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22 de mayo de 2022

Elegir los cimientos


«La vida es un sueño diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y es todo.»

Rosa Montero 
El peligro de estar cuerda.


Hago un breve repaso a las últimas lecturas: La bajamar, de Aroa Moreno; El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero; la recopilación de entrevistas de Anatxu Zabalbeascoa en Gente que cuenta; dos poemarios: uno de Francisca Aguirre y otro de Mary Oliver; Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur; Cinco inviernos de Olga Merino; Conversaciones con la escritura, de Ursula K. Leguin.

Puede no parecerlo, pero hay una pauta. Son lecturas cortas, la mayoría fuera de la ficción, reflexiones de otras mujeres a las que te une eso: ser mujer y compartir muchos de los intereses, preocupaciones, debates. Son lecturas con las que puedes mantener una conversación íntima. Puede que, a base de manosearlas políticamente, ciertas palabras pierdan el significado pero comentaba el otro día con una amiga la importancia de la perspectiva de género, del beneficio de la narrativa femenina entendida como esos temas que necesitamos tratar nosotras, las mujeres, darle un contenido que parta de nuestro sentir y nuestra voz porque ya hemos tenido suficiente de que "los grandes temas" solo nos hayan llegado desde la mirada masculina.  Cine, series y libros con una única voz que teníamos que dar por universal pero que no nos incluye, que no cuenta con nuestra opinión, con nuestra existencia. Y, sin embargo, qué suerte vivir en esta época en la que poco a poco las mujeres pueden contarnos lo mismo pero con otra perspectiva y, no solo eso, también tratar lo que no se ha contado y que necesita ser narrado.

Me pregunto: ¿qué hacemos con nuestras obsesiones cuando pensamos que solo nos preocupan a nosotras? Quiero decir, ¿cómo vamos a sentirnos reconfortadas si no es sabiendo que ahí fuera hay otras mujeres a las que ya obsesionaron las mismas cosas y aún continúa haciéndolo?

Las reflexiones, las preguntas, las dudas que nos surgen hoy no pueden ser las mismas que las que teníamos a los veinte años. A los veinte no te planteas (al menos yo) la complejidad de las relaciones entre madres e hijas, la enfermedad, la gestión de la muerte, la salud mental, que a lo mejor no es verdad eso de que te van a ningunear en un trabajo por ser mujer, que a lo mejor no es verdad eso de que hay un mantra social que te enseña que hay que competir con otras mujeres, estar en frente en lugar de estar al lado, que a lo mejor sí que se pueden conciliar vida laboral y familiar. Entonces llegas a las cuarenta y te encuentras con una realidad distinta. Por fortuna, has leído a Montero, a Didion, a Merino, a O´Farrell, a Mazzantini, a De Vigan y Atwood, a Vallejo, a Szymborska y Maillard, a Ngozi Adichie, a Steinem, Nemirovsky, Winkler y Desbordes, Duras y Springora... Todas tienen algo que mostrar y que no te han enseñado otros escritores, no con su mirada.

En los últimos tiempos hay dos temas que me obsesionan especialmente: la enfermedad y la muerte. A veces pienso que necesito entender los mecanismos que son necesarios para afrontar ambas, algo así como hacerme mi propio manual de gestión del dolor. Propio y ajeno.

Hay una exposición en el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, en Córdoba, que llaman Futuros abundantes. Una de las salas presenta una pared llena de cintas colgadas, en cada una un deseo. Cientos de deseos al alcance de la mano del espectador. La autora es Rivane Neuenschwander y la obra: Deseo tu deseo. La idea es tomar los deseos de un número de personas, exponerlos y dejar que cada uno elija el que quiera, con el que mejor se identifique. Coges la cinta y puedes anotar en una hoja de papel un nuevo deseo y dejarlo en el hueco que ha dejado el que has elegido. Puede que, en el futuro, forme parte de esa misma exposición en cualquier otra parte del mundo. Os aseguro que hay deseos de lo  más variado y utópico: deseo que se acabe el patriarcado, deseo ser una persona no binaria, deseo tener trabajo, deseo quererme más, deseo un mundo sin guerras, deseo el final del cambio climático... 

