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29 de abril de 2021

Apuntes para un naufragio - Davide Enia

 En Lampedusa, un pescador, me dijo:
-¿Sabes qué pez ha vuelto? La lubina.
Luego encendió un cigarrillo y lo apuró en silencio.
-¿Y sabes por qué está de vuelta? ¿Sabes de qué se alimentan? Pues eso.
Apagó el cigarrillo y se fue.




Así empieza Apuntes para un naufragio. Lo terminé en mitad de la vergonzosa campaña electoral madrileña y volví a pensar en la importancia de conocer la historia completa. Esta semana rescataban en la costa canaria otra embarcación con tres supervivientes, en el mismo cayuco en el que todavía estaban  24 cadáveres, 24  historias, 24 vidas. Canarias, Cádiz, Lampedusa, Moria...

En los telediarios las mismas imágenes: hombres, mujeres y niños envueltos en mantas térmicas, las mismas noticias sobre tensiones entre la población residente y los recién llegados. Instituciones y políticos tomando decisiones sobre la crisis migratoria. En la calle, ciudadanos que hablan de mujeres irresponsables que emprenden el viaje embarazadas o con niños pequeños, que asocian delincuencia, falta de trabajo y ayudas masivas a los que llegan desde África. Lo hacen sin despeinarse, amparados en afirmaciones que previamente han hecho algunos políticos y sin ningún interés por saber cuánto de verdad o mentira hay en ellas.


Apuntes para un naufragio no pretende ser un ensayo periodístico sobre Lampedusa y la llegada continua de migrantes en busca de una oportunidad. Lo que más me ha gustado de esta especie de crónica que hace Davide Enia es que hay un acercamiento más humano hacia lo que ocurre. Algunos testimonios de migrantes recién llegados, salvados, que traen como equipaje un buen puñado de vivencias trágicas y traumáticas. La esperanza de que lo han conseguido, sin saber que aún no se han acercado ni un poco a lo que están buscando. Intercalados, algunos otros testimonios de los residentes, de quienes prestan ayuda de emergencia cuando pisan la isla o de los buzos que se juegan su propia vida mientras intentan salvar la ajena, y que cuando vienen mal dadas tienen que elegir a quién socorrer primero. Los que deciden detrás de la mesa de sus despachos no se van cada noche a la cama con las imágenes de la vida y la muerte en su memoria, no creo que ninguno se haya enfrentado al estrés postraumático.

    - El  niño es un bebé, la madre muy joven. Están allí, a cinco metros de mí. Y, justo aquí delante, tres personas se están ahogando. ¿A quién salvar, pues, si todos se están hundiendo en el mismo momento? ¿Hacia quién dirigirse? ¿Qué hacer? Calcular. Es todo lo que puede hacerse en determinadas situaciones. Las matemáticas. Tres es más que dos. Tres vidas son una vida más que dos.
        Y no dijo más.
    Fuera el cielo estaba nublado, soplaba viento del sureste, el mar andaba revuelto. Pensaba: todas las veces, cada una de ellas, tengo la sensación nítida de hallarme ante seres humanos que llevan dentro un camposanto entero.


Me gusta encontrarme con lecturas en las que el autor usa un hilo conductor para entrelazar con él su propia historia. Davide Enia habla de la relación con su padre y su tío, pequeñas pinceladas personales que también hablan de pequeñas heridas.

Yo misma lo hago. Tengo la maleta a medio hacer a la espera de poder huir mañana de este Madrid intoxicado por los políticos en campaña, harta de escuchar sandeces, una supuesta forma de vivir a la madrileña que no tiene absolutamente nada que ver con el día a día. Frivolidades que solo pueden decirse desde el privilegio, cuando no tienes que preocuparte de pagar las facturas. Discursos de odio que revuelven el estómago sobre menores extranjeros no acompañados. Lástima que la lectura no cure el fascismo. Apuntes para un naufragio sería un buen regalo para enviar por correo a algunos políticos y a quienes les apoyan.





Cuenta la canción de Ayub Ogada que se acerca la lluvia. Yo pienso que ojalá caiga un aguacero y se lleve el odio, el miedo y la miseria, los intereses políticos, los discursos racistas y a los que los pronuncian.



