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17 de abril de 2019

El Árbol de los deseos para la paz de Yoko Ono

En el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, situado en Córdoba, Yoko Ono -sí, esa Yoko Ono- ha dejado tres obras específicamente creadas para exponerlas allí: Para ver el cielo. Versión cordobesa (2015-2017), Pieza para zurcir en cuatro estaciones (1966-2017) y Árbol de los deseos para la paz (1996-2017).

El pasado fin de semana pude visitarlas y, sin ninguna duda, me quedo con el Árbol de los deseos para la paz.  


Pide un deseo

Anótalo en un trozo de papel.

Dóblalo y átalo alrededor de una rama de un árbol de los deseos.

Pide a un amigo que haga lo mismo.

Sigue deseando

Hasta que las ramas estén cubiertas de deseos


Está instalado en la entrada del Centro y es un olivo. No había nadie y pensé que era una de las cosas más bonitas que había visto y, también, una de las que recordaré con más cariño porque mi madre me acompañaba.


Me planté delante de ese árbol lleno de deseos que se mecían con cada soplo de aire. Tenía que desear algo, anotarlo y colgarlo. Hice una lista de personas a las que quiero y que están en mi vida, de momentos buenos y malos, y de las cosas materiales que poseo. Me di cuenta de que podía sentirme satisfecha con todo eso. Más que eso, afortunada. Es probable que, comparado con otros, tenga poco de cada cosa y, sin embargo, no me cambiaría por otra persona. Cómo hacerlo si vivo en el Primer Mundo. Porque podría no tener nada ni a nadie.Tomé conciencia de ello en ese momento, plantada allí delante de aquel árbol junto a mi madre. ¿Podría llenar una lista de deseos? Claro que sí. Y, no obstante, no tendrían nada que ver conmigo porque esos deseos tienen que ver con todo lo que está mal alrededor nuestro, en este siglo XXI.



Y, sin embargo... todos necesitamos desear y cumplir deseos. Ver a quienes queremos, desear y cumplirlos. Yo no sé si inundar el planeta de Árboles de deseos para la paz cambiaría el mundo, pero sí creo que conseguiría que cada uno de nosotros se parara y pensara qué tiene, qué le falta y qué desea. Leí furtivamente alguna de las notitas colgadas y resulta que prácticamente todos deseamos lo mismo: hacer de este planeta un sitio mejor. Que los buenos sentimientos vencieran a los malos. Que lo espiritual ganara a lo material. Triunfaría aquello de <<no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita>>. Sería un bonito sitio donde vivir.

Un sábado cualquiera de abril, Yoko Ono me dio razones para pensar, meditar, desear y estar agradecida. También me hizo creer que podía hacerlo mejor. 


Pensadlo. Si junto a la puerta de vuestra casa hubiera un Árbol de los deseos... ¿qué pediríais?





14 de abril de 2019

Después de mil balas (II) - Izet Sarajlić


La hija de Izet Sarajlić, Tamara, dice en el apéndice del libro Después de mil balas


Del mismo modo que durante toda su vida defendió el amor y la necesidad humana de honradez, calidez, bondad y amistad, así fue como padre, abuelo y esposo. <<Todos podemos odiar, pero amar es el privilegio de los mejores>>, repetía siempre.

Hay muchos sentimientos dentro de la poesía de Izet. Conocéis cómo fue su vida a través de los ojos y palabras de Erri De Luca. Lo mejor es mostrárosla. 




DEDICATORIA

Te dedico mis ojos, mis labios y mis dientes.
¿Mis poemas? ¿Qué harías con los poemas que escribí
porque no sabía callarme?
¿Qué harías con mis poemas si no pueden besarte?

No somos aves ni mantis religiosas en la víspera
y no tenemos alas sino manos.
Lo último que nos espera no puede ser nuestra muerte,
porque los deseos de nuestra sangre tienen que continuar en alguna parte.

Eres una mujer, pequeña,
eres una pequeña mujer,
y un agosto inmortal te trajo a mis baladas.
Quédate con mi amor, que sobrevivirá a todos mis
lamentos, a todos mis cambios.
Junto a mis ojos quédate.

Sobreviviremos a nosotros mismos, no sólo en los túmulos de nuestras tumbas,
porque sabíamos, sabíamos, tiernos y soberbios,
huyendo de dagas y granadas, matar a los ángeles que habitan en nosotros
y, sin embargo, seguir siendo ángeles.