Cuando llegó mi momento, el de escoger una cinta y un deseo elegí este: deseo una muerte fácil.
Ahí están mis obsesiones: la enfermedad y la muerte.

No tengo solución para ellas pero sí que me reconforta cuando encuentro a una autora que pone palabras a lo que yo no sé contar. Por eso, y por muchas razones más, leemos. Y también por eso, creo, es tan importante elegir los cimientos.


«Envejecer es aprender a perder.

Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo.
Y ya no hay nada en la columna de las ganancias.
Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez.
Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta.
Perder lo que te han dado, lo que te has ganado, lo que te merecías, aquello por lo que luchaste, lo que pensabas que nunca perderías.
Readaptarse.
Reorganizarse.
Apañárselas.
No darle importancia. 
No tener ya nada que perder.

Al principio son nimiedades. Luego la cosa se acelera.
Pues una vez que empiezan, pierden sin remisión. A carretadas.
Pierden todo lo que puede perderse.
Y saben que, a pesar del esfuerzo -del combate diario que empieza cada vez de cero-, a pesar de la buena voluntad, no pierden nada por esperar.»

Las gratitudes
Delphine de Vigan.

PROPIETARIOS


Porque no poseemos nada,
ni siquiera la vaga sombra de futuro
que a nuestra infancia responsable pervertía.

Porque no somos dueños de nada,
ni aun del propio dolor
que con asombro hemos mirado tantas veces.

Porque, sin duda, tener no es lo nuestro,
y sí soñar desesperadamente
que todo lo tenemos al borde de la mano,
de esta tozuda mano que nos nombra
con más rigor que un apellido.

Dueños de desearlo todo: qué tristeza.

Dueños del miedo, el polvo, el humo, el viento.

Francisca Aguirre
Ítaca





Deseo tu deseo. Rivane Neuenschwander 

13 de marzo de 2022

Partir es morir un poco y llegar nunca es definitivo

Escuché ayer al periodista Enric González en una de sus piezas radiofónicas hablar de esta frase del músico argentino Moris: La vida está bien aunque el mundo esté mal. Decía además: Todo indica que durante una temporada, quizá bastante larga, el mundo va a darnos muy pocas satisfacciones. No vale la pena engañarse. No hay día sin malas noticias, ni precio sin subida, ni cuerpo que aguante lo que estamos viviendo en Ucrania. Son tiempos de angustia.

    

Unos días antes, el escritor Ian McIwan empezaba una de sus columnas periodísticas con esta lucidez terrible: Aquí estamos, en nuestros asientos de primera fila de un circo sangriento, viendo todo en la televisión y en Twitter, atrapados entre la piedad infinita y un razonable egoísmo.

Uno y otro ponían palabras a lo que muchas de nosotras sentimos estos días. No hay cuerpo que aguante esta incertidumbre, esta desazón, este espectáculo diario en las cadenas televisivas. Ya veníamos heridos de muerte con la pandemia. Los grandes desastres no borran los pequeños porque, a todo esto, sumamos: crisis económica y sanitaria, la salud mental en vilo, erupciones volcánicas, crisis de refugiados, crisis climática, conflictos bélicos normalizados, discursos de odio, comentarios machistas y xenófobos emitidos en prime time...

Y sin embargo: la vida está bien aunque el mundo esté mal y seguimos agarrándonos al clavo ardiendo y dando las gracias por el privilegio de llegar a otro día con algo pequeño que celebrar. 

