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25 de octubre de 2020

La literatura como puente entre los pueblos - Amos Oz

«Con solo un hombre decir "no quiero", tembló Roma.»

Espartaco.


Los esperábamos, los vientos de la crisis, de la intolerancia, de la vergüenza. Los discursos del odio y la estupidez, con el altavoz político y ciudadano. Los esperábamos porque nunca fueron nuevos, siempre han existido, no cabe exterminio posible. 

Y, sin embargo, es fácil estar al otro lado. No diré que la lectura cura del fanatismo porque sería un error. Nunca nada es blanco o negro y no existe un pensamiento único. Pero puede que sí encontremos alivio en ciertos discursos y en muchos libros. Esos que te salvan, que te interpelan desde sus páginas: mira, aquí, todavía, hay lugar aún para la esperanza. 

Elegid bien la compañía en los tiempos difíciles. Elegid bien con qué alimentáis el alma. Elegid bien las causas por las que merece la pena batirse el cobre.

Los mensajes más extraordinarios, más emotivos y duraderos, los que más he aplicado en la vida los encontré entre las páginas de los libros. A veces quieres decir algo y no encuentras las palabras precisas porque éstas ya han sido pronunciadas por otros. Por eso hoy dejo el inicio del discurso de Amos Oz, el que pronunció al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007.


«Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.

Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.

Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.

Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.»

Decía Publio Terencio Africano: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto». «Hombre soy, nada humano me es ajeno» 

Y, sin embargo, impera esa sensación de que una se siente más segura en los libros, que fuera de ellos.




12 de octubre de 2020

Las personas son respetables. Las opiniones, no.


«
Un buen sitio desde el que construir es desde donde todo está perdido.
Otro buen sitio desde el que construir es cuando sabes lo que no quieres.»

María Fornet.



Los domingos o los días como hoy, festivos, me gusta sentarme frente al ordenador con un café recién hecho, la luz entrando por la ventana, el sonido de fondo de alguna canción que me inspire. 

Quisiera hablaros de mis últimas lecturas, de Sostiene Pereira de Tabucci o de Los fuegos de otoño de Némirovsky, pero me cuesta centrarme en eso con todo lo que nos rodea últimamente.


Me acompaña la sensación de perder la fe, de estar atrapada en una sociedad que cada vez tiene menos que aportar, con su fingida felicidad y esa insoportable necesidad de opinar de todo y todos sin filtros.


¿Sabéis esos tutoriales que de vez en cuando aparecen en las redes donde una chica pasa veinte minutos explicándote, a ti mujer, todos los trucos para que, usando un sinfín de potingues, acabes teniendo la cara de otra? Otra mucho más exitosa, más bella, menos tú.
Las redes, la sociedad, cada vez se parece más a eso. Un lugar donde el mensaje está más dirigido a encajar, a triunfar, a mostrarte con suficiente maquillaje, sin rendir cuentas de ello. Una aceptable tiranía. De verdad os digo que si ese es el camino del éxito, no estoy dispuesta a recorrerlo.

¿Recordáis esa icónica escena de Origen, de Christopher Nolan? Aquella en la que Di Caprio dice:

«-¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Una bacteria? ¿Un virus? ¿Una lombriz intestinal?
- Lo que el Sr. Cobb intenta decir...
-Una idea. Resistente, muy contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla.»

Estamos rodeados de personas con ideas, personas más que dispuestas a defenderlas, a darlas por válidas y a seguirlas a ciegas. Ideas que no podría compartir ni en un millón de años. Por eso, quizá, resulte un auténtico consuelo escuchar a Adela Cortina, filosofa y catedrática emérita de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, en su charla "Una lección de ética frente a la intolerancia", cuando dice:


«(...) Hay que distinguir dos cosas muy claramente. A las personas, a las personas hay que respetarlas siempre. A las personas. Otra cosa son sus opiniones. No todas las opiniones son respetables, ni muchísimo menos. Y recuerdo que, después de la época de Franco, que estábamos todos muy modosos, la gente decía cualquier tontería y se decía: “Esa es una opinión y, por lo tanto, muy respetable”. Pues no.

