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13 de marzo de 2019

El paciente inglés - Michael Ondaatje

En cierta ocasión, el inglés me leyó este pensamiento de un libro: «El amor es tan pequeño, que puede pasar por el ojo de una aguja».

Hace días que terminé la lectura de El paciente inglés. Hay libros que llegan cuando deben hacerlo. El año pasado intenté leerla y no conseguí adaptarme al tono pausado y bello que impregna sus páginas. A veces me pasa, todavía no he aprendido a esperar y asumir que todo lleva un tiempo y que, en ocasiones, es eso lo que hace el resultado más valioso.

Tenían que darse varias circunstancias para volver a intentarlo. La chispa surgió con un fragmento en Instagram que compartió Marisa Sicilia (hay pocas cosas más valiosas que tener amigas que te recomiendan libros) para el reto que en febrero inició María Montesinos bajo el hashtag #28citasparaenamorarse (os animo a verlo en su perfil). Apenas unos días después emitieron la preciosa película basada en el libro y fue la #señal definitiva para animarme.
Y aquí estoy, recomendándola con la fe ciega de los recién convertidos (le tomo prestada la expresión a la propia Marisa, porque me viene perfecta).


SINOPSIS
En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, cuatro personajes se reúnen en una villa en ruinas en la Toscana: un enigmático hombre sin memoria, que agoniza con el cuerpo completamente quemado, una joven enfermera que cree traer la desgracia a cuantos ama, un cínico superviviente mutilado y un sij dedicado a la desactivación de explosivos… Cuatro extranjeros de sí mismos, atrapados en la retaguardia de sus recuerdos, que van recomponiendo el destrozado mosaico de sus identidades a través de las intermitentes y atormentadas revelaciones de una historia de amor y celos…


En realidad no quiero hablaros de la trama. Es probable, incluso, que hayáis visto la película (aunque hay pequeñas licencias en la cinta de Anthony Minghella). Hana -la enfermera-, Caravaggio -el ladrón-, Kip -el sij zapador-, y el conde Almásy -el paciente quemado-. Todos conviviendo, por alguna argucia del destino, en la Villa San Girolamo. Todos con su propia historia, la que nos irá desvelando en pequeñas dosis Michael Ondaatje. 
La Segunda Guerra Mundial ha dejado sus cicatrices en todos ellos, pero es cierto que la historia de amor, adulterio y celos de Almásy y Katharine Clifton resulta especialmente atrayente y emotiva, destaca por encima de las demás. Quizá también porque tiene un punto de tragedia. Me paro y leo esta última frase y pienso en Hana y creo que no, que no es justo atribuirle todo el drama a ellos, pero que quizá ella sí sale mejor parada.

«Ella tomó un cojín y se lo colocó en el regazo, como para escudarse de él. «Si me haces el amor, no mentiré para ocultarlo y, si te lo hago yo, tampoco». 
Se llevó el cojín al corazón, como si deseara sofocar esa parte de sí que se había desmandado.

«¿Qué es lo que más detestas?», preguntó él. 

«La mentira. ¿Y tú?».

«La posesividad», dijo él. «Cuando me dejes, olvídame».

El puño de ella salió disparado hacia él y le golpeó con fuerza en el hueso debajo del ojo. Se vistió y se marchó. »

Lo cierto es que no sería tan deslumbrante si no fuera por la forma en la que Michael Ondaatje nos la cuenta. Hay escenas que recuerdan a la tradición oral, como si un cuentacuentos se presentara frente al lector y recitara un pasaje legendario. Transcribiría entero el Capítulo IX. La Gruta de los Nadadores. En él hay mucho de eso y, de hecho, contiene el momento en que Katharine Clifton habla de la historia de Candaulo y su reina. Solo por ese capítulo merece la pena leer la novela.


... Escribo esta entrada y pienso en lo superfluas que son mis palabras, más cuando podría llenarla de fragmentos como este:

«Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado, como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado, como en cuevas. Deseo que todo eso esté inscrito en mi cuerpo, cuando muera. Creo en semejante cartografía: las inscripciones de la naturaleza y no las simples etiquetas que nos ponemos en un mapa, como los nombres de los hombres y las mujeres ricos en ciertos edificios. Somos historias comunales, libros comunales. No pertenecemos a nadie ni somos monógamos en nuestros gustos y nuestra experiencia. Lo único que yo deseaba era caminar por una tierra sin mapas.

