qué suerte ser contemporánea de estas mujeres.

27 de octubre de 2018

Cartas a una madre - Vasili Grossman


«Durante toda la vida he creído que todo lo que había de bueno en mí, todo lo honesto, todo lo bondadoso, mi amor por los otros, todo venía de ti. Todo lo que hay de malo en mí no viene de ti. Pero tú, mamá, me amas, a pesar de todo lo malo que tengo»



Podría haber hecho una entrada sobre el testimonio El infierno de Treblinka o el relato El viejo profesor para hablaros de la figura de Vasili Semiónovich Grossman. Ambos títulos se encuentran reunidos junto con otras crónicas y relatos en el ejemplar publicado por Galaxia Gutenberg: Años de guerra.
Vasili Grossman es sobre todo conocido por su obra Vida y destino, cuya lectura es una de mis asignaturas pendientes. Sin embargo, esta entrada no está dedicada a su obra. Está dedicada a él, un personaje de lo más interesante.

Judío, ucraniano y corresponsal de guerra durante casi tres años para el periódico del Ejército rojo, Estrella roja, destacó por ser una de las voces más veraces y comprometidas sobre los hechos de los que fue testigo: desde sus crónicas sobre los campos de concentración y exterminio nazis hasta sus textos dejando constancia de los crímenes del propio Ejército Rojo, y especialmente sobre la violación en masa de las mujeres alemanas.

Lo que me fascina de Grossman es que, con todo ese bagaje, sus escritos destilan confianza en la humanidad. Con minúsculas y en el sentido que da la RAE: Fragilidad o flaqueza propia del ser humano. Sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas.

Las transcripciones que os dejo a continuación son dos cartas que escribió a su madre. Su valor está en que fueron escritas en 1950 y 1961, sabiendo que su madre -asesinada en una de las grandes matanzas de judíos en septiembre de 1941- nunca podría leerlas. Vasili quiso llevársela con él y con su segunda esposa a Moscú pero carecían de espacio en su apartamento. Cuando entendió la gravedad y el inminente avance alemán no pudo hacer nada para sacarla de Berdichev. Nunca se lo perdonó. Quizá por eso el personaje de Anna Shtrum, de Vida y destino, está inspirado en su madre, a la que le dedicó la novela.

«A la memoria de mi madre, Yekaterina Savelievna Grossman»

Y por si todo esto no fuera suficiente, la entrega para su publicación del manuscrito en 1960 de Vida y destino supuso el registro de su apartamento por el KGB y el secuestro de los originales, de los borradores e incluso de las cintas de máquina de escribir utilizadas en su redacción. El autor falleció en 1964, a sus cincuenta y ocho años, víctima de un cáncer, sin saber que su obra se publicaría por primera vez en Suiza en 1980 y de que sería comparado con la Guerra y paz de Tolstoi.

«(...) Le ruego poner en libertad a mi libro. No hay sentido ni verdad en mi actual situación, en mi libertad física, mientras el libro al que he dado mi vida se encuentra encarcelado. Por fin, lo he escrito, no me he distanciado de él y no lo haré. Hace doce años empecé a trabajar en este libro. Sigo creyendo que he escrito la verdad, por amor y compasión, porque creo en los hombres. Le ruego una vez más poner en libertad a mi libro (..) »
Extracto de la carta enviada por Grossman a Jruschov con objeto de conseguir que finalizara el secuestro de su obra.

A veces, cuando salen a la luz documentos privados, cartas, diarios..., me surge la duda de si de veras tenemos derecho a conocerlos, a tener acceso a esta privacidad. Leyendo las cartas de Vasili Grossman y conociendo los detalles de su vida, pienso que sí y  que su obra y su vida no deberían ser leídas y conocidas la una sin la otra.

Primera carta. 1950.

«Querida mamá:

Me enteré de tu muerte en el invierno de 1944. Cuando llegué a Berdichev entré en la casa donde vivías y que la tía Aniuta, el tío David y Natasha habían abandonado, y comprendí que habías muerto. Pero desde septiembre de 1941 mi corazón ya sentía que habías muerto. Una noche en el frente tuve un sueño: entraba en tu habitación -sabía con seguridad que era tu habitación-, veía un sillón vacío, y sabía que habías dormido en él. Del sillón colgaba una mantilla con la que habías cubierto tus piernas. Lo miré durante largo tiempo y cuando me desperté sabía que ya no estabas entre los vivos. Pero no conocía entonces la terrible muerte que habías sufrido. Sólo lo supe cuando llegué a Berdichev y hablé con la gente que sabía de la ejecución en masa que tuvo lugar el 15 de septiembre de 1941.

He tratado docenas o quizá cientos de veces de imaginarme cómo moriste, cómo caminaste hasta encontrar tu muerte. He tratado de imaginar a la persona que te mató. Fue la última persona que te vio viva. Sé que estarías pensando en mí en aquel momento.

Ahora han pasado más de nueve años desde que dejé de escribirte cartas, contándote mi vida y mis trabajos, y he acumulado tantas cosas en mi alma durante estos nueve años que he decidido escribirte para contártelo, y por supuesto para que conozcas mis penas, nadie más está particularmente interesado en ellas. Tú eras la única que te interesabas siempre por mis aflicciones.


Puedo sentirte hoy tan viva como estabas el día en que te vi por última vez, y tan viva como cuando me leías de pequeño. Y mi dolor es todavía el mismo que aquel día cuando tu vecino de la calle Uchilishchnaya me dijo que habías muerto, que no había esperanza de encontrarte entre los vivos. Y pienso que mi amor por ti y esta terrible pena no se alterará hasta el día de mi muerte» 



Segunda carta. 1961.

«Querida madre:

Han pasado veinte años desde el día de tu muerte. Te quiero, te recuerdo todos los días de mi vida y mi dolor nunca me ha abandonado durante estos veinte años.

