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3 de septiembre de 2017

La matanza de Rechnitz y El lector. Otra forma de ver el Holocausto nazi.

No es ningún secreto que la Segunda Guerra Mundial es uno de los períodos históricos que más me atraen y al que vuelvo regularmente en mis lecturas. No sabría explicar muy bien por qué pero es un hecho y solo hay que pasar por mi Goodreads para comprobarlo. Si echamos un vistazo a lo que se publica, abundan novelas sobre los campos de concentración, la situación de los guettos, la historia de las familias atrapadas en esa época. Salvo los relatos autobiográficos, normalmente encontramos una versión parecida de los hechos: los nazis representan el mal, la crueldad y los judíos son sus víctimas. Al fin y al cabo es así, pero no fue ni mucho menos toda la historia. Por eso hoy traigo una de mis últimas lecturas, que también me sirve para hablaros de otra anterior que debí reseñar en su día y que también os recomiendo.


LA MATANZA DE RECHNITZ. HISTORIA DE MI FAMILIA

SACHA BATTHYANY.

SINOPSIS

En la noche del 24 al 25 de marzo de 1945, Margit von Thyssen y su marido, el conde húngaro Ivan Batthyány, invitaron a su castillo a los jefes locales del partido nazi, a miembros de la policía política, de la Gestapo, de las SS y de las Juventudes Hitlerianas. Una de las diversiones de esa velada fue matar a doscientos judíos. Tras conocer ese suceso, Sacha Batthyany, sobrino-nieto de la protagonista, guiado por el diario de su abuela, empieza una investigación que le llevará a través de Europa y hasta Sudamérica y le hará reflexionar sobre el pasado, el presente, su familia y él mismo. 


A pesar de esa sinopsis tan llamativa, Sacha Batthyany no se recrea en la matanza de los judíos, sino que se limita a exponer los hechos. Lo que me parece un acierto en este libro han sido los diferentes puntos de vista y cómo el autor deja a un lado el blanco y negro para mostrar toda una gama de grises. Es fácil juzgar la historia desde la distancia pero ¿qué ocurre cuando sabes que desciendes de una familia que estuvo implicada directamente en el asesinato de casi doscientos judíos y que decidió enterrar ese episodio y vivir como si no hubiera ocurrido? ¿Tienen los descendientes alguna responsabilidad, deben sentirse obligados a reparar el mal que hicieron sus ascendientes?

Batthyany no solo hace una recorrido por la Historia, sino que va planteando una serie de dilemas morales  y cuestiones a los que enfrentarse:

- Muchos soldados alemanes -como el propio abuelo de Batthyany- fueron apresados y llevados a campos de trabajo rusos, los gulags, en pésimas condiciones. Las clases altas perdieron todos sus privilegios. Sin contar con la crueldad que mostraron contra las mujeres alemanas, de las que abusaron sexualmente sin que nadie les parase. Muchos son los libros y películas que nos han llegado sobre el nazismo y sus consecuencias, pero no tanto sobre la política de Stalin tras la victoria.

<<«Para que algo así no se repita jamás», se lee en muchos libros sobre el Holocausto. De ahí cincuenta, sesenta, setenta años después los actos conmemorativos, las exposiciones, las películas, los estudios, los archivos. ¿Por qué no vale lo mismo para las atrocidades de los rusos? ¿Por qué éstas no preocupan a nadie?, me pregunté a la par que miraba los ojos de Lenin, cuya fotografía colgaba en la pared.
(...)
Yeltsin ordenó abrir los archivos. Sin embargo, desde que Putin está en el poder, de nuevo impera el silencio.
—Nosotros no somos como los alemanes. No analizamos el pasado ni confesamos errores ni reconocemos nuestra culpa. Entre nosotros se dice lo siguiente: hubo campos de concentración, el gulag existió, Stalin tenía facetas negativas, pero consiguió grandes victorias y nos trajo el progreso económico. Los momentos heroicos de la Historia de Rusia tienen prioridad sobre los capítulos oscuros.>>

- El autor remueve el pasado de su familia y obtiene información sobre personas que tuvieron especial contacto con ellos. Judíos que no sobrevivieron. ¿Qué puedes hacer con eso? ¿Remover el pasado de otros? ¿Decir la verdad o simplemente dejarlo pasar? Ya os aviso que él no lo dejó estar.
Y ¿cómo debes sentirte con toda esa información? ¿Cómo gestionarla y seguir con tu vida?  ¿Qué pasa con las víctimas y sus familias? ¿No son todos víctimas de los acontecimientos de la historia? ¿Hay víctimas de primera y de segunda?