Hay opiniones que son nada respetables. Las personas son respetables, las opiniones, no. Las opiniones se tienen que ganar el respeto. Y lo que no se pueden tolerar son las opiniones que no son respetables. Entonces, hay que ser tolerante con las personas que son intolerantes, pero no con sus opiniones, no con sus puntos de vista. (...)

(...) Pero por eso tenemos que hacer la tarea ética y tenemos que hablar mucho en las sociedades de esto en voz alta y argumentar y desvelar juntos qué es lo que nos parece que, efectivamente, sí es respetable y qué no lo es ya. Porque, si no, al final cada quien dice lo que se le ocurre y parece que es todo igualmente valioso. Pues mire, no. Hay cosas que no son admisibles, que no son presentables y que no son respetables, y otras que sí y que hay que abundar mucho en ello.»

Empezaba esta entrada con las palabras de María Fornet: un buen sitio desde el que construir es desde donde todo está perdido.

En eso estamos. Construyendo desde donde todo está perdido. Resistiendo. Porque, en palabras del profesor de filosofía Josep María Esquirol«El resistente se resiste al dominio y a la victoria del egoísmo, a la indiferencia, al imperio de la actualidad y a la ceguera del destino, a la retórica sin palabra, al absurdo, al mal y a la injusticia.»

Voy a cerrar esta entrada con un poema de Enrique Gracia Trinidad, recogido en 11-M. Poemas contra el olvido.

Toda una declaración de intenciones, una revolución.


«No»


No hay bandera que valga un sólo muerto.

No hay fe que se sujete con el crimen.

No hay dios que se merezca un sacrificio.

No hay patria que se gane con mentiras.

No hay futuro que viva sobre el miedo.

No hay tradición que ampare la ignominia.

No hay honor que se lave con la sangre.

No hay razón que requiera la miseria.

No hay paz que se alimente de venganza.

No hay progreso que exija la injusticia.

No hay voz que justifique una mordaza.

No hay justicia que llegue de una herida.

No hay libertad que nazca en la vergüenza.




«La vida en común depende del comer juntos, y de ahí que todas las imágenes de aislamiento -que no de soledad- tengan algo perturbador. El pan, la sal, la fiesta, el duelo y la paz: de todo esto que se comparte depende la siempre difícil y precaria comunidad del nosotros.»
(Josep María Esquirol. La resistencia íntima)


20 de septiembre de 2020

Los chicos de la Nickel - Colson Whitehead

Los chicos de la Nickel, de Colson Whitehead, ha sido galardonada con el Premio Pulitzer 2020 y publicada este mes de septiembre por el grupo editorial Penguin Random House. A pesar de tener su anterior obra, también Premio Pulitzer -El ferrocarril subterráneo-, esperando en mi estantería no pude resistir la atracción que me produjo su sinopsis.

Desde pequeño, Elwood Curtis ha escuchado con devoción, en el viejo tocadiscos de su abuela, los discursos de Martin Luther King. Sus ideas, al igual que las de James Baldwin, han hecho de este adolescente negro un estudiante prometedor que sueña con un futuro digno. Pero de poco sirve esto en la Academia Nickel para chicos: un reformatorio que se vanagloria de convertir a sus internos en hombres hechos y derechos pero que oculta una realidad inhumana respaldada por muchos y obviada por todos. Elwood intenta sobrevivir a este lugar junto a Turner, su mejor amigo en la Nickel. El idealismo de uno y la astucia del otro les llevará a tomar una decisión que tendrá consecuencias irreparables.

Después de El ferrocarril subterráneo, Colson Whitehead nos brinda una historia basada en el estremecedor caso real de un reformatorio de Florida que destrozó la vida de miles de niños y que le ha hecho merecedor de su segundo premio Pulitzer. Esta deslumbrante novela, a caballo entre el momento presente y el final de la segregación racial estadounidense de los sesenta, interpela directamente al lector y muestra la genialidad de un escritor en la cima de su carrera.



Habitualmente, los casos de abusos y agresiones físicas a menores han tenido cierta presencia en el cine: Los niños de San Judas, Sleepers, Spotlight..., son algunos ejemplos. Los chicos de la Nickel está inspirada en la historia de la escuela Dozier para Chicos de Marianna, Florida. Lo que se vendía al mundo como un reformatorio-escuela era en realidad un lucrativo negocio para sus administradores y trabajadores que disfrutaban además de total impunidad para aplicar malos tratos a los jóvenes que acababan tras sus muros. La diferencia es que el componente racial suponía un plus para traspasar todos los límites. Jóvenes que acababan allí con cargos y acusaciones por delitos menores que, una vez dentro salían más dañados o, en el peor de los casos, no salían. Especialmente si eras negro.