Aquellos del futuro, si nos buscáis, seguid un rastro rojo,
sólo nuestros cuerpos yacerán bajo la tierra muda,
pero caminad suavemente,
para no herir nuestros labios
y no pisar nuestras miradas muertas.

(1955)


NUESTROS ENCUENTROS DE AMOR EN EL LEÓN

Qué hermosa vejez pudimos haber tenido
tú y yo
sin toda esta locura nacionalista eslavo-meridional.
Y en cambio,
después de todo sólo nos han quedado
estos encuentros de amor tristes
en el cementerio junto al León.
Te diré
que cuando soy más feliz en mi desgracia
es cuando en el cementerio me sorprende la lluvia.
¡Cuánto me gusta empaparme junto a ti!


CON TODAS LAS COSAS HORRIBLES QUE HABÉIS OÍDO SOBRE MÍ

Con todas las cosas horribles que habéis oído sobre mí
sólo me queda advertiros de algunos de mis otros defectos y deficiencias:
soy un cosmopolita incorregible,
antifascista,
conservador
que se lamenta terriblemente por tantas bellezas no loadas en los
poemas de la de la segunda mitad del siglo XX,
un desesperado que a pesar de todo cree en la victoria del Bien.

DE ALGÚN OTRO POEMA

En algún poema, no en éste,
cuando hable de mi generación de poetas
habrá que decir también lo siguiente:
difícil le será a mi generación estar en el cielo entre los ángeles sin la
tierra donde seguirán andando los hombres,
pero a la tierra sin mi generación tampoco le será más fácil.



*Fotografías: Gervasio Sánchez

11 de abril de 2019

Después de mil balas (I) - Izet Sarajlić - Prólogo de Erri De Luca


Voy a hablar de Después de mil balas en dos entradas, os contaré la razón. Cuando vi un poemario escrito por un sarajevita me asaltó la curiosidad. Quería saber si ese poeta era como Gojko, el amigo de Gemma, la protagonista de la novela La palabra más hermosa. Si se parecían no lo sabré nunca, pero ya se había encendido la llama. 

Nunca me había planteado la importancia de un prólogo. Normalmente no llego a leerlos completos. Suelen estar escritos por editores, amigos, el propio autor... Pero leyendo el maravilloso prólogo que Erri De Luca le hace a esta obra me he llegado a plantear si  podría entrar dentro de un género literario como lo es el relato.
Por eso Después de mil balas va a tener dos entradas. La primera, con la transcripción del prólogo de De Luca (y que me ha puesto tras la pista de sus libros publicados). La verdad es que no sé si esto traspasa los límites de derechos de autor... 
La segunda entrada la dejo para el domingo. Ya sabéis, es cuando toca la poesía.

PRÓLOGO

<<¿Quién cubre el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo? Nosotros, los poetas>>  En el asedio más largo del siglo XX, en la Sarajevo de los años noventa, los ciudadanos acudían a las veladas de poesía en la penumbra de una ciudad sin corriente eléctrica. Experimentaban así que en una guerra sólo los versos son capaces de corregir a fuerza de sílabas milagrosas el tiempo sincopado de los sollozos, el ragtime de las granadas, el ojo de una mirada telescópica en el cogote. Los versos acarrean la responsabilidad de la palabra enmudecida. Los poetas leían o recitaban de memoria sus cantos en una ciudad asediada. A los italianos que iban a visitarlo al cerco de Sarajevo les decía: <<Bienvenidos a la cárcel más grande de Europa>>. Los poetas cubrían el turno de noche en Sarajevo para impedir el secuestro del corazón del mundo.

La biblioteca, una magnífica obra artesanal del arte islámico en Europa, estaba reducida a añicos y cenizas. La artillería de los sitiadores se concentraba en monumentos, cementerios, mezquitas, para borrar de la faz de la tierra la sombra y la raíz del adversario. Las palabras habían emigrado de los libros bombardeados, giraban a ciegas las páginas invisibles, mientras desde las colinas se encendían las llamitas de los disparos de los francotiradores. Los poetas cubrían el turno de noche.