Llevé a Katharine Clifton al desierto, donde está el libro comunal de la luz de la Luna. Estábamos entre los rumores de los pozos, en el palacio de los vientos. »




Perdonad si esta no reseña queda un poco coja. Si no os cuento más sobre lo que les ocurre a los personajes, sobre lo evocadores que resultan los capítulos centrados en El Cairo y en el desierto, sobre los fantasmas que cada protagonista y secundario arrastran o si no menciono nada del período histórico en el que está enmarcado. Perdonad si solo os digo que el día que Michael Ondaatje escribió El paciente inglés, tomó todos los sentidos y emociones humanas, enalteció la pintura y la literatura, las hizo palabras, y le dio forma a la belleza en forma de novela.
Quizá otro día podría hablaros de la película, de los paisajes que aparecen en ella, de su fotografía, de su música, de la tensión y fuerza que traspasa la pantalla entre Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas, de la dulzura que desprende Juliette Binoche.

¿Queréis que Ondaatje os cuente algo sobre los vientos y os traslade mentalmente a otros lugares? Creo que cuando dicen que la literatura es evasión, se refieren justo a cosas como esta.

«En el sur de Marruecos hay un viento en forma de torbellino, el aajej, contra el que los fellahin se defienden con cuchillos. Otro es el africo, que a veces ha llegado hasta la ciudad de Roma. El alm, viento otoñal, procede de Yugoslavia. El arifi, también llamado aref o rifi, abrasa con numerosas lenguas. Ésos son vientos permanentes, que viven en el presente. 
Hay otros menos constantes, que cambian de dirección, pueden derribar a un caballo y su jinete y se reorientan en sentido contrario al de las agujas del reloj. El bist roz azota el Afganistán durante ciento setenta días… y entierra aldeas enteras. Otro es el caliente y seco ghibli, procedente de Túnez, que da vueltas y más vueltas y ataca el sistema nervioso. El haboob es una repentina tormenta de polvo procedente del Sudán que se adorna con brillantes cortinas doradas de mil metros de altura y va seguida de lluvia. El harmattan sopla y después se pierde en el Atlántico. Imbat es una brisa marina del África septentrional. Algunos vientos se limitan a suspirar hacia el cielo. Hay tormentas nocturnas de polvo que llegan con el frío. El khamsin, bautizado con la palabra árabe que significa «cincuenta», porque sopla durante cincuenta días, es un polvo que se levanta en Egipto de marzo a mayo: la novena plaga de Egipto. El datoo procede de Gibraltar y va acompañado de fragancias. 
Otro es el … , viento secreto del desierto, cuyo nombre suprimió un rey después de que su hijo muriera arrastrado por él. El nafhat es una ráfaga procedente de Arabia. El mezzarifoullousen, violento y frío, procede del Sudoeste; los bereberes lo llaman «el que despluma las aves de corral». El beshabar —«viento negro»— es otro viento sombrío y seco procedente del Nordeste, del Cáucaso. El samiel —«veneno y viento»—procede de Turquía y se aprovecha a menudo en las batallas. Tampoco hay que olvidar los otros «vientos envenenados»: el simoom, del norte de África, y el solano, cuyo polvo arranca pétalos preciosos y causa vahídos. 
Otros son vientos locales, que pasan a ras del suelo como una inundación, descascarillan la pintura, derriban postes de teléfono y transportan piedras y cabezas de estatuas. El harmattan recorre el Sáhara con polvo rojo, polvo como fuego, como harina, que entra y se coagula en los cerrojos de los fusiles. Los marineros llamaron a ese viento el «mar de las tinieblas». Brumas de arena roja procedentes del Sahara han llegado hasta lugares tan lejanos como Cornualles y Devon y han producido lluvias de lodo tan intensas, que se han confundido con sangre. «En 1901 se habló de lluvias de sangre en muchos lugares de Portugal y España». 
En el aire hay siempre millones de toneladas de polvo, como también hay millones de metros cúbicos de aire en la Tierra y más seres vivos dentro del suelo (gusanos, escarabajos, criaturas subterráneas) que pastando y viviendo sobre él. Herodoto registra la muerte de diversos ejércitos envueltos en el simoom, a los que no se volvió a ver. Una nación «se enfureció tanto con ese perverso viento, que le declaró la guerra y avanzó en perfecto orden de batalla para resultar rápida y completamente sepultada». 
Las tormentas de polvo revisten tres formas: el remolino, la columna y la cortina. En el primero desaparece el horizonte. En la segunda te ves rodeado de «djinns danzantes». La tercera, la cortina, «aparece teñida de cobre: la naturaleza parece arder».  