La historia de Elwood y Turner le sirve a Whitehead para denunciar algunas de las prácticas que allí se realizaban: la corrupción, los malos tratos, las secuelas. El autor no necesita dar demasiados detalles para que entendamos lo que ocurría en el centro y para volver a poner al descubierto el nivel de racismo que existe en EEUU. Lo muy profundamente arraigado que está. El racismo ha sido siempre una infección que se extiende sin hacer demasiado ruido, pero cuyos efectos son devastadores. En los últimos tiempos, los dispositivos móviles están poniendo en evidencia y mostrando lo que los afroamericanos llevan décadas denunciando.

Pensaba en lo ingenuo que es decir nivel de racismo que existe en EEUU. Imagino que forma parte de esos mecanismos de alejamiento de la realidad que tanto usamos en nuestra sociedad. Como si eso fuera cosa de los americanos y de nadie más. Como si aquí no existiera una infección en el mismo sentido, aunque con perfil bajo.

Hace algunas semanas, cuando todavía tenía que coger un cercanías para desplazarme al trabajo, fui testigo de uno de esos momentos que son como una bofetada de realidad. Entraba en la estación y vi como un chico con uniforme de seguridad le decía a otro compañero que se dirigía al andén algo así como déjalo en paz. El individuo en cuestión: varón, metro noventa de estatura, corte de pelo a cepillo, andares de Clint Eastwood impartiendo justicia y cuerpo de gimnasio con exceso de esteroides. Todo su lenguaje corporal lo gritaba a voces: era un capullo buscando un saco de boxeo a las siete de la mañana. La víctima, un chico negro que estaba sentado en uno de los bancos del andén. Desconozco la grave infracción que había cometido pero el resultado fue que el machaca de turno tuvo que ser apartado del andén por dos compañeros mientras éste insultaba y amenazaba al usuario del tren que se mantuvo en todo momento sentado en el banco sin responder a sus provocaciones. Lo que todos supimos en ese momento fue que la persona que se suponía que debía de velar por la seguridad de todos los usuarios del transporte era dos cosas: un abusón y un racista. Están por todas partes. Últimamente se disfrazan de patriotas.

No creo que los libros conviertan a las personas, las hagan mejores, sean el antídoto para todo.  Simplemente no es algo universal y sería naíf pensar que una persona que lee refuerza los valores que toda sociedad debería defender y sobre los que debería asentarse. Pero creo que leer Los chicos de la Nickel puede ser una buena manera de no mirar hacia otro lado, de ampliar y reflexionar sobre lo que ya sabemos o creemos que sabemos. Una forma de entender por qué, cada vez que salta la noticia de una nueva agresión policial en EEUU, los afroamericanos salen a sus calles exigiendo justicia y medidas contra dichos abusos. Son sus cuerpos lo que defienden, sus vidas. Cuerpos que generan gran parte de las ganancias que el sistema carcelario estadounidense ha ido perfeccionando con el tiempo.

Estoy deseando saber qué tiene que contarme Colson Whitehead en El ferrocarril subterráneo.


13 de septiembre de 2020

El arte de la ficción

El panorama literario está casi siempre repleto de contradicciones. He aprovechado un tiempo de desconexión para ponerme al día con mis lecturas (que no con mi lista de pendientes) y ya tenía ganas de sentarme frente a la hoja en blanco y hablaros de ellas.

Hace unas semanas comentaba en Instagram que me había dejado conquistar por Sally Rooney y su novela Gente normal gracias a la recomendación y reseña de Una bloguera eventual. Una de las cosas que más valoré fue que consiguió engancharme a su historia y terminarla en dos o tres días. Mi querida Miss Brandon ya me había hablado de Conversaciones entre amigos, la primera novela que se tradujo y publicó en España así que, aprovechando el rebufo, también cayó estos días.

