.Image { text-align:center; }

4 de abril de 2020

Sobre la muerte, sin exagerar - Wislawa Szymborska


«La poesía es el gran saldo del capital»
Victoria Guerrero Peirano


Había empezado esta entrada contando que, mientras la escribía, escuchaba la BSO de Amélie. Hablaba sobre lo agotador y deprimente que está resultando ver a mucha gente aprovechando esta situación de incertidumbre para tomar medidas desde ya y no quedarse atrás en la crisis económica que se avecina. Lo hacen vendiendo su propio relato, apelando a la conmiseración de quienes leen sus quejas y serán sus futuros clientes. En unos gremios, ese mercantileo se ve más que en otros.

Esta mañana escuchaba en la radio, aún en la cama, el testimonio de personas que carecen de todo recurso aquí en España, incluso de un techo. Viven al día. Sin colchones económicos, en la más absoluta precariedad. Ellos no tienen ninguna red social, periódico o cámara donde mostrarse y poder convertirse en víctimas. Porque siempre hay quien aprovechará cualquier situación para intentar ser más víctima que las propias víctimas de este coronavirus y del sistema económico.

He borrado todo lo que había escrito sobre ello y he pensado que no quería darles mayor hueco aquí y os aseguro que el mérito lo tiene Yann Tiersen. Su música ha ido modificando mi estado de ánimo. Citaban el otro día, entre las cien cosas más bellas de este mundo, su canción Les jours tristes. Tan absolutamente perfecta para este presente, que os dejo una versión subtitulada.




Porque ahora mismo importan las familias que han sufrido una pérdida, que mantienen a un ser querido en un hospital o en casa con este maldito virus. Quienes están dando todo de sí para que este país funcione, para que haya suministros, para que se salven vidas. En el sentido más literal (y extenso) de la palabra. Cualquier comparación o intento de poner el foco en uno mismo usando el "y yo más" o el "y yo qué", sinceramente, me parece un discurso miserable. No hay nada como una crisis para comprobar la pasta de la que está hecha la gente. Ay, la pasta, el vil metal...


Encontré un poema de Wislawa Szymborska sobre la Muerte, en un artículo que hablaba sobre la importancia de los obituarios ahora que, por razones sanitarias, nos arrebataron la posibilidad de despedirnos. Uno podría pensar que es imposible que un poema sobre la muerte pueda ser lo más apropiado en este momento. Lo es, pienso, si el mensaje que trasluce es de esperanza.


Sobre la muerte, sin exagerar 


No sabe encajar una broma,
no sabe de estrellas, de puentes,
de tejidos, de minas, de labranza,
de construir barcos, ni de pastelería.

Hablamos sobre el día de mañana
y dice su última palabra
sin venir nunca al caso.

Ni siquiera sabe hacer
las funciones propias de su oficio:
ni cavar fosas,
ni clavar ataúdes,
ni limpiar los despojos que su paso deja.

Ajetreada con tanto matar,
lo hace de cualquier modo,
sin método ni destreza.
Como si se estrenara con cada uno de nosotros.

De acuerdo, tiene éxitos
pero, ¡cuántos fracasos,
cuántos golpes fallidos
e intentonas estériles!

A veces faltan fuerzas
para fulminar a una mosca al vuelo.
Y más de una oruga la deja atrás
al arrastrarse en la carrera a más velocidad.

Todos esos tubérculos, vainas,
antenas, aletas y branquias,
plumajes nupciales y pelambres de invierno
demuestran serios retrasos
en su penosa labor.


La mala voluntad no basta,
y nuestra ayuda a base de guerras y revueltas
no le resulta por ahora suficiente.


En los huevos laten corazones.
Crecen los esqueletos de los recién nacidos.
Las semillas se visten con sus primeras hojas
y a veces también con árboles en el horizonte.

Quien afirma que es todopoderosa
es, él mismo, prueba viviente
de que, de todopoderosa, nada.

No existe vida,
que, aun por un instante,
no sea inmortal.

La muerte
siempre llega con ese instante de retraso.

En vano golpea la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar.



Cuidaos mucho y rodeaos de personas que en días como los que vivimos esté dispuesta a anteponer el dolor de los demás al propio. Nunca fueran tan necesarios ciertos silencios.

31 de marzo de 2020

La vida en pausa

Escribía Marta Sanz un artículo en El País publicado ayer sobre sus sensaciones estos días y, leyéndola, pensaba que no podría haber descrito mejor el momento que atravesamos algunas.

«No quiero ser agorera ni esperanzadora, ni chistosa ni ceniza, ni reflexiva ni decir que también esto pasará o que no pasará nunca. Luego pienso que cada cual hace lo que puede. No sé bien qué pensar ni qué sentir ni cómo comportarme. No me siento cómoda dentro de mi cuerpo. No encuentro la postura: espero que me disculpen un desconcierto que quizá se parezca al estado de ánimo general. Mi momentánea desafinación.»