Levantó la vista del libro y vio que el hombre, con los ojos clavados en ella, empezaba a hablar en la penumbra... »



19 de febrero de 2019

Cuando leer no da prestigio

Quienes pasáis por aquí ya sabéis que tengo cierta tendencia a saltar como un resorte, a funcionar por estímulos, y esta vez no es diferente. Vuelvo al blog tras la lectura de este artículo de la periodista Paula Corroto, concretamente por este párrafo:

La lectura no confiere ningún estatus social. No es atractiva. Ni cool. Ni fetén. Y, además, es un acto íntimo en una nueva sociedad volcada hacia el exterior. Nada decimos de nosotros mismos cuando leemos. No al menos de forma inmediata. Nada que ver, por ejemplo, con las imágenes que podemos subir a redes como Instagram donde recibimos aplausos ipso-facto hacia nuestro ego y nuestra autoestima. Por supuesto, es posible ser un adicto a Instagram y leer, pero para esto me temo que la lectura tiene que formar parte de tu conversación. Los libros tienen que haber estado ya ahí.
Y por la afirmación final:  
Hoy leer no da prestigio; el prestigio lo da decir: “no tengo tiempo para leer”

Desde mi última entrada, había entrado en una especie de apatía motivada por la decepción que me produce cierto uso de las redes. Me ocurre cada vez más a menudo. Creer que hay lugares libres de intereses, egos, crispación, discursos y aleccionamientos. Creer que puedes entrar a cualquier red social y ser tan ingenua como para pensar que no van a intentar marcarte el camino.

Dice Paula Carroto:  hubo una época en la que leer, hablar de libros, estaba asociado con un ascenso de estatus. 

Seguro que la visión pesimista que refleja este artículo es cierta y cercana a la realidad. Ojalá no lo fuera. Ojalá no estuviéramos tan condenadamente interesados en mostrar una imagen ficticia o maquillada, en convencer a alguien para hacer tal o cual cosa, en presionarnos en busca de likes o cualquier otra señal actual de reconocimiento. Porque me acuerdo de cuando nos rodeábamos de poca gente y no de un número ilimitado de contactos/seguidores detrás de la pantalla y de cuando tus amigos no intentaban venderte nada y la preocupación por el otro era real. Personas que no querían hacer que cambiaras de opinión, pensamiento o idea. 

Y yo creo que he aprendido a valorar todo eso leyendo a otros, leyendo libros.



2 de febrero de 2019

Yo voy, tú vas, él va - Jenny Erpenbeck

SINOPSIS

A Richard, profesor universitario alemán con una exitosa carrera profesional a sus espaldas, le ha llegado el momento de la jubilación. Desde el escritorio de su casa, mientras contempla el lago tras la ventana, se pregunta cómo llenar todo el tiempo libre del que dispondrá. Se entera entonces de la existencia de un campamento de refugiados en Berlín y decide echar una mano.Allí escuchará historias desgarradoras y esperanzadas de jóvenes llegados desde países lejanos, que vienen huyendo de la guerra y la miseria. Pero la comunicación no siempre es fácil, y en más de una ocasión se producen malentendidos o directamente choques culturales, mientras las autoridades se limitan a aplicar la ley con fría determinación.Esta es una novela que aborda sin maniqueísmos, sensiblería o tópicos fáciles una tragedia candente de la Europa actual. Pero no es solo eso: es también el potente retrato de un grupo de seres humanos, cada uno con sus cuitas, en cuyo centro se sitúa el recién jubilado Richard. Y a través de su peripecia personal emergen en el libro otros temas de calado: cómo afrontar la vejez, la soledad y las heridas abiertas del pasado –la desaparición de la mujer con la que compartió su vida, fallecida hace años–, pero también cómo convivir con el deseo que pervive, y que le despierta una etíope mucho más joven que enseña a los refugiados alemán y los rudimentos de las formas verbales: Yo voy, tú vas, él va...Una novela deslumbrante forjada con la suma de muchas pequeñas historias personales que se entrecruzan y dan forma al gran drama del presente. Un libro que nos muestra la vergüenza de la crisis de los refugiados y la necesidad de entender a los otros por encima de las diferencias culturales.