La escritora Rosa Montero indica en un artículo y también en su libro Lágrimas en la lluviaEl primer emperador romano, Octavio Augusto, consiguió sus inmensos y abusivos poderes porque la República se los otorgó de buen grado. ¿Y por qué hizo semejante barbaridad la República romana, por qué se suicidó? Cuncta fessa, explicó Tácito: “Todo el mundo está cansado”. Sí, estaban cansados de la inseguridad política y social y no creían en las instituciones. Así perdió Roma sus derechos y libertades durante siglos. A veces los pueblos se suicidan. A veces los pueblos deciden arrojarse al abismo.

Rachel Cusk señala en su libro Despojos: En la tragedia griega, la comunidad comparte el dolor de la guerra con los combatientes que vuelven a casa. Sale a la calle a ofrecer su amor y su solicitud a quienes han sufrido el dolor de la batalla. El matrimonio deja fuera a los demás, dice mi amiga. Cuando te casas te alejas de los demás, pero cuando el matrimonio se acaba salen a darte la bienvenida. Eso es la civilización dice. Lo peor que te ha pasado ha sacado lo mejor de ellos.

Y así es como leyendo aquí y allí, saliendo un poco del ruido y de las frases fáciles, de los discursos en las redes vacíos a veces, estúpidos y mediocres en muchos casos, sin ningún filtro ni reflexión la mayoría, es como consigo salir del mutismo solo por un día. Me da miedo el cansancio del mundo pero la experiencia también nos dice que lo peor que le ha pasado a alguien ha sacado lo mejor de otros. Así que me voy a quedar con lo que decía Moris: La vida está bien aunque el mundo esté mal. Tendremos que evitar el cansancio por nuestro bien y celebrar cada pequeña victoria.





*La oración del migrante dice que

Partir es morir un poco y llegar nunca es definitivo.

**Fotografía: Ventana del investigador Lev Shevchenko en Kiev. Marzo 2022.


10 de febrero de 2022

No te va a querer todo el mundo

Vivir, vivir de una manera auténtica ni es fácil, ni sencillo ni indoloro. Requiere esfuerzo físico e intelectual, requiere sacrificio, requiere tiempo y requiere agallas. Y no existen fórmulas mágicas, ni atajos, ni secretos absurdos ni reglas que invariablemente se deban seguir. Uno debe construir su camino de vida aceptando que otros, mejores y más sabios que nosotros, estuvieron antes destilando conocimientos e ideas que sirvieron de camino a otros.

Isabel Coixet.


No te va a querer todo el mundo. Así se titula la recopilación de artículos de Isabel Coixet. No te va a querer todo el mundo, lo pensaba estos días, es también una afirmación, una realidad, una certeza. No te va a querer todo el mundo, y está bien. Sin dramas.

Dice Coixet al inicio de la entrada que uno construye una vida aceptando que otros, mejores y más sabios, abren un camino al resto. Es curioso pero creo que uno gana mucho más fuera del foco (redes, discordias, la última polémica, el último titular) y aprovechando el poco tiempo que tenemos haciendo aquello que nos enriquece y sobre todo escuchando a otros (mejores y más sabios).

No te va a querer todo el mundo. Y qué alivio. Tener bien claras las premisas, poder invertir bien la atención, los afectos y el tiempo. 

Todas las noches procuro leer algunas páginas de la lectura que tengo entre manos y justo antes de empezar miro hacia la ventana. A lo lejos se ve un bar, hace esquina y está iluminado por dentro. Fuera es noche cerrada y el rojo del cartel de Coca-Cola destaca en la negrura. Está abierto pero apenas si hay gente dentro, solo el camarero recogiendo y algún cliente rezagado. Siempre que lo miro pienso que podría ser un cuadro de Hopper

Las noches siempre traen pensamientos extraños, una tregua al estrés del día, una paz que te llena la cabeza de imágenes y también de imaginación.

Miro hacia la ventana, a ese bar, y pienso en ese camarero que recoge los restos del día y hago como él, recojo en mi cabeza el producto de todo lo trabajado, lo leído, lo escuchado y lo visto. Y de todo eso también extraigo lo sentido. Hay días en los que hay fruto y otros en los que no. Imagino al camarero del bar pensando lo mismo: poniendo en la balanza los acontecimientos del día y recogiendo la ganancia. Que antes de salir a la negrura haya algo valioso que llevarse a casa.