17 de abril de 2021

El hombre de hojalata - Sarah Winman

«El primer amor tiene algo especial, ¿no crees?, me dijo.
Es intocable para quienes no formaron parte de él. 
Pero es la medida con la que se comparan todos los que vienen después, me dijo.»


Pienso en las palabras con las que quiero comenzar esta entrada. Le doy vueltas a lo que deseo contar, a la pequeña introducción que suele acompañar a cada recomendación. Quiero destacar lo que la hace especial y para eso primero debería de ir al principio, al momento de la elección. Los lectores elegimos nuestras lecturas buscando información, entretenimiento, conocimiento, misterio. Si yo tuviera que contestar al por qué diría que las elijo esperando que se despliegue ante mí un mapa de sentimientos, afectos y emociones, que traten lo universal: el amor, el duelo, la compasión, el odio, la rabia, la humanidad, la calidez. No siempre ocurre, pero cuando pasa puede compararse a muy pocas cosas. Mi querida Miss Brandon me puso tras la pista de esta lectura (lo que empieza a ser una tradición) y ahí estaban el amor, la calidez, la rabia, el duelo... En apenas doscientas páginas El hombre de hojalata de Sarah Winman removió el suelo bajo mis pies.


SINOPSIS

Esta es casi una historia de amor. Ellis y Michael tienen doce años cuando se convierten en amigos inseparables, y durante mucho tiempo lo hacen todo juntos, como pasear en bici por las calles de Oxford, aprender a nadar, descubrir la poesía y hasta esquivar los puños de un padre autoritario. De repente, esta profunda amistad pasa a ser algo más. Una década más tarde, Ellis está casado con una mujer, Annie, y Michael ha desaparecido de sus vidas. ¿Qué ha ocurrido en todos esos años? Esta es casi una historia de amor. Pero las cosas no son así de simples.


No quiero caer en aquello de etiquetar la novela, no creo que encasillarla como lectura LGTBI o compararla con Llámame por tu nombre sea real, suficiente o justo. El hombre de hojalata es la historia de dos jóvenes, de una separación, de vidas y sueños truncados. Es, ante todo un amor o, siendo justos, dos. No hay final feliz y, sin embargo, la autora es capaz de transmitir que lo importante es que ocurrió. Hubo un momento en el que Ellis, Michael y Annie fueron reales y fue una suerte para ellos encontrarse. 


«Descanso hasta que consigo tranquilizarme y respirar con normalidad. Me impulso para salir del agua y me siento en el bordillo con una toalla alrededor de los hombros. Me pregunto cuál será el sonido que emite un corazón al romperse. Pienso que quizás sea silencioso, imperceptible y nada dramático. Como el sonido de una golondrina exhausta que cae suavemente contra el suelo.»


«(...) Suelta la lámina de madera y se acerca hacia mi despacio. Llegamos el uno al otro en un punto intermedio. Te he echado de menos, dice. Noto en el pecho el sonido de una golondrina exhausta que cae suavemente contra el suelo.»


Y aún queda espacio para el arte, la música y para la poesía. Vincent van Gogh y sus girasoles, Sinatra y Fly Me to the Moon, Walt Whitman y su ¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!.

Hay una manera de narrar desde lo sencillo, desde la verdad, sin artificios, que es capaz de traspasar las páginas de una novela y conseguir aquello que buscamos. Nos atrapa y despliega ese mapa del que os hablaba al principio. Qué difícil conseguirlo con tan poco y qué maravilla cuando ocurre.



21 de marzo de 2021

21 de marzo_Día Mundial de la Poesía

ALMA

Ya se nos permite usar tu nombre.
Ya sabemos que eres inefable,
anémica, muy quebradiza y sospechosa
de las misteriosas culpas de la infancia.
Sabemos que ya no se te permite vivir
ni en la música ni en los árboles al apagarse el sol.
Sabemos (más  bien nos han dicho)
que ya no estás en ningún sitio, en absoluto.
Pero, con todo, oímos tu voz cansada
en el eco, en la queja y en las cartas
que nos escribe, desde el desierto griego, Antígona.