Izet Sarajlić recibió dos veces a domicilio la visita de dos guerras. La Mundial le arrebató a su hermano mayor, Ešo, al que adoraba, fusilado en el cuarenta y tres por los camisas negras italianos. A quien le reprochaba su amor por la lengua italiana junto con la rusa, contestaba que su hermano había sido fusilado por los camisas negras del mundo. Porque su hermano Ešo era un combatiente, y hubiera podido caer en Stalingrado, en la defensa de Madrid, en el gueto de Varsovia, en cualquier lugar en el que entrara en liza el choque entre la libertad y la opresión.
Adoraba Italia e iba allí a menudo después de la guerra. En alguna velada alrededor de la mesa de mi cocina le salían del vozarrón eslavo algunas estrofas cantadas en italiano: <<Non ti potrò scordare piemontesina bella, tu sei la sola stella che brillerà per me>> [nunca te olvidaré, hermosa piamontesina, serás la única estrella que brillará para mí]. O bien la canción rusa Ochi chornye, ojos negros, que cargaba de énfasis y de gestos con las manos en la segunda estrofa: <<Kak lyublyu ya vas, kak boyus´ya vas>> [cuánto te amo, cuánto te amo].

Italia era para él el martillo rojo que está en los vehículos públicos, empleado para romper el cristal en caso de incendio: Bosnia era el autobús en llamas e Italia el martillito rojo que abría la salida de emergencia. Prefería de entre los poetas a Alfonso Gatto y a Nazim Hikmet, bebía vodka y aguardiente como yo bebo vino y después se levantaba de la mesa más derecho que antes y el blanco de su pelo resplandecía aún más. De nosotros dos decía que éramos los hermanos Grimm: en el siglo más zarandeado y desbocado de la historia humana, nos dedicábamos a escribir cuentos.
En una noche de granadas que explotaban al tuntún en su colina, escribía con toda su voluntad de contradecir a la destrucción: << Una noche como ésta inconscientemente te preguntas cuántas noches de amor te quedan>>. No supo odiar, no supo maldecir ni siquiera a aquellos que a través de la mira de un fusil tiraban al blanco de un niño en la calle. Quiso reafirmar el verbo amar, que sus coetáneos, los poetas y quienes no lo eran, sentían pudor por teclear a máquina. Le gustaba la palabra ammore, que en napolitano se redobla en el centro.

Durante los años de asedio escribió El libro de los adioses. Se despedía así de los amigos que se habían ido hacia un exilio cualquiera o bien habían sido acompañados al cementerio de noche, porque de día los cortejos fúnebres eran un blanco fácil. Las fosas se excavaban de noche: <<En Sarajevo hemos sido todos sepultureros>>.
En un poema se despedía de una calle vaciada por las granadas, en otro se despedía de un tranvía que había dejado de pasar. En una guerra, un poeta es una especie de Noé, monta a bordo de su barco de papel una recolección de personas y lugares, los conserva al resguardo del diluvio y los hace desembarcar en la tierra seca de una posguerra. <<No veo la hora de poder escribir por segunda vez en mi vida mis poemas de la segunda posguerra.>>
Y consiguió llegar al desembarco en la tierra firme de la tregua. Había perdido a dos hermanas en aquella condenación, convertido en hijo único.

<<Pero yo no puedo dejar de ser hermano>>, me escribía a mí también, buscando a su alrededor poder ejercer su anhelo de fraternidad.


Ya lo sé, ésta es la introducción al libro de un poeta y no una recopilación de efectos personales. Y, sin embargo, creo que un poeta debe convertirse en miembro de la familia y no quedarse en autor de versos publicados. Pero también creo que un poeta paga sus versos con la vida que lleva. En un poeta busco, exijo, que su vida esté a la altura de sus páginas. De un escritor en prosa me trae al fresco si es un canalla o un santo. De un poeta, en cambio, no pueden salir buenas líneas si su existencia no se ha visto cepillada en el río por una almohaza de hierro. Por eso el siglo XX ha sido el siglo de los poetas.
Por eso Izet Sarajlić tenía que ser maestro de lealtad civil quedándose en Sarajevo hasta el último día de la mala hora. Con sus versos habían alimentado su voz los enamorados de dos generaciones. Quien ha sido responsable de la felicidad, lo es también de la infelicidad. Por ello permaneció en fila india, pegado a los muros, delante de un horno que había recibido harina, delante de una fuente que volvía a manar. ¿Cuál es el cometido de un intelectual, de alguien que tiene un pequeño derecho de audiencia pública? Quedarse, compartir la avería que le sobreviene a su pueblo. Su presencia en la ciudad era el mejor consuelo para sus conciudadanos.