Quizá esta parálisis, esta observación, traiga consigo una mayor reflexión y toma de conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor y nos ayude a confirmar lo que ya sospechábamos de las personas que nos rodean. También me pregunto qué quedará de nosotros cuando todo esto haya pasado, qué podremos hacer para que entre todos salgamos adelante. Pepe Mújica, expresidente de Uruguay, decía el otro día que un pesimista es un optimista informado. Algo de razón tiene. Me siento pesimista porque resulta obvio cómo esta pandemia ha puesto la cartas sobre la mesa y nos ha mostrado sin paños calientes lo que ya sabíamos, la existencia de los contrarios: el individualismo, la economía, la división entre pobres y ricos, el egoísmo, la solidaridad, la naturaleza y la vida abriéndose paso cuando el ser humano deja de intervenir e interferir, el pillaje, la desigualdad, la precariedad, la crisis de valores, la humanidad reñida con la política y los intereses económicos, los discursos que empiezan con "esa gente que" dejando claro que son "los otros, no yo", el uso del lenguaje bélico para llevar un mensaje de lucha, resistencia y victoria, los gestos que nos muestran que cualquiera lleva un delator dentro...

Para los observadores, este es un momento único, irrepetible.  Cómo vamos a sentirnos cómodos en nuestro cuerpo.

Hace unos días, la psicóloga y escritora María Fornet (de la que ya os he hablado y recomendado otras veces) enviaba una de sus Newsletter explicando los mecanismos de nuestra mente para poder sobrellevar todo esto:

«Dependiendo del lugar en el mundo en el que estés y en función de cuál sea la evolución del Innombrable en tu zona, te encuentras en algún punto de la tendencia de una de estas dos curvas. La primera es la de la sensibilización. Si aún sigues en esta progresión ascendente, cada vez que miras datos, escuchas las noticias o lees los periódicos te encuentras más nerviosa, más asustada, con más sensación de que desbordamiento. Pero si ya han concurrido suficientes días desde que todo esto empezó y has pasado por un período de sensibilización anterior, lo probable es que te encuentres dentro de la progresión descendente de la habituación. Eso quiere decir que ha llegado un momento en el que por más que veas las cifras de muertos subir en la tele, la de contagiados, la situación de la pandemia en otros países… sientes que ya no conectas emocionalmente con esa información como lo hacías al principio. O sigues sensibilizándote o te estás habituando. Para pasar de esta segunda curva (la habituación) a la primera, tendría que ocurrir algo con nueva intensidad o nueva frecuencia para que volviésemos a comenzar la progresión ascendente. Es decir, tendrían que ir las cosas rápidamente a peor. Bueno, todo esto no me lo he inventado yo. Forma parte de la teoría del proceso dual propuesta por Groves y Thompson.»

La razón por la que os lo traigo aquí es porque todos necesitamos una tabla de salvación estos días y mi tabla (además de lo obvio: hablar con tu entorno y asegurarte de que están bien) es leer a ciertas personas y darle a cada día que pasa un poco de sentido. No es suficiente con la ficción, salvo la televisiva, que también está resultando reconfortante en muchas ocasiones. Concentrarse estos días nos está costando a muchas. No sé si os ayudará a vosotras, ojalá.

Como este rincón es, sobre todo, un lugar para recomendar lecturas, no quiero irme sin hacer referencia a dos. Aunque he conseguido terminar alguna más, las que os muestro son las que a mí sí me han ayudado a desconectar.

Los secretos que guardamos, de Lara Prescott.


En plena guerra fría, dos secretarias reciben un encargo que cambiará sus vidas para siempre: dejar su aburrido trabajo en Washington como mecanógrafas de la CIA para ayudar a introducir de manera ilegal miles de ejemplares de la novela El doctor Zhivago en la URSS, donde la censura la considera contraria al sistema. Mientras tanto, su autor, Boris Pasternak, con el apoyo incondicional de Olga, su musa y amante, se debate en Rusia sobre la publicación internacional de un libro que podría suponer su consagración como escritor o bien una sentencia de muerte.

A partir de documentos recientemente desclasificados y de una investigación exhaustiva que la ha llevado a viajar de Estados Unidos a Rusia, Lara Prescott ha dado forma a una novela arrebatadora que combina ficción histórica, una trama de intriga política y un romance en el que las partes implicadas no temen enfrentarse al poder, incluso si eso significa poner en peligro sus vidas.



Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería, de Belén Rubiano

Un día de principios de otoño de 2002, la luz de una pequeña y recóndita librería de la plaza del Rialto de Sevilla se apagó, sin ruido ni apenas despedidas, definitivamente. Su fundadora había empezado a vender libros diez años antes en otras librerías, donde aprendió muchas cosas, además de su oficio.
En la sucesión de vivencias que conforman estas deliciosas memorias parciales, Rubiano comparte con los lectores la insobornable vocación que le llevó a establecerse como librera en una esquina del mapa. Y lo hace con humor y con cándida sinceridad, porque salvo la satisfacción de trabajar entre libros y lectores entendemos desde el principio que nada es como había soñado y que en el oficio no faltan tormentas, marejadas y amargas decepciones. Pero también hay, afortunadamente, momentos delirantes, impagables lecciones y grandes alegrías.
Ante todo, la valía de estas páginas, que el lector recorrerá entre la carcajada libre y la más profunda empatía, reside en la vitalidad y el personalísimo estilo con el que Rubiano nos habla de su particular devoción por los libros y de cómo uno puede llegar a arriesgar cualquier seguridad por perseguir un sueño.