La última vez que te escribí fue hace diez años, y en mi corazón eres todavía la misma que hace veinte años... Yo soy tú, querida madre, y mientras viva también tú estarás viva. Y cuando yo muera tú vivirás en el libro que te he dedicado y cuyo destino es tan parecido al tuyo. Me parece ahora que mi amor por ti se está haciendo más grande y más responsable porque quedan muy pocos corazones en los que vivas todavía. Estos últimos diez años, mientras trabajaba (en Vida y destino), he pensado en ti sin interrupción; mi novela está dedicada a mi amor y devoción hacia la gente, y ése es el motivo por el que está dedicada a ti. Representas para mí lo humano por excelencia, y tu terrible destino es el destino de la humanidad en estos tiempos inhumanos.

He estado releyendo hoy, como lo he hecho durante todos estos años, las pocas cartas que conservo de los cientos que me escribiste, y también he leído tus cartas a papá, y he vuelto a llorar leyendo tus cartas. Lloraba cuando leía: "Zema, yo tampoco sé si viviré mucho tiempo. Todo el tiempo espero que alguna enfermedad me lleve. Temo estar enferma durante mucho tiempo. ¿Qué hará el pobre chico conmigo entonces? Sería demasiado trastorno para él."

Lloré cuando tú -tú, tan sola, cuyo único sueño en la vida habría sido vivir bajo un mismo techo conmigo- le escribiste a papá: "Me parece razonable que te vayas a vivir con Vasia si consigue un piso. Te lo digo de nuevo, porque ahora estoy bien, y no tienes que preocuparte por mi vida espiritual: sé cómo proteger mi mundo interno de las cosas que me rodean." He llorado sobre tus cartas, porque tú estás en ellas: con tu amabilidad, tu pureza, tu vida tan amarga, tu equidad, tu generosidad, tu amor por mí, tu preocupación por la gente, tu mente maravillosa. No temo a nada, porque tu amor está conmigo y porque mi amor está contigo siempre.»

(Un escritor en Guerra. Antony Beevor y Luba Vinogradova, 2006: págs. 321-323).


Yekaterina Savelievna Grossman y su hijo Vasili 



23 de octubre de 2018

Me gustaría poder hacerte feliz - Elefantes


No hay parking en el cielo,
ni hay ascensor.
Solo queda un deseo
y un solo error.

En algún lugar ...
debe haber algo para ti que no tengas ya,
como aprender a entender.

Ven a ver la calle grande,
mira a los niños jugar.
El diablo come aparte en su plato de cristal.

En algún lugar ...
debe haber algo para ti que no tengas ya,
como aprender a ver
que a mí me gustaría poder hacerte feliz,
coger tus sueños y llevárselos a mar,
o echarlos a volar
y verte sonreír.

La próxima secuencia es tuya,
tú eres la actriz principal.
Y las demás personitas somos tan solo
figurantes de metálico metal.

En algún lugar ...
debe haber algo para ti que no tengas ya,
como aprender a ver
que a mí me gustaría poder hacerte feliz,
coger tus sueños y llevárselos a mar,
o echarlos a volar
y verte sonreír.

Que a mí me gustaría poder hacerte feliz,
coger tus sueños y dejarlos respirar
sin nada que temer,
como respiras tú
cuando haces entender
que quieres sonreír.

20 de octubre de 2018

Por si me oyes - Pascale Quiviger

SINOPSIS

Cómo se puede seguir viviendo después de un accidente, cómo se consigue volver a desear, reconstruirse por dentro y aceptar los cambios que sobrevienen mientras la persona que más queremos está sufriendo. 

David, que es obrero de la construcción, se ha caído de un andamio y está en coma. En Por si me oyes, al oír su discurso interior, notamos cómo siente la presencia de los que le rodean y si le hablan o le tocan. También asistimos a la vida diaria de su querida mujer y de su hijo pequeño y a las dificultades que tienen para afrontar el drama de David. 

Una novela de emociones fuertes con un final lleno de esperanza.


Hay libros que son como estados de ánimo. Algunos te transmiten felicidad, tristeza, esperanza, resignación. Por si me oyes es para mí algo así. Lo leí en febrero y, aunque merecía una reseña, lo dejé pasar. Llegó el parón en el blog, la despedida y las semanas de dejarlo todo en stand by a la espera de tomar mejores decisiones. Le debía una entrada y también le debía una relectura. 

Creo que todos tenemos apegos a ciertas cosas materiales, objetos que están vinculados a sentimientos, recuerdos, sensaciones. Como ese anillo de oro que me regaló mi abuela hace más de veinte años, que no uso por miedo a perderlo y que está a buen recaudo, en casa (no donde vivo, sino en la casa familiar). A veces abro el joyero y está ahí y es imposible no sacarlo, acariciarlo, probármelo y dejar que los flashes llenen la cabeza de recuerdos y de imágenes con ella. Tocar ese anillo hace que sienta la calidez de mi abuela.

Cuento todo esto para explicar lo que me pasa con esta novela. Desde que la leí ha estado vagando por todas las habitaciones. En la mesilla baja del salón, encima de la pila de libros pendientes de leer, en el sofá, en la mesita de noche... Cualquier sitio donde pudiera tenerla cerca, a mano, donde pudiera tocarla, recordarla, hojearla y leer alguna página. Cualquier lugar que no fuera ese definitivo de la estantería donde se perdería entre el resto. Y esa sensación, ese no querer dejar ir también tiene mucho que ver con la propia historia de David, Caroline y Bertrand.

Ya sé que poco tiene de atractivo una novela que trata sobre un paciente en coma. Dicho así, ¿quién podría recomendar esta historia y quién podría tener ganas de leerla? David es un albañil de treinta y seis años que sufre una caída en el trabajo y le lleva directo al hospital en ese estado. Su esposa Caroline y su hijo de siete años, Bertrand, tienen que adaptarse a la nueva situación. Cuando algo así ocurre ¿qué haces con la vida que tenías, que conocías, que esperabas? 


Pascale Quiviger, ha creado una novela en torno a eso y, a pesar de la dramática situación, es tanta la emoción, la calidez, la ternura y la sensibilidad entre sus páginas que solo puedo invitaros a leerla. 


