.Image { text-align:center; }

17 de abril de 2020

Estupor y temblores

Permitidme la licencia de usar el título de la novela de Amélie Nothomb para esta entrada pero, ¿no es este nuestro estado general?  Estupor y temblores.

No sé cómo lo hace el resto de la gente para mantener la cabeza a raya. No me refiero a momentos concretos, me refiero a esta suma de días y de incertidumbre.
Yo estaba acostumbrada a ser tajante, a que lo blanco era blanco y lo negro, negro. Poco espacio para los grises. Y aquí estoy, con toda la maldita gama cromática a mi disposición.

No soy de las que opinan que algo bueno saldrá de esto y cada vez me chirría más la publicidad que nos muestra esa supuesta felicidad y burbuja en la que vivíamos antes y a la que estamos deseando regresar. Pienso en los Don Drapers de las agencias frotándose las manos, apelando a una falsa normalidad y al deseo de volver a ella. Todo saldrá bien. ¡Ja!
Siempre he sido más de los dos minutos de Carlos del Amor en el telediario, de su maestría para usar lo cotidiano y hacerte llorar. De cero a cien en veinte segundos. Sin venderte nada. Ni bebidas refrescantes, ni planes de pensiones, ni playas desiertas.

Estupor y temblores. Así pasan los días. Recopilo información de mis seres queridos: si están bien, si necesitan algo (aún sabiendo que en la distancia poco pueda hacer, pero sintiéndome mejor por ello), tomando el pulso a la realidad (si es verdad que está pasando lo que dicen en la televisión, en tal o cual hospital o zona). 

A veces, leer un artículo o un comentario, te coge de la solapa y te arrastra al pasado. Hace unos días me pasó porque una chica de Instagram había hecho sopaipas como las hacía su madre. Y ahí es donde una imagen o una palabra te zarandea y te lleva a los domingos de Pascua, cuando tu abuela paterna, que apenas si podía mantenerse diez minutos de pie, se pasaba horas en la cocina, amasando harina y agua y friendo sopaipas para el desayuno de sus nietos. Con chocolate caliente. El mejor desayuno del mundo. Y luego piensas en que la última imagen de tu abuela, la que más recuerdas quizá por ser la última, es esa en la que estaba postrada en una camilla de hospital, sedada y dejándose ir. Yo pude cogerle la mano. No le dije cuánto la quería  y cuánto sabíamos que nos quería, porque siempre había alguien más de la familia en la misma habitación. Qué estúpida es a veces la vergüenza. 
Pienso mucho en ella estos días. Mi abuelo paterno falleció en una residencia y la enfermedad le hizo ser mejor los últimos días. En el entierro poca gente tuvo una palabra amable, más bien todos recordaban el mal genio que gastaba. Genio y figura decían, cuando sabías que lo que querían decir es que a veces era un poco cabrón. Pero la enfermedad le convirtió en un abuelo adorable y cariñoso al final y eso le reconcilió con parte de la familia. También pienso mucho en él estos días.

Decía Ray Loriga que la memoria es el perro más estúpido: le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Pues un poco así, cada día.

Solo me queda mi abuela materna. Está estupenda a sus ochenta y tantos, vive en una casa con patio, un pozo y un limonero en el pueblo, y le dejan la compra en la puerta. Hace videoconferencias con toda la familia. Con la única hermana que le queda y vive en Francia desde la época del hambre, con sus hijas y nietas. Dice que ahora sus sobrinas de Barcelona la llaman mucho. Efectos secundarios de esta pandemia. Todos insistimos: no salgas, solo al patio a que te dé un poquito el sol, y ponte música (porque desde que murió mi abuelo, hace años, sufre de los nervios). Mi prima le hace vídeos desde la puerta mientras hace gimnasia y se ríe porque en el fondo se siente un poco ridícula. Nos lo envía: "mirad a la yaya, haciendo estiramientos como si fuera Eva Nasarre". Nos reímos y sentimos un alivio infinito. En realidad todos queremos comprobar que está bien porque no queremos pasar por lo que muchas familias están pasando. Cuando llegue su momento, queremos poder cogerle la mano.