He tenido unos días bastante buenos. Añadí un nuevo año que celebrar, estuve con los míos, leí un buen libro -Las gratitudes, de Delphine de Vigan- que me dejó un profundo poso y temas como es el paso del tiempo y de ciertas personas por nuestra vida y que nos la cambian, en los que quedarme a reflexionar. Y vi una de las secuencias más hermosas y emotivas en una serie en forma de poema.

Así que, es bueno saber de antemano que no te va a querer todo el mundo (tú tampoco lo harás), pero que esta vida está llena de cosas valiosas, a nuestro alcance, y hay que hacer recuento cuando finaliza el día. Os voy a dejar una de mis cosas valiosas. El personaje de Lisa, de la serie After Life, recitando el precioso poema de Mary Elizabeth Frye "Do not stand at my grave and weep". Tenéis también la traducción.



No te quedes en mi tumba llorando.

No estoy allí, no duermo.

Soy mil vientos que soplan.

Soy el diamante que brilla en la nieve.

Soy el sol sobre el grano maduro.

Soy la suave lluvia de otoño
cuando te despiertas
en el silencio de la mañana.

Soy el veloz e inspirador ajetreo
de pájaros silenciosos
volando en círculos.

Soy el suave brillo de la noche.

No te quedes en mi tumba llorando.

No estoy ahí, no morí.

Mary Elizabeth Frye




6 de enero de 2022

En cualquier invierno hay un calor decente hecho a vuestra medida - Bienvenido, 2022

 «Creo que, poco a poco, invirtiendo mucho tiempo, me he ido creando un mundo propio. Y cuando estoy en él, yo sola, me siento hasta cierto punto tranquila y segura. Pero el hecho de haber tenido que construirme ese mundo significa, en sí mismo, que soy una persona débil, frágil, ¿no?
Además, desde el punto de vista de la sociedad, mi mundo es algo insignificante. Parece una casa de cartón que un vendaval puede llevarse en un abrir y cerrar de ojos...»

After Dark
Haruki Murakami



Buscaba una cita con la que iniciar la primera entrada de 2022, sin haber tenido el tiempo ni la forma de despedirme del 2021 como es debido. Y ahí estaban las palabras en After Dark -me he ido creando un mundo propio, en el que estar tranquila y segura; mi mundo es algo insignificante...- encajando como anillo al dedo.

Puedo hacer un rápido resumen de las lecturas más reseñables para mí. Tomo como referencia mi Goodreads y los datos están claros: sesenta libros terminados donde se cuentan novelas, ensayos y algunas maravillas ilustradas. 
Ha sido el año de Maggie O´Farrell (he leído todo lo que tiene traducido y publicado), de dejarme llevar por las recomendaciones de mi familia lectora para caer rendida a Claus y Lucas de Agota Kristof, Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, Federico de Ilu Ros, El hombre de hojalata de Sarah Winman, El duelo es una cosa con alas, de Max Porter y After Dark de Haruki Murakami. 

Clásicos con los que he disfrutado mucho: Expiación de Ian McEwan, La carretera de Cormac McCarthy y Mendel, el de los libros de Stefan Zweig.

Miro al 2022 de frente y veo un año lleno de posibilidades. Decía Robert Frost: «Puedo resumir en tres palabras todo lo que he aprendido de la vida: la vida sigue.»

Cruzo enero de la mano de El corazón helado, de Almudena Grandes porque es verdad eso que dicen: el mejor homenaje que se le puede hacer es leerla, nombrarla, que permanezca en nuestra memoria. Descansa tranquila, Almudena. Aquí en la Tierra somos muchos más los que te queremos, los que no usamos tu nombre en vano, ni lo ensuciamos. Somos más los que se emocionan al escuchar las palabras, el tono, ejemplo de dignidad y amor de Luis García Montero cuando habla de ti.