<<Y era así como cabía interpretar de verdad aquella frase conforme reflexionaba más y más sobre ella: soy un nieto de la guerra. Mi padre pasó la guerra en el sótano, a mi abuelo se lo llevaron los rusos a Siberia, mi abuela perdió su segundo hijo y mi tía había sido responsable de la matanza de ciento ochenta judíos. Habían sido culpables y víctimas, perseguidos y cazadores; primero alabados, después proscritos: bastardos de la Historia. Al final atravesaron la vida agachados. Perdieron primeramente la autoestima, a continuación, la voz. «Fuimos una familia de topos —escribió mi abuela Maritta en su diario—. Nos replegamos, ya no creíamos en nada y nos hundimos en nosotros mismos, la cabeza bajo tierra, siempre agachados.» >>

- Pero, para mí, la gran pregunta que hay detrás de esta lectura es ¿qué habrías hecho tú en su lugar? ¿Tuvieron elección los soldados que cumplían órdenes o, como teorizó Hannah Arendt, eran simples burócatras y funcionarios que no se planteaban nada sino que se limitaban a cumplir con su cometido de la manera más eficaz posible? Arendt lo llamó la banalización del mal.

<<¿Cuántos de estos hombres andarían por el mundo? Personas como Simanovski. Eran jóvenes en los días de la guerra, y en los años ochenta, cuando yo crecía, eran gente mayor con gorra, manchas de la edad en la cara y gafas cuyos cristales oscurecían al contacto con la luz solar. Daban de comer a las palomas en toda Europa; tomaban asiento en los parques, a la sombra de los grandes plátanos, y acariciaban el pelo de bebés desconocidos, sentados en sus sillas de paseo. Cuarenta años antes habían sido guardianes, soldados, agentes secretos, espías, y habían llevado a cabo interrogatorios, habían torturado, asesinado, pedido las penas más duras y redactado actas como la de Simanovski sobre mi abuelo. La foto que le tomaron a éste en 1955, el día en que llegó al calabozo, ya no es la de un hipster de tantos, sino la de un prisionero del campo como los que conozco de las películas de Spielberg. La cabeza rapada, algunos dientes perdidos, los ojos muertos. Sin decir una palabra, le tendí a mi padre la foto. Ahora estábamos los dos tumbados en nuestras respectivas camas. Él sostenía el retrato tan cerca de los ojos que lo tocaba con la punta de la nariz y lo hacía temblar con su respiración.>>

Ese último punto me sirve para hablar de El lector.

EL LECTOR. BERNHARD SCHLINK

SINOPSIS

Michael Berg tiene quince años. Un día, regresando a casa del colegio, empieza a encontrarse mal y una mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y tiene treinta y seis años. Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de amarse, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de Schiller, Goethe, Tolstói, Dickens... El ritual se repite durante varios meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro. Siete años después, Michael, estudiante de Derecho, acude al juicio contra cinco mujeres acusadas de criminales de guerra nazis y de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas. Una de las acusadas es Hanna. 
Y Michael se debate entre los gratos recuerdos y la sed de justicia, trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó... 
Bernhard Schlink ha escrito una deslumbrante novela sobre el amor, el horror y la piedad; sobre las heridas abiertas de la historia; sobre una generación de alemanes perseguida por un pasado que no vivieron directamente, pero cuyas sombras se ciernen sobre ellos.