No creo que algo bueno salga de esto. Pienso en todo aquel que ha perdido a alguien sin despedirse. Son demasiados y no hay freno. Hay un dicho africano que dice que cada vez que muere un anciano se pierde una biblioteca. Quizá por eso cambio de canal cuando alguna marca intenta obligarme a sentirme bien a costa de las emociones. Estar triste, sentir miedo, llorar por las pérdidas está bien. Sentir rabia por lo que está pasando, también. Así que solo se me ocurre una manera de cerrar esta entrada: Fuck off, Mr. Wonderful!.

10 de abril de 2020

#YOREIVINDICOLACULTURA

¿Apagar la cultura? ¿Para reivindicarla?

Lo que nos está manteniendo cuerdos estos días en nuestro Primer Mundo es la cultura. Lo que nos ha mantenido cuerdos a muchos durante nuestra vida es la cultura. Y lo que lo seguirá haciendo es la cultura.

¿Vais a dejar de consumir Netflix? ¿Vais a apagar vuestros dispositivos? ¿Quitaréis Clan TV o Disney Channel a vuestros hijos? ¿Ni discos, ni Spotify?

Lo que mantiene a la cultura es la gente que paga por ella. Me pregunto cuántos instagramers, influencers y bloggers que mantienen sus cuentas solo por los envíos editoriales están comprando ahora. ¿Comprarán cuando todo esto acabe o volverán a chupar de la teta mientras dicen lo mucho que aman los libros?

Lo que mantiene a la cultura es la gente que pagamos por ella. En mi opinión, este no es momento de hacer apagones, es momento de hacer REIVINDICACIONES, de darle una vuelta a todo lo que estaba mal, una cultura que ha estado los últimos años sobreviviendo gracias al postureo.

A la cultura hay que reivindicarla SIEMPRE y defenderla siempre. Mostrándola. Invirtiendo en ella. Y cuando todo esto acabe, que los gremios se pongan de acuerdo y exijan las ayudas que hagan falta. Pero yo no voy a ser cómplice de este apagón.

Mi lectura actual es El amor de mi vida, de Rosa Montero. En el inicio habla de si un escritor preferiría leer o escribir si tuviera que elegir. Dice Rosa Montero que optaría por leer. "Porque la mudez puede acarrear la indecible soledad y el agudo sufrimiento de la locura, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Sería como vivir en un mundo sin oxígeno".


LA CULTURA NO SE APAGA. SE PAGA.

4 de abril de 2020

Sobre la muerte, sin exagerar - Wislawa Szymborska


«La poesía es el gran saldo del capital»
Victoria Guerrero Peirano


Había empezado esta entrada contando que, mientras la escribía, escuchaba la BSO de Amélie. Hablaba sobre lo agotador y deprimente que está resultando ver a mucha gente aprovechando esta situación de incertidumbre para tomar medidas desde ya y no quedarse atrás en la crisis económica que se avecina. Lo hacen vendiendo su propio relato, apelando a la conmiseración de quienes leen sus quejas y serán sus futuros clientes. En unos gremios, ese mercantileo se ve más que en otros.

Esta mañana escuchaba en la radio, aún en la cama, el testimonio de personas que carecen de todo recurso aquí en España, incluso de un techo. Viven al día. Sin colchones económicos, en la más absoluta precariedad. Ellos no tienen ninguna red social, periódico o cámara donde mostrarse y poder convertirse en víctimas. Porque siempre hay quien aprovechará cualquier situación para intentar ser más víctima que las propias víctimas de este coronavirus y del sistema económico.

He borrado todo lo que había escrito sobre ello y he pensado que no quería darles mayor hueco aquí y os aseguro que el mérito lo tiene Yann Tiersen. Su música ha ido modificando mi estado de ánimo. Citaban el otro día, entre las cien cosas más bellas de este mundo, su canción Les jours tristes. Tan absolutamente perfecta para este presente, que os dejo una versión subtitulada.




Porque ahora mismo importan las familias que han sufrido una pérdida, que mantienen a un ser querido en un hospital o en casa con este maldito virus. Quienes están dando todo de sí para que este país funcione, para que haya suministros, para que se salven vidas. En el sentido más literal (y extenso) de la palabra. Cualquier comparación o intento de poner el foco en uno mismo usando el "y yo más" o el "y yo qué", sinceramente, me parece un discurso miserable. No hay nada como una crisis para comprobar la pasta de la que está hecha la gente. Ay, la pasta, el vil metal...