En cuanto la entrevista termina, Caroline la vuelve a poner. Quiere volver a oír una frase, pero no sabe cuál. Hacia el final. Ésta: «Somos demasiado débiles para mirar el amor a la cara.»

La anota en el post-it amarillo fosforito de la señora Blouin y lo pega dentro de un armario, el de las tazas, porque lo abre a menudo. 



Por si me oyes es un canto a la vida, un desafío al destino, a afrontar lo que no tiene explicación, una reflexión sobre el sistema sanitario, sobre la importancia del bienestar de los pacientes y del propio personal, su responsabilidad y su humanidad. 

En una fracción de segundo, el doctor Hamel titubea (...)
Así que recurre a un refrán en el que cree a pies juntillas:
- Buen corazón quebranta mala ventura.
Si no lo creyera no estaría de guardia esa semana. Ni siquiera sería médico. Se sobresalta un poco cuando Caroline replica:
- No puede el hombre huir de su ventura.

Es difícil no dejarse conquistar por ellos, protagonistas y secundarios: Caroline, todas sus dudas, su lucha por adaptarse, su dolor y su amor por su joven marido;  Bertrand, que se comporta como el niño que es y, en su inocencia, hace de contrapunto como una luz constante durante toda la novela; Karine y Janek, los padres polacos de David, emigrados a Montreal y cuyo pasado (y el de su país de origen) se presenta a través de su hijo. El enfermero Steve, con sus propios fantasmas y, aun así, tan fiable, dulce, reconfortante y esperanzador. Y, siempre, David. Tan presente en su propia ausencia, tan en su mente y en su cuerpo. 

Bertrand con el corazón en la mano
viene en mi busca cueste lo que cueste
me trae a la superficie.
Quiero mover un dedo, un pie, los ojos bajo los párpados, mi voz en la garganta, para él.
Moverme para él. Hablar.

No pasa nada si no queréis leerla, si no queréis sentir este tipo de emociones o, simplemente, si no os interesa. Pero mi experiencia ha sido que todas las veces que la he leído, que la he sentido, he dado por buenas las lágrimas no contenidas y he disfrutado de la belleza que contienen sus páginas. Hay algo reconfortante en ese dejarse llevar por ella hasta el final. Ahora sí, puedo buscarle un hueco definitivo en mi estantería.

10 de octubre de 2018

Entre bambalinas - La mirada de la ausencia

El pasado 20 de septiembre salía publicada la sexta novela de la autora Ana Iturgaiz. Ha sido una larga espera y un camino arduo hasta que ha llegado al público. Quizá por eso me hace especial ilusión que Ana haya accedido a participar en esta sección de Entre bambalinas.  Sus lectores sabemos hasta qué punto cuida el rigor histórico en sus novelas del género. 
Espero volver con una reseña para La mirada de la ausencia -ya que está entre mis próximas lecturas-, pero mientras tanto, os dejo con las palabras y el trabajo de Ana Iturgaiz para documentar y dar contenido a esta historia. Desde aquí, agradecer a la autora su disposición y tiempo para hacerla posible.


SINOPSIS

El 21 de febrero de 1874 el ejército carlista pone cerco a la ciudad de Bilbao. En la ciudad asediada se encuentran Javier Garay, un fotógrafo de postales eróticas, e Inés Otaola, una planchadora sin trabajo, a la que el hambre obliga a ejercer de modelo para Javier.


Sin embargo, las aspiraciones de Javier no pasan por quedarse encerrado en la ciudad sitiada sino en ejercer de reportero de guerra para los periódicos más importantes del país y conseguir el éxito que siempre ha deseado. La ocasión le llega cuando el gobierno liberal le propone la posibilidad de infiltrase tras las líneas enemigas y él la aprovecha sin dudarlo. Lo que no se imagina es que Inés lo arrastrará al campo de batalla con él.

Por su parte, Inés, que fue expulsada hace cinco años del caserío familiar junto a su abuela y su hermano, nunca imaginó que regresaría a su hogar y mucho menos sin ellos. Tampoco sospechó que el fotógrafo sería su oportunidad para huir de la ciudad destruida para volver al lugar en el que nació.

En medio de la destrucción, ambos se convierten en el refugio del otro. Sin embargo, la guerra y las sospechas de los militares conseguirán separarlos.


Ana, ¿cómo suena esta época?


Yo creo que debe sonar a banda municipal tocada en el kiosko de la plaza, a orquestinas en los cafés, a bullicio y voces femeninas a la salida de misa. Todo ello en tiempos de paz.


Pero como La mirada de la ausencia transcurre en medio del asedio del Ejército carlista a la ciudad de Bilbao, suena a bombas lanzadas desde los montes, a fachadas rotas y cristales estallados durante el día; y a silencio sepulcral durante la noche.


¿Por qué elegiste este lugar y esta época?


Me gusta escribir sobre lugares que conozco. Bilbao es mi lugar de origen y me pareció un lugar fantástico para situar mi historia. En cuanto a la época, ya tenía una historia ambientada en el siglo XIV y otras dos en el XVI y buscaba un cambio de aires. A finales del siglo XIX, Bizkaia comenzaba a estar inmersa en una época de cambios económicos y sociales muy importantes: la minería y la industria que dependía de ella se instalaba allí para no marcharse. Esto y saber que las tropas carlistas asediaron la villa en 1874 me hizo decidirme definitivamente por ese momento.


¿Cómo hiciste para documentarte? ¿Cuáles han sido tus fuentes?

Por suerte, hay personas maravillosas que ofrecen sus conocimientos al resto (y yo se lo agradezco desde aquí una y mil veces) y encontré en internet mucha de la documentación que he manejado. Hay bastantes páginas con referencias a algunos detalles, pero os indicaré aquellos que me han sido más útiles.


Para la descripción en detalle del asedio de Bilbao, usé en muchas ocasiones el blog de César Estornes donde recoge en cuatro entregas una descripción de un testigo de la época de lo que sucedió día a día durante los dos meses que duró el asedio. 

