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19 de julio de 2020

Lost in... como estado natural


"Goya", sustantivo proveniente del urdu: Dejarse llevar por la imaginación hasta sentir algo ficticio como real.



Goya es el reino de la fantasía, de historias asombrosas capaces de hacerte olvidar dónde estás y qué estás haciendo; historias que te elevan hasta alturas inimaginables o que te permiten surcar océanos sin saber dirigir un timón. (De "Lost in translation",  Ella Frances Sanders publicado por Libros del zorro rojo)



Goya es una de las palabras intraducibles que existe, como lo son saudade o tsundoku y habla de ese dejarse anestesiar por la ficción. ¿No creéis que en estas últimas semanas, está siendo imprescindible?

En mi caso no hablo solo de la pandemia y sus consecuencias: lo inasumible que está resultando la nueva normalidad, el aluvión de malas noticias, los discursos de odio, los enfrentamientos en las redes... Están también los acontecimientos que te afectan de una manera más personal. No sé qué pasa que últimamente mujeres a las que quiero y aprecio están pasando por situaciones bastante alejadas de lo que podríamos considerar baches en el camino: son como un océano en mitad del sendero y te pillan sin una mísera piragua. No es suficiente con apretar los dientes y seguir adelante, no al menos sin valorar primero todos los escenarios. Quizá por eso hay veces en las que una se encuentra torpe e inerme para dar alivio.

Esta semana, de camino al trabajo, estoy leyendo El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo, de Irene Vallejo. Premio el Ojo Crítico de Narrativa 2019 y Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020. Dice su biografía que estudió Filología Clásica y obtuvo el Doctorado Europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia. Lo que yo puedo afirmar de ella es que ama lo que conoce y lo transmite con el mismo amor y pasión. El infinito en un junco está siendo mi goya. Ese paréntesis ante la realidad. Es consuelo. Prometo dedicarle una entrada solo por el gusto de alargar la despedida.

En El infinito hay una cita a un poema de Wislawa Szymborska. Creo que sabía mucho sobre la naturaleza humana, sobre el comportamiento, sobre la vida. En estos tiempos convulsos en los que resulta difícil mantener la esperanza hacia nuestros congéneres, Szymborska dirige sabiamente el foco.


CONTRIBUCIÓN A LA ESTADÍSTICA

De cada cien personas,
las que todo lo saben mejor:
cincuenta y dos,
las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,
las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,
las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,
las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho,
las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,
las capaces de ser felices:
como mucho, veintitantas,
las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,
las crueles
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,
las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori,
las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,
las encorvadas, doloridas
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,
las dignas de compasión:
noventa y nueve,
las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.


No sé vosotras, pero yo ando muy perdida estos días, con esa sensación de ir dando palos de ciego, de estar dentro de un engranaje en el que no te sientes cómoda.
He pasado de la incertidumbre más absoluta a la planificación más exhaustiva. Parece recurrente en las conversaciones que tengo con algunas amigas eso de estar más centrada en el futuro, en los planes, en los retos y en todas las expectativas que en el propio presente. Y sin darme cuenta finaliza julio y me siento en un estado a contrarreloj. Cuántas veces somos conscientes tarde de que se nos han ido los días, perdidos... y esos ya no vuelven. Así que hoy he pensado que quizá, a partir de ahora, debería de centrarme más en el ahora y, como me decía el otro día una amiga, familiarizarme con el término objetivos razonables.

Me he traído un poema de Alfonso Brezmes para apuntalar este deseo. Tomar conciencia del ahora.


LOS PUNTOS INVISIBLES

Desconfío de las rectas:
van a donde quiero ir,
no por donde quiero ir.

La sucesión de los recodos
que conducen a un lugar
¿no son acaso parte del lugar?

¿No dibujan las flechas
dirigidas a un solo corazón
el mapa mismo del deseo?

Una vez estuve a punto de perderme
por querer salir del ahora
para llegar antes al después.

Solamente cuando tardo
porque entro en el paisaje
logro ver los puntos que lo unen.

Sólo cuando me demoro
en el camino que me lleva
logro saber a dónde voy.

A ciertas alturas de la vida,
el por dónde es importante:
Ítaca —ya lo sabíamos—
se desvanece al llegar.


Yo creo que a Irene Vallejo le gustaría, aunque solo fuera por su referencia a Ítaca. Esa Ítaca que tanto se parece a la de Kavafis.