Si tengo que quedarme con una de las dos, esa es Gente normal. Veréis, Sally Rooney tiene 29 años y publicó su primera novela hace tres. Se dice de ella que es la nueva promesa, la autora millenial y un montón de etiquetas más. Puede que quizá también por su éxito (hay quien no se lo perdona) le lluevan críticas positivas y negativas sin término medio. 


Marianne y Connell son compañeros de instituto pero no se cruzan palabra. Él es uno de los populares y ella, una chica solitaria que ha aprendido a mantenerse alejada del resto de la gente. Todos saben que Marianne vive en una mansión y que la madre de Connell se encarga de su limpieza, pero nadie imagina que cada tarde los dos jóvenes coinciden. Uno de esos días, una conversación torpe dará comienzo a una relación que podría cambiar sus vidas.

Gente normal es una historia de fascinación mutua, de amistad y de amor entre dos personas que no consiguen encontrarse, una reflexión sobre la dificultad de cambiar quienes somos. La segunda novela de Sally Rooney acompaña durante años a dos protagonistas magnéticos y complejos, dos jóvenes que llegamos a entender hasta en su contradicción más sonada y en sus más graves malentendidos. Esta es una historia agridulce que muestra como nos conforman el sexo y el poder, el deseo de herir y ser herido, de amar y ser amado. Nuestras relaciones son una conversación a lo largo del tiempo. Nuestros silencios, lo que las define.


A mí Gente normal me gustó mucho. Su estilo sencillo, sus protagonistas veinteañeros, su trama y conflictos sobre temas que ahora podrían parecer alejados de lectores de cierta edad es, en mi opinión, mera apariencia. Puedes quedarte en la superficie o puedes ahondar un poco en el fondo. Porque en ese fondo están las cuestiones universales que afectan a nuestra sociedad: las relaciones interpersonales, la desigualdad de clase, la posición y encaje de cada individuo dentro del grupo, las enfermedades y trastornos mentales, el sexo, la dependencia, las relaciones familiares y el amor.
Marianne y Connell son alumnos brillantes, buscan encajar en su entorno, tienen que decidir qué hacer con su futuro y todos sabemos la ansiedad que nos crean las expectativas. Ya lo dice el título y se menciona en varios momentos: quieren ser gente normal

No sé vosotras pero a mí, cuando escucho esa frase recurrente de ojalá tener otra vez veinte años, se me pone el vello de punta e inmediatamente reniego: mira no, a mí no, a mí me dejas mi cabeza de ahora, mi seguridad de ahora, mi vida de ahora. Yo no quiero pasar por mis veinte otra vez, porque eso es volver a sentirme como Marianne y Connell. No quiero tener que decidir qué hacer con mi vida, mis estudios y futuro profesional, mis medios económicos limitados, o mis relaciones amorosas tóxicas que no supe detectar en su momento. De esa batalla ya salí y quizá por eso es por lo que creo en la historia y la escritura de Sally Rooney. Es algo que me suena.

Han estrenado recientemente la serie en la BBC y para mí es una de las mejores adaptaciones que he visto jamás de un libro. Los actores son absolutamente maravillosos y la química de ambos traspasa la pantalla.

Conversaciones entre amigos tiene algunos puntos en común, quizá por eso no me ha sorprendido y la deriva de la historia no ha conseguido emocionarme tanto. No es que sea una novela inferior, creo que hay puntos muy favorables, es solo que no son comparables y, por tanto, os invito a que le deis una oportunidad a ambas y decidáis.


Empezaba diciendo que el panorama literario suele estar lleno de contradicciones. Lo decía porque quería leer algo de James Salter (al final he comprado Años luz), y estos días he leído El arte de la ficción, con prólogo de Antonio Muñoz Molina cuyo inicio empieza así:

«Leyendo las conferencias sobre el arte de la ficción que James Salter dio en la Universidad de Virginia en 2014, uno no puede creerse que esas palabras hayan sido escritas y dichas por un hombre de ochenta y nueve años. Y el motivo no es el grado de lucidez que muestran y la agudeza de sus observaciones, sino el aire de asombro y de tanteo que irradia de ellas, de entusiasmo a la vez sobrio y romántico hacia el oficio de escribir y las posibilidades de la literatura.» Más adelante añade«Hay quien antes de publicar e incluso de escribir ya habla como si fuera un escritor, como si formara parte de ese club, de ese gremio.»