El lector es una novela corta y deslumbrante. En ella se mezcla una historia de amor  -no exenta de polémica teniendo en cuenta que la relación se inicia cuando el protagonista, Michael, es menor de edad y con una diferencia de veinte años respecto a Hanna- junto con los crímenes de guerra cometidos por los nazis. En este caso, lo que subyace es la idea de que hubo personas que carecieron de cualquier empatía hacia las víctimas ya que solo se limitaban a hacer su trabajo sin plantearse nada más. Cero conciencia, cero planteamientos morales. 
Así es como se presenta a Hanna, portadora de su propio secreto y vergüenza, y que fue cómplice en la matanza de trescientas mujeres en el interior de una iglesia incendiada. 
Michael tendrá que poner en orden los sentimientos que el descubrimiento de los hechos le produce y que influirá en el desarrollo de su vida adulta sin remedio.


Quiero cerrar esta entrada con las palabras de Batthyany, una bofetada en esta época de redes sociales y grandes discursos en los que todos caemos:

<<Por supuesto que estaba en contra de que los norteamericanos invadieran Iraq. En contra de la política migratoria de los conservadores. En contra de la matanza de delfines en la bahía de Taiji. Y si las manifestaciones no hubieran empezado por casualidad siempre que iba a la guardería a recoger a los niños, habría participado más a menudo en las protestas. A cada hora estamos hoy en día a favor o en contra de algo en Facebook o en Twitter. Intercambiamos fotos sangrientas y análisis sesudos, compartimos vídeos de naufragios donde vemos ahogarse a refugiados enfrente de Lampedusa, y firmamos peticiones virtuales contra la mutilación genital en Sudán del Sur. Ahora bien, ¿cómo actuaríamos si los hechos se trasladaran de nuestro ordenador a la calle? ¿Si de repente fuéramos requeridos como seres humanos, no como usuarios de internet?, ¿si todo lo físico ya no fuera virtual?, ¿si apestara, doliera, hiciera ruido y nosotros no percibiéramos el mundo a través del diseño suavizador de nuestro portátil de Apple? 
Si estallara una guerra como la de hace setenta años, ¿no tomaríamos todos parte en ella? Naturalmente que no, gritarían los jóvenes, los de las zapatillas de deporte y las bolsas de yute. Todos hemos aprendido de aquello. No nos pasará de nuevo.
¿Ah, no?
¿No nos volvemos de pronto sumisos y obedientes cuando se trata de salvar el pellejo? ¿No somos acaso Simanovskis y Böhmens? ¿No llevamos por dentro un poco de Margit? 
(...)
Nos sentamos en podios, escribimos blogs, cosechamos aplausos, estrechamos manos, hacemos donativos, acudimos a psicoanalistas y nos indignamos virtualmente por la destrucción de los manglares y la expulsión de refugiados nigerianos, lo que gusta a 107 personas y conduce a la invitación a nuevas redes sociales: Xing, Pinterest, Linkedin, en las que hurgamos en los perfiles de nuestros amigos y nos asombramos, maldita sea, de todo lo que leen, maldita sea, de adónde viajan todos: Nom Pen, Detroit, conferencia TED, Burning Man y Art Basel. Tendré que darme prisa.
Pero ¿alguien ha publicado tuits sobre sus propias debilidades, ha compartido temores, ha escrito en un blog sobre sus dudas, sobre su falta de interés por la minoría musulmana en Myanmar, o que no quiere saber nada de los manglares y no tendría el arrojo suficiente de declararle su opinión al jefe?>>






2 de agosto de 2017

Esperando a Robert Capa - Susana Fortes


No creo en las casualidades sino en las señales.

En abril, en una de mis visitas a Córdoba, tuve la oportunidad de ver la exposición "La maleta mexicana", como parte de la XV Bienal de fotografía que se celebró de marzo a mayo de este año y que estaba dedicada a los conflictos bélicos.


La muestra se presentaba de la siguiente manera: La maleta mexicana ofrece, por primera vez, la oportunidad de contemplar las imágenes procedentes de esta famosa colección de negativos recientemente recuperados. En diciembre de 2007, tres cajas llenas de rollos de película, que contenían 4,500 negativos en 35 mm de la Guerra Civil Española de Robert Capa, Gerda Taro y Chim (David Seymour) – y que se consideraban desaparecidos desde 1939- llegaron al International Center of Photography (ICP). Estos tres fotógrafos, que vivían en París, trabajaron en España y cuyos trabajos fueron publicados internacionalmente, sentaron las bases de la fotografía de guerra moderna. Sus fotografías han sido consideradas, desde hace tiempo, como la cobertura más innovadora y apasionada de la Guerra Civil Española (1936-39).