Bonus track.
No sé qué os parecerá a vosotros, pero cerrar el domingo y esta entrada con Ophelia The Lumineers me parece una buena manera de hacerlo.
¡Feliz semana y felices lecturas!









29 de junio de 2020

Vivimos, ergo resistimos

Han pasado casi dos semanas desde mi última entrada. Ayer, mi querida accountability partner publicaba una entrada en su blog titulada In extremis (podéis leerla aquí) relatando lo que supone tener una semana llena de temas pendientes que se quedan en stand by, sin cumplir.


La leía y me sentía muy identificada porque mis últimas dos semanas se reducirían a productividad laboral. Y aparte de eso, bastante poco. Conseguí terminar Grita libertad, de John Briley. Las lecturas que tenía empezadas estaban bien, pero mi cabeza necesitaba algo de ficción, así que recurrí a este libro que es mitad guion de película, mitad relato sobre la vida del activista sudafricano Steve Biko. El resto de mi limitado tiempo de ocio lo he invertido en dejarme conquistar, de nuevo, por la maravillosa serie Downtown Abbey, en versión original. Creo que pocas series pueden aunar tan bien la estética, la fotografía, el retrato de una época, el humor y el drama. Mención aparte merece el elenco de actores y actrices.

Al menos el fin de semana he podido viajar a visitar a parte de mi familia y recordar por qué en Madrid siempre me sentiré un poco forastera. Hay cosas que una siempre sabe.

Empezaba hablando de la entrada de Una bloguera eventual porque leerla me ha hecho ponerme delante de la pantalla y ella, más que ninguna otra, sabe lo importante que es para mí (para nosotras) cumplir con este ritual de enfrentarnos a la hoja en blanco y publicar. Porque así ocurre a veces, necesitas que alguien te motive para pasar a la acción. Sin embargo, mientras la leía pensaba que no quería quedarme con su enfoque, no quería sentir que una semana sin cumplir con los objetivos era una semana perdida. Creo que ya es bastante frustrante sentir que no se llega a todo, como para dejar que la culpabilidad termine de darnos la puntilla. No hay nada de malo en permitirnos, de vez en cuando, algo de compasión.

«Nuestro destino, afirmaba Ortega y Gasset, es nunca lograr lo que nos proponemos y ser pura pretensión, pura utopía, pues  ❝partimos siempre hacia el fracaso y, antes de entrar en la pelea, llevamos ya herida la sien ❞  »
(fragmento de En la ciudad líquida, de Marta Rebón)


Pienso en que, a veces, nuestra mejor intención no cuenta, nuestros esfuerzos no tienen la recompensa merecida o, como me gusta decir en los días en los que todos los trámites y gestiones se tuercen: cada paso, una escalera. Algo de razón tiene Ortega y Gasset: antes de entrar en la pelea, llevamos ya herida la sien.

Pero no me quiero quedar con lo que no conseguimos, con lo que estropeamos, con lo que perdemos. Por eso, cuando descubrí el Kintsugi supe que era ese tipo de cosas de las que querría hablar en el blog. Fue en una serie donde escuché por primera vez el término y su sentido. Google os mostrará miles de fotos y os llevará a su significado a un golpe de clic. Yo vuelvo a recurrir a Marta Rebón y esa manera tan diestra que tiene de explicarlo en su libro:

«Existe una tradición japonesa que se remonta a finales del siglo XV, el Kintsugi, consistente en reparar las piezas de cerámica rotas mediante el encaje y la unión de sus fragmentos con barniz de oro.
Así, la cerámica recupera su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transforman su esencia estética y evocan el desgaste que el tiempo obra sobre objetos e individuos, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. El kintsugi es una metáfora valiosa para referirse a los límites de la biografía»



Quien sabe. Estas dos semanas sin escribir, sin apenas leer, en las que he sentido que se me ha escapado el tiempo y la vida, quizá también fueran importantes. Quizá por eso hoy escribo intentando unir las piezas, intentando que la ausencia pueda repararse, que apenas se note.

Decía Leonard Cohen: Hay una grieta en todo, así es como entra la luz.


14 de junio de 2020

Mi vida en la carretera - Gloria Steinem

En realidad, no sabemos qué decisiones del presente condicionarán el futuro. Pero tenemos que actuar como si todo lo que hacemos importara. Porque podría ser así. 
Como decía mi madre: «La democracia es una semilla que sólo se puede plantar allá donde estés»


Ni pena ni miedo, es la frase que el poeta Raúl Zurita hizo excavar en el desierto de Atacama, tiene 3.140 metros de longitud y solo puede verse desde el aire.
Me gusta lo que representa, eso de pensar en la posibilidad de una vida sin pena ni miedo, donde sentimientos así no gobernaran  nuestras decisiones.