Por favor, cuidaos y cuidad de los vuestros. Ahora mismo, a pesar de la economía, es lo más importante. Estar por aquí me ayuda a parar y dedicar un tiempo a "crear algo", pero también hace que me sienta más cerca de vosotras. Os envío mucho ánimo y mucha fuerza y os dejo un párrafo de Belén Rubiano como cierre.

«Se anhela lo que nunca se ha tenido y se añora lo que se tuvo y se perdió. Hay tanta suerte en todos los rincones del verbo añorar que si la juventud no está para arruinarte por pagar su uso, no sé para qué otra cosa puede valer. De verdad que no.»





25 de marzo de 2020

Estos días que reescribirán nuestra historia

«En el corazón del hombre hay lugares que aún no existen,
 y para que puedan existir entra en ellos el dolor»
Léon Bloy


Empiezo esta entrada por la mañana, porque la pátina de desesperanza y angustia se acumula durante el día y cuando llega la noche la carga se hace demasiado pesada para escribir.
Mientras ahí fuera miles de personas se están batiendo el cobre, muchos nos encontramos paralizados, improductivos, meros espectadores de la situación. A esto se refieren, supongo, cuando dicen que el miedo te paraliza. En esta sociedad globalizada e hiperconectada cada cual gestiona las crisis de manera diferente. Procuro mantenerme al margen, a ratos sorprendida, a ratos decepcionada, a ratos asqueada. Imagino que, en el futuro, el COVID-19 será un golpe en la mesa en nuestros calendarios vitales, como lo fue en su día el ataque y derrumbe de las Torres Gemelas. Nos preguntaremos: ¿qué estabas haciendo o dónde estabas cuando la pandemia de coronavirus arrasó el mundo entero? Imagino que empezaremos diciendo que fue una suerte sobrevivir, si lo hacemos, y que nos sirvió para entender qué clase de sociedad éramos (con todas sus luces y sus muchas sombras) y si cambiamos algo después de aquello. Quizá dentro de cinco años vuelva a esta entrada (o no) y reflexione sobre qué lodos dejaron estos polvos. No soy una persona optimista al respecto, me molesta escuchar o leer que necesitábamos una pandemia para sacar algo bueno de nosotros. Nadie necesita esto y pensar que está ayudando "a pensar" a mucha gente me hace dudar aún más de la condición humana.

¿Qué os ayuda a sobrellevar esta espera, este confinamiento? A mí me ayuda entrar lo justo en las redes (bendito botón de pausar a ciertos contactos durante 30 días... confinarlos al silencio virtual); estar informada y asimilar las malas noticias y cifras dos veces al día, leer cuando la ansiedad lo permite; mirar cómo teletrabaja B. y esperar a que llegue con el miedo en el cuerpo cuando le toca ir a la oficina; desconectar leyendo o viendo alguna serie, película o programa de TV y escuchar a las personas que admiras (normalmente, escritores y escritoras) mostrando coherencia y humanidad. Dejar que la emoción me desborde cuando toca. Ignorar muchas de las propuestas que buscan mantenernos ocupados y activos. Aplaudir para ellos y ellas, para todos, también para nosotros, que buscamos aliados entre los balcones y ventanas. Hablar con la familia y amigos, confirmar que están todos bien. 
Y hoy me ayuda escribir. Como decimos Una bloguera eventual y yo, no es que escribamos para que nos lean, sino que esto es una clase de terapia más para nosotras. ¿Sabes, M. Ángeles? He empezado a hacer un curso virtual de Mindfulness (espero que sonrías al leerlo).
Y en él encontraba el poema del filósofo sufí Rumi, que habla de cómo todos debemos gestionar y acoger nuestros diferentes estados de ánimos.

LA CASA DE HUÉSPEDES

Cada mañana un nuevo recién llegado.
una alegría, una tristeza, una maldad...
Cierta conciencia momentánea llega
como un visitante inesperado.

¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!
Incluso si fueran una muchedumbre que se lamenta,
o que desvalija tu casa con violencia.
Aún así, trata a cada huésped con honor.
Puede estar creándote el espacio
para un nuevo deleite.

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia...
Recíbelos en la puerta sonriendo
e invítalos a entrar
Sé agradecido con quien quiera que venga
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá.


En esta casa, además de incertidumbre y miedo, hay mucha esperanza. Tan necesaria en estos tiempos sombríos. Por eso, quería dejaros un fragmento de uno de los últimos libros que he leído en la cuarentena: No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón. El libro, cuyo título hace referencia al poema de Dylan Thomas, es un ajuste de cuentas del escritor con su padre (fallecido en 2015) y su influencia. Entre sus páginas, este fragmento que finaliza con una de las frases que nos sostiene estos días: Esto también pasará.