Encontré un poema de Wislawa Szymborska sobre la Muerte, en un artículo que hablaba sobre la importancia de los obituarios ahora que, por razones sanitarias, nos arrebataron la posibilidad de despedirnos. Uno podría pensar que es imposible que un poema sobre la muerte pueda ser lo más apropiado en este momento. Lo es, pienso, si el mensaje que trasluce es de esperanza.


Sobre la muerte, sin exagerar 


No sabe encajar una broma,
no sabe de estrellas, de puentes,
de tejidos, de minas, de labranza,
de construir barcos, ni de pastelería.

Hablamos sobre el día de mañana
y dice su última palabra
sin venir nunca al caso.

Ni siquiera sabe hacer
las funciones propias de su oficio:
ni cavar fosas,
ni clavar ataúdes,
ni limpiar los despojos que su paso deja.

Ajetreada con tanto matar,
lo hace de cualquier modo,
sin método ni destreza.
Como si se estrenara con cada uno de nosotros.

De acuerdo, tiene éxitos
pero, ¡cuántos fracasos,
cuántos golpes fallidos
e intentonas estériles!

A veces faltan fuerzas
para fulminar a una mosca al vuelo.
Y más de una oruga la deja atrás
al arrastrarse en la carrera a más velocidad.

Todos esos tubérculos, vainas,
antenas, aletas y branquias,
plumajes nupciales y pelambres de invierno
demuestran serios retrasos
en su penosa labor.


La mala voluntad no basta,
y nuestra ayuda a base de guerras y revueltas
no le resulta por ahora suficiente.


En los huevos laten corazones.
Crecen los esqueletos de los recién nacidos.
Las semillas se visten con sus primeras hojas
y a veces también con árboles en el horizonte.

Quien afirma que es todopoderosa
es, él mismo, prueba viviente
de que, de todopoderosa, nada.

No existe vida,
que, aun por un instante,
no sea inmortal.

La muerte
siempre llega con ese instante de retraso.

En vano golpea la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar.



Cuidaos mucho y rodeaos de personas que en días como los que vivimos esté dispuesta a anteponer el dolor de los demás al propio. Porque no todos los dolores son iguales y nunca fueron tan necesarios ciertos silencios.

31 de marzo de 2020

La vida en pausa

Escribía Marta Sanz un artículo en El País publicado ayer sobre sus sensaciones estos días y, leyéndola, pensaba que no podría haber descrito mejor el momento que atravesamos algunas.

«No quiero ser agorera ni esperanzadora, ni chistosa ni ceniza, ni reflexiva ni decir que también esto pasará o que no pasará nunca. Luego pienso que cada cual hace lo que puede. No sé bien qué pensar ni qué sentir ni cómo comportarme. No me siento cómoda dentro de mi cuerpo. No encuentro la postura: espero que me disculpen un desconcierto que quizá se parezca al estado de ánimo general. Mi momentánea desafinación.»

Quizá esta parálisis, esta observación, traiga consigo una mayor reflexión y toma de conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor y nos ayude a confirmar lo que ya sospechábamos de las personas que nos rodean. También me pregunto qué quedará de nosotros cuando todo esto haya pasado, qué podremos hacer para que entre todos salgamos adelante. Pepe Mújica, expresidente de Uruguay, decía el otro día que un pesimista es un optimista informado. Algo de razón tiene. Me siento pesimista porque resulta obvio cómo esta pandemia ha puesto la cartas sobre la mesa y nos ha mostrado sin paños calientes lo que ya sabíamos, la existencia de los contrarios: el individualismo, la economía, la división entre pobres y ricos, el egoísmo, la solidaridad, la naturaleza y la vida abriéndose paso cuando el ser humano deja de intervenir e interferir, el pillaje, la desigualdad, la precariedad, la crisis de valores, la humanidad reñida con la política y los intereses económicos, los discursos que empiezan con "esa gente que" dejando claro que son "los otros, no yo", el uso del lenguaje bélico para llevar un mensaje de lucha, resistencia y victoria, los gestos que nos muestran que cualquiera lleva un delator dentro...

Para los observadores, este es un momento único, irrepetible.  Cómo vamos a sentirnos cómodos en nuestro cuerpo.