He pensado en ello al terminar Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem. La editorial Alpha Decay resume bastante bien en la sinopsis lo que vamos a encontrar entre sus páginas.

«Cuando la gente me pregunta por qué aún mantengo la esperanza y mi energía después de todos estos años, siempre digo lo mismo: “porque viajo”. Emprender un camino, y con esto quiero decir que sea el camino quien te lleve a ti, ha cambiado mi forma de ser. La carretera es complicada, de la misma forma en que la vida es complicada. Nos aleja de la negación y nos conduce a la realidad, nos aparta de la teoría y nos lleva a la práctica, elimina las precauciones y te pone en marcha, te hace abandonar la estadística para entrar de lleno en las historias. En otras palabras, te saca de tu cabeza y se adentra en tu corazón.»

Gloria Steinem tuvo una infancia itinerante. Cuando era pequeña, su padre solía meter a toda la familia en el coche y conducir, cada otoño, a lo largo de Estados Unidos en busca de aventuras para ganarse la vida. Y así se plantó la semilla: Steinem se dio cuenta de que crecer no tenía por qué significar estar siempre en el mismo lugar. Así comenzó una vida dedicada al viaje, al activismo y al liderazgo, a escuchar las voces de quienes inspiran el cambio y la revolución. Mi vida en la carretera es la historia amena, conmovedora y profunda de cómo Gloria fue creciendo, y con ella también creció el movimiento revolucionario por la igualdad, desde su primera experiencia de activismo feminista en India a su trabajo como periodista en los años sesenta; del torbellino de las campañas electorales a la fundación de la revista Ms.

Con una prosa rica y reveladora, Gloria nos recuerda que, si vivimos con la mente abierta, atentos y siempre «en la carretera», podemos cambiar, aprender sobre nosotros mismos y entender a los demás.


Me ha resultado bastante enriquecedor leer esta especie de memorias-diario de momentos históricos de mano de esta activista feminista la misma semana que se archivaba el caso 8M: la investigación por un presunto delito de prevaricación al permitirse la manifestación previa a la crisis del coronavirus. La misma semana en la que un periódico sacaba en portada en grandes letras mayúsculas: "Abofeteé a J.K.Rowling y no me arrepiento", palabras del ex-marido de la famosa escritora de la saga Harry Potter. La misma semana en que dicha escritora ha sido también linchada en twitter y acusada de TERF, es decir, de transfobia. Quizá también influya que ya tenía la sangre caliente con la irrisoria condena a los miembros de la manada por su agresión en Pozoblanco, o la sentencia que nos llegó de Argentina en la que absolvían  a seis hombres acusados de violar en grupo a una menor de 16 años alegando que actuaron por "desahogo sexual".

Veréis, a mí hay veces que me dan ganas de tirar la toalla, de no mojarme, de optar por el esta guerra no es mía o el no merece la pena pringarse. Y lo digo porque a pesar de lo que haya podido parecer en el pasado, la polémica me gusta lo justo. Lo que espero conseguir cuando denuncio algo que considero injusto es hacer reflexionar, no tener que estar defendiéndome, ni sentir la condescendencia de ciertos comentarios o ver que hay quien aquí opina una cosa y luego hace otra muy diferente. No por nada sigo sin tener WhatsApp ni Twitter.  Yo creo que ambos me acortarían la vida.
Pero un día lees a Gloria Steinem e inmediatamente piensas en que hay personas como ella que están aquí para cambiar vidas, para mejorarlas o, al menos, para tomar conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor. Simplemente te das cuenta de que la inacción no es una opción.

«Recordad: "Por un clavo se perdió una herradura, por ésta se perdió un caballo, por éste un jinete, por éste se perdió una batalla, y por ésta se perdió la guerra". Esta parábola debería servir de mantra para todos los que opinan que su voto no cuenta.»

