¿Qué hacemos con todo el equipaje que nos pesa y no dejamos atrás?
¿Qué hacemos con los errores, las desilusiones, las decisiones que nos parecían buenas y luego no tanto? Los días en los que los actos siguen las reglas del blanco o negro, la ley de deshojar la margarita: me quiere, no me quiere y así hasta el último pétalo de cuyo resultado depende todo. Tan voluble. Tan irracional.
¿Qué hacemos con ese agujero negro que se queda en el pecho y crece y a veces no te deja respirar?
¿Qué hacemos con los días grises? ¿A dónde van todos aquellos afectos que tuviste y sentiste, que fueron reales, y hoy ya no?
¿Cómo sobrevivimos a los naufragios emocionales?
Dejadme preguntar hoy, que no tengo respuestas. Ni fuerzas.
Lo explica tan bonito Ben Clark en este poema de La policía celeste (Premio Loewe). Porque hoy me siento un poco más cerca del bando de los que se han roto.
Los rotos (con Anne Sexton)
Todas las divisiones son mentira
salvo la que divide los cuerpos en dos
grupos incomprensibles entre sí.
Aquellos que se han roto y los que no.
Los rotos no pedimos demasiado:
que se nos quiera, sí,
que los que no han vivido la fractura
tengan paciencia
si mascullamos viendo las noticias
o hacemos el amor
con un poco de miedo.
Entenderás, entonces, ciertas cosas.
Por qué en casa las tazas no se tiran
y por qué a veces quiero
estar solo después de que suene un portazo.
Los ritos de los rotos, amor mío.
Ademanes que espero que no comprendas nunca.