Hace unos días, la psicóloga y escritora María Fornet (de la que ya os he hablado y recomendado otras veces) enviaba una de sus Newsletter explicando los mecanismos de nuestra mente para poder sobrellevar todo esto:

«Dependiendo del lugar en el mundo en el que estés y en función de cuál sea la evolución del Innombrable en tu zona, te encuentras en algún punto de la tendencia de una de estas dos curvas. La primera es la de la sensibilización. Si aún sigues en esta progresión ascendente, cada vez que miras datos, escuchas las noticias o lees los periódicos te encuentras más nerviosa, más asustada, con más sensación de que desbordamiento. Pero si ya han concurrido suficientes días desde que todo esto empezó y has pasado por un período de sensibilización anterior, lo probable es que te encuentres dentro de la progresión descendente de la habituación. Eso quiere decir que ha llegado un momento en el que por más que veas las cifras de muertos subir en la tele, la de contagiados, la situación de la pandemia en otros países… sientes que ya no conectas emocionalmente con esa información como lo hacías al principio. O sigues sensibilizándote o te estás habituando. Para pasar de esta segunda curva (la habituación) a la primera, tendría que ocurrir algo con nueva intensidad o nueva frecuencia para que volviésemos a comenzar la progresión ascendente. Es decir, tendrían que ir las cosas rápidamente a peor. Bueno, todo esto no me lo he inventado yo. Forma parte de la teoría del proceso dual propuesta por Groves y Thompson.»

La razón por la que os lo traigo aquí es porque todos necesitamos una tabla de salvación estos días y mi tabla (además de lo obvio: hablar con tu entorno y asegurarte de que están bien) es leer a ciertas personas y darle a cada día que pasa un poco de sentido. No es suficiente con la ficción, salvo la televisiva, que también está resultando reconfortante en muchas ocasiones. Concentrarse estos días nos está costando a muchas. No sé si os ayudará a vosotras, ojalá.

Como este rincón es, sobre todo, un lugar para recomendar lecturas, no quiero irme sin hacer referencia a dos. Aunque he conseguido terminar alguna más, las que os muestro son las que a mí sí me han ayudado a desconectar.

Los secretos que guardamos, de Lara Prescott.


En plena guerra fría, dos secretarias reciben un encargo que cambiará sus vidas para siempre: dejar su aburrido trabajo en Washington como mecanógrafas de la CIA para ayudar a introducir de manera ilegal miles de ejemplares de la novela El doctor Zhivago en la URSS, donde la censura la considera contraria al sistema. Mientras tanto, su autor, Boris Pasternak, con el apoyo incondicional de Olga, su musa y amante, se debate en Rusia sobre la publicación internacional de un libro que podría suponer su consagración como escritor o bien una sentencia de muerte.

A partir de documentos recientemente desclasificados y de una investigación exhaustiva que la ha llevado a viajar de Estados Unidos a Rusia, Lara Prescott ha dado forma a una novela arrebatadora que combina ficción histórica, una trama de intriga política y un romance en el que las partes implicadas no temen enfrentarse al poder, incluso si eso significa poner en peligro sus vidas.



Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería, de Belén Rubiano

Un día de principios de otoño de 2002, la luz de una pequeña y recóndita librería de la plaza del Rialto de Sevilla se apagó, sin ruido ni apenas despedidas, definitivamente. Su fundadora había empezado a vender libros diez años antes en otras librerías, donde aprendió muchas cosas, además de su oficio.
En la sucesión de vivencias que conforman estas deliciosas memorias parciales, Rubiano comparte con los lectores la insobornable vocación que le llevó a establecerse como librera en una esquina del mapa. Y lo hace con humor y con cándida sinceridad, porque salvo la satisfacción de trabajar entre libros y lectores entendemos desde el principio que nada es como había soñado y que en el oficio no faltan tormentas, marejadas y amargas decepciones. Pero también hay, afortunadamente, momentos delirantes, impagables lecciones y grandes alegrías.
Ante todo, la valía de estas páginas, que el lector recorrerá entre la carcajada libre y la más profunda empatía, reside en la vitalidad y el personalísimo estilo con el que Rubiano nos habla de su particular devoción por los libros y de cómo uno puede llegar a arriesgar cualquier seguridad por perseguir un sueño.


Por favor, cuidaos y cuidad de los vuestros. Ahora mismo, a pesar de la economía, es lo más importante. Estar por aquí me ayuda a parar y dedicar un tiempo a "crear algo", pero también hace que me sienta más cerca de vosotras. Os envío mucho ánimo y mucha fuerza y os dejo un párrafo de Belén Rubiano como cierre.