Adam Zagajewski

EL VASO QUEBRADO

Hay veces en que el alma
se quiebra como un vaso,
y antes de que se rompa
y muera (porque las cosas mueren
también), llénalo de agua
y bebe,

quiero decir que dejes
las palabras gastadas, bien lavadas,
en el fondo quebrado
de tu alma,
y, que si pueden, canten.

Francisco Brines.

ALMA

I.
Inquilina del cuerpo
sin contrato de alquiler
II
Esencia irrenunciable    
del ser
III
Moneda de cambio

Itziar Mínguez



21 de marzo - Día Mundial de la Poesía.




20 de marzo de 2021

Hamnet - Maggie O´Farrell

Ser o no ser, de eso se trata;
si para nuestro espíritu es más noble sufrir
las pedradas y dardos de la atroz fortuna
o levantarse en armas contra un mar de aflicciones
y oponiéndose a ellas darles fin. 
Hamlet III. 1.56-60

Llego a la última página de Hamnet y cruzan por mi mente un centenar de pensamientos: mereció cada minuto, cada lágrima, ojalá no tener que despedirme ya, ojalá tener este talento, ojalá poder contar una historia con la maestría de Maggie O´Farrell, qué manera de narrar y crear imágenes, qué manera de conmover y de trasladar sentimientos, qué maravilla de edición y qué traducción tan impecable. Y más, muchos más. ¿Qué pensaría Shakespeare si levantara la cabeza? ¿Qué pensaría Agnes y sus hijas sobre esta segunda vida que les ha regalado O´Farrell?

SINOPSIS

Agnes, una muchacha peculiar que parece no rendir cuentas a nadie y que es capaz de crear misteriosos remedios con sencillas combinaciones de plantas, es la comidilla de Stratford, un pequeño pueblo de Inglaterra. Cuando conoce a un joven preceptor de latín igual de extraordinario que ella, se da cuenta enseguida de que están llamados a formar una familia. Pero su matrimonio se verá puesto a prueba, primero por sus parientes y después por una inesperada desgracia.

Partiendo de la historia familiar de Shakespeare, Maggie O’Farrell transita entre la ficción y la realidad para trazar una hipnótica recreación del suceso que inspiró una de las obras literarias más famosas de todos los tiempos. La autora, lejos de fijarse únicamente en los acontecimientos conocidos, reivindica con ternura las inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia y ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. El resultado es una prodigiosa novela que ha cosechado un enorme éxito internacional y confirma a O’Farrell como una de las voces más brillantes de la literatura inglesa actual.

Hamnet está en boca de todos, está en las redes, en los periódicos, en las entrevistas a su autora y en los reconocimientos en forma de premios literarios. No necesita de este rincón para incrementar promoción, ventas o visibilidad. Tiene por fortuna toda la atención, así que no pretendo desgranarla ni repetir lo que ya se ha dicho de ella.

Quiero traerla aquí para recordar que en estos tiempos de caos, ruido e incertidumbre esta novela consiguió trasladarme a un lugar seguro, ser espectadora de una familia, un duelo, un amor en mayúsculas y transversal que lo conecta todo y a todos. Recordar que hay escritoras y traductoras que manejan como pocas su oficio, en este mundo editorial plagado de impostores. Qué maravillosa suerte que cayera en manos de Libros del Asteroide.

Hamnet es como mirar a través del ojo de una cerradura, como cuando Agnes toca a alguien en ese lugar de la mano, entre el pulgar y el índice, y lee en las profundidades de su alma. Es reconocer cada emoción, cada gesto y cada imagen a poco que el lector tenga un mínimo de empatía. 

-¿Sabes una cosa? -dice entre dientes-. Nunca me ha cabido en la cabeza que mi hermana te eligiera a ti por encima de todos. Le dije: ¿Por qué quieres casar con ese? No sirve para nada.  -Recoge el cayado y se lo planta entre las piernas-. ¿Sabes lo que me dijo ella?
El marido, tieso como un junco en estos momentos, con los brazos cruzados y los labios apretados, niega con un movimiento de cabeza.
-¿Qué dijo?
-Que de todas las personas que conocía, eras tú la que tenía más cosas escondidas dentro.
El marido lo mira como si no pudiera creer lo que oye. Su expresión es de dolor, de asombro.
-¿Eso dijo?