Reconozco que me quedé bastante impactada con la exposición y con ganas de volver a verla con mayor detenimiento. También tenía en mente dedicarles a Capa y Taro una entrada para la sección de fotografía, pero me faltaba algo. 



Así que cuando vi la portada de Esperando a Robert Capa, de Susana Fortes, lo cogí sin dudar y, entonces, fue como cerrar el círculo. 

SINOPSIS

Crearon su propia leyenda y fueron fieles a ella.París, 1935. Escritores, pintores, poetas, fotógrafos… se mezclan en las calles y en los cafés de la Rive Gauche con miles de refugiados que llegan huyendo del nazismo. Entre ellos, dos jóvenes judíos. Ella, alemana de origen polaco, orgullosa, disciplinada y audaz. Él, húngaro, un superviviente nato que intenta como puede hacerse un hueco en el mundo de la fotografía. En apenas un año, el estallido de la guerra civil española los convertirá en dos de los mejores reporteros de guerra de todos los tiempos: Robert Capa y Gerda Taro. El amor, la guerra y la fotografía marcaron sus vidas. Eran jóvenes, antifascistas, guapos y asilvestrados. Lo tenían todo. Y lo arriesgaron todo. Crearon su propia leyenda y fueron fieles a ella hasta sus últimas consecuencias.


Con esta novela, Susana Fortes me ha conquistado. Si bien es cierto que la relación entre todos los protagonistas forma parte de la licencia que se toma la autora, el recorrido histórico está perfectamente documentado. Quien quiera una biografía de Capa y Taro no va a encontrarla pero a mí me han fascinado los protagonistas que hay detrás de esta historia. La manera en la que Fortes nos va mostrando a los personajes, sus sentimientos, cómo van adaptándose a los cambios y cómo sobreviven a una época en la que ser joven, judío y refugiado no resultaba nada fácil. Incluso si al lector no le interesa conocer las vidas de ambos (como personajes históricos), disfrutará con el estilo y la narración de la autora. 
Por eso no dudo en recomendar esta novela, Premio Fernando Lara 2009. Es difícil novelar las vidas de personajes históricos y hacerlo manteniendo el interés en todo lo que se cuenta o convertirlos en personas de carne y hueso de manera que el lector pueda empatizar con ellos. Lo importante siempre está en los detalles.

Los personajes. Creo que Gerta Pohoryllees la gran protagonista. La chica judía que huyó de su país para iniciar una nueva vida en París, que conoció a André Friedmann -del que aprendió los rudimentos de la fotografía- y que dio lo mejor de sí para mostrar la guerra civil española. La mujer que fue capaz de crear el mito de Robert Capa y Gerda Taro.
No sé si fue así, pero me gustaría pensar que Capa y Taro fueron tal y como los describe la autora y que ella es mucho más que una cara bonita (y olvidada) en el frente. 

<< Chim me ha regalado la foto que nos sacó su amigo Stein a André y a mí en el Café de Flore. Siempre me resulta raro reconocerme. Llevo la boina ladeada y sonrío mirando hacia abajo como si estuviera escuchando una confidencia. André parece acabar de decir algo, lleva una chaqueta de sport y corbata. Ahora empiezan a irle mejor las cosas y puede comprarse ropa elegante, aunque no se administra muy bien que digamos. Me mira de frente como para comprobar mi reacción y también sonríe o casi. Parecemos dos enamorados. Ese Stein llegará lejos con la fotografía. Es bueno esperando el momento. Sabe exactamente cuándo debe apretar el obturador. Sólo que no somos dos enamorados ni mucho menos. Yo tengo un pasado. Está Georg. Me escribe todas las semanas desde San Gimignano. Nacemos con un camino trazado. Éste sí, éste no. Con quién sueñas. A quién amas. O uno o el otro. Eliges sin elegir. Así son las cosas. Cada cual recorre sus propios pasos. Además, ¿cómo querer a alguien sin conocerlo realmente? ¿Cómo se recorre la distancia de todo lo que no se sabe del otro? >>