Gloria Steinem ha dedicado toda su vida a escuchar a mujeres y a darles voz donde no la tenían. A dar charlas y recaudar fondos para causas particulares o para candidat@s políticas. En su libro, Steinem habla sobre temas muy diversos: desde el sexto sentido que los taxistas tienen con la política y el voto de los ciudadanos, la lucha de las azafatas de vuelo por mejorar su estatus personal y laboral, la situación de las mujeres en los campus universitarios, la importancia de militar políticamente y la de poner en valor a las diferentes comunidades nativas. No negaré que me he perdido en ciertos momentos, quizá por la diversidad de temas que es capaz de abarcar en tan pocas páginas.

«Me he dado cuenta de que el conflicto estimula a los grandes líderes políticos. A mí, en cambio, me estimula escuchar historias ajenas y tratar de dar con soluciones que satisfagan a todos. Ésta es la labor de una activista.»

Menciona también la polémica que se generó entre ella y Betty Friedan, la autora de La mística de la feminidad. Buscando información sobre ello me encuentro con que HBO emite una serie llamada Mrs. America donde se pone de relieve el enfrentamiento que ambas mantuvieron, a pesar de dirigir sus esfuerzos hacia un mismo objetivo: la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos.

Quienes opinan que el feminismo es una moda, deberían leer a Gloria Steinem. No importa el tiempo que pase, los mismos problemas a los que se enfrentaba ella y sus contemporáneas, las mismas tristes anécdotas que hablan de discursos políticos que intentan mantener el control sobre el cuerpo de la mujer y de las manifestaciones en contra del movimiento feminista, siguen en nuestros días. Las mismas muestras machistas en los medios de comunicación en forma de titulares que buscan el descrédito de ciertas figuras feministas, las mismas fricciones que dividen al movimiento, la misma falta de justicia, la misma injusticia racial...

«En las elecciones presidenciales de 2008, el presentador derechista Rush Limbaugh se opone a la candidatura demócrata de Hillary Clinton acusándola de llevar trajes con pantalón para ocultar unas piernas "feas", mientras que aplaude a Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia de los republicanos por llevar faldas que lucen sus "buenas" piernas.»


«El nombre del órgano vaticano que investiga a las monjas es la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo que encabezó la Inquisición, conocida como el Holocausto femenino porque nada menos que ocho millones de mujeres curanderas y lideresas de la Europa precristiana fueron asesinadas mediante torturas y quemadas en la hoguera a lo largo de más de cinco siglos. Su principal pecado fue el de transmitir los conocimientos de hierbas abortivas que permitían a las mujeres decidir si querían parir, y en qué momento.»


Citaba al principio la frase de Raúl Zurita porque estoy segura de que la vida de Gloria Steinem no habrá sido un camino de rosas. Ella misma menciona las veces que tuvo que enfrentarse a grupos antiabortistas que la llamaron asesina y a medios de comunicación que obviaban su discurso para poner en valor su físico. Sin embargo, ahí está todo un legado para las nuevas generaciones. Y a mí me ha recordado que hay causas e ideas que merecen ser defendidas y que necesitan de todos los medios disponibles para darles voz o para ser denunciadas. Y deberíamos hacerlo sin pena, ni miedo.




7 de junio de 2020

La belleza de la luz regala el día - Marcos Ordóñez (Una cierta edad)



Sabiduría de Leonard Cohen: 
«Nunca hay que lamentarse. 
Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos, 
que sea en los confines estrictos de la dignidad y la belleza 
(Discurso de la recepción del Premio Príncipe de Asturias).»



No debe ser casualidad que mis últimas elecciones lectoras sean ensayos o textos autobiográficos. En concreto estoy enredada en tres lecturas muy diferentes de las que voy extrayendo reflexiones, citas y pensamientos. Son El infinito en un junco, de Irene Vallejo; Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem y Una cierta edad de Marcos Ordóñez. 

Creo que cada una de estas lecturas merece su propio espacio en el blog, así que me centraré en Una cierta edad. Marcos Ordóñez me deslumbró con su novela Detrás del hielo, así que cuando vi que había publicado un libro a modo de dietario/diario, con anotaciones y reflexiones que abarcan desde 2011 a 2016, no me lo pensé.

Ordóñez nació en 1957, tiene la edad de mi madre, y hay momentos en los que soy muy consciente de la diferencia generacional. En sus textos hay referencias literarias y cinematográficas que yo nunca tuve ni tendré. Pero lo curioso es que el libro está salpicado de temas universales y ahí sí que se produce la conexión. 

«Necesitamos la precisión del arte, un arte que fije y nos fije; necesitamos ese punto y aparte que, colocado en el lugar correcto, como pedía Isaak Bábel, nos desgarre el corazón con la fuerza de unas tenazas.»