(...) entre los cientos de historias que abundan en personajes bíblicos, mi favorita sea una que adopta forma de parábola. Es Bioy Casares quien la ha conservado negro sobre blanco. Según el autor de La invención de Morel, su mentor, maestro y amigo Borges le contó lo siguiente un día de abril de 1958: 
«El rey David llamó a un joyero y le pidió que le hiciera un anillo, un anillo que le recordara, en los momentos de júbilo, que no debía ensoberbecerse, y, en los momentos de tristeza, que no debía abatirse. "¿Cómo lo haré?", preguntó el hombre. "Tú sabrás -contestó el rey-. Para eso eres artífice." El joyero salió a la calle. Un joven le preguntó: "Anciano, ¿qué te atormenta?" El joyero contestó: "El rey me ha encargado un anillo" y explicó todo. "Eso es fácil -declaró el joven-. Fabrica un anillo de oro con la inscripción: Esto también pasará"»

Ayer escuchaba al escritor Víctor del Árbol, a cuenta de la crisis que se avecina para el sector editorial (como en tantos otros), decir que era cierto que "los libros no comen, pero alimentan". Y es cierto. Cambiarán nuestras prioridades, cambiará nuestra economía y nosotros mismos. Pero en este presente difícil y en ese futuro incierto, no me cabe ninguna duda de que seguiremos necesitando los libros.









19 de marzo de 2020

Una canción en la tormenta

No pensaba hacer ninguna entrada en esta situación actual. El COVID-19, el confinamiento, lo ocupa todo ahora mismo y cada cual lo gestiona a su modo. Yo lo hago desde un estado de expectación y parálisis, huyendo de cualquier exposición en las redes sociales. Y, por eso, me guardo toda opinión sobre lo que estoy viendo y leyendo estos días en mi entorno mediático. Me autoimpongo la mascarilla del silencio.

La razón por la que hago esta entrada tiene que ver con la iniciativa de la autora Mercedes Gallego, que compartía un poema en sus redes y me invitaba a hacer lo mismo en estos tiempos oscuros. No es mi poema favorito, pero creo que sí puede adaptarse a esta tormenta. Lo escribió Rudyard Kipling, autor de novelas tan conocidas como Capitanes intrépidos o El libro de la selva.


Una canción en la tormenta    
1914-18

Asegúrate bien de que a tu lado peleen
los océanos eternos, aunque esta noche
el viento en contra y las mareas
nos hagan su juguete.
A fuerza de tiempo, no de guerra,
en medio del peligro nos guiamos:
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que aparezca
            en todo tiempo de angustia y también
            en el de nuestra salvación,
            el juego vence siempre al jugador
            y el barco a su tripulación.

De la niebla salen rumbo a la tiniebla
las olas que brillan y se encrespan.
Casi estas aguas sin conciencia se comportan
como si tuviesen alma-
casi como si hubieran pactado sumergir
nuestra bandera debajo de sus aguas verdes:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que pueda verse, etc.

Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento
en reserva guardan ráfagas aún más poderosas,
que los que cumplimos las guardias asignadas
ni por un instante descuidemos la vigilancia.
Y mientras nuestra proa flotando rechaza
cada carrera frustrada de las olas,
canta, sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se desvele, etc.

No importa que sea barrida la cubierta
y se rompan la arboladura, el maderamen-
de cualquier pérdida podremos sacar provecho
salvo de la pérdida del regreso.
Por eso, entre estos Diablos y nuestra astucia
deja que la cortesía de las trompetas suene,
y que sea bienvenida la descortesía del Destino,
dondequiera que se encuentre, etc.

Asegúrate bien, aunque en poder nuestro
nada quede para dar
salvo sitio y fecha para encontrar el fin,
y deja de esforzarte por vivir,
que hasta que éstos se disuelvan, nuestra Orden se mantiene,
nuestro Servicio aquí nos ata.
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino,
dondequiera que aparezca,
            en todo tiempo de angustia y también
            en el de nuestro triunfo,
            el juego vence siempre al jugador
            y el barco a su tripulación.


A quienes pasáis por aquí: cuidaos mucho. Imagino que ya sabéis todas las medidas a adoptar, los consejos y las instrucciones. Esta situación abrirá una brecha en nosotros y en nuestras vidas. Me encantaría poder contaros algo más, pero no creo que sea ni el espacio ni el momento. Como dice Paula Sainz-Pardo Hilara, presentadora de La 2 Noticias al finalizar, quizá ahora más que nunca: leed, reflexionad.























8 de marzo de 2020

Somos todas las voces de todas la mujeres - 8M 2020 - Día Internacional de la mujer

Llevamos mucho tiempo sufriendo el uso y el abuso de las redes de la clase política, los medios de comunicación y los ciudadanos de a pie; altavoces utilizados para reivindicar, posicionarse, opinar. Me interesa tomar el pulso a lo que dicen las mujeres de mi alrededor. Lo que dicen y lo que en realidad hacen. Algunas abrazan la etiqueta del #feminismo pero su discurso encierra otra cosa: "soy feminista pero..."; "ni machismo ni feminismo, igualdad"; "a mí estas feministas no me representan"; "el feminismo se demuestra trabajando al mismo nivel que cualquier hombre, no cogiendo una pancarta" o "a mí ya es que lo del feminismo me cansa"...
Manosean el término, lo vacían de contenido, lo manipulan y lo escupen. Mezclan churras con merinas, con el atrevimiento que da la ignorancia y la carencia de argumentos. Ni réplicas, ni debates, ni datos. Estás conmigo o contra mí.

«Hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres.»
 Madeleine K. Albright


Así que hoy, 8 de marzo-Día internacional de la mujer-, he pensado que lo mejor es bajar el volumen y dejar que otras mujeres hablen a través de sus libros y lo hagan tocando temas universales: maternidad, abusos, injusticia, guerra, vida y muerte; aunque esto solo sea la punta del iceberg y queden fuera una multitud de miradas. Lo que sé lo aprendí leyendo y escuchando a mujeres, su perspectiva, su crítica, su visión sobre lo que les/nos afecta. Su narrativa.12 fragmentos, 12 voces. Dejad que las mujeres os cuenten su propia historia, no la que otros han escrito para ellas y recordad: "lo personal, es político".


Vindico ante el temor, repetido muchas veces, de que mi deseo lo sea solo hasta cierto punto y yo quiera y no quiera ser a la vez la princesa en el jardín, la novia de Roger Rabbit, la mujer de muslos turgentes que hace fitness para poder cantar y bailar sin que se le corte la respiración sobre un escenario iluminado por cinco mil millones de vatios -¿Beyoncé?-, la madre amantísima de pequeñas criaturas con síndrome de Down, la exploradora que usa con maestría el vibrador, la viajera solitaria, la megavixens y la supervixens, Catwoman o Sandy, la sosa/macarra de Grease, la empresaria más eficiente, la mujer con las piernas estilizadas por altísimos tacones de aguja que rematan un zapato de suelas limpias porque jamás, a causa de su elevación astronómica, han tocado el suelo, las meadas de perro ni los escupitajos. Vindico cuando quiero que me dejen en paz. Porque todas estamos bastante hartas de que nos digan lo que tenemos que hacer.

Monstruas y centauras.
Marta Sanz.

Yunus viene.
Yunus me penetra.
Yunus me hace un hijo.
Bebek!


Yunus pone dinero sobre la mesa. Monedas, billetes.
Nunca he visto tanto dinero.
¿Qué quieres que haga con el dinero?, pregunta. ¿Hacerte abortar o comprarte una nevera?
Hacerme abortar, digo, ¡te lo ruego!

La nevera nueva reluce blanca y zumba, una lucecilla azul parpadea hasta por la noche.
Pienso en el niño dentro de mí, que no para de crecer.
El vapor de la cebolla hervida provoca el aborto de los niños nonatos, dice Zarife, hay que separar las piernas y ponerse sobre la olla humeante.
Compro tres kilos de cebolla fresca, separo las piernas, siento las lágrimas cebolleras corriéndome por las mejillas. El niño no se va.
Tomando muchas pastillas, no importa cuáles, los niños nonatos se abortan solos, dice la mujer del bazar.
Tomo pastillas contra la gripe, contra la fiebre, contra el dolor de cabeza y el dolor de articulaciones; contra la bronquitis y el dolor de barriga, contra el dolor de garganta; tomo cinco de cada. Nada sucede.
El niño no se va.

Seguramente vendrá en otoño.

Cárdeno adorno. 
Katharina Winkler


Le cuento a C que quiero escribir un libro sobre la maternidad, le explico que no me gusta clasificar, que no quiero hablar de literatura de mujeres, que los libros deben defenderse por sí mismos, sin clasificaciones ni etiquetas, y si me apuras, sin siquiera el autor. C me responde con un largo correo. Me gustaría que nos encontráramos en un café, esta conversación daría para muchas horas. Ella defiende la literatura de mujeres y leo en su correo: «Leer a las mujeres es leer nuestra voz, un deber con nosotras.»
Escribo para escuchar esas voces.

El cielo oblicuo. 
Belén García Abia.


Pasamos demasiado tiempo enseñando a las niñas a preocuparse por lo que piensen de ellas los chicos. Y, sin embargo, al revés no lo hacemos. No enseñamos a los niños a preocuparse por caer bien. Pasamos demasiado tiempo diciéndoles a las niñas que no pueden ser rabiosas ni agresivas ni duras, lo cual ya es malo de por sí, pero es que luego nos damos la vuelta y nos dedicamos a elogiar o a justificar a los hombres por las mismas razones. El mundo entero está lleno de artículos de revistas y de libros que les dicen a las mujeres qué tienen que hacer, cómo tienen que ser y cómo no tienen que ser si quieren atraer o complacer a los hombres. Hay muchas menos guías para enseñar a los hombres a complacer a las mujeres.

Todos deberíamos ser feministas. 
Chimamanda Ngozi Adichie.


quiero disculparme con todas esas mujeres
a las que he llamado guapas
antes de llamarlas inteligentes o valientes
siento que sonara como algo tan simple
como si aquello con lo que has nacido
fuera de lo que tienes que estar más orgullosa cuando tu
espíritu ha aplastado montañas
a partir de ahora diré cosas como
eres fuerte o eres extraordinaria
no porque no piense que eres guapa
sino porque creo que eres mucho más que eso

Otras maneras de usar la boca.
Rupi Kaur.

Envío

Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme.