Sobre este mismo tema, leí el libro Paz en la guerra, de Miguel de Unamuno, que cuenta la historia de un joven en Bilbao y en esta guerra. Miguel de Unamuno vivió el asedio de Bilbao cuando tenía unos diez años.

Para la descripción en detalle de la segunda batalla de Somorrostro, que tuvo lugar para intentar liberar Bilbao del cerco carlista, consulté el blog Km 130 (Enlace: http://km-130.blogspot.com/) donde se hace una recreación completísima (y con fotografías actuales y antiguas) de los movimientos de tropas y los enfrentamientos entre ambos ejércitos.


Después, para todo tipo de detalles sobre uniformes, organización, armas, moneda, transportes, comunicaciones, correo, condecoraciones, etc. del Ejército carlista, el libro Las guerras carlistas, catálogo de la exposición que organizó el Ayuntamiento de Madrid en 2004.

Sobre fotografía antigua, he consultado varios manuales y he acudido a algunos amigos, que, por suerte, son expertos en este tema. Además, en youtube hay vídeos mostrando los pasos a dar para hacer fotografías con este tipo de técnicas. El de Mark Zimmerman es uno de los mejores.






¿Hasta qué punto la época ha condicionado el comportamiento de tus protagonistas?



Hasta cierto punto, pero no sé si del todo. El otro día me preguntaba si era factible que en esa época la gente tuviera ideas antimilitaristas, como tiene mi personaje principal masculino. Yo pienso que sí, que determinadas ideas son universales y atemporales, pero no estoy segura al 100%. Sin embargo, yo tenía muy claro el camino que iban a recorrer las ideas políticas de Javier.


En el caso de Inés, sí, pienso que es un fiel reflejo de lo que era una mujer de aquella época y con sus circunstancias.
También el señor Francisco lo es. Si leéis el blog de César Estornés que comentaba antes, el narrador del asedio de Bilbao tiene la misma exaltación que el señor Francisco.



Han sido varios los años que han pasado desde que escribiste el manuscrito hasta su publicación y, además, lo hace de manos del sello de colección histórica de Roca editorial, ya que no parecía encajar con las exigencias de las editoriales de sello romántico ¿Ha merecido la pena el camino recorrido y la espera?

El proceso para que La mirada de la ausencia viera la luz ha sido largo y complicado, pero la frase de quién sigue, la consigue se ha hecho real en este caso. Han sido más de cuatro años esperando el momento en que la historia de Inés y Javier viera la luz, pero han merecido la pena. En su momento, decidí que la novela merecía la pena y que iba a ir a por todas. He ido subiendo los escalones, quemando etapas y rechazando oportunidades, buscando la mejor de las salidas para La mirada de la ausencia y puedo decir ahora que creo no haberme equivocado.

Solo hay una cosa que me apena bastante, durante el proceso de escritura saqué mucha información y utilísima del blog Km 130 y decidí que tenía que agradecer a su administrador la enorme labor que había hecho con la investigación de la segunda batalla entre carlistas y liberales que tuvo lugar en Somorrostro a finales de marzo de 1874 y que tan generosamente había publicado en su blog. Pero el proceso de publicación ha sido tan largo que nunca le ha llegado mi agradecimiento porque falleció hace un tiempo.


Si os apetece saber más de La mirada de la ausencia de boca de la propia autora, os dejo un enlace a la entrevista que le hicieron en Onda vasca: https://www.ondavasca.com/#/audios/ana-iturgaiz-presenta-la-mirada-de-la-ausencia

Y, a continuación, nos ha dejado un pequeño fragmento


Frente a ella, un sofá tapizado en granate y una chica medio desnuda tumbada en él. Estaba delante de dos enormes ventanales, cubiertos por una fina cortina que mantenía el interior oculto de la curiosidad de los vecinos de la casa de enfrente. Iluminada por la escasa luz que el día aún conseguía arañar al atardecer.
Era morena, con una espesa melena que le caía sobre un hombro y le cubría un pecho. Tampoco el otro se le veía, pero se intuía detrás de la bata abierta. Un largo collar de perlas ceñía la tela contra su cuerpo allá donde menos lo necesitaba.
—Muy bien, muy bien —continuaba el fotógrafo.
De espaldas a la puerta, él seguía sin ser consciente de su presencia. La joven miró a Inés, pero no pareció molestarse; no hizo ni un solo gesto.
—Esa pierna, sube la rodilla, abre la ropa un poco más, perfecto. Y ahora… —El fotógrafo abandonó la cámara y se irguió—. ¿Estás segura? ¿Seguro que quieres hacerlo? Mira que nunca te pediría… De acuerdo, entonces. Colócate como quieras.
Inés se consideraba una persona decente. Pero en aquel momento la curiosidad venció al recato. Y ya no pudo apartar los ojos. La chica se había sentado en el diván. Estaba inclinada hacia adelante, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas. Descansaba la barbilla sobre las manos, que mantenía unidas. La bata enseñaba más que ocultaba, se le veía completamente el monte de los pechos; la cima se adivinaba a la perfección. El cinturón colgaba entre sus piernas abiertas obligando a fijar la vista justo en ese punto, en el agujero oscuro, profundo y secreto.
Puro erotismo.




28 de septiembre de 2018

Entre bambalinas - El indiano, María Montesinos

El año pasado inauguraba esta sección con el objetivo de dar a conocer el trabajo de documentación e investigación que hay detrás de una novela romántica histórica. María Montesinos autopublicó El indiano el uno de marzo de este año. La historia comienza en el Santander de 1883 y, como lectora, puedo afirmar, sin lugar a dudas, que es una novela que retrata muy fielmente la época, las sensaciones y el ambiente en el que está situada históricamente. Tanto que no pude dejar de visitar la Fundación Archivo indianos - Museo de la Emigración de Colombres (Asturias) para saber más de aquellos emigrantes españoles que volvían a sus ciudades de origen con grandes fortunas y a los que denominaron indianos. María ha cuidado hasta el último detalle, no solo en el contenido de la novela, sino también en su preciosa edición en papel.
Y, como lo importante aquí es hablar de lo que hay detrás de El indiano, os dejo con las palabras de María sobre su proceso de creación. Solo me resta agradecerle su tiempo e interés en preparar esta completa entrada e invitaros a disfrutar de la novela.