Empecemos, pues, 2022 de la mano de quienes tienen algo valioso que decir. Con la esperanza de que en la balanza de los próximos 365 días pesen más los luminosos que los difíciles, que siempre haya más apuntes en nuestro debe que en el haber. Pongámonos manos a la obra.


EN CUALQUIER INVIERNO SE ESCONDE
UN CALOR HECHO A NUESTRA MEDIDA


Ya no nieva. La noche
descansa en la blancura de unas sábanas
con forma de ciudad.
Detrás de la ventana no estoy solo.
Tengo algunos tejados, esquinas luminosas,
y pasan caminantes
con prisa y muchas bolsas de regalo     
en busca de una cena familiar.

A la luz de la noche
parpadea la nieve. Parpadea
la pantalla del móvil. Feliz año,
que tus sueños se cumplan,
justicia para el mundo,
la dirección del banco saluda a sus clientes...
Parpadean mensajes y navegan
con sus breves deseos   
en esta religión de la distancia.

Que se acabe la crisis,
república, salud y el amor de los tuyos,
mañana no será lo que Dios quiera,
este año es el nuestro y es valiente,
atreverse a nacer con la que está cayendo,
hoy me acuerdo de ti.

Parpadea la vida, los años parpadean,
las historias, papeles en el viento,
desarraigados árboles que pasan 
en el viento que pasa
como pasan las hojas y la nieve.

El náufrago perdido en una isla
procura dar señales con el humo
de una hoguera, o arroja
una botella al mar.
En medio de la nada,
mientras las olas llegan como números
a una orilla electrónica,
también me acerco al mar y envío mis mensajes.

Con la barba crecida
y la camisa rota,
descalzo por la arena de una isla,
súbdito de mi caza, de mi pesca y mi red,
nada digo a los otros
si no es que estoy aquí,
que sigo naufragado en un lugar del mundo
y que marco los días
en el tronco de un árbol,
para que no se olviden,
desarraigados días que pasan con el viento,
con el viento que insiste y murmura
deberías hablar,
deberías hablar
porque en cualquier invierno
hay un calor decente
hecho a vuestra medida.

Luis García Montero
Un invierno propio (2011)


 






30 de noviembre de 2021

Nuevo pequeño catálogo de seres y estares.

 Yo también he conocido el desasosiego interior del exilio,
la peligrosa sensación de no estar en casa en ninguna parte,
el centro disperso, el amor dividido;
ni aquí, ni allí, el salto a través del océano,
el vaivén entre dos firmes lealtades;
americana, salvo por una diferencia: las despedidas.

De todos nuestros viajes.
May Sarton.

En los últimos años he hecho hasta cinco cambios de residencia, con sus correspondientes mudanzas. Los días previos están llenos de excitación y miedo. Es partir de cero cada vez e intentar hacer de tu última morada un hogar. Madrid me acogió los últimos once años con la dureza y el deslumbramiento al que nunca llegas a acostumbrarte. La ciudad de las oportunidades, de las estrecheces, de levantarte cada día sabiendo que si tienes que ir de A a B, más vale que busques un buen modo de invertir ese tiempo que muy pronto sientes que te ha sido robado. Quizá por eso siempre hablo de que los libros son un consuelo, porque consiguieron que no sintiera hurtada cada hora de ida y vuelta a casa.

Dicen además que los libros contienen historias y sentimientos universales, que trascienden tiempo y espacio. Quizá por eso siempre me gustaron todas las referencias de la Odisea y el regreso del héroe a Ítaca. Yo emprendí un viaje teniendo como punto de mira el regreso a mi Ítaca. Pero a veces ocurre, como tan bien contaba Kavafis en su poema: que la meta no te haga perder de vista y que no empañe nunca el camino, el viaje.