También fue maestro de fidelidad amorosa, y amó a la mujer de su juventud hasta el último día de su alianza cogidos del brazo. Ella murió, dejándolo poco menos que demediado, un día de febrero del noventa y siete, con la guerra recién acabada. Él, en las habitaciones carentes de ella, era un soldado que volvía del frente  y no hallaba a nadie. Sin ella sólo había exilio. Él, que no había querido abandonar Sarajevo, sin ella se sentía sin patria y sin ciudad. Entonces iba a empaparse de lluvia al cementerio, para compartir con ella la misma agua. Y hasta el final de sus días fue un marinero varado en una playa que aguarda para abandonar la tierra firme.
<<Esos dos abrazados a orillas del Rin / podríamos ser nosotros dos. / Pero nosotros no volveremos a pasear / abrazados por ninguna orilla. / Ven, paseemos al menos en esta poesía.>>



Izet Sarajlić murió en una de sus habitaciones por voluntad de ser alcanzado. A mí me corresponde interrumpir la distancia cada vez que lo nombre, lo escribo, lo canto en mis veladas sobre la elevación de un estrado. Mientras reúno algunos de sus versos para quienes están sentados en la penumbra de una sala, los empuño también como si fueran un ramo y los deposito ante una puerta de Sarajevo, la ciudad de Izet Sarajlić.

<<¿Quién cubre el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo? Nosotros, los poetas.>> A ellos les corresponde arrebatar a la muerte el derecho a la última palabra.

Traducción de Carlos Gumpert

* Las fotografías son del fotoperiodista Gervasio Sánchez, tomadas en Sarajevo.


31 de marzo de 2019

Louise Glück - Poemas

Leer a la poetisa Louise Glück y dejar que nazca, mitad sorprendida - mitad sarcástica, una sonrisa. Entre tanto ruido, dejemos que sigan hablando los poetas.

Mira, una mariposa.
¿Pediste un deseo?
Uno no pide deseos a las mariposas
Tú hazlo.
¿Pediste uno?
Sí.
Pues no cuenta.


La terquedad de Penélope

Un pájaro llega a la ventana. Es un error
considerarlos solamente 
pájaros, muy a menudo son
mensajeros. Por eso, una vez 
se precipitan sobre el alfeizar, se quedan
perfectamente quietos, para burlarse
de la paciencia, alzando la cabeza para cantar
pobrecita, pobrecita, un aviso
de cuatro notas, para volar luego
del alfeizar al olivar como una nube oscura.

¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana
a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas
y mi memoria es larga; ¿por qué iba a enviar esa libertad
cuando tengo humanidad? Aquellos
que tienen el corazón más diminuto son dueños
de la mayor libertad.


El dolor de Circe
Circe - Wright Barker

Finalmente, me di a conocer
a tu mujer como lo haría
un dios, en su propia casa, en
Ítaca, una voz
incorpórea: ella
detuvo su labor, giró la cabeza
primero a la derecha, luego izquierda
aunque era inútil por supuesto
seguirle el rastro a ese sonido hasta
cualquier fuente objetiva: dudo
que vaya a regresar a su telar
con lo que ahora sabe. Cuando
la vuelvas a ver, dile 
que así es como un dios se despide:
si me quedo en su cabeza para siempre
permaneceré en tu vida para siempre.


LOUISE GLÜCK

26 de marzo de 2019

De refugios y poesía

He venido a refugiarme un rato aquí. Marzo toca a su fin. Mes de días señalados en el calendario público, como el 8, Día Internacional de la Mujer, o el 21, Día Mundial de la Poesía.
El pasado domingo emitían el programa Imprescindibles, sobre la figura del poeta Luis García Montero y qué bonito e inspirador. ¿No os pasa a veces? ¿Querer desaparecer de lo público y correr a refugiarte en todas las cosas y las personas que te hacen sentir bien? Lugares y personas que son hogar. Convertirlos en estados de ánimo.