Una cierta edad habla de cine, de literatura y del oficio de escribir, de la crítica y los críticos, de la sabiduría de la calle y la de las grandes sentencias de ciertos personajes famosos y admirados. Hay un poquito de mirada social y de mirada íntima. Hay anécdotas, un poco de ironía y algunos recuerdos pasados por el tamiz de la felicidad, fugaces y únicos. 

«Toda vida es una sucesión de vidas breves, como bien contó Onetti: por eso nos cuesta siempre reconocernos en las viejas fotos. El problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual. O al revés: que cuando crees haber aprendido el funcionamiento de la máquina, un tropiezo de raíces muy lejanas te hace ver que no has cambiado tanto como creías. La vida te pone siempre en su sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene.»

Me reconforta leer los pensamientos de Marcos Ordóñez en estos tiempos convulsos porque ya sabéis que tengo tendencia al pesimismo y lo que ocurre en nuestro mundo no invita al optimismo; a pesar de todo, soy consciente de estar siendo testigo del cambio: una pandemia global, la crisis climática y la migratoria, la lucha feminista y el movimiento contra el racismo... No son meros eslóganes. Espero que en el futuro, los pequeños hitos, queden reflejados en los manuales de Historia. 

«La historia es conocida. Nietzsche en Turín. Una oscura y borrascosa tarde de invierno rompe a llorar y se abraza a un viejo caballo azotado sin piedad por el cochero. Quizás los hombres se dividan entre quienes consideran ese acto como el comienzo de la locura del filósofo y quienes perciban la grandeza de su alma, y lloren también, un poco, y vean en los ojos del viejo caballo a todos los inocentes bajo la fusta de los bárbaros.»

Quizá si un día hiciera como Marcos Ordóñez y decidiera tomar notas sobre lo que ocurre y sobre lo que me importa, todos estos temas llenarían páginas y páginas. ¿No lo es ya acaso, aunque sea un poco, este blog? Pero seguro que también los lugares seguros y comunes que toca el autor y que ya he mencionado. 

Dice Ordóñez«Hablando puedes decir incontables memeces; escribiendo tienes la oportunidad (y diría que la obligación) de repensarlo.»

Puede que suene a obviedad, pero a mí me parece una de esas conclusiones a las que uno llega cuando ha traspasado una cierta edad.


24 de mayo de 2020

No es difícil dominar el arte de perder.

«No es casual, decía Serguéi Dovlátov,
que todos los libros tengan forma de maleta.»



No sé si alguna vez os lo he contado, pero yo empecé a leer y a entusiasmarme con los libros cuando me mudé a Madrid. Este 2020 se cumplirán diez años. Durante los tres anteriores estuve en tres lugares diferentes por motivos laborales, así que podríamos decir que estaba habituada a los cambios y adaptaciones. Pero lo cierto es que Madrid impresiona, su frenesí te zarandea, su cosmopolitismo te fascina y durante la estancia experimentas sentimientos tan dispares como el terror y la seducción. Una de las reglas para sobrevivir ante la expectativa de pasar entre diez y doce horas fuera de casa es elegir cómo llenar los huecos temporales entre la ida y la vuelta al trabajo. Fue gracias a los libros que conseguí pasar el trance y me acostumbré a esa rutina donde ir a trabajar tenía como aliciente llevarme a cualquier otro lugar, gracias a sus páginas.

Empezaba el año contándoos que había hecho un parón laboral y disfrutaba de las mieles del descanso y de la vida contemplativa. No os miento, ha sido lo mejor que he hecho en años y no me arrepiento ni un poquito. Tenía algunos planes a largo plazo pero entonces llegó el coronavirus y nos pasó por encima como una ola traicionera: te coge desprevenida y cuando quieres darte cuenta estás en la orilla tosiendo agua salada y escupiendo arena. Y qué miedo pasas hasta que tus pies tocan tierra firme. Qué miedo hemos pasado, qué terribles pérdidas y vidas truncadas, cuántos planes, proyectos e ilusiones arrasados. Y lo que nos queda por ver y vivir.

El caso es que mi sector es uno de los esenciales, así que vuelvo a estar en activo. Y después de toda esta introducción -creedme, tiene sentido- os voy a hablar de por qué me ha gustado tanto En la ciudad líquida, de Marta Rebón.