Me resultaba imposible no traer al blog mi última lectura. Imposible no traerlo cuando hay tantas cosas que se pueden decir sobre la crisis de los refugiados, sobre la llegada a la costa mediterránea de cientos de personas procedentes del continente africano. Y, por una vez, se hace siguiendo un discurso solidario y empático, no ingenuo ni demagogo.
A lo largo de la lectura he señalado muchos pasajes. Algunos los dejo aquí, en esta no reseña. No pretendo hablar tanto del libro, como de su contenido. De todo aquello que podemos extraer y reflexionar y con lo que me siento tan de acuerdo.

Nos invaden las noticias sobre las llegadas de inmigrantes a nuestras costas, o la precariedad en la que se encuentra tal o cual embarcación llena de personas. Personas. Vidas. A veces criminalizando a quienes hacen llegar a nuestro país a cientos de ellos, o intentando obstaculizar su labor humanitaria. Y la gente habla sobre ello como si no fueran familias enteras las que quedan destrozadas. Como si Europa no tuviera nada que ver con lo que ocurre en África.

Le gustaría saber adónde han llevado a los diez hombres de la Alexanderplatz, pero no encuentra nada al respecto. Lee, en cambio, que en la isla italiana de Lampedusa se han ahogado sesenta y cuatro refugiados de los trescientos veintinueve que iban a bordo de un bote, originarios de Ghana, Sierra Leona y Níger, entre otros países. Y lee que un hombre de Burkina Faso se ha precipitado en algún punto de Nigeria desde su escondite en el tren de aterrizaje de un avión a tres mil metros de altitud, y lee sobre una escuela de Kreuzberg, ocupada desde hace meses por subsaharianos, y lee sobre la Oranienplatz, donde por lo que parece viven acampados desde hace un año algunos refugiados. ¿Dónde cae exactamente Burkina Faso? Hasta el vicepresidente de los Estados Unidos se ha referido hace poco a África como <<un país>>, cuando en realidad, según afirma el artículo que habla de la metedura de pata, existen cincuenta y cuatro Estados africanos. ¿Cincuenta y cuatro? Él tampoco lo habría sabido. ¿Cuál es la capital de Ghana? ¿Y la de Sierra Leona? ¿La de Níger?

Es curioso como lo juzgamos todo sin plantearnos el esfuerzo de pensar o mirar a nuestro alrededor. Como, mientras disfrutamos de la seguridad de nuestra casa, de nuestros lazos familiares, alimentamos cierto discurso en contra de quienes abandonan su país, su casa y sus familias en busca de una oportunidad. Fijaos en estos fragmentos, seguro que os suena...


<<¿Alguna vez habéis visto a esos respetables caballeros refugiados a los que los apoyan trabajar como dios manda o hacer algo útil en la vida? Porque lo que es yo, desde luego, no>>.
Prohibirles trabajar y acusarlos a la vez de ociosidad, piensa Richard, no deja de ser una pirueta intelectual de lo más audaz.
                                                                 * * *
(...)Tiene un móvil de plástico barato, sujetado con cinta adhesiva, de color rosa, en fin, un teléfono de niña reciclado. Lo tengo desde Lampedusa, hace ya casi tres años, dice levantándolo en el aire. Aunque ahora de vez en cuando le da por tener mala conexión. En la agenda de contactos tiene números italianos, finlandeses, suecos, franceses, belgas, de amigos africanos que, como él, vagan por Europa, que como él son originarios de Ghana, o que trabajaron en la misma obra que él en Libia, o que cruzaron el mar en el mismo bote, personas que conoció en el campo de refugiados de Lampedusa, en alguna estación o en algún centro de Cáritas. Todos ellos amigos que, como no tienen trabajo, tampoco tienen casa ni por lo tanto dirección, que no están registrados en ninguna parte y cuyos nombres de pila y apellidos solo están escritos en letras latinas de forma más o menos correcta en sus documentos de identidad provisionales.
Sin el número de teléfono, ¿cómo iba a encontrarlos?
                                                               *  *  *
(...) Los africanos deberían solucionar sus problemas en África, ha oído decir a menudo Richard en los últimos tiempos. Y también ha oído decir: Alemania acoge a un montón de refugiados de guerra, es un país muy generoso. Y acto seguido añaden: Pero nosotros no podemos alimentar a África entera. Y concluyen: Los refugiados económicos y los falsos solicitantes de asilo les quitan la plaza en los centros de acogida a los refugiados de guerra de verdad, es decir, los refugiados de guerra que vienen directamente de Alemania.