Siempre me sorprende que haya acabado recurriendo tantas veces a la poesía en busca de serenidad. A veces también he encontrado otras cosas: el punto justo de reivindicación o denuncia, el sentimiento contenido, el sarcasmo bien adornado. Pero, en general, recurro a ella como lo hago con la música, para gestionar emociones. Un soplo de belleza o de evocación. Supongo que es porque la poesía te alivia brevemente, justo lo necesario para respirar, tomar aire y continuar. Al menos en mi caso no es como leer una novela o ver una película en busca de evasión durante el mayor tiempo posible. Lo que necesito es una inyección, por eso los poemas han acabado siendo lecturas-botiquín.

Por eso he venido a refugiarme un rato aquí. Porque es el lugar al que vuelvo para dejarlos y compartirlos. Porque la poesía no sería lo mismo si solo la mantuviéramos escrita en nuestras libretas. 
Hay algo muy íntimo en ese sentimiento que aparece la primera vez que nos dejamos deslumbrar por un poema concreto, cuando lo hacemos nuestro.

La banda sonora la ponen The Irrepressibles y su canción In this shirt. Otro descubrimiento, un flechazo. Ha sido la canción usada en el programa libre del patinador francés Kevin Aymoz en el Campeonato del Mundo celebrado recientemente.  Los poemas, conocidos, del maestro García Montero.


V

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi,
cruzo la desmedida realidad
de febrero por verte,
el mundo transitorio que me ofrece
un asiento de atrás,
su refugiada bóveda de sueños,
luces intermitentes como conversaciones,
letreros encendidos en la brisa,
que no son el destino,
pero que están escritos encima de nosotros.

Ya sé que tus palabras no tendrán
ese tono lujoso, que los aires
inquietos de tu pelo
guardarán la nostalgia artificial
del sótano sin luz donde me esperas,
y que, por fin, mañana
al despertarte,
entre olvidos a medias y detalles
sacados de contexto,
tendrás piedad o miedo de ti misma,
vergüenza o dignidad, incertidumbre
y acaso el lujurioso malestar,
el golpe que nos dejan
las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería
peor y más costoso
llevárselas a casa, no esconder su cadáver
en el humo de un bar.

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad,
y sin idiomas voy hacia la tuya.
No hay nada que decir,
pero supongo
que hablaremos desnudos sobre esto,
algo después, quitándole importancia,
avivando los ritmos del pasado,
las cosas que están lejos
y que ya no nos duelen.


XXIII


Si alguna vez no hubieses existido,
si el calor de tus muslos no me hubiese
buscado como un látigo preciso
y mis ambigüedades electivas
—los días más oscuros de mí mismo—
no te hubiesen tenido como saldo
de afirmación o excusa,
es posible
que este volver a casa en soledad
y demasiado pronto,
me recordase ahora un poco menos
al joven que apostaba por el mundo,
con el mundo a su espalda.

Sólo el amor es duro.
Metidos en la noche, regresando
entre la potestad y la mentira,
hablamos del poder o de los sueños
al hablar del abrazo.
Y no lo sé tal vez, no sé si me recuerdo
prisionero de un cuerpo o libre junto a él,
buscando salvación o en servidumbre,
miserable y maldito, pero atónito.

Quizás sólo se trata de que no estás aquí,
de que perder es duro para todos
y el amor me hace falta, como sabes.
Quizás contigo estuve
tan demasiado cerca de su reino,
que necesito ahora desmentirme,
utilizar los trucos que uno tiene
para poder seguir.

Porque somos así seguramente,
huellas equivocadas,
solitarias hogueras de un camino,
paraísos de cuatro habitaciones
que sólo se comprenden
después de haber firmado muchas veces,
precisamente ahí,
donde pone El viajero.

Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
más allá de los tiempos y los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños.



13 de marzo de 2019

El paciente inglés - Michael Ondaatje

En cierta ocasión, el inglés me leyó este pensamiento de un libro: «El amor es tan pequeño, que puede pasar por el ojo de una aguja».

Hace días que terminé la lectura de El paciente inglés. Hay libros que llegan cuando deben hacerlo. El año pasado intenté leerla y no conseguí adaptarme al tono pausado y bello que impregna sus páginas. A veces me pasa, todavía no he aprendido a esperar y asumir que todo lleva un tiempo y que, en ocasiones, es eso lo que hace el resultado más valioso.