Así que lo que hoy tengo presente es ese viaje, son los once años de experiencias, de descubrimientos, de encuentros y alegrías. Si me lo hubieran contado antes de partir, lo habría firmado. No habría querido perderme ni uno solo de los minutos en los que he sido feliz en una ciudad que a veces me pareció hostil y extraña.

Hay un montón de cajas apiladas en nuestro penúltimo piso esperando a ser abiertas, vaciadas y cuyos objetos serán reubicados en nuevas habitaciones, en las que entrará una luz distinta, una luz que me devuelve a casa. 

Hay un proverbio africano que dice: para educar a un niño, hace falta una tribu entera. Yo no puedo aplicarlo a la educación  pero sí que puedo decir que para tener una buena vida, para sentirla completa hace falta una tribu, una buena. Madrid siempre tendrá nombre de mujeres. Madrid es Marisa, Cris, Mara, Mónica, Paloma, Claudia, Ana, Laura... Es M. Ángeles y su luz del sur, es Esther y su luz del norte. 

Estos días me reuní con algunas de ellas y aunque siempre habrá futuras ocasiones para vernos y promesas de reuniones online, fue imposible no empezar a sentir esa pérdida, esa especie de lucro cesante emocional. Marcharte también es eso, es lo que dejas atrás. Cuando me cuesta encontrar palabras recurro a otros. Terminado el día, cuando embalaba estos once años en cajas de cartón,  recordé el poema de Eloy Sánchez Rosillo.

Dejadme aquí

Dejadme aquí, sumido en la penumbra
de esta habitación en la que tantas horas de mi vida
      transcurrieron.
Es tarde ya. La noche se aproxima
y hoy -no sé por qué- más que otras veces necesito
quedarme solo y recordar muy lentamente
algunas cosas del pasado,
ciertas historias ya casi perdidas,
mientras el sol se aleja y la ciudad va hundiéndose
      en la sombra.

Porque es imposible no sentir esta tristeza. Y lo es más no recordar los muchos momentos de felicidad: de eventos, presentaciones, cafés y cenas compartidas, madrugadas de charlas y confidencias. De reuniones con las personas que quieres y admiras y convertir esos momentos en días luminosos, rodeados de la épica de los sentimientos a flor de piel. De eso va la vida ¿no? De rodearte de gente que está cerca en los momentos difíciles, que siempre te recibe con una sonrisa, con la que compartir risas y lágrimas cuando toca.

No sé qué vendrá a partir de ahora, pero sí sé que quiero mantener intactos estos afectos y esta comunidad. Leí hace unos días un artículo de Martín Caparrós sobre la palabra Ojalá.

(...)Ojalá es tan del sur: de esas partes donde se dice que las personas sienten más que piensan. Los ingleses y los franceses, tan aparentemente serios, no tienen una palabra equivalente. Recurren a expresiones banales: I wish, I hope, hopefully, j’espère, donde no hay un poder extraño que decide sino sujetos que pretenden. Los italianos y los portugueses, en cambio, tan agoreros como nosotros, sí dicen magari o tomara.
Y ojalá nos define pero, sobre todo, nos recuerda que no siempre fuimos lo que somos, lo que creemos que somos, eso que nos contaron. Ojalá, claro, es puro árabe: al principio fue law šá lláh, dice la Academia, que significaba “si Dios quiere”. Ojalá es pedir algo a esas fuerzas oscuras, rogar a quien se pueda. Es la idea de querer algo que quién sabe: lo contrario de creer que porque quieres algo lo vas a conseguir. Porque quieres algo puedes no conseguirlo, porque el mundo es demasiado complicado para estar seguro. Ojalá —decir ojalá— es una forma de decir la pequeñez de cada quien, la imposibilidad de controlar este caos de causas y efectos en que vivimos y sufrimos.

