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21 de febrero de 2021

Tierra de mujeres - María Sánchez

Ha sido tan fácil abandonarse a los relatos de María Sánchez y su Tierra de mujeres. Hay veces que es necesario que te recuerden que tu situación de urbanita es casi un espejismo, que tienes que mirar atrás y recordar tus orígenes, prestar atención, rebuscar en la memoria.

María Sánchez, nacida en Córdoba, es veterinaria de campo y ha publicado un poemario llamado Cuaderno de campo y el breve ensayo Tierra de mujeres. Reflexiona en él sobre la situación del mundo rural y sobre el papel silencioso e invisible de las mujeres. No pienso que haya un discurso innovador en él, pero eso quizá sea porque trata de situaciones que no me son ajenas. No es que compartamos un pasado común, nada más lejos, pero sí conozco ese entorno rural del que habla, ese lenguaje que se está perdiendo, el papel de las mujeres de mi familia en un entorno rural.


Mi pueblo se sitúa en la campiña cordobesa y gran parte de su población vive del olivo. Mis abuelos siempre trabajaron en el campo. Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar los días de mi infancia en los que mi abuelo materno volvía de sus olivos en una motocicleta de la que colgaban unas alforjas, se sentaba en un escalón del corral, se quitaba las botas y los calcetines gordos y mi abuela dejaba lo que estuviera haciendo para atenderle. Recuerdo el patio con su pozo, una zahúrda que era más despensa que cochiquera, el limonero con la mitad del tronco pintado de blanco y las macetas con helechos bordeándolo. La cocina junto a la pila con jabón casero, los lebrillos de barro y cinc donde nos bañábamos siendo críos. La mesa camilla con sus enaguas para mantener el calor del brasero de picón, con la espumadera al lado  para atizar las brasas y que tenía bajo el cristal facturas, estampitas, fotografías en blanco y negro, calendarios, notas con teléfonos, décimos de lotería y un sinfín de documentos que a mí me fascinaban.

Mientras la economía familiar dependía del jornal de mi abuelo, mi abuela criaba a sus hijos, mantenía la casa impoluta, encalaba fachadas y patios, aliñaba aceitunas (partías, rayás, de piedra...) en enormes garrafas, enseñaba a bordar a varias niñas del pueblo en torno al patio interior: era una comunidad donde se bordaba, se educaba, se hacían recados, pero sobre todo era una fuente de ingresos alternativa. A mi cabeza han vuelto los días de verano que terminaban en la calle al calor de la charla entre vecinos que salían al fresco de la noche con sus butacas y sillas de enea, y que saludaban a los viandantes con un «vaya usted con Dios». En mi pueblo se estila poco el tuteo, mi abuela siempre me pregunta «¿y ustedes, como estáis?», aunque en realidad se dice ¿ostés, cómostáis?

Recuerdo a mi abuela paterna trajinando en la cocina, con su bata y su mandil, siempre feliz de vernos y malcriarnos, interesándose por mis estudios y aconsejándome en los últimos años que fuera independiente, que intentara no depender nunca de un hombre. La echo terriblemente de menos, más de un tiempo a esta parte. Las navidades, la vida, nunca fue igual desde que ya no está. 

Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar de dónde vengo, no es que lo haya olvidado, es que hace demasiado tiempo que vivo lejos de mis raíces y de mi acento, el que voy perdiendo a base de castellanizarlo para evitar el prejuicio activo, el que vincula lo andaluz con lo paleto y la juerga. Como María Sánchez, soy nieta de esas mujeres que trabajaron muy duro, que han mantenido las tradiciones y las palabras, que hacen comunidad, que ya sabían lo que era la sororidad antes de que nadie inventara la palabra. Quizá por eso leer a María ha sido un placer y un bálsamo.

«Nuestro medio rural necesita otras manos que lo escriban, unas que no pretendan rescatarlo ni ubicarlo. Unas que sepan de la solana y de la umbría, de la luz y la sombra. De lo que se escucha y lo que se intuye. De lo que tiembla y de lo que no se nombra.
Una narrativa que descanse en las huellas. En las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando, a la sombra, sin hacer ruido, y que siguen solas, esperando que alguien las reconozca y comiencen a nombrarlas para existir.»

6 de febrero de 2021

Julio Cortázar y Cris - Cristina Peri Rossi

 El amor es un asunto de palabras
Cristina Peri Rossi

«Soy consciente de que la escritura es una forma de recuperación, de salvación frente a la muerte y a la desaparición.»