La ambientación y el recorrido histórico que hace la autora me han parecido fascinantes. No solo consigue acercarnos al oficio de los reporteros de guerra, también recrea los ambientes intelectuales y las diferentes etapas de la guerra civil sin caer en una descripción tediosa o difícil de seguir. Leyéndola, una toma conciencia de la cantidad de escritores, poetas, filósofos y demás pensadores relevantes - nacionales y extranjeros- que participaron en mayor o menor medida en la contienda. Los testigos incómodos.

<< El juego es una enfermedad secreta que se lleva en los genes igual que el color del pelo o la fe en los augurios. André tenía ese gen en las venas. Cuando las cosas no le iban bien, se dedicaba a beber y a hacer apuestas. Como solía decir Henri Cartier-Bresson con su ojo de normando infalible: André nunca fue un tipo extremadamente inteligente. Lo suyo no era preguntarse por la raíz intelectual de los conceptos, pero era un jugador increíblemente intuitivo. Se fijaba en detalles que a los demás nos pasaban desapercibidos. Supongo que la experiencia le había aguzado el olfato. Llevaba desde los dieciesiete años fuera de casa, de hotel en hotel y después de guerra en guerra. Tenía un don para verlas venir. Era un jugador nato. >>

No es posible hacer esta entrada sin referirme al trabajo fotográfico de ambos. Sigue viva la polémica sobre las posibles apropiaciones de ciertas fotografías por parte de Capa, cuando en realidad eran obra de Gerda. Una polémica difícil de desentrañar, ya que trabajaron durante años codo con codo. 

Fotografías de Gerda Taro





 



Fotografías de Robert Capa









Taro junto a un soldado. Foto tomada por Robert Capa.


Leed la novela. Seguro que os va a entrar mucha curiosidad por saber los detalles y el trabajo de Capa y Taro, pero también puede que despierte vuestras ganas por conocer mejor este período histórico de nuestro país del que tanto se habla pero tan poco se conoce en realidad.

22 de julio de 2017

Los hombres me explican cosas - Rebecca Solnit

Estoy segura de que muchos os acercaréis al blog esperando encontrar una entrada tipo: presentación del libro, impresiones, quizá algún fragmento o curiosidad. Os aviso de que no es el caso. No es una entrada fácil, ni bonita, ni pretende dejar buen sabor de boca.

La reseña que hizo Emma, administradora del blog The Written Girl (os recomiendo que lo sigáis) del conjunto de ensayos que Rebecca Solnit ha publicado con el nombre Los hombres me explican cosas, me puso inmediatamente tras la pista de este libro. 

SINOPSIS

En este conjunto de ensayos mordaces y oportunos sobre la persistente desigualdad entre mujeres y hombres y la violencia basada en el género, Solnit cita su experiencia personal y otros ejemplos reales de como los hombres muestran una autoridad que no se han ganado, mientras que las mujeres han sido educadas para aceptar esa realidad sin cuestionarla. 

La autora narra la experiencia que vivió durante una cena en la que un desconocido se puso a hablarle acerca de un libro increíble que había leído, ignorando el hecho de que ella misma lo había escrito, a pesar de que se lo hicieron saber al principio de la conversación. 

Al final resultó que ni siquiera había leído el libro, sino una reseña del New York Times. 

El término mansplaining conjuga man (hombre) y explaining (explica), en alusión a este fenómeno: cuando un hombre explica algo a una mujer, lo hace de manera condescendiente, porque, con independencia de cuanto sepa sobre el tema, siempre asume que sabe más que ella. El concepto tiene su mayor expresión en aquellas situaciones en las que el hombre sabe poco y la mujer, por el contrario, es la experta en el tema, algo que, para la soberbia del primero, es irrelevante: él tiene algo que explicar y eso es lo único que importa.