No he leído aún a Salter pero sí que últimamente veo referencias a él por todas partes. Es un autor muy apreciado por sus compañeros de oficio, con una biografía interesante. Estuvo doce años en las Fuerzas Aéreas y fue piloto de combate. Pasados los cuarenta dejó ese trabajo e inició su carrera como escritor y guionista. Estoy segura de que, de seguir vivo, le sorprendería el éxito de Rooney

No sé cómo resultarán sus novelas pero reconozco que me ha gustado El arte de la ficción. Comparto algunas de sus afirmaciones, especialmente ahora que cualquiera, con mucho o nulo talento, se autodenomina escritor@ y se coloca en las listas de Amazon o es superventas en una editorial. No es una crítica, es un hecho. 

«Los libros que he leído y he disfrutado los recuerdo bastante bien, y con esos autores desarrollo una especie de vínculo. Creo que a muchos lectores les ocurre lo mismo. Si el libro es bueno, el escritor también ha de serlo. Ese sentimiento puede ser de admiración, de fascinación, y a veces incluso de cierta idolatría. He conocido a demasiados escritores como para que se me ocurra idolatrarlos, pero entiendo que suceda.»

Me gusta leer o escuchar a gente como James Salter, Sally Rooney o Antonio Muñoz Molina. Me recuerda que entre tanto ruido quedan personas que tienen algo que aportar, a modo de opinión, de reflexión, de crítica o de obra literaria. Me reconcilia con el gremio, con quienes no buscan atajos, con quienes se toman esta profesión en serio.

«Bábel escribió y reescribió incansablemente sus relatos. Decía que en una frase hay una especie de palanca que puedes agarrar y girar apenas, lo justo, ni más ni menos, hasta que todo encaja. Quizá resulte difícil de imaginar, pero se aprecia en sus frases.

También es suya la memorable sentencia de que no hay hierro capaz de atravesar el corazón humano con la fuerza de un punto colocado en el lugar preciso.»


El arte de la ficción siempre será mucho más que una campaña de marketing, una etiqueta, una firma de libros, un montón de groupies en Instagram o colaboraciones editoriales. Cuando se acabe la función y los aplausos, será la obra la que permanezca. De cada escritor@, de su trabajo y trayectoria, depende cómo y cuánto será recordada.






30 de agosto de 2020

A corazón abierto - Elvira Lindo

Elvira Lindo era una autora a la que quería conocer pero nunca me decidía por cuál de sus obras empezar. Entonces me llegó la recomendación y préstamo de su último libro gracias a mi querida Marisa Sicilia. Ella y yo hemos hablado lo suficiente de nuestras familias para que captara en su entusiasta recomendación que esa historia, salvando las distancias, nos tocaba de manera especial a nosotras.

Partiendo de un episodio ocurrido en Madrid en 1939, la narradora de esta historia cuenta la apasionada y tormentosa relación de sus padres, y cómo la personalidad desmedida de él y el corazón débil de ella marcaron el pulso de la vida de toda la familia.

A corazón abierto es una novela que recorre nuestro país a lo largo de un siglo de grandes cambios y encierra un homenaje a una generación, la de quienes permanecieron en España en la inmediata posguerra, aquellos que, sin queja ni lamento, se concentraron en sobrevivir. 

Desde la mirada empática y curiosa de una gran observadora que sabe transformar en ficción cada destello de la memoria, Elvira Lindo convierte a sus padres en personajes literarios para aproximarse a ellos con libertad, lucidez y sabiduría. Como si de una composición musical se tratara, cada capítulo es una demostración de gran técnica puesta al servicio del puro placer de narrar las luces y las sombras de un pasado convertido para siempre en gran literatura.


Antes de iniciar la lectura creía que A corazón abierto era un homenaje a sus padres y, en cierto modo, puede que lo sea pero no hay nada idílico en lo que cuenta. La autora de Manolito Gafotas hace un ejercicio de memoria y de verdad desde la mirada y experiencia de la hija que reconstruye la vida de sus padres, esa vida llena de claroscuros.

Nunca pensé que encontraría entre sus páginas escenas que a mí me resultan tan tristemente familiares. Comportamientos, situaciones y sentimientos que me situaban frente a un espejo porque yo entendía muy bien lo que había detrás de las palabras de Elvira. Los rencores, las dificultades y malestares, las secuelas que los hijos acabamos acumulando a causa de nuestros padres.