En la ciudad líquida es mucho más que una ciudad, mucho más que un viaje, mucho más que un libro. Es seguir a Dostoievski en su primer periplo por Europa, visitar la habitación y media de Brodsky en San Peterburgo, la dacha donde Pasternak compuso su Doctor Zhivago o las fincas familiares de Nabokov. Mediante ensayos narrativos y crónicas personales, la autora traza un fascinante mapa de vidas y obras literarias y de su impacto en nuestras geografías más íntimas. Las ciudades líquidas son aquellas cuyos contornos se reflejan en las aguas de un río o de un mar. Para la autora, son también una metáfora del espacio interior en que uno se sumerge cuando, en estado de suspensión, se lee, se traduce o se escribe. Pero lo que hay dentro de este libro no se puede explicar. Marta Rebón, una de las más importantes traductoras del ruso de este país, hace un recorrido íntimo y profundo por la literatura, los paisajes y las lenguas que han determinado su vida. Esta obra es un homenaje a autores como Chéjov, Dostoievski, Pasternak o Nabokov, entre muchos otros, y es un homenaje a la palabra y a su doble filo, ya que en ella habitan a la vez la silueta y su reflejo, como ciudad líquida que también es. La magnífica escritura de Marta Rebón nos ofrece ahora una nueva perspectiva: su propia mirada del mundo, su elegante voz, su sabiduría. Cada año Caballo de Troya invita a un editor a que coja las riendas del sello dejándole su impronta personal. En la ciudad líquida es la quinta novela que Lara Moreno recoge en la colección durante su año de regencia.


«En Rusia, literatura y exilio han ido de la mano. Entre los que partieron durante el siglo pasado están, por citar algunos ejemplos, Nina Berbérova, Gaito Gazdánov, Gueorgui Vladímov, Vasili Aksiónov, Joseph Brodsky o Serguéi Dovlátov; entre los que se quedaron, Anna Ajmátova, Borís Pasternak, Mijáil Bulgákov, Ósip Mandelstam, Isaak Bábel, Vasili Grossman o Lidia Chukóvskaia.»



Antes de leer el ensayo de Rebón, había empezado el libro "La palabra arrestada", de Vitali Shentalinski (y en la que Marta Rebón participa en la traducción),  una especie de recopilación de los casos más sangrantes de escritores rusos que fueron arrestados, deportados, torturados y perseguidos por la maquinaria de Stalin, con reproducciones de los interrogatorios incluidas. Podríamos decir que La palabra arrestada abrió mi apetito y En la ciudad líquida ha resultado ser un complemento perfecto dada la temática y la manera de contar de la autora.

Como se indica en la sinopsis, Marta Rebón es traductora de ruso y su ensayo es un paseo por varias ciudades (desde Moscú hasta Tánger), una recopilación de fotografías (solo por eso merece la pena la edición en papel) y una pequeña selección de citas de autores que van hilando este ensayo: un homenaje a la literatura, a los grandes autores rusos, al poder de la palabra, al oficio de escribir y contar historias.


Mi vida nunca ha sido ni será comparable a la de los escritores rusos exiliados (¡menuda obviedad!), pero sí puedo entender la sensación de nostalgia, de exilio y de viaje enriquecedor del alma.

«Tánger es una ciudad donde todo el mundo vive con cierto grado de incomodidad, decía Paul Bowles». 

A mí me parece que habla de Madrid.

«Tarkovski, por el contrario, solo entendía un tipo de peregrinación, el viaje interior: "No aprendemos nada al recorrer la superficie de la Tierra. Todo aquello que somos lo llevamos a cuestas. Acarreamos la casa de nuestra alma como las tortugas cargan con su caparazón. Viajar por países del mundo solo es un viaje simbólico"».


En la ciudad líquida me ha acompañado esta semana en mis trayectos al trabajo, en el cercanías y en el metro.

  «El tren es el medio de transporte más literario de Rusia, atraviesa con asombrosa frecuencia novelas y poemas».

He sentido sus páginas y las he disfrutado porque, al igual que la autora, soy una cazadora de citas literarias y fragmentos y disfruto mucho intercalándolos en mis entradas. Reconozco el estilo y por eso lo aprecio. También porque hay veces que el día a día se te hace muy pesado, necesitas que alguien te aligere esa carga y durante un tiempo te cuente historias, te embelese. 