He aquí la carta de presentación de este conjunto de ensayos sobre el mansplaining, pero sobre todo una recopilación de datos y estadísticas que vistas en conjunto dan mucho que pensar.

En un primer momento se habla de la posición y actitud que muchos hombres presentan ante la mujer por el mero hecho de serlo. Pensaréis: de nuevo, el tan manido discurso feminista. En realidad, esa actitud de superioridad masculina está tan arraigada que cuesta darse cuenta y no pensar que se exagera. No hace mucho vivía una experiencia así en mi trabajo. Un cliente nos consultaba a mí (asesora laboral) y a mi jefe (abogado) acerca de una solicitud de lactancia junto a una posterior excedencia por cuidado de menor. Mi jefe contestó el correo sin apenas prestar atención al contenido. Le llamé para advertirle de que debíamos comunicar al cliente ciertos detalles que debía tener en cuenta. No solo no sabía de lo que hablaba (tuve que argumentar varias veces mi postura simplemente porque no estaba prestando atención a lo que le decía) sino que acabó echando por tierra todo lo que le expliqué por carecer de argumento legal (lo tenía, pero él lo consideraba endeble) y para evitar que la trabajadora en cuestión recurriera a otro abogado por denegar ciertos términos de la petición. Simplemente decidió que lo que yo decía no tenía peso, casi como si fuera un mero capricho mío. No creyó que dijera nada importante. Una hora después, el propio cliente mandaba un correo diciendo que no se habían tenido en cuenta justo los mismos detalles que acababa de explicarle a mi jefe. Entonces, éste me llamó y, entre risas, como si fuera una anécdota, me comentaba: vaya, es justo lo que decías tú, has estado muy bien... (nunca unas palmaditas en la espalda me molestaron tanto). ¿Imagináis el final? Esta vez tuve que ser yo la que contestara al correo -no fuera que tuviera él, el gran abogado, que desdecirse- para darle la razón al cliente.

Podría hablaros también de las veces en las que me consultan dudas, las contesto con seguridad y profesionalmente y justo antes de colgar el teléfono los clientes, quitándome cualquier autoridad dicen: de todas formas, pregúntale a tu jefe, por si acaso. Tanto paternalismo y condescendencia me enerva. Pensaréis que exagero, pero si fuera un hombre esa coletilla final no la escucharía. Y, a estas alturas, también sé hasta dónde llega mi jefe. No es que no le respete, es solo que tengo tendencia a dudar de las personas que presumen de título universitario y número de colegiado pero que, a la hora de escribir, no distinguen un infinitivo de un imperativo...
Dadle una vuelta a vuestra memoria. Seguro que, si os paráis a pensar, vosotros también habréis vivido alguna situación similar o habréis sido testigo de alguna. Y si dedicáis más de cinco minutos, os vendrá a la cabeza más de las que creíais.

Siguiendo con Los hombres me explican cosas, os decía al principio que hay una recopilación de datos y estadísticas terribles. Hablan de la violencia sexual cometida contra la mujer. Los supuestos casos aislados en países "civilizados" (muchos de los mencionados tuvieron lugar en EEUU). Cuando todos esos casos aislados son enumerados uno tras otro al lector, el problema cobra una dimensión distinta y peligrosa.

He señalado varios párrafos.

<<Aún a día de hoy, cuando una mujer dice algo incómodo acerca del comportamiento impropio de algún hombre, habitualmente se la retrata como si estuviese loca, como si delirase, estuviese conspirando maliciosamente, fuese una mentirosa patológica, una llorona que no se da cuenta de que son solo bromas o todo esto a la vez.>>