«El estado de ánimo de mi casa dependía de los enfados y las reconciliaciones de mis padres. Era agotador amoldarse a ellos: tras una temporada de silencio y enfrentamientos de pronto una noche los oías charlar animadamente en el cuarto. Yo los odiaba entonces por haberme embarcado en una guerra en la que la paz se firmaba sin contar contigo. Ya casi no me acostumbraba a que estuvieran relajados y cuando les observaba momentos de complicidad me irritaba.»

Se detiene la autora en mostrarnos a ese padre que es víctima de una infancia difícil y que, en cuanto marido y padre dejaba un poco que desear. El retrato de un padre que, en ausencia de su primera esposa, envejece mientras sus hijos crecen y se adaptan a esa especie de fragilidad y bravuconería que suele acompañar a ciertos hombres en la vejez.

«Tiene una necesidad imperiosa de reconocimiento porque siente cómo su presencia se va diluyendo en el tiempo presente. Yo, que no puedo evitar reprenderle, siento pena con frecuencia de este jefe que se quedó sin subordinados, de este padre que perdió una autoridad tantos años indiscutida. Quisiera a veces levantarle el castigo y decirle, papá, durante el día de hoy puedes mandar arbitrariamente tanto como desees y nadie discutirá tus órdenes.»

«A veces, mi hermana y yo torcemos el gesto, porque se presenta a sí mismo como un padre abnegado, casado con una mujer enferma. Un tipo sufrido. Exigimos que cuente la verdad, la que nosotras presenciamos, a alguien que se ha pasado la vida rehuyéndola. Y no deja de ser estéril, y tal vez algo cruel, que queramos que se recuerde a sí mismo con crudeza cuando sabemos que ciertos recuerdos lo atormentan cuando está solo.»

Mi madre y yo hablamos algunas veces del pasado y es curioso como hay muchos acontecimientos felices que ocurrieron pero yo no recuerdo: celebraciones de cumpleaños, anécdotas y estancias en el pueblo con mis abuelos... Mis recuerdos de infancia y adolescencia tienen más que ver con un padre autoritario, con la tensión en ciertas reuniones familiares por la inminencia de comentarios fuera de tono y de lugar que nos incomodaban a todos, el recordatorio de que cada cosa que había en casa era gracias a las espaldas de mi padre. Un padre ausente al que todos en casa, incluida mi madre, teníamos que rendir cuentas. Por eso, quizá, admire a Elvira Lindo y su A corazón abierto. Porque hay una realidad ahí que yo conozco, que no me resulta ajena y ella la ha contado. Hay un dolor, un reconocimiento, una lista de agravios que ciertos hijos hemos ido acumulando hacia nuestros padres y que, para nuestra desgracia, pesan más que los momentos felices. Rencores que no ayudan a construir una relación del todo saludable porque ahí están siempre los resortes de la venganza saltando a la menor oportunidad, para dejar claro que hace tiempo que la autoridad paterna dejó de tener influencia en nuestras decisiones. Esa bola interior que nace y crece y que, a la más mínima señal de consejo o interferencia, amenaza con estallar diciendo: es mi vida y ahora soy yo quién decide cómo vivirla, soy yo la única persona a la que tengo que rendir cuentas, no necesito tu beneplácito y, desde luego, ya no lucho por conseguir tu aprobación. No por nada mi padre me dice que siempre tengo la escopeta cargada.
Hay recuerdos muy vívidos sobre el alivio que supuso independizarse (eufemismo de lo que en realidad era huir) del yugo paterno o ver firmada la sentencia de divorcio.

Elvira Lindo ha escrito este libro cuando su madre y mucho después su padre, han fallecido. Con la paz que supone que tus progenitores no están aquí para ver lo que una hija ha escrito sobre ellos y, por tanto, sin posibilidad de reproches ni escenas de orgullos heridos. Yo lo hago con el convencimiento y tranquilidad de que mis padres nunca sabrán que esta reseña existe y con la certeza de que ellos, quizá también mi hermano, darían un testimonio diferente, puede que más rico, también más compasivo.