Quienes me conocen saben que vivo este exilio de mi ciudad natal como una pérdida. Incluso este último cambio, volver a la actividad frenética del trabajo, los horarios de trenes y la adaptación a la "nueva normalidad" significan el aplazamiento de cualquier proyecto, la pérdida de esta vida pausada y rica a la que me he acostumbrado con tanta rapidez en los últimos meses. Por eso me resultó toda una #señal encontrar esta referencia a Elizabeth Bishop.

«Elizabeth Bishop nos recuerda algo tan simple, a la vez que esencial, como que vivir es aprender a conjugar el verbo perder: "Pierde algo cada día. Acepta el sobresalto/ de las llaves perdidas, de la hora malgastada./ No es fácil dominar el arte de perder».

Yo creo que terminar esta entrada con la recomendación de que os acerquéis a En la ciudad líquida y la transcripción del poema completo de Bishop es una buena manera de cerrarla.
Mientras acaricio la ganancia de cada nuevo día, intento vivir aprendiendo a conjugar el verbo perder.


Un arte

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.





12 de mayo de 2020

Los que fuimos, los que somos, los que seremos

Hace unos días vimos la película de Christopher Nolan, El caballero oscuro. Teníamos ganas de ver al Joker de Heath Ledger y compararlo con el de Joaquin Phoenix. Si después de verlos no pensáis que se merecían sus respectivos Oscar es que no tenéis corazón. Aquí os aviso de que voy a hablar de una escena de la película así que, si no la habéis visto y no queréis saber detalles, este es el momento de parar de leer.

Hay una escena, hacia el final, en la que dos ferris llenos de gente pretenden abandonar una Gotham que va a ser destruida. En uno van ciudadanos de a pie, en el otro van presos y delincuentes. El Joker -en un alarde de querer demostrar que hay algo negro y oscuro en cada uno de nosotros-, ha introducido un detonador en cada ferri. Suena su voz a través de los altavoces e informa a los pasajeros de que el destino de ese transbordador está en manos de los pasajeros del otro, que si quieren salvarse tendrán que volar por los aires al otro barco antes de que sean ellos quienes lo hagan con el suyo. Y aquí se inicia el dilema: ¿son los delincuentes dignos de perdón o de confianza? ¿vale más la vida de un ciudadano sin antecedentes que la de un preso?
El Joker cree que, llegada la hora, alguien detonará las cargas explosivas por miedo a que "el otro" se adelante. Pero no ocurre. Ningún pasajero, delincuente o no, quiere tener bajo su conciencia la muerte de miles de personas.
A mí esta escena me gustó mucho porque oye, a todos nos toca el corazoncito que nos recuerden que siempre hay un resquicio para la esperanza, para creer en la bondad humana. Así funciona la ficción.

De vuelta al mundo real, al hoy, creo que algo de ese espíritu optimista y reconfortante hizo que algunos dijeran que íbamos a ser mejores después de esto y que algo bueno aprenderíamos. A estas alturas yo creo que como deseo está bien pero en el fondo sabemos que, como la escena de El caballero oscuro, que eso ocurra pertenece al mundo de la ficción.

Siempre me gustó esa famosa afirmación de Maya Angelou: «He aprendido que puedes descubrir mucho acerca de una persona si te fijas en cómo se enfrenta a estas tres cosas: perder el equipaje, un día de lluvia y una ristra enredada de luces de Navidad». Qué pensaría Maya si hubiera vivido solo unos años más para ver los estragos de esta pandemia.

En mi cuaderno de citas anoté el siguiente fragmento:

«La bondad es más provechosa que la verdad. Un hombre que hace el bien es más necesario que uno que persigue la verdad. La edad me ha hecho desconfiar de la verdad, por excluyente y dogmática, y me ha hecho abrazar la bondad, por frágil y escasa. No me interesan demasiado las personas que hablan en nombre de la verdad, ni siquiera cuando esa verdad apela a mis convicciones más íntimas. En cambio me conmueven las personas capaces de ejecutar la bondad. La novela en mi opinión más extraordinaria escrita en España durante la segundad mitad del siglo pasado lo expresó con la rotundidad de un apotegma: "El mayor misterio no reside en la existencia del mal, sino en la del bien».

El fragmento pertenece a la novela de Ricardo Menéndez Salmón, No entres dócilmente en esa noche quieta, y la cita entrecomillada es del libro Escuela de mandarines, de Miguel Espinosa.