«Se anhela lo que nunca se ha tenido y se añora lo que se tuvo y se perdió. Hay tanta suerte en todos los rincones del verbo añorar que si la juventud no está para arruinarte por pagar su uso, no sé para qué otra cosa puede valer. De verdad que no.»





25 de marzo de 2020

Estos días que reescribirán nuestra historia

«En el corazón del hombre hay lugares que aún no existen,
 y para que puedan existir entra en ellos el dolor»
Léon Bloy


Empiezo esta entrada por la mañana, porque la pátina de desesperanza y angustia se acumula durante el día y cuando llega la noche la carga se hace demasiado pesada para escribir.
Mientras ahí fuera miles de personas se están batiendo el cobre, muchos nos encontramos paralizados, improductivos, meros espectadores de la situación. A esto se refieren, supongo, cuando dicen que el miedo te paraliza. En esta sociedad globalizada e hiperconectada cada cual gestiona las crisis de manera diferente. Procuro mantenerme al margen, a ratos sorprendida, a ratos decepcionada, a ratos asqueada. Imagino que, en el futuro, el COVID-19 será un golpe en la mesa en nuestros calendarios vitales, como lo fue en su día el ataque y derrumbe de las Torres Gemelas. Nos preguntaremos: ¿qué estabas haciendo o dónde estabas cuando la pandemia de coronavirus arrasó el mundo entero? Imagino que empezaremos diciendo que fue una suerte sobrevivir, si lo hacemos, y que nos sirvió para entender qué clase de sociedad éramos (con todas sus luces y sus muchas sombras) y si cambiamos algo después de aquello. Quizá dentro de cinco años vuelva a esta entrada (o no) y reflexione sobre qué lodos dejaron estos polvos. No soy una persona optimista al respecto, me molesta escuchar o leer que necesitábamos una pandemia para sacar algo bueno de nosotros. Nadie necesita esto y pensar que está ayudando "a pensar" a mucha gente me hace dudar aún más de la condición humana.

¿Qué os ayuda a sobrellevar esta espera, este confinamiento? A mí me ayuda entrar lo justo en las redes (bendito botón de pausar a ciertos contactos durante 30 días... confinarlos al silencio virtual); estar informada y asimilar las malas noticias y cifras dos veces al día, leer cuando la ansiedad lo permite; mirar cómo teletrabaja B. y esperar a que llegue con el miedo en el cuerpo cuando le toca ir a la oficina; desconectar leyendo o viendo alguna serie, película o programa de TV y escuchar a las personas que admiras (normalmente, escritores y escritoras) mostrando coherencia y humanidad. Dejar que la emoción me desborde cuando toca. Ignorar muchas de las propuestas que buscan mantenernos ocupados y activos. Aplaudir para ellos y ellas, para todos, también para nosotros, que buscamos aliados entre los balcones y ventanas. Hablar con la familia y amigos, confirmar que están todos bien. 
Y hoy me ayuda escribir. Como decimos Una bloguera eventual y yo, no es que escribamos para que nos lean, sino que esto es una clase de terapia más para nosotras. ¿Sabes, M. Ángeles? He empezado a hacer un curso virtual de Mindfulness (espero que sonrías al leerlo).
Y en él encontraba el poema del filósofo sufí Rumi, que habla de cómo todos debemos gestionar y acoger nuestros diferentes estados de ánimos.

LA CASA DE HUÉSPEDES

Cada mañana un nuevo recién llegado.
una alegría, una tristeza, una maldad...
Cierta conciencia momentánea llega
como un visitante inesperado.

¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!
Incluso si fueran una muchedumbre que se lamenta,
o que desvalija tu casa con violencia.
Aún así, trata a cada huésped con honor.
Puede estar creándote el espacio
para un nuevo deleite.

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia...
Recíbelos en la puerta sonriendo
e invítalos a entrar
Sé agradecido con quien quiera que venga
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá.


En esta casa, además de incertidumbre y miedo, hay mucha esperanza. Tan necesaria en estos tiempos sombríos. Por eso, quería dejaros un fragmento de uno de los últimos libros que he leído en la cuarentena: No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón. El libro, cuyo título hace referencia al poema de Dylan Thomas, es un ajuste de cuentas del escritor con su padre (fallecido en 2015) y su influencia. Entre sus páginas, este fragmento que finaliza con una de las frases que nos sostiene estos días: Esto también pasará.