Lo que no tiene nombre. 
Piedad Bonnett.
(Daniel, el hijo de Piedad Bonnett se suicidó el 14 de mayo de 2011, a los 28 años)


Él se iba, siempre se iba, y nunca estaba presente, ni para la muerte del padre ni, más tarde, para la de la madre, ni tampoco para venir a verla a ella, su hermana, a quien mandaba meter en un manicomio, eso es lo que había hecho, decidiendo por ella qué era lo conveniente, y ordenando que la llevaran, que la portearan como una cosa, como el paquete en que se habría convertido, y entonces a ella sólo le quedaba consentir y callar, pensar que estaba hecha para que se la llevaran de aquella manera, y que un día todo lo que tenía que cambiar cambiaba, sí, todo cambiaba.

El vestido azul.
Michèle Desbordes.
(El 10 de marzo de 1913, la escultora Camille Claudel es internada en Ville-Evrard. A pesar de las recomendaciones médicas sobre su mejoría y alta, murió el 19 de octubre de 1943 en el manicomio de Montdevergues. 30 años de reclusión y castigo, sin apenas visitas, consentidos por su madre y su hermano Paul.)


Me puse un vestido y me bañé en lágrimas. No me reconocía en el espejo, en cuatro años no nos habíamos quitado el pantalón. ¿Me atrevía a confesar que me habían herido, que tenía lesiones? Si lo reconoces, después nadie quiere darte trabajo, nadie quiere casarse contigo. Nos lo teníamos callado. No le confesábamos a nadie que habíamos combatido. Como mucho, manteníamos contacto entre nosotras, nos intercambiábamos cartas. Transcurrieron por lo menos unos treinta años hasta que empezaron a rendirnos honores... A invitarnos a dar ponencias... Al principio nos escondíamos, ni siquiera enseñábamos nuestras condecoraciones. Los hombres se las ponían, las mujeres no. Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novios habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos. De un modo muy diferente... Nos arrebataron la Victoria, ¿sabes? Discretamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina. No compartieron la Victoria con nosotras. Era injusto... Incomprensible... Porque en el frente el trato que nos habían dado los hombres era formidable, siempre nos protegían. En la vida normal nunca he vuelto a ver por su parte un trato similar.

La guerra no tiene rostro de mujer. 
Svetlana Alexiévich.

Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido sin tiempo de darse cuenta siquiera. Por supuesto, en los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancilladas, solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres. Nosotras no conocíamos a ninguno de ellos. Las noticias de los periódicos nos parecía sueños o pesadillas soñadas por otros. Qué horrible, decíamos, y lo era, pero sin ser verosímil. Sonaban excesivamente melodramáticas, tenían una dimensión que no será la de nuestras vidas.
Éramos las personas que no salían en los periódicos. Vivíamos en los espacios en blanco, en los márgenes de cada número. Esto nos daba más libertad.
Vivíamos entre las líneas de las noticias.

El cuento de la criada. 
Margaret Atwood.


«Madrid, 5 de agosto de 1939

Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no lloréis ni un día. Salgo sin llorar, cuidad a mi madre, me matan inocente pero muero como debe morir una inocente.
Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo pero ten presente que muero por persona honrada.
Adiós, madre querida, adiós para siempre.
Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar

                                                            JULIA CONESA

Besos a todos, que ni tú ni mis compañeras lloréis. 
Que mi nombre no se borre en la historia.»


No lloréis por mi. Elvira controla su llanto. Revuelve su maleta simulando que la ordena de espaldas a Hortensia, para recordar a Julita. Recordarla, para que no se borre su nombre.
No, el nombre de Julita Conesa no se borrará en la Historia. 
No.

La voz dormida.
Dulce Chacón.
(Julia Conesa fue una de las integrantes de Las Trece Rosas y fue asesinada con 19 años).



No soy un caso aislado. Así me lo confirman las estadísticas oficiales. Soy una de cada cuatro, esa que dice que el 25% de niñas y el 16% de niños en España son víctimas de abuso sexual infantil. Soy una de cada cuatro. Sí, has leído bien. Una de cada cuatro. También soy una de cada tres, formo parte del 33 % que lo sufre de manos de una persona del entorno familiar. También has leído bien: la mayoría de los abusos sexuales se cometen dentro de las familias.
Lo siento, pero las cifras no acaban aquí.
Soy una de cada dos, donde los casos no son aislados, sino repetidos y continuados. Aunque el 48% lo olvida, lo relega a la parte más profunda de su cerebro para sobrevivir. Soy una de cada siete, los casos que se denuncian. En el momento en el que escribo, se presentan ocho denuncias al día. Pero yo soy parte del escaso 30% de quienes consiguen llegar a juicio. Soy el número de una realidad macabra que nos rodea pero nadie quiere ver ni escuchar. Yo tampoco. Todos detestamos la mentira y la hipocresía, pero nos aterra la verdad. Por eso yo también me olvidé de mí misma.

Ella soy yo.
Marta Suria.


Uno no escoge el país donde nace;
Pero ama el país donde ha nacido.

Uno no escoge el tiempo para venir al mundo;
Pero debe dejar huella de su tiempo.

Nadie puede evadir su responsabilidad.

Nadie puede taparse los ojos, los oídos,
Enmudecer y cortarse las manos.

Todos tenemos un deber de amor que cumplir,
Una historia que nacer
Una meta que alcanzar.

No escogimos el momento para venir al mundo:
Ahora podemos hacer el mundo
En que nacerá y crecerá
La semilla que trajimos con nosotros.

Uno no escoge.
Gioconda Belli.