Y en ese estado, que explica tan bien este escritor, estoy ahora. En ese deseo incierto, en ese ruego, en esa esperanza. Ojalá lo que venga sea bueno, ojalá mantener lo conseguido y lo amado. Ojalá reencontrarme pronto con mi tribu de mujeres que siento tan cerca, admiro y quiero. Desde la distancia me sigue llegando su luz, como la de un faro, recordándome que desde esta Ítaca hay un lugar al que siempre podré volver y donde sé (eso sí es una certeza) que me acogerán con la misma calidez con la que me despidieron.



9 de octubre de 2021

Tengo un nombre - Chanel Miller

Que en los últimos doce meses haya leído: "El consentimiento", de Vanessa Springora, "Creedme", de T. Christian Miller y Ken Armstrong, "She said - La investigación periodística que destapó los abusos de Harvey Weinstein e impulsó el movimiento #MeToo", de Jodi Kantor y Megan Twohey, o "Tengo un nombre" de Chanel Miller, y haya visto documentales como "Gimnasta A: El médico depredador", "La guerra contra las mujeres" o "¿Qué co#o está pasando?" podría ser definido como patrón. O uno de esos temas que me obsesionan, interesa, sobre los quiero tener información suficiente tanto para crearme una opinión como para defenderla. Porque si hay algo seguro es que al menos una vez al mes tratarás con alguien que negará la violencia de género, pondrá en duda a las víctimas de las agresiones sexuales, opinará sobre el último titular de prensa que denuncie alguna de estas situaciones con afirmaciones que solo dejarán en evidencia que hablar es gratis y que se puede decir lo que se quiera bajo el auspicio de la libertad de expresión.

No tenía previsto hacer esta entrada. Esta semana terminé Tengo un nombre, de Chanel Miller y pensé en hacer una reseña de este testimonio. Me dije que, al final, estas lecturas nos interesan siempre a las mismas personas y que ya podía ponerla por las nubes: probablemente nadie que pasara por aquí optaría por añadirla a su wishlist. Pero justo saltó la noticia de que uno de los violadores de la Manada había escrito una carta pidiendo perdón a la víctima. Es curioso que pueda pensarse que es una victoria para la víctima, a la que social e institucionalmente se encargaron de denigrar, poner en duda y juzgar. Lo cierto es que lo que espera este violador, ahora confeso, son beneficios penitenciarios.

Lo que cuenta Chanel Miller es su experiencia desde que fue violada en un campus universitario hasta que tuvo que enfrentarse a la condena de seis ridículos meses a su violador. Su caso trascendió cuando se hizo pública su Declaración de daños. Lo hizo bajo un seudónimo porque pasó mucho tiempo hasta que se atrevió a sacar a la luz su verdadera identidad. 

«Tú no me conoces, pero has estado dentro de mí, y por eso estamos aquí hoy.
(...) Le dije a la agente de la condicional que no quería que Brock se pudriera en la cárcel. No le dije que no se mereciera estar entre rejas. 
(...) También le dije a la agente de la condicional que lo que quería de verdad era que Brock entendiera lo que había hecho y admitiera el delito. Por desgracia, después de leer la declaración del acusado, siento una profunda decepción y veo que es incapaz de mostrar un arrepentimiento sincero ni de responsabilizarse de su conducta. Respeté plenamente su derecho a tener un juicio justo, pero incluso después de que doce miembros del jurado lo declararan culpable de tres delitos graves, lo único que ha admitido es que bebió alcohol. Alguien que es incapaz de aceptar su plena responsabilidad por lo que ha hecho no merece que se suavice su veredicto. Es profundamente ofensivo que pretenda enmascarar una violación amparándose en la "promiscuidad". Por definición, una violación no es la ausencia de promiscuidad, sino la ausencia de consentimiento, y me inquieta enormemente que no sea capaz de apreciar esa distinción.»

En She said, encuentro párrafos como estos:

«The Washington Post había obtenido parte de una cinta de audio del programa de cotilleos Access Hollywood en la que Trump se vanagloriaba de sus agresiones hacia las mujeres. La grabación era de 2005:

Me siento automáticamente atraído por las chicas guapas, simplemente empiezo a besarlas. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, dejan que lo hagas. Puedes hacer cualquier cosa... Agarrarlas por el coño. Puedes hacer cualquier cosa.»