Tendría que cerrar esta entrada recomendando esta lectura. Lo hago. Pero especialmente para quienes busquen un poco de alivio y entendimiento en las relaciones paternofiliales, para quienes necesiten que alguien les recuerde que la infancia no es una película americana en la que, desde sus literas y lamparitas que proyectan dibujos infantiles sobre las paredes de la habitación, los hijos de cinco años dan un beso de buenas noches a sus padres y les dicen espontáneamente te quiero. Las familias lo son cada una a su manera, las relaciones no siempre son idílicas. Hay veces que es necesario leer otras historias que te pongan los pies en el suelo y te recuerden que, sin ser perfectas, hay sitio para aceptarlas y entenderlas. Y es curioso lo que ocurre en familias como la de Elvira o como la mía: no vengáis nadie a decirnos que todo fue malo o que no nos queremos porque ahí estáis pinchando en hueso. El amor empieza cuando puedes verbalizar los sentimientos y lo haces a corazón abierto.


19 de agosto de 2020

Hilando fragmentos

«Solo aquel que acepta el vértigo
se merece las cimas»
Benjamín Prado

Hace unos días vi una película que tenía en su entradilla un pequeño fragmento de una entrevista que le hicieron a Jacques Brel -conocido por la famosa canción Ne me quitte pas- en 1971. Decía así:

«No me gusta la gente idiota. La idiotez es simplemente pereza. La idiotez es un tío que vive y se dice, ya tengo suficiente. Es ése que no mueve el culo y por las mañanas no se dice a sí mismo que no es suficiente, que aún no sé lo suficiente, que aún no he visto lo suficiente. La idiotez es una especie de capa de grasa alrededor del corazón y del cerebro.»

Paré la película y anoté la cita porque entiendo el fondo del asunto. 

Pienso mucho estos días en cómo hemos cambiado mientras nos adaptamos a convivir con la pandemia. No hablo de cambio como sociedad, más bien de manera individual. 

Sigo.

Entre los fragmentos que guardé de No entres dócilmente en esa noche quieta de Ricardo Menéndez Salmón se encuentra el siguiente:

«¿Era justo? ¿Razonable? La vida no es justa ni razonable. La vida es lo que sucede, todo en uno, uno en todo, aquí y allí, entonces y ahora, desde el inicio y a cada instante. La vida es un atropello, un anacoluto. La vida es invisibilidad y veneno. Una formidable extensión de tedio y sobresalto que se enciende con estrépito y se apaga como un fósforo.»

Lo que quiero decir, llegados a este punto, es que hay un termino medio, creo, entre lo que dice Brel y Menéndez Salmón.

Tiene que existir, al menos es lo que deseo, una parte de gente que entiende que la vida no es justa ni razonable y que, a pesar de ello, hace todo lo que está en su mano para que no crezca nunca una capa de grasa en su corazón y en su cerebro. Una masa silenciosa que continua luchando por tener una vida fértil, capaz de ofrecer algo valioso  y hacerlo sin ruido. No hablo de mansedumbre. Hablo de eliminar todo lo innecesario, abandonar los altavoces que no dicen nada salvo llevar al enfrentamiento y al desánimo. Hablo de apreciar lo suficiente un paseo por la noche bajo una luna inmensa o la imagen de candidez de unos vencejos que se paran a descansar en un tendedero: ser conscientes de cada pequeño instante que salva un mal día (y en estas palabras va un guiño a una amiga).

Publicaba Laura Ferrero un post en Instragram en el que hacía una lista de cosas a las que sobreviviremos. Y sobreviviremos a esta pandemia, eso es una certeza. Pero cuando lo hagamos ¿qué quedará de nosotros como sociedad y como individuos? Cuando todo pase, cuando en nuestro carnet de vida añadamos la palabra superviviente... ¿Habremos hecho algo para enriquecernos y enriquecer al resto? ¿Nos habremos preguntado en el proceso si sabemos lo suficiente, si hemos visto, sentido, experimentado, lo suficiente? Como dice Benjamín Prado ¿habremos aceptado el vértigo y merecido las cimas?

Yo sigo en proceso de aprendizaje. Observando, en silencio. Lo único que me permito son estos momentos y las charlas con la gente que quiero. Y leer, como antídoto de todo.


TENSA EL ARCO

La poesía:
una ballesta.
Y en el punto de mira, 
un corazón.

Roger Wolfe