Oigo a la mayoría de la gente iniciar ese discurso con el "yo no soy racista, pero..." para continuar hablando de las ayudas que se les regalan, de cómo se les facilita la vida, de cómo se aprovechan de nuestra sanidad, de cómo es posible que no tengan nada pero todos vengan con móviles...

Os diré lo que yo veo cada día en mi oficina de gestión y asesoramiento laboral: empresarios españoles que me piden que les explique cómo despedir a tal o cual trabajador que voluntariamente se quiere marchar de la empresa para que pueda acceder a la prestación de desempleo sin problemas; empresarios españoles pidiendo supuestos y cálculos para ver si se pueden ahorrar algo y evitar ingresar dinero a Hacienda y/o a la Seguridad Social (camuflando salario como dietas, camuflando horas extras...); españoles interesándose por cómo funciona el régimen de empleadas de hogar para saber si les sigue interesando tener a su asistenta extranjera en negro o si le supone mucho gasto darle de alta en la seguridad social; empresarios españoles que acuerdan con algunos trabajadores darles de alta a media jornada (y abonar el resto del salario en B) para que así tal o cual juzgado o administración no pueda embargar la nómina; hosteleros españoles que contratan a extranjeros por dos horas los fines de semana, cuando en realidad van a hacer dobletes...

Perdonad si siento que estos - mi compatriotas que luego hablan de lo mal que está todo, de que la política migratoria se va a cargar nuestra economía - son tan culpables como los políticos corruptos o las entidades financieras que desvalijan las arcas públicas. Tanto o más. Perdonad si siento que son mis compatriotas los que, con su corrupción, desvergüenza, falta de escrúpulos y chanchullos, están poniendo en peligro la sanidad pública, las pensiones, y las prestaciones por desempleo.


Lo que crece y fluye en el mundo basta de sobra para todos, y sin embargo aquí, Richard puede reconocerlo en las veinte furgonetas de la policía, se libra una batalla por la supervivencia. ¿Actuará esa misma policía contra los alemanes que, de tan pobres, en Navidad solo pueden comer asado de ganso robado? Más bien no, piensa Richard, de lo contrario habría visto ya muchas veces apostadas frente a alguna filial bancaria veinte furgonetas llenas de policías completamente equipados para detener a los directores culpables de desfalcar miles de millones. En efecto, piensa, lo que sucede ante sus ojos parece un teatro, y de hecho lo es, es un frente artificial que oculta otro frente real. El público ruge reclamando sangre y los gladiadores sacan a la arena su vida de verdad. ¿Ya hemos olvidado, precisamente en Berlín, que una frontera no solo mide el tamaño del enemigo, sino que también lo crea?

Si tenéis alguna duda sobre lo fácil que lo tienen los inmigrantes y los refugiados para conseguir papeles, entrad a revisar las instrucciones, requisitos y formularios que son necesarios para un permiso de residencia y trabajo o una solicitud de asilo y pensad en si, conociendo el idioma, conseguiríais rellenarlos y presentarlos correctamente en una única vez. La maraña burocrática solo les hace ganar tiempo, pero no es ninguna garantía de obtener una residencia legal y acceder a todas esas ayudas de las que tanto se habla.

Podríamos recordarles también, a quienes dicen que todos los españoles que emigraron durante la guerra y la posguerra iban con sus papeles en regla, si el medio millón que cruzó la frontera a Francia huyendo de la represión franquista, también llevaban debajo del brazo un contrato.

Geometría burocrática, un concepto que leyó hace unos días en la obra de un historiador sobre las consecuencias del colonialismo. A los colonizados se los ahogaba en un mar de burocracia. Una manera ciertamente sutil de impedirles toda acción política. ¿O es que aquí simplemente se estaba defendiendo a los buenos alemanes de los malos alemanes? ¿Acaso se protegía al <<pueblo de los poetas>> del peligro de ser llamado otra vez el <<pueblo de los asesinos>>?

Leed Yo voy, tú vas, él va, aunque solo sea por ver la otra cara de la moneda. Quizá no es una novela perfecta (he echado en falta algún testimonio femenino, entre otras cosas), pero al menos nos permitirá ver otra versión de los hechos.