SINOPSIS

 Héctor Balboa, un indiano enriquecido en Cuba, regresa al cabo de los años a España con la intención de reconciliarse con su pasado e introducirse en los influyentes círculos económicos e industriales de la sociedad de 1883. Llega rebosante de planes de progreso y con la esperanza de hacerse un sitio respetable en su tierra natal, Santander. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que para formar parte de esa sociedad deberá aceptar sus rígidas reglas y acordar un matrimonio ventajoso con alguna joven casadera que le abra las puertas a los grandes negocios forjados entre los políticos, empresarios y aristócratas que se dan cita cada verano en Comillas. 
Balboa no dudará en sacrificar el amor a sus propias ambiciones personales hasta que se cruza en su camino la obstinada Micaela Moreau, una joven solterona de Madrid, empeñada en cambiar el destino de las niñas sin educación y al mismo tiempo, defender su libertad e independencia frente a los designios marcados por su familia. 

Una historia de amor que cambiará el rumbo de dos corazones decididos a perseguir sus propios destinos, sin doblegarse ante las convenciones del momento.


María, para ir entrando en materia... ¿Cómo suena esta época?


No sabría decirte a qué suena esa época en general, pero la sociedad que retrata "El Indiano" suena a las sonatas a piano y arpa de las veladas musicales que organizaba la clase alta en sus salones. La pieza "Para Elisa" de Beethoven era casi obligado saber interpretarlo para cualquier señorita educada, aunque podría escucharse a Schubert o a Chopin.
Pablo Sarasate

En el siglo XIX la Zarzuela tenía mucho predicamento en las clases populares, y las óperas de los músicos italianos eran muy apreciadas (Rossini y El Barbero de Sevilla tuvo mucho éxito en España). Si tuviera que imaginar cómo suena esa época en general, supongo que sonaría a Pablo Sarasate y sus Airs spagnols o a Eduardo Ocón y los Recuerdos de Andalucía, ambos buenos y reconocidos compositores de la época.

(Pinchad en los enlaces si queréis escuchar las piezas durante la lectura)

¿Por qué elegiste esta época para tu novela?
El Capricho - Gaudí


No fue una decisión premeditada. De hecho, nunca me planteé escribir novela histórica, le tenía mucho respeto. Pero visité un verano Comillas, con sus casonas, su arquitectura casi monumental y sobre todo, con "El Capricho" de Gaudí, y quise conocer más de cómo había sido aquella época de finales del XIX en ese pequeño pueblo para que fuera así. Me llamó mucho la atención la personalidad de Máximo Díaz de Quijano, el hombre que le encargó a Gaudí la construcción de esa residencia que, al principio se llamó "Villa Quijano", con un minarete estilo persa y la fachada decorada de girasoles. Pensé que debía ser alguien muy audaz para aceptar un proyecto así en una sociedad tan conservadora, católica y convencional como era la de la Restauración española. Esa casa y esa persona fueron la semilla de esta historia. A partir de ahí, comencé a investigar y la historia de "El Indiano" comenzó a tomar forma poco a poco.


¿Cómo hiciste para documentarte? ¿Tenías claro lo que necesitabas?

No, en realidad, fue un proceso lento que duró toda la escritura porque no tenía un guion previo y definido de la novela. A menudo, la documentación influyó en el desarrollo de la trama y eso me ralentizó bastante porque a medida que descubría detalles o aspectos que me parecían relevantes, valoraba si podría incorporarlo. ¡Y había tantísima información interesante! Era como un hilo del que podría tirar eternamente. Durante la escritura descarté tanta o más documentación de la que he utilizado y tuve que borrar capítulos enteros que se desviaban demasiado de la trama. 

Gran Hotel - París
Fue laboriosa pero disfruté muchísimo con la investigación, con descubrir hechos y detalles de la vida cultural, política o social de aquella época, o de bucear por donde fuera hasta verificar que determinados datos o hechos se correspondían con la realidad, como por ejemplo, si en el Madrid de 1883 había algún hotel de lujo, o si existía ya el Palacio de la Magdalena en Santander (que no, fue posterior) o si las líneas del ferrocarril llegaba en aquel momento hasta Santander y cuánto podría durar un trayecto.

¿Cuáles fueron tus fuentes?




Muchas y variadas, pero sin duda, sin Internet, no sé si hubiera podido escribir "El Indiano". Antes de sentarme a escribir busqué manuales de Historia para conocer los aspectos más generales de Restauración, un momento histórico muy desconocido para mí: la política, la economía, el arte, el pensamiento y la sociedad en la segunda mitad del s.XIX. Me apasionó la época y ciertas similitudes que encontraba con el momento actual —supongo que hay cosas de nuestra cultura como país o nuestra naturaleza, que nunca cambian—. Si no hubiera sido así, si no me hubiera atrapado ese momento histórico, creo que hubiera sido incapaz de escribir "El Indiano".


Visité el Museo del Romanticismo en Madrid y el Museo del Traje para enmarcar la vida doméstica y la vestimenta; consulté las revistas femeninas de la época en la Hemeroteca Nacional Digital —La Moda Elegante o El Correo de la Moda—, para saber qué interesaba a las damas, de qué hablaban, qué leían. Ya entonces había columnistas como la vizcondesa de Caltelfido, que mandaba sus crónicas de moda desde París.


¿Qué es lo más difícil cuando escribes novela histórica?

Siempre pensé que el lenguaje sería lo más complicado. El vocabulario preciso, ni muy arcaizante ni muy moderno. Los giros, las expresiones. Luego, una vez que coges el tranquillo, sale más fácil de lo que parece. Ahora creo que lo más complicado es conseguir que todo tenga coherencia, que no haya detalles o aspectos que desentonen y te saquen de la novela. Las lecturas de autores de la época son de mucha ayuda en ese sentido.