Como a Menéndez Salmón, a mí también me conmueven las personas capaces de ejecutar la bondad y añadiría que me atraen como una polilla a la luz aquellas que ejecutan la empatía, la crítica, la reflexión y la humildad. Lo cierto es que no hay nada como una situación de crisis para confirmar tus mayores temores y certezas: nuestro tiempo es finito y más vale hacer frente a la falacia de que necesitamos un millón de contactos y amigos virtuales. Lo mismo ocurre con los ídolos de barro. Un día se presentan investidos de dignidad y sabiduría y poco tiempo después descubres que en realidad lo que les empuja y levanta es la soberbia y la fama.
Corren tiempos difíciles así que prestad atención: a quienes seguís, a quienes regaláis vuestro tiempo y a quienes mantenéis a vuestro lado. Tened siempre presentes las palabras de Maya Angelou y pensad en quienes fuisteis, sois y esperáis ser en el futuro. Con todo esto no pretendo convertirme en ninguna gurú, más bien os cuento lo que a mí me ha ido funcionando y reconfortado.

Hace mucho que no os hablo de lo que leo porque es poco y tengo las energías concentradas en otros menesteres, pero os voy a dejar dos recomendaciones de mis últimas lecturas.


Lo que queda del día (Los restos del día), de Kazuo Ishiguro



Inglaterra, julio de 1956. Stevens, el narrador, durante treinta años ha sido mayordomo de Darlington Hall. Lord Darlington murió hace tres años, y la propiedad pertenece ahora a un norteamericano. El mayordomo, por primera vez en su vida, hará un viaje. Su nuevo patrón regresará por unas semanas a su país, y le ha ofrecido al mayordomo su coche que fuera de Lord Darlington para que disfrute de unas vacaciones. Y Stevens, en el antiguo, lento y señorial auto de sus patrones, cruzará durante días Inglaterra rumbo a Weymouth, donde vive la señora Benn, antigua ama de llaves de Darlington Hall. 

Y jornada a jornada, Ishiguro desplegará ante el lector una novela perfecta de luces y claroscuros, de máscaras que apenas se deslizan para desvelar una realidad mucho más amarga que los amables paisajes que el mayordomo deja atrás.



Creo que existe una norma para poder tildar a ciertos libros de "clásicos". No sé si Lo que queda del día cumpliría con la norma pero para mí lo es. Pensaba que quizá no lo cogía en buen momento pero lo cierto es que si existiera un manual sobre hábitos de lectura y consejos, debería incluirse lo siguiente: si estás pasando una de esas rachas donde solo puedes concentrar tu mente y tiempo de lectura en apenas veinte minutos seguidos al día, al menos hazlo en un libro que merezca la pena. Porque solo ese puede ser el secreto para que te deje un buen recuerdo.
No sé si habéis visto la maravillosa adaptación de esta novela: a Anthony Hopkins bordando el papel de mayordomo estirado, firme y obsesionado con la perfección de su trabajo; a Emma Thompson en el papel de ama de llaves apasionada y prisionera de esa vida, mientras anhela y espera mucho más de ella. Hacedlo. Tanto la novela como la película son una auténtica delicia.


París puede esperar, de Marisa Sicilia


Alicia y Manuel llevan años planeando viajar París, pero en el último momento siempre surge algo que lo impide.

Esta vez ha sido el confinamiento, pero cuando no es una cosa es otra...

Y es que así es la vida. Impredecible.


Este relato es un regalo. Y no lo digo solo porque pueda descargarse gratis, sino porque si rascas sobre la superficie encontrarás mucho más que una bonita historia de una pareja que nunca consigue cumplir su deseo de visitar París. No me cansaré de decirlo: este relato está lleno de verdad. Alicia podríamos ser cualquiera de nosotras y/o todas las mujeres que conocemos. Las que se enfrentaron a su trabajo, a los cambios e imprevistos, a tomar decisiones sobre la maternidad, a intentar que eso que llamamos vida sea lo más plena posible, estrecheces incluidas. Lo que sabemos es que no es tiempo de idealizar nada, porque todo requiere intención y esfuerzo. Por eso también me parece un regalo. Porque no es momento para que nos digan que salir de esto será fácil, nos vale con sentir que podremos hacerlo. Y aquí vuelvo al principio: a todos nos toca el corazoncito que nos recuerden que siempre hay un resquicio para la esperanza. Y eso también es París puede esperar.


Cuidaos mucho, acercaos a personas que sumen y olvidaos de todo lo demás. Pensad en lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Dejad que el viento se lleve todo aquello que no suma y tened siempre en la mesilla un libro donde encontrar consuelo y esperanza.