No dejo de acariciar las páginas de este libro, de releer escenas que aún me dejan los ojos brillantes, de absorber párrafos que leo desde la admiración más profunda, con una envidia que no voy a fingir no sentir. 

No quiero despedirme de ellos. Aún así lo hago, cuando ponga punto y final a esta entrada tomaré Hamnet y lo dejaré junto a aquellas otras novelas, que son muy pocas, de las que un día pensé: ojalá haber podido escribir yo esto, ojalá haber contado yo esta historia.

Si solo leéis un libro en 2021, que sea Hamnet

7 de marzo de 2021

Jasmina y el 8M

Empezaré confesando que yo admiraba mucho a Pérez-Reverte, al periodista más que al escritor. Mientras estaba en la universidad, leí sus crónicas y artículos, compré los libros que las recopilaban y señalé mis favoritos, esos brevísimos párrafos que contaban una historia, una vida entera.

Los años han mitigado esa admiración y ahora digamos que no siento esa necesidad de leerle, especialmente porque se ha convertido en un tipo faltón y arrogante. También sé que algo hizo click y se rompió cuando leí esta columna que publicó el 21 de agosto de 1994 titulado Jasmina y que reproduzco aquí (está extraído de su blog):

La mataron hace dos años justos. Era Sarajevo en la época dura, agosto del 92, cuando las bombas en las colas del agua y el pan, con veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz y sin medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo. Aunque de nombre y origen musulmán, Jasmina era rubia tirando a pelirroja, y tenía pecas en la cara y en los hombros. Un día estábamos Paco Custodio y Miguel de la Fuente, cámaras de TVE, y el arriba firmante sentados contra el muro de una mezquita demolida a bombazos en la plaza Bascarsija, cuando se acercó Jasmina a pedirnos un cigarrillo. Después preguntó quién era el jefe y sugirió que echásemos un polvo.

No había entonces mucha prostitución en Sarajevo, a pesar del hambre y la miseria; la gente se buscaba la vida manteniendo bastante bien su dignidad. Había chicas que ganaban dinero ofreciéndose como intérpretes a los periodistas en el Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras; pero se trataba, a fin de cuentas, de una relación laboral equitativa, poco más o menos. El caso de Jasmina no era frecuente. Y fue justo eso lo que me sorprendió. Conversamos, se comió uno de nuestros paquetes de galletas, se probó mi casco de kevlar y se guardó en el bolso -un enternecedor bolso de plástico, como el de las niñas- el segundo cigarrillo sin encenderlo, igual que había hecho con el anterior.

Entonces me contó su historia en mal italiano una historia que en aquella ciudad fantasma resultaba poco original: veintitrés años, un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Jasmina no era exactamente una prostituta, sino que se movía un poco de acá para allá, a pesar de los bombardeos -era una experta en intuir la llegada de los morteros serbios-, consiguiendo algo de vez en cuando. Su precio era tan relativo como todo en aquella ciudad y en aquella guerra: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Nunca dinero. El dinero que Jasmina podía ganar en Sarajevo no valía para nada.

Prometí conseguirle más tabaco para su padre, y por la noche se presentó en el Holiday Inn vestida de negro para eludir a los francotiradores. Le di un paquete de raciones militares y medio cartón de cigarrillos. Por aquellos días aún había a ratos agua corriente en las habitaciones, el único lugar de Sarajevo que gozaba de ese lujo, y me pidió permiso para darse la primera ducha en más de un mes. Subió a mi habitación, se desnudó en ella y se puso bajo el chorro de agua mientras yo me quedaba apoyado en la puerta, porque era un gustazo mirarla. Tenía un cuerpo blanco y hermoso, con pecas en los hombros y la espalda, y unos pechos pesados y firmes. Nadie es de piedra ni santo varón, e ignoro lo que habría ocurrido en otras circunstancias, pero hay cosas que no se pueden hacer, lujos que uno no debe permitirse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando salió de la ducha regresamos abajo, al bar del hotel, y nos bebimos doscientos coñacs con Miguel y Custodio a la luz de una vela mientras los serbios sacudían fuerte, afuera. Después, con su medio cartón y su ración de comida, Jasmina nos dio un beso y se largó corriendo, entre las sombras.