BONUS TRACK

Charlotte Despard - Fotog. de Tracy Ryan
El término "feminismo" es de origen francés y viene del término féminisme, palabra que tiene raíz latina, femina, mujer. Fue empleado por primera vez por Alejandro Dumas hijo en un opúsculo titulado L´homme-femme, publicado en 1872 como reflexión sobre el caso Dubourg. Este se refería al ciudadano de este nombre que mató a su mujer cuando la sorprendió en flagrante adulterio. Decía este escritor: 
Las feministas, discúlpeme este neologismo, dicen con muy buen criterio, por cierto: "Todo el mal viene de lo que no se quiere reconocer, que la mujer es igual al hombre y que hay que darle la misma educación y los mismos derechos que al hombre"
El término no adquirió el sentido actual hasta que en la década de 1890 empezaron a usarlo las inglesas.


Sabias: La cara oculta de las ciencias.
Adela Muñoz Paéz.

La revolución será feminista, o no será.

Fotografía de David Olivas






1 de marzo de 2020

Por si vinieran tiempos de silencio

Me he levantado esta mañana pensando en la cantidad de tiempo que dedicamos a cosas y a personas que, en realidad, no nos aportan nada. Tiempo mal invertido, tiempo transformado en decepción.
Me convenzo, en una reflexión un poco naíf, de que son momentos necesarios para valorar en su justa medida aquellas cosas y personas que son bálsamo, inspiración y compañía. Con los años he ido perdiendo capacidad de asombro o deslumbramiento, por eso su número -las personas cuya opinión y reflexiones me importa- es reducido. Pero su valor, incalculable. Tanto como lo es sentir que le gustas a esa gente que te gusta a ti. Esa reciprocidad invaluable que te proporciona una buena charla, una buena recomendación, una buena lectura. 

Quiero hacer un pacto conmigo misma: no dejar que los mediocres, los miserables, los estúpidos, los cargantes, los mentirosos, los manipuladores, los cobardes, los impostores, los necios, los tibios, los cretinos... estropeen un solo momento de esta mañana de domingo. Ni de ninguna otra más. No es un pacto baladí. Campan a sus anchas, saturan las redes sociales o coincides con ellas inevitablemente en tu entorno, parecen mancharlo todo.

Y, al mismo tiempo, en el mismo terreno encuentras a algunas de las personas más influyentes de/en tu vida, hallazgos a los que merece la pena prestar toda tu atención. Decía Pavese: no se recuerdan los días, se recuerdan los instantes. Quiero tener una vida rica en instantes.



Las mañanas de domingo, ya sabéis, son tiempo de poesía y de rodearnos de lo que al final nos aleja un poco del ruido y nos acerca a la cordura. Quizá, la poeta Raquel Lanseros tenía todo esto presente cuando escribió su poema:

Invocación

Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo.
Huya yo del resabio,
del cinismo,
de la imparcialidad de hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.
Engáñenme los cantos de sirenas,
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.
Que nunca se parezca mi epidermis
a la piel de un paquidermo inconmovible,
helado.
Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado.
Consérvense en mis labios las canciones,
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.
Por si vinieran tiempos de silencio.

Y por si vinieran tiempos de silencio, por si alguien me pregunta un día si ha merecido la pena, si haría o diría algo diferente conociendo las consecuencias de antemano, si pudiera elegir... entonces, simplemente, contestaría con el poema  de Raymond Carver.

Lluvia

Me desperté esta mañana con
unas ganas tremendas de quedarme todo el día en la cama
leyendo. Luché contra ello durante un rato.

Me asomé entonces a la ventana y estaba lloviendo.
Y me rendí. Me dediqué por entero
al cuidado de esta mañana lluviosa.

¿Viviría mi vida otra vez?
¿Con los mismos errores imperdonables?
Sí, a la mínima posibilidad que tuviera. Sí.


Porque, al fin y al cabo, como decía al principio, ¿cuáles y cuántas son en realidad las cosas que nos importan? ¿cuántas personas permanecerán a nuestro lado? ¿cuántas querremos conservar a lo largo de nuestra vida? Al fin y al cabo... tenía razón Amalia Bautista:

Al cabo

Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


Ahí fuera están las palabras que consiguen alegrar mi alma y esas pocas personas que mueven mi corazón. El resto, pasará.

Os deseo una feliz mañana de domingo y felices lecturas.


23 de febrero de 2020

Bartleby y compañía



«La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; 
el de otros consiste en no escribir.»
Jean de la Bruyère.


Bartleby, el escribiente ha sido mi pequeño gran descubrimiento de este año. Nunca despreciéis el poder de un buen podcast para acercaros a la lectura de un clásico. Hasta el momento no había leído nada de Herman Melville - #shameonme - y la historia me pareció maravillosa.


SINOPSIS
Nos cuenta la historia de un peculiar copista que trabaja en una oficina de Wall Street. Un día, de repente, deja de escribir amparándose en su famosa fórmula: «Preferiría no hacerlo». Nadie sabe de dónde viene este escribiente, prefiere no decirlo, y su futuro es incierto pues prefiere no hacer nada que altere su situación. El abogado, que es el narrador, no sabe cómo actuar ante esta rebeldía, pero al mismo tiempo se siente atraído por tan misteriosa actitud. Su compasión hacia el escribiente, un empleado que no cumple ninguna de sus órdenes, hace de este personaje un ser tan extraño como el propio Bartleby.