(...) entre los cientos de historias que abundan en personajes bíblicos, mi favorita sea una que adopta forma de parábola. Es Bioy Casares quien la ha conservado negro sobre blanco. Según el autor de La invención de Morel, su mentor, maestro y amigo Borges le contó lo siguiente un día de abril de 1958: 
«El rey David llamó a un joyero y le pidió que le hiciera un anillo, un anillo que le recordara, en los momentos de júbilo, que no debía ensoberbecerse, y, en los momentos de tristeza, que no debía abatirse. "¿Cómo lo haré?", preguntó el hombre. "Tú sabrás -contestó el rey-. Para eso eres artífice." El joyero salió a la calle. Un joven le preguntó: "Anciano, ¿qué te atormenta?" El joyero contestó: "El rey me ha encargado un anillo" y explicó todo. "Eso es fácil -declaró el joven-. Fabrica un anillo de oro con la inscripción: Esto también pasará"»

Ayer escuchaba al escritor Víctor del Árbol, a cuenta de la crisis que se avecina para el sector editorial (como en tantos otros), decir que era cierto que "los libros no comen, pero alimentan". Y es cierto. Cambiarán nuestras prioridades, cambiará nuestra economía y nosotros mismos. Pero en este presente difícil y en ese futuro incierto, no me cabe ninguna duda de que seguiremos necesitando los libros.









19 de marzo de 2020

Una canción en la tormenta

No pensaba hacer ninguna entrada en esta situación actual. El COVID-19, el confinamiento, lo ocupa todo ahora mismo y cada cual lo gestiona a su modo. Yo lo hago desde un estado de expectación y parálisis, huyendo de cualquier exposición en las redes sociales. Y, por eso, me guardo toda opinión sobre lo que estoy viendo y leyendo estos días en mi entorno mediático. Me autoimpongo la mascarilla del silencio.

La razón por la que hago esta entrada tiene que ver con la iniciativa de la autora Mercedes Gallego, que compartía un poema en sus redes y me invitaba a hacer lo mismo en estos tiempos oscuros. No es mi poema favorito, pero creo que sí puede adaptarse a esta tormenta. Lo escribió Rudyard Kipling, autor de novelas tan conocidas como Capitanes intrépidos o El libro de la selva.


Una canción en la tormenta    
1914-18

Asegúrate bien de que a tu lado peleen
los océanos eternos, aunque esta noche
el viento en contra y las mareas
nos hagan su juguete.
A fuerza de tiempo, no de guerra,
en medio del peligro nos guiamos:
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que aparezca
            en todo tiempo de angustia y también
            en el de nuestra salvación,
            el juego vence siempre al jugador
            y el barco a su tripulación.

De la niebla salen rumbo a la tiniebla
las olas que brillan y se encrespan.
Casi estas aguas sin conciencia se comportan
como si tuviesen alma-
casi como si hubieran pactado sumergir
nuestra bandera debajo de sus aguas verdes:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que pueda verse, etc.

Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento
en reserva guardan ráfagas aún más poderosas,
que los que cumplimos las guardias asignadas
ni por un instante descuidemos la vigilancia.
Y mientras nuestra proa flotando rechaza
cada carrera frustrada de las olas,
canta, sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se desvele, etc.

No importa que sea barrida la cubierta
y se rompan la arboladura, el maderamen-
de cualquier pérdida podremos sacar provecho
salvo de la pérdida del regreso.
Por eso, entre estos Diablos y nuestra astucia
deja que la cortesía de las trompetas suene,
y que sea bienvenida la descortesía del Destino,
dondequiera que se encuentre, etc.

Asegúrate bien, aunque en poder nuestro
nada quede para dar
salvo sitio y fecha para encontrar el fin,
y deja de esforzarte por vivir,
que hasta que éstos se disuelvan, nuestra Orden se mantiene,
nuestro Servicio aquí nos ata.
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino,
dondequiera que aparezca,
            en todo tiempo de angustia y también
            en el de nuestro triunfo,
            el juego vence siempre al jugador
            y el barco a su tripulación.


A quienes pasáis por aquí: cuidaos mucho. Imagino que ya sabéis todas las medidas a adoptar, los consejos y las instrucciones. Esta situación abrirá una brecha en nosotros y en nuestras vidas. Me encantaría poder contaros algo más, pero no creo que sea ni el espacio ni el momento. Como dice Paula Sainz-Pardo Hilara, presentadora de La 2 Noticias al finalizar, quizá ahora más que nunca: leed, reflexionad.