Tenían que darse varias circunstancias para volver a intentarlo. La chispa surgió con un fragmento en Instagram que compartió Marisa Sicilia (hay pocas cosas más valiosas que tener amigas que te recomiendan libros) para el reto que en febrero inició María Montesinos bajo el hashtag #28citasparaenamorarse (os animo a verlo en su perfil). Apenas unos días después emitieron la preciosa película basada en el libro y fue la #señal definitiva para animarme.
Y aquí estoy, recomendándola con la fe ciega de los recién convertidos (le tomo prestada la expresión a la propia Marisa, porque me viene perfecta).


SINOPSIS
En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, cuatro personajes se reúnen en una villa en ruinas en la Toscana: un enigmático hombre sin memoria, que agoniza con el cuerpo completamente quemado, una joven enfermera que cree traer la desgracia a cuantos ama, un cínico superviviente mutilado y un sij dedicado a la desactivación de explosivos… Cuatro extranjeros de sí mismos, atrapados en la retaguardia de sus recuerdos, que van recomponiendo el destrozado mosaico de sus identidades a través de las intermitentes y atormentadas revelaciones de una historia de amor y celos…


En realidad no quiero hablaros de la trama. Es probable, incluso, que hayáis visto la película (aunque hay pequeñas licencias en la cinta de Anthony Minghella). Hana -la enfermera-, Caravaggio -el ladrón-, Kip -el sij zapador-, y el conde Almásy -el paciente quemado-. Todos conviviendo, por alguna argucia del destino, en la Villa San Girolamo. Todos con su propia historia, la que nos irá desvelando en pequeñas dosis Michael Ondaatje. 
La Segunda Guerra Mundial ha dejado sus cicatrices en todos ellos, pero es cierto que la historia de amor, adulterio y celos de Almásy y Katharine Clifton resulta especialmente atrayente y emotiva, destaca por encima de las demás. Quizá también porque tiene un punto de tragedia. Me paro y leo esta última frase y pienso en Hana y creo que no, que no es justo atribuirle todo el drama a ellos, pero que quizá ella sí sale mejor parada.

«Ella tomó un cojín y se lo colocó en el regazo, como para escudarse de él. «Si me haces el amor, no mentiré para ocultarlo y, si te lo hago yo, tampoco». 
Se llevó el cojín al corazón, como si deseara sofocar esa parte de sí que se había desmandado.

«¿Qué es lo que más detestas?», preguntó él. 

«La mentira. ¿Y tú?».

«La posesividad», dijo él. «Cuando me dejes, olvídame».

El puño de ella salió disparado hacia él y le golpeó con fuerza en el hueso debajo del ojo. Se vistió y se marchó. »

Lo cierto es que no sería tan deslumbrante si no fuera por la forma en la que Michael Ondaatje nos la cuenta. Hay escenas que recuerdan a la tradición oral, como si un cuentacuentos se presentara frente al lector y recitara un pasaje legendario. Transcribiría entero el Capítulo IX. La Gruta de los Nadadores. En él hay mucho de eso y, de hecho, contiene el momento en que Katharine Clifton habla de la historia de Candaulo y su reina. Solo por ese capítulo merece la pena leer la novela.


... Escribo esta entrada y pienso en lo superfluas que son mis palabras, más cuando podría llenarla de fragmentos como este:

«Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado, como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado, como en cuevas. Deseo que todo eso esté inscrito en mi cuerpo, cuando muera. Creo en semejante cartografía: las inscripciones de la naturaleza y no las simples etiquetas que nos ponemos en un mapa, como los nombres de los hombres y las mujeres ricos en ciertos edificios. Somos historias comunales, libros comunales. No pertenecemos a nadie ni somos monógamos en nuestros gustos y nuestra experiencia. Lo único que yo deseaba era caminar por una tierra sin mapas.