Para la ambientación, el vocabulario, las costumbres, leí algunas obras de escritores costumbristas de la época, como "Nubes de estío" y "Peñas arriba" de José María Pereda, oriundo de Polanco e íntimo amigo de Máximo Díaz de Quijano, ambientadas en Cantabria y releí algunos capítulos de "La Regenta", de Alas Clarín, porque me imaginé que la sociedad de una ciudad de provincias como Vetusta, se parecería mucho a la de Santander.



Sin embargo, las dos lecturas que más me aportaron en la historia fueron "Doña Perfecta", de Galdós, un estupendo retrato de la sociedad de finales del XIX tan resistente al cambio, a los avances y al progreso que venían de Europa, y "La mujer del porvenir" de Concepción Arenal, donde la escritora refleja su visión del papel que debía tener la mujer en aquel momento, y de donde aproveché algunas de sus ideas para el personaje de Micaela.



Para el personaje de Héctor Balboa, encontré en internet bastantes estudios sobre los indianos, algunos desconocidos y otros ilustres —como el Marqués de Comillas—, cómo habían amasado su capital y cómo era su relación con la madre patria a la que todos soñaban con regresar. Los que hicieron fortuna contribuyeron luego al progreso de su tierra financiando hospitales, iglesias y muchas escuelas, algo muy importante para ellos, que habían salido de España sin saber ni leer. El tema de la educación me condujo al personaje de Micaela Moreau, y su deseo de ser maestra de escuela.

Casi por casualidad encontré una referencia a los Congresos Pedagógicos de 1882 y 1892 en Madrid. De este último encontré algo parecido a las actas con los ponentes y lo que allí se debatió: ya entonces se planteaba la educación igual para niños y niñas y se reclamaban los mismo salarios para maestras y maestros, que no sería tan fácil. 
Alumnas de la Asociación por la Enseñanza de la Mujer

Al documentarme sobre dónde se formaban las maestras en aquel entonces, qué enseñaban y dónde, llegué a la Asociación por la Enseñanza de la Mujer, de D. Fernando de Castro, una figura muy relevante en su momento en lo que a la educación de la mujer se refiere y del que ahora apenas se sabe nada, cuya fundación sigue abierta en el mismo lugar que en aquel entonces.


Emilia Pardo Bazán




Todo lo relacionado con la educación de las niñas y el papel de la mujer, doña Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, y otras escritoras y periodistas de la época que, finalmente, se quedaron fuera de la novela, ha sido con lo que más he disfrutado.



¿Hasta qué punto la época ha condicionado el comportamiento de tus protagonistas?

En mi caso, la ha condicionado bastante porque quería ser fiel y coherente a la época que he intentado retratar, aunque reconozco que he aprovechado la propia "historia personal" de los personajes para permitirme algunas licencias. Por ejemplo, el hecho de que el padre de Micaela sea un francés progresista, la hace más culta y avanzada de lo que eran las damas de la época, pese a la influencia conservadora de su madre y sus tías. 

O que Héctor Balboa recalara en Inglaterra a su regreso de Cuba y viera con sus propios ojos el trajín de las fábricas inglesas en plena industrialización, también lo hicieron más abierto al cambio, a las ideas de progreso que venían de Europa. Pero, por otro lado, las escenas íntimas entre los protagonistas respetan bastante la moral recatada y conservadora de la época. Me chirriaba un poco incluir escenas más íntimas o explícitas en el contexto de esta novela en particular.


La novela se inicia con la construcción de la casa de Héctor Balboa y a lo largo de la novela hay muchas referencias a la arquitectura de la época. ¿podría decirse que es una protagonista más?


La novela surgió a partir de la visita al Capricho de Gaudí, y en un principio, creí que esta construcción tendría más relevancia en la historia de la que finalmente tuvo. 
La narración se me fue por otros derroteros, pero mantuve esa parte porque simboliza, en cierto modo, la tensión entre la tradición y la modernidad que ya se asoma en el horizonte. Por otro lado, me parecía relevante hablar de las casas porque tanto El Capricho como la arquitectura indiana reflejan no solo las aspiraciones sociales de los indianos, acordes a su nuevo estatus económico, sino también una cierta nostalgia por la tierra caribeña que tanto les dio y que, supongo, también añorarían.

Quinta Guadalupe - Fundación archivo indiano - Colombres (Asturias)

Portada de descarte








En un principio quería que El Capricho apareciera en la portada pero, finalmente, vimos que era incluso más representativa una casa indiana típica de fondo con la imagen de la señorita en primer plano. Y creo que acertamos.  



Aquí tenéis un pequeño fragmento de El indiano (cap. 26)