Aún nos la encontramos por la ciudad un par de veces, y siempre le dábamos cigarrillos. Y un día de esos con muchos muertos nos fuimos, como cada vez, a filmar la colecta diaria en la morgue del hospital de Kosovo, y entonces Miguel, que estaba con la cámara al hombro filmando muertos para el telediario de las tres, se vino hacia mí y dijo: echa un vistazo a ver si la conoces. Y eché un vistazo y, en efecto, la conocía. Jasmina estaba en la trasera de un Volkswagen Golf, con un vestido de domingo y su bolsito de plástico y las piernas desnudas colgando sobre el parachoques trasero, con una costra de sangre seca a un lado de la cara, mucho más pálida que bajo la ducha de mi habitación del Holiday Inn. Y tenía los ojos abiertos y ya no sonreía ni volvería a hacerlo nunca.

Miguel, creo, tiene una foto en que estamos ella y yo, y lleva puesto mi casco. Y Miguel se ofreció a regalarme esa foto, pero le dije que se la guardase, gracias, la foto de Jasmina con mi casco puesto. Y hoy he visto en la tele a un ministro español de Exteriores que se llama Javier Solana diciendo que lo de Ruanda es intolerable. Recuerdo que, cuando lo de Jasmina, también oí decir al mismo fulano que aquello era intolerable. A mí, quienes me parecen intolerables son los bocazas sonrientes que llevan tres años autojustificando su impotencia con tan escasa vergüenza. Pero a lo mejor es que yo vi ducharse a Jasmina y ellos no.

Como os decía, algo hizo click en mi cabeza tras leerlo: ¿pretendía el periodista justificar y afirmar que se comportó como un caballero dejando que una chica de moral cuestionable -aprovecha bien el primer párrafo para sembrar la duda e insinuar que no era prostituta pero y posteriormente considera equitativa y tilda de relación laboral el intercambio entre periodistas masculinos e intérpretes femeninas- se duchara sin ninguna privacidad frente a él porque la segunda opción podría haber sido que la comida y los cigarrillos los hubiera conseguido con un intercambio sexual? A mí me lo parece. Me parece que ese relato habría sido muy distinto de haberlo podido contar Jasmina.

Quizá Jasmina habría hablado de que solo contaba con su cuerpo y su inteligencia para poder sobrevivir en una guerra, que tenía que acceder a que un tipo desconocido se colara en el baño para mirar cómo se duchaba y que eso ya era una suerte, porque podría haber tenido que consentir que se la follara a cambio de una ducha, unas galletas y unos cigarrillos. Que tenía que mostrarse agradecida por poder salir indemne y sin las manos vacías de una habitación donde estaban tres extranjeros y que por eso se había despedido con un beso. No sé si Jasmina habría querido ser recordada en un artículo donde se dan detalles de su cuerpo desnudo y de cómo acabó. No sé si habría querido terminar en un artículo que finaliza como si fuera una muesca más en el cinturón de conquistas de Pérez-Reverte porque consiguió verla desnuda y ese recuerdo le resulta más agradable al escritor que conservarla en una foto vestida. Tampoco sé qué opinaría de esas supuestas relaciones en un plano de igualdad entre periodistas y las intérpretes que, al fin y al cabo, trabajaban para ellos.

Se dice que necesitamos un cambio de narrativa, una amplitud en la mirada, dejar de ser contadas con los ojos de los hombres, dejar que seamos nosotras las que podamos contarnos y hablar del mundo que nos rodea desde nuestra perspectiva que, sin ningún género de dudas, es muy distinta de la mirada masculina. Y todo eso pasa por hacer fuerte el feminismo, por seguir luchando por conseguir un lugar donde podamos narrarnos, donde dejemos de ser cosificadas y humilladas, desde el que podamos cambiar todo lo que no funciona para nosotras por el mero hecho de ser mujeres. Ni siquiera voy a enumerar todos los obstáculos y desmanes a los que nos enfrentamos cada día en el mundo. Mañana, 8M, seguiremos reivindicando la igualdad de derechos. Lo haremos por todas las Jasminas, por todas las mujeres, por todas nosotras.

La actriz Saadet Aksoy en la adaptación cinematográfica de La palabra más hermosa, M. Mazzantini.