<<La "cultura de la violación" es el entorno en el que la violación prevalece y en el que está normalizada y excusada la violencia sexual contra las mujeres dentro de la cultura y los medios populares. La cultura de la violación se perpetúa mediante la utilización del lenguaje misógino, la objetivación de los cuerpos de las mujeres y la "glamurización" de la violencia sexual, ya que crea así una sociedad que obvia los derechos de las mujeres y su seguridad. La cultura de la violación afecta a cada mujer. La mayor parte de las chicas y de las mujeres limitan sus comportamientos debido a la existencia de la violación. La mayor parte de las mujeres y de las niñas viven bajo el temor de la violación. Los hombres, normalmente, no. Así es como la violación funciona, como una poderosa herramienta, gracias a la cual la población femenina al completo se ve sometida a una subordinación frente a toda la población masculina; y esto es así aunque haya muchos hombres que no violen y muchas mujeres que nunca serán víctimas de la violación>>
<<Es la manera en la que algunos hombres dicen "yo no soy el problema", o en la que pasan de la conversación que se esté manteniendo sobre los cadáveres y víctimas del momento así como sobre los perpetradores de estos hechos para proteger su zona de confort de hombres espectadores>> 

<<Tenemos tanto camino por recorrer que mirar hacia atrás para ver lo lejos que hemos llegado puede resultar alentador. La violencia doméstica era generalmente invisible y no tenía castigo alguno hasta el heroico esfuerzo que hicieron las feministas para exponerla y para acabar con ella>>

Lo que ocurre cuando lees un libro como este es que es difícil no hacer un ejercicio de memoria histórica y del papel de la mujer. De cuánto se ha avanzado y cuánto queda por hacer.

Hace apenas unos días se conocía la noticia de que había aparecido el primer vídeo que documentaba la existencia de las esclavas sexuales asiáticas utilizadas por el ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial. Mujeres y hechos que fueron negados durante años. Mujeres y niñas que fueron secuestradas o llevadas bajo pretexto de una vida mejor, de un trabajo, para ejercer la prostitución.

¿Sabéis cómo las llamaban? "Comfort women", mujeres de consuelo. Y ¿sabéis cómo llamaban a los centros donde eran obligadas a mantener relaciones sexuales con los soldados, sin importar el número de veces que lo hacían o que fueran apenas unas niñas? Casas de solaz. Estoy segura de que ninguna mujer inventó ambos eufemismos. No puede haber ni consuelo ni solaz en esos hechos negados por los hombres que los perpetraron y los gobiernos que lo consintieron. Pienso igualmente en los hoteles y casas en las que los serbios retuvieron, maltrataron y violaron a niñas y mujeres bosnias.
Sin embargo, como siempre ocurre en estos casos, se habla de víctimas civiles y de soldados, en masculino y en general, y esta parte, la historia de las mujeres, se silencia. Y, por si todo eso no fuera suficiente, las supervivientes son rechazadas por sus familias, juzgadas y condenadas por una sociedad que, en lugar de acogerlas e intentar facilitarles la vida después, las aparta a un lado o cuyos testimonios son silenciados o negados hasta que las pruebas son tan evidentes que resulta imposible hacerlo. Eso cuando no les toca criar y amar a un hijo fruto de esos abusos, un recordatorio de por vida.

Algunos piensan que a las mujeres se nos está yendo un poco la mano con el tema de intentar ponerle freno a las agresiones sexuales -casos de anulación de conciertos por riesgo, medidas policiales en ciertas fiestas populares, etc...- o con la visibilidad de la violencia de género. Como dice uno de los fragmentos, hay hombres que no quieren ser incluidos en el mismo saco pero que actúan con total indiferencia como si el problema fuera de otros. Como si no fuera un tema social y educacional. La cuestión es que no conozco ningún caso de organizaciones de mujeres que, aprovechando la tesitura de una guerra por ejemplo, hayan secuestrado, torturado y abusado sexualmente de hombres en contra de su voluntad. Ni conozco a ningún grupo de chicas que, aprovechando unas fiestas populares se dediquen a planear como abusar entre todas de un chico, grabar el acto y alardear de ello.  No se trata de deseo sexual, se trata de tener poder. Poder, posesión e impunidad. Se trata de acabar con un pueblo o una cultura a través de las mujeres.

Los hombres me explican cosas debería ser una lectura obligada para jóvenes, hombres y mujeres. Están los datos, las cifras, los hechos, las pruebas. Necesitamos más lecturas que remuevan conciencias. Necesitamos hacer visible la precaria situación de las mujeres, especialmente a aquellos que nos acusan de exagerar o de ver un problema donde no lo hay.  Es el momento del cambio.