La joven esperó unos segundos más hasta que por fin arrancó a hablar.
—Antes de nada, perdone que haya venido así, sin avisar. Se trata de nuestro acuerdo a propósito de la escuela de Ruiloba... —Héctor se fijó en la pericia con la que se quitaba el sombrerito de paja adornado con una guirnalda de rosas, y lo posaba en su regazo. Por unos instantes, dejó de atender a lo que decía. Oía su voz, sí, pero no conseguía centrarse en sus palabras, sino en la suavidad de sus labios carnosos y en el turquesa límpido de sus ojos. Se forzó a prestar atención a lo que fuera que estuviera provocando en ella la emoción que reflejaba su cara— … En principio, son doce niñas las que tengo en mi lista, aunque estoy convencida de que podrían sumarse algunas familias más. Doce niñas dan para formar una clase pero don Fidel dice que no hay sitio en la escuela, y que él no puede hacerse cargo de ellas sin retrasar el programa de sus alumnos.
Esa última frase lo arrancó de sus pensamientos.
—Si don Fidel dice que no puede incorporarlas a la clase sin afectar al resto de alumnos, no seré yo quien le contradiga. La escuela debe continuar a su ritmo. Esos niños son el futuro de este país y el de muchas familias humildes. Necesitamos hombres de la tierra formados para el progreso que no tardará en cruzar el mar Cantábrico o los Pirineos.
—En ese futuro también hay mujeres, y mujeres que necesitan aprender y trabajar tanto como los hombres —replicó ella, cortante—. ¿O usted también pretende mantenernos en la ignorancia para que así no podamos opinar sobre lo que nos afecta? Sin educación, aboca usted a esas niñas a la prostitución o a matrimonios precoces que las llevará a dar a luz niños hambrientos sin futuro, y a morir en una vejez tan precoz como su condición de madre. 
Héctor sopesó su respuesta un segundo. Se levantó de su sillón de cuero envejecido y se acercó al ventanal que daba al jardín. Creía en la educación como herramienta para el progreso. Él mismo había visto con sus propios ojos a mujeres trabajando con el mismo afán que los hombres en las fábricas de Portsmouth y, sin embargo, en ese momento no podía ocuparse de ese asunto. Antes de nada, necesitaba resolver otros temas más importantes, como los contratos con los ingleses, las deudas de Trasierra o su alianza de matrimonio. El tiempo corría en su contra, su estancia en Comillas se acortaba. En el acuerdo al que había llegado con Micaela Moreau nunca mencionaron plazos y ahora no podía dedicarse a resolver lo que él consideraba un problema menor.
—Es posible que tenga usted razón, pero en este momento no puedo hacer nada.
—Usted me aseguró que la escuela estaría abierta a las niñas que quisieran aprender. —Ella se incorporó con ímpetu, arrastrando las patas de la butaca. El sombrerito cayó al suelo sin que le prestara la más mínima atención. 
—Pensé que usted se refería a una o dos niñas —respondió él, acercándose a recogerlo del suelo—. No imaginaba que sería capaz de convencer a tantas familias de montañeses testarudos. Debería ayudarme en mis negociaciones comerciales —repuso con cierto tono burlón.
—¡Déjese de tonterías! —exclamó ella, arrebatándole de sus manos el sombrero. El anterior fulgor de sus ojos se había convertido en un brillo acerado, y el único rasgo que delataba su nerviosismo era la forma en que se humedecía constantemente los labios, como si deseara escupirle a la cara su desprecio—. ¡Hicimos un trato! ¡Debe usted cumplir su palabra de caballero!
Héctor contuvo una sonrisa. Admiraba esa mezcla de carácter e ingenuidad de Micaela Moreau. Nunca sabía a qué atenerse con ella. 
—No se equivoque, señorita Moreau, yo nunca he dicho que fuera un caballero —repuso, sin perder la ironía.
—No hace falta serlo para mantener la palabra dada —replicó ella con desdén mientras comenzaba a recoger sus cosas para marcharse—. Hablaré con el señor cura, y con el alcalde y con quien haga falta, para que esas niñas puedan asistir a la escuela.
Él le cortó el paso.
—Espere, no se vaya así.
—Déjeme pasar —le ordenó sin amedrentarse ni un ápice. Tenía las mejillas encendidas, los ojos le centelleaban como si quisieran fulminarlo allí mismo. Estaba preciosa—. Si es así como pretende ganarse su respetabilidad, lo va a tener muy difícil, señor Balboa. No sé cómo pude pensar que a pesar de su tosquedad y su falta de modales, sería fiel a su palabra…
—Siéntese. 
Pero la señorita Moreau no le hizo caso. Le había dado la espalda dispuesta a marcharse y él no tuvo más remedio que agarrarla del brazo al tiempo que cerraba la puerta con un golpe brusco. 
—Esta conversación ha terminado. —Intentó zafarse, furiosa—. No tengo nada más que decirle. ¡Suélteme!
Héctor no solo no la soltó, sino que la atrajo con fuerza hasta pegar su cuerpo al suyo. Rodeó su cintura con su brazo y notó cómo toda ella se tensaba, inmóvil, bajo su contacto. Estaban tan próximos que podía sentir cómo su pecho subía y bajaba al ritmo agitado de su respiración, le llegaba el aroma que desprendía su pelo y la calidez de su aliento en la piel. 
—¿A esto se refería cuando hablaba de mis modales, Micaela? —preguntó él muy cerca de su oído. 
Ella apartó su rostro y le dedicó una mirada desafiante.

          —¿Es así como consigue siempre lo que se propone, señor Balboa?







22 de septiembre de 2018

El país sin memoria


El día que aprobaron el Real Decreto para sacar los restos del dictador Franco de su monumento a la infamia, el Valle de los Caídos, acababa de terminar dos lecturas: La voz dormida, de Dulce Chacón y Gurs, el campo vasco de Josu Chueca. Al día siguiente de la aprobación, con un mapa del sur de Francia, B y yo - aprovechando que nos encontrábamos allí de vacaciones-, preparábamos un itinerario de visitas a campos de concentración e internamiento franceses con destino final Collioure. En 1939, medio millón de españoles atravesaban la frontera y emprendían el gran exilio a Francia. Medio millón. Ni llegaron en las mejores condiciones ni la avalancha fue bien gestionada por el gobierno francés.
Centro Rivesaltes

Centro Rivesaltes

Hasta hace un año no sabía nada de lugares como Gurs, Argelès-sur-Mer, Rivesaltes, Le Barcarès o Saint Cyprien... Todos hemos oído hablar de Auschwitz, Dachau o Mauthausen. Siempre en relación al exterminio judío. 


Toulouse
Pero en España seguimos teniendo un problema con la Memoria Histórica. Somos un país que carece de ella y por eso, imagino, hay gente que se atreve a decir sin ningún pudor, que hay cosas más importantes y urgentes que sacar a Franco de Cuelgamuros o que remover cunetas. El hecho de que uno de los partidos políticos con más votantes en España se haya abstenido en la aprobación del Real Decreto me produce escalofríos.

Acabar con esta falta de memoria, de educación sobre nuestro propio pasado, con este silencio e ignorancia, es necesario y es tarea de todos. Más en estos tiempos, cuando tan evidente es la carencia de solidaridad, la manipulación, este brote xenófobo, este discurso político y social diario enfocado al inmigrante y al refugiado. Ese mismo discurso del odio lo sufrieron los españoles que llegaban a Francia pero ¿quién se acuerda de eso?.