21 de febrero de 2021

Tierra de mujeres - María Sánchez

Ha sido tan fácil abandonarse a los relatos de María Sánchez y su Tierra de mujeres. Hay veces que es necesario que te recuerden que tu situación de urbanita es casi un espejismo, que tienes que mirar atrás y recordar tus orígenes, prestar atención, rebuscar en la memoria.

María Sánchez, nacida en Córdoba, es veterinaria de campo y ha publicado un poemario llamado Cuaderno de campo y el breve ensayo Tierra de mujeres. Reflexiona en él sobre la situación del mundo rural y sobre el papel silencioso e invisible de las mujeres. No pienso que haya un discurso innovador en él, pero eso quizá sea porque trata de situaciones que no me son ajenas. No es que compartamos un pasado común, nada más lejos, pero sí conozco ese entorno rural del que habla, ese lenguaje que se está perdiendo, el papel de las mujeres de mi familia en un entorno rural.


Mi pueblo se sitúa en la campiña cordobesa y gran parte de su población vive del olivo. Mis abuelos siempre trabajaron en el campo. Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar los días de mi infancia en los que mi abuelo materno volvía de sus olivos en una motocicleta de la que colgaban unas alforjas, se sentaba en un escalón del corral, se quitaba las botas y los calcetines gordos y mi abuela dejaba lo que estuviera haciendo para atenderle. Recuerdo el patio con su pozo, una zahúrda que era más despensa que cochiquera, el limonero con la mitad del tronco pintado de blanco y las macetas con helechos bordeándolo. La cocina junto a la pila con jabón casero, los lebrillos de barro y cinc donde nos bañábamos siendo críos. La mesa camilla con sus enaguas para mantener el calor del brasero de picón, con la espumadera al lado  para atizar las brasas y que tenía bajo el cristal facturas, estampitas, fotografías en blanco y negro, calendarios, notas con teléfonos, décimos de lotería y un sinfín de documentos que a mí me fascinaban.

Mientras la economía familiar dependía del jornal de mi abuelo, mi abuela criaba a sus hijos, mantenía la casa impoluta, encalaba fachadas y patios, aliñaba aceitunas (partías, rayás, de piedra...) en enormes garrafas, enseñaba a bordar a varias niñas del pueblo en torno al patio interior: era una comunidad donde se bordaba, se educaba, se hacían recados, pero sobre todo era una fuente de ingresos alternativa. A mi cabeza han vuelto los días de verano que terminaban en la calle al calor de la charla entre vecinos que salían al fresco de la noche con sus butacas y sillas de enea, y que saludaban a los viandantes con un «vaya usted con Dios». En mi pueblo se estila poco el tuteo, mi abuela siempre me pregunta «¿y ustedes, como estáis?», aunque en realidad se dice ¿ostés, cómostáis?

Recuerdo a mi abuela paterna trajinando en la cocina, con su bata y su mandil, siempre feliz de vernos y malcriarnos, interesándose por mis estudios y aconsejándome en los últimos años que fuera independiente, que intentara no depender nunca de un hombre. La echo terriblemente de menos, más de un tiempo a esta parte. Las navidades, la vida, nunca fue igual desde que ya no está. 

Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar de dónde vengo, no es que lo haya olvidado, es que hace demasiado tiempo que vivo lejos de mis raíces y de mi acento, el que voy perdiendo a base de castellanizarlo para evitar el prejuicio activo, el que vincula lo andaluz con lo paleto y la juerga. Como María Sánchez, soy nieta de esas mujeres que trabajaron muy duro, que han mantenido las tradiciones y las palabras, que hacen comunidad, que ya sabían lo que era la sororidad antes de que nadie inventara la palabra. Quizá por eso leer a María ha sido un placer y un bálsamo.

«Nuestro medio rural necesita otras manos que lo escriban, unas que no pretendan rescatarlo ni ubicarlo. Unas que sepan de la solana y de la umbría, de la luz y la sombra. De lo que se escucha y lo que se intuye. De lo que tiembla y de lo que no se nombra.
Una narrativa que descanse en las huellas. En las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando, a la sombra, sin hacer ruido, y que siguen solas, esperando que alguien las reconozca y comiencen a nombrarlas para existir.»