La de hoy es una entrada plagada de casualidades que se han ido sucediendo hasta traerme aquí. El relato de Bartleby volvía de vez en cuando a mi cabeza y, en una de mis últimas visitas a la biblioteca, encontré un pequeño ejemplar de Enrique Vila-Matas:  Bartleby y compañía. Y ahora está en forma de edición de bolsillo en mi biblioteca personal.


SINOPSIS
 Señor Rulfo, ¿por qué lleva tantos años sin escribir nada?
 Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.
Este libro habla de los que dejan de escribir (Rulfo, Rimbaud, Salinger...) e indaga en los motivos de cada uno para preferir no hacerlo. Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que, cuando se le encargaba un trabajo o se le pedía que contara algo sobre su vida, respondía siempre, indefectiblemente diciendo:
 Preferiría no hacerlo.


Creo que a todos nos gustan que nos cuenten historias, anécdotas, cosas que no sabemos. Y eso hace Vila-Matas en esta obra. Saca a la luz a muchos escritores que, o bien dejaron de escribir o, teniendo la oportunidad, nunca lo hicieron. Como el personaje de Melville, preferían no hacerlo. Las razones son a veces sensatas, a veces un poco bizarras. Rulfo, Alfau, Juan Ramón Jiménez, María Lima Mendes, Pepín Bello... ¿por qué, en algún momento de sus vidas, abandonaron el oficio de escribir?

«La excusa del tío Celerino es de las más originales que conozco de entre todas las que han creados los escritores del No para justificar su abandono de la literatura. 

— ¿Que por qué no escribo?— se le oyó decir a Juan Rulfo en Caracas, en 1974—. Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escribí eran puras mentiras.»




«Me parece genial el tío Celerino que se sacó de la manga Felipe Alfau. Creo que es muy ingenioso decir que uno ha renunciado a la escritura por culpa del trastorno de haber aprendido inglés y haberse hecho sensible a complejidades en las que nunca había reparado.
(...)
— De modo que el inglés le complicó demasiado la vida...»

Menciona a Marianne Jung, autora de algunos poemas que luego Goethe recopiló, publicó -y por tanto, se atribuyó como propios- en la obra el Diván. O la historia de María de la O Lejárraga (los detalles de su vida los conocí al leer Historia de mujeres, de Rosa Montero) esposa del mediocre escritor Gregorio Martínez Sierra que alcanzó la fama por la apropiación de las obras teatrales escritas por María. Cuántas Camile Claudel habrá en el mundo de la literatura...

Entre mis pasajes favoritos está el que habla de la Biblioteca Brautigan, que admite solo manuscritos no publicados, rechazados. (Por lo que he leído, podría haber inspirado el argumento de una de las novelas de David Foenkinos)

«La Biblioteca Brautigan reúne exclusivamente manuscritos que, habiendo sido rechazados por las editoriales a las que fueron presentados, nunca llegaron a publicarse. Esta biblioteca reúne sólo libros abortados. Quienes tengan manuscritos de esta clase y quieran enviarlos a la Biblioteca del No o Biblioteca Brautigan no tienen más que remitirlos a la población de Burlington, en Vermont, Estados Unidos. Sé de buena tinta —aunque allí estén sólo interesados en almacenar mala tinta— que ningún manuscrito es rechazado; todo lo contrario, allí son cuidados y exhibidos con el mayor placer y respeto.»


Leyéndolo recordaba el final del Bartleby de Melville:

«El rumor es éste: Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carretadas las queman todos los años. 
A veces, del papel doblado, el pálido empleado saca un anillo  —el dedo al que estaba destinado quizá se está convirtiendo en polvo en la tumba; un billete enviado con la caridad más diligente —al que podría aliviar, ni come ni siente hambre ya; perdón para quienes murieron desesperando; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!»

Bibliotecas que guardan manuscritos rechazados y oficinas de correos que almacenan y destruyen las cartas que no consiguen llegar a sus destinatarios... Lo primero real, lo segundo inventado, pero fascinante para mí en ambos casos.
Así es un poco la  literatura.

Hay una afirmación genial, al final de uno de los apuntes (mi favorito) de Vila-Matas en relación a Primo Levi, con el que quería cerrar esta entrada junto a un bello párrafo de Bartleby, el escribiente.

Dice Vila-Matas:

«La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.»


Y a eso solo se puede responder con una buena muestra:

« Tan cierto es y tan terrible, que hasta cierto punto, el ver o el pensar en la miseria despierta nuestros mejores sentimientos, pero, en ciertos casos especiales, más allá de ese punto ya no lo hace. Se confunden los que afirman que esto se debe al egoísmo inherente del corazón humano. Proviene más bien de una cierta desesperanza de remediar un daño orgánico excesivo. Para un ser sensible, la piedad es a menudo dolor. Y cuando se da uno cuenta al fin que tal piedad no puede conducir a un auxilio efectivo, el sentido común ordena al alma que se deshaga de ella. (...) Podía darle limosna para su cuerpo, pero el cuerpo no le dolía; era su alma la que sufría y yo no podía alcanzarla.»