Posteriormente, Trump se retractó primero, habló de bromas de vestuario y luego acusó a las mujeres que se atrevieron a corroborar sus afirmaciones, de mentir. Siempre me sorprende en estos casos la cantidad de mujeres que salen en defensa de los agresores, especialmente las que afirman que ellas no habrían consentido o que por qué esperaron "x" años para hablar. Qué atrevida es la ignorancia.

Hemos sido testigos del reciente caso del youtuber que alardeaba de mantener relaciones sexuales sin preservativo porque les aseguraba a las chicas que era estéril, afirmación que provocaba la risa de su interlocutor. También en este caso se pueden leer comentarios y opiniones sobre que él se ha disculpado sinceramente, que no existen pruebas, que aquello no era una confesión, sino una mera conversación inapropiada. Si yo fuera una de esas chicas, sabiendo cómo se pone en marcha la maquinaria difamatoria sobre las víctimas, probablemente no abriría la boca. 

Se habla mucho ahora de "la cultura de la cancelación", del castigo al que se ven sometidos abusadores y agresores, que actuaron con la mayor impunidad. Creo que el problema está en que el foco mediático cae sobre ellos, se intenta poner en valor sus aportaciones sociales, culturales, aquello en lo que han destacado y entonces se habla de censura, puritanismo, de si debemos separar autor y obra. La cuestión es que gran parte de las víctimas no cuentan su historia, no hablan de su vida antes y después de las agresiones. No pueden hacer como Chanel Miller, contar el momento exacto en el que su vida cambió y dejó de ser ella para convertirse en Emily Doe, una chica a la que un chico decidió agredir detrás de unos contenedores aún sabiendo que estaba prácticamente inconsciente y que fue socorrida por dos chicos que pasaban por allí en bicicleta a los que solo les bastó una ojeada para saber que se estaba produciendo una agresión sexual. Posteriormente la sometieron a un juicio público en las redes, dejó de trabajar y hacer planes porque el juicio la mantuvo atada a un calendario en el que no podía ejercer ningún control y que necesitó (y probablemente necesitará siempre) algún tiempo de terapia y asistencia psicológica. Detrás de cada víctima hay además una familia, gente que la quería y cuyas vidas también cambiaron.

Es terrible tener la sensación de que no importan las víctimas. Es hipócrita pensar que puedes saber que una persona agredió a otra pero que, oye, hay que separar la obra del autor. No cuando cuentas con cierta información. Porque resulta que hay hombres como Trump que creen que pueden hacer lo que quieran, contarlo e irse de rositas. Que de hecho lo hacen y pueden incluso convertirse en presidente de EEUU. O que describen una violación con la mayor frialdad y desapego, como lo hacía Neruda en Confieso que he vivido y seas recordado solo por tu obra. La mala noticia es que ya no, no puedes hacerlo y que esta generación mire para otro lado. Compré hace unos años Veinte poemas de amor y una canción desesperada, ejemplar que actualmente descansa en algún vertedero, espero que sepultado por una tonelada de escoria e inmundicia. No se trata de censura. Por mí pueden seguir imprimiendo sus libros hasta el fin de la humanidad. Lo que no quiero es tener en mi casa algo que me recuerde un pasaje como el que cierra esta entrada y que no me hace pensar en un poeta, en un Nobel de la literatura, sino en un ser miserable y ególatra. Lo único que siento es que esa mujer de la que habla nunca tuviera forma de contar su historia. Y es por eso por lo que yo sigo leyendo libros como Tengo un nombre o viendo documentales como Gimnasta A: El médico depredador. Para mí es muy fácil saber qué voces quiero oír, de qué lado quiero estar.

«Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado.
Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

Me costó trabajo leer el cablegrama. El Ministerio de Relaciones Exteriores me comunicaba un nuevo nombramiento.»