Llevé a Katharine Clifton al desierto, donde está el libro comunal de la luz de la Luna. Estábamos entre los rumores de los pozos, en el palacio de los vientos. »




Perdonad si esta no reseña queda un poco coja. Si no os cuento más sobre lo que les ocurre a los personajes, sobre lo evocadores que resultan los capítulos centrados en El Cairo y en el desierto, sobre los fantasmas que cada protagonista y secundario arrastran o si no menciono nada del período histórico en el que está enmarcado. Perdonad si solo os digo que el día que Michael Ondaatje escribió El paciente inglés, tomó todos los sentidos y emociones humanas, enalteció la pintura y la literatura, las hizo palabras, y le dio forma a la belleza en forma de novela.
Quizá otro día podría hablaros de la película, de los paisajes que aparecen en ella, de su fotografía, de su música, de la tensión y fuerza que traspasa la pantalla entre Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas, de la dulzura que desprende Juliette Binoche.

¿Queréis que Ondaatje os cuente algo sobre los vientos y os traslade mentalmente a otros lugares? Creo que cuando dicen que la literatura es evasión, se refieren justo a cosas como esta.

«En el sur de Marruecos hay un viento en forma de torbellino, el aajej, contra el que los fellahin se defienden con cuchillos. Otro es el africo, que a veces ha llegado hasta la ciudad de Roma. El alm, viento otoñal, procede de Yugoslavia. El arifi, también llamado aref o rifi, abrasa con numerosas lenguas. Ésos son vientos permanentes, que viven en el presente. 
Hay otros menos constantes, que cambian de dirección, pueden derribar a un caballo y su jinete y se reorientan en sentido contrario al de las agujas del reloj. El bist roz azota el Afganistán durante ciento setenta días… y entierra aldeas enteras. Otro es el caliente y seco ghibli, procedente de Túnez, que da vueltas y más vueltas y ataca el sistema nervioso. El haboob es una repentina tormenta de polvo procedente del Sudán que se adorna con brillantes cortinas doradas de mil metros de altura y va seguida de lluvia. El harmattan sopla y después se pierde en el Atlántico. Imbat es una brisa marina del África septentrional. Algunos vientos se limitan a suspirar hacia el cielo. Hay tormentas nocturnas de polvo que llegan con el frío. El khamsin, bautizado con la palabra árabe que significa «cincuenta», porque sopla durante cincuenta días, es un polvo que se levanta en Egipto de marzo a mayo: la novena plaga de Egipto. El datoo procede de Gibraltar y va acompañado de fragancias. 
Otro es el … , viento secreto del desierto, cuyo nombre suprimió un rey después de que su hijo muriera arrastrado por él. El nafhat es una ráfaga procedente de Arabia. El mezzarifoullousen, violento y frío, procede del Sudoeste; los bereberes lo llaman «el que despluma las aves de corral». El beshabar —«viento negro»— es otro viento sombrío y seco procedente del Nordeste, del Cáucaso. El samiel —«veneno y viento»—procede de Turquía y se aprovecha a menudo en las batallas. Tampoco hay que olvidar los otros «vientos envenenados»: el simoom, del norte de África, y el solano, cuyo polvo arranca pétalos preciosos y causa vahídos. 
Otros son vientos locales, que pasan a ras del suelo como una inundación, descascarillan la pintura, derriban postes de teléfono y transportan piedras y cabezas de estatuas. El harmattan recorre el Sáhara con polvo rojo, polvo como fuego, como harina, que entra y se coagula en los cerrojos de los fusiles. Los marineros llamaron a ese viento el «mar de las tinieblas». Brumas de arena roja procedentes del Sahara han llegado hasta lugares tan lejanos como Cornualles y Devon y han producido lluvias de lodo tan intensas, que se han confundido con sangre. «En 1901 se habló de lluvias de sangre en muchos lugares de Portugal y España». 
En el aire hay siempre millones de toneladas de polvo, como también hay millones de metros cúbicos de aire en la Tierra y más seres vivos dentro del suelo (gusanos, escarabajos, criaturas subterráneas) que pastando y viviendo sobre él. Herodoto registra la muerte de diversos ejércitos envueltos en el simoom, a los que no se volvió a ver. Una nación «se enfureció tanto con ese perverso viento, que le declaró la guerra y avanzó en perfecto orden de batalla para resultar rápida y completamente sepultada». 
Las tormentas de polvo revisten tres formas: el remolino, la columna y la cortina. En el primero desaparece el horizonte. En la segunda te ves rodeado de «djinns danzantes». La tercera, la cortina, «aparece teñida de cobre: la naturaleza parece arder».  

Levantó la vista del libro y vio que el hombre, con los ojos clavados en ella, empezaba a hablar en la penumbra... »