Mencionaba al principio dos libros. Gurs, el campo vasco era una lectura pendiente desde que el año pasado asistimos a una conferencia de su autor y nos abrió los ojos. Fue entonces cuando visitamos lo que queda del campo de Gurs, situado al sur de Francia, creado en apenas 42 días para acoger a españoles republicanos que huían de las represalias del régimen franquista y voluntarios de las Brigadas Internacionales. Posteriormente, bajo el gobierno de Vichy, internarían a todos aquellos que los nazis llamaban indeseables: comunistas y judíos.



Fue entonces cuando empecé a buscar información. Y ahí estaba la playa de Argelès-sur-Mer, destino de los exiliados republicanos: hombres, mujeres, heridos de guerra, niños... Allí permanecieron hacinados y sin apenas comida ni agua -lo que produjo una importante cantidad de fallecimientos- hasta que fueron redirigidos a otros campos como Rivesaltes o Le Barcarès. No fue una solución definitiva. Muchos españoles acabaron colaborando con la resistencia francesa cuando empezó la II Guerra Mundial o en Compañías de Trabajo y, después de haber prestado sus servicios y su experiencia militar, todavía sufrieron la deportación a los campos de exterminio fruto de la colaboración del gobierno de Petain con Hitler y de éste con Franco. 



Argelès-sur-Mer
Monolito playa Argelès
Barracones - Rivesaltes
Machado - Collioure



















Las escaleras de la muerte - Mauthausen
Lo explica perfectamente el periodista Carlos Hernández, autor de Los últimos españoles de Mauthausen: 
«Hitler jamás habría enviado a esos 9.300 españoles a los campos de concentración sin el consentimiento de Franco. Los españoles, tras ser capturados por los nazis durante la invasión de Francia, son enviados junto a soldados británicos y franceses a campos de prisioneros de guerra. En estos campos se respetaba la Convención de Ginebra. Todo cambió con esa visita de Serrano Suñer a Berlín en septiembre de 1940. Tras reunirse con Hitler, Himmler y con toda la cúpula del III Reich, Alemania emitió una orden a la Gestapo para que sus agentes sacaran a los españoles, y solo a los españoles, de esos campos de prisioneros de guerra para enviarlos a campos de concentración»

Dos de cada tres españoles murieron en los campos. Cuando fueron liberados no tenían ninguna patria a la que volver.


De mi visita a Francia y sus Centros de la memoria he aprendido la importancia de los testimonios y la necesidad de recordarlos. He sido consciente del trabajo que se está realizando en ese país para mantener el recuerdo de lo ocurrido, asumir responsabilidades, dejar a un lado la vergüenza de saberse culpables y cómplices del arresto, deportación y asesinato de miles de personas para dejar paso a la conservación y homenaje de las víctimas. No olvidar. Mientras, aquí, el silencio, la discordia, las trabas administrativas para evitar homenajes o la colocación de monolitos, el vandalismo y destrucción de placas conmemorativas, los discursos de es mejor no reabrir heridas. Queda mucho por hacer.

Liberación campo de Mauthausen

Centro Rivesaltes
Las nuevas generaciones tienen el deber de mantener y conservar el legado de quienes lucharon contra el fascismo. A modo de anécdota os contaré que haciendo una ruta de senderismo en el pueblo cántabro de Tresviso, fuimos testigos del siguiente encuentro: un hombre de cierta edad se acercaba -con varios documentos en la mano- a un anciano para preguntarle por una víctima de la guerra. 

Había recabado información, sabía que había estado allí y que lo habían asesinado por la zona junto con otros tres compañeros y le preguntaba a ese anciano, vecino de Tresviso, si había oído hablar de él, si podía ayudarle con su investigación.

Una semana después, cuando llegamos al Centro de la memoria de Argelès, nos encontramos con un anciano que hablaba con la persona que estaba en recepción. En la mano, una cartilla ajada y amarillenta. Ese anciano había estado en el campo de Argelès con su familia cuando tenía apenas año y medio. En los años cincuenta emigró a Argentina y ahora, a sus ochenta años, había vuelto a España. Allí estaba, aportando documentos y su propio testimonio.

Cuando escucho que las actuaciones en las cunetas, los actos de homenaje o la salida de Franco del Valle de los Caídos es reabrir viejas heridas, pienso en el ingente trabajo que aun queda por hacer. Pienso en lo que ocurrirá cuando ya no queden testigos ni testimonios de primera mano y las decisiones sigan quedando en manos de nuestra clase política.


Leer La voz dormida una semana antes de visitar los campos fue casi como una premonición. Y este regalo también se lo debo a mi querida Miss Brandon. Porque Dulce Chacón trata con una maestría admirable los años de la represión franquista, la vida en la cárcel de Ventas de todas aquellas mujeres que lucharon por la República, la verdad silenciada. Las sacas, los fusilamientos en mitad de la noche, las torturas, el trato vejatorio y cruel de las carceleras, la arbitrariedad con la que decidían sobre las presas y sus familiares, los años de represión... Es la voz de los que no pudieron huir. La voz de los que se quedaron.


Leer a Dulce Chacón es como reecontrarse con el pueblo llano, con la verdad que subyace en su hablar y su sentir, con el papel tan importante y tan silencioso de las mujeres, con su resilencia. 

El vello de punta cuando Reme le dice a otra compañera de celda sangre mía, porque así nos llamaba mi abuela y desde que falleció no se lo había oído decir a nadie. La emoción ante los desmanes de la posguerra o al saber que Dulce Chacón murió apenas un año después de publicar esta novela, en 2002. Por eso, aunque no lo pretendía inicialmente, cierro esta entrada con un vídeo donde se habla de la importancia de la memoria, donde podemos escuchar a Dulce y también a una de esas mujeres que pasaron media vida en la cárcel, dieciocho años, sin haber cometido delitos de sangre. No es ésta una entrada sobre historia o sobre política. No solo. Es mi particular granito de arena para evitar el olvido. Leer, viajar, escuchar testimonios y recordar, parecen el único remedio para esta desmemoria.

                                                                                



«Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha». MIGUEL DE UNAMUNO.