No sé si era esa la intención de Cristina Peri Rossi cuando accedió a escribir y publicar Julio Cortázar y Cris. El amor es un asunto de palabras y a ella le bastan apenas cien páginas para dejarnos una buena muestra de ello. El amor es el único sentimiento que perdura en el tiempo, el que se mantiene incluso por aquellas personas que ya no están.

La generación de Julio Cortázar (1914-1984) y la de Cristina Peri Rossi (1941-   ) se me queda lejos, aunque después de leer este brevísimo retrato autobiográfico, sé algo más de ellos. Dice un extracto de la contraportada: Julio Cortázar le dedicó Quince poemas de amor a Cris y, muchos años después de su muerte, Cris escribe la crónica de esa amistad amorosa irrepetible.

Creo que, como en la vida, la literatura está llena de impostores. Autor@s con obras que apelan a la emoción y que nos dejan absolutamente indiferentes. 

A veces incluso ves el truco venir: juegan la carta del duelo, del drama familiar, de la injusticia... un universo de lugares comunes, y eres consciente de que no, no vas a caer en el burdo ardid: es falso, carece de toda consistencia, es puro artificio.

Simplemente hay sentimientos que no se pueden fingir y cuando están ahí, cuando hay verdad en ellos, tienen el efecto esperado. Te hacen partícipe, te incluyen, te emocionan. Con apenas unos retazos de conversaciones y recuerdos, Cristina Peri Rossi consigue transmitir toda la complicidad, la admiración y el amor que se tuvieron y que va mucho más allá de lo romántico. No he podido evitar pensar en Éramos unos niños, de Patti Smith y en la pureza que ella conseguía transmitir al hablar de su relación con Robert Mapplethorpe. Claro que, Cortázar y Peri Rossi, compartían además de la fascinación por los caleidoscopios y los dinosauros, su condición de exiliados políticos.

Dicen que para que algo exista, hay que nombrarlo. Imagino que por eso existen expresiones como alma gemela, para hablar de una persona con la que se tiene una especial conexión o afinidad. Leyendo a Peri Rossi una se da cuenta de que mucho de eso había. 

Julio Cortázar escribió este poema para Cris

Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha

Cris escribió estas palabras para hablar de Julio

Ambos amábamos la poesía. Julio siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas. «Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto de los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy muy triste o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiche. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.


Qué afortunados fueron de encontrarse y qué suerte la nuestra de tener sus palabras, sus obras. Me acompaña mientras cierro esta entrada la voz de Neil Young y su Heart of gold. Otro regalo para la nostalgia.

 



16 de enero de 2021

Creedme - T. Christian Miller y Ken Armstrong


La escena empieza así: la inspectora de policía Duvall cena en un pequeño bar, está en la barra y lee un libro. Unos metros más allá un tipo la mira con fijeza, la incomoda. Cuando ella le devuelve la mirada, él no aparta la suya, parece desafiarla. Entran en el bar varias chicas, jóvenes, para recoger un pedido. El tipo las observa con descaro hasta que se marchan. Casi puedes leer en su rostro lo que piensa, lo que sexualmente haría con ellas. Es esa mirada que tan bien identificamos las mujeres.
La inspectora no ha perdido detalle y parece que ya ha tenido suficiente. Se levanta y, cuando está segura de que vuelve a tener la atención del tipo, coge su cartera lentamente asegurándose de dejar bien a la vista su placa de policía y su arma reglamentaria.
El tipo retira inmediatamente la mirada, como cogido en falta, consciente de haber cometido un error. Ella paga y se dirige a la puerta. De camino a la salida se para justo detrás de él, unos largos segundos. Y ahí está la magia de la escena, el cambio de tornas: durante ese breve instante es el tipo el que se siente incómodo, violentado, asustado. Sin necesidad de violencia explícita, sin un cruce de palabras, los papeles se han invertido. El tipo ya no tiene el poder porque ella ha dejado de ser solo una mujer a la que poder acosar en un bar, ahora es una figura con autoridad.

A una le da que pensar cuando la ve. Recuerdo haber rebobinado para apreciar cada detalle de nuevo. Ellos siempre saben cómo y cuándo ejercer su poder. La mayor parte del tiempo las mujeres vamos desarmadas. Por eso resulta tan delirante escuchar frases como "es que ya no vamos a saber si nos van a denunciar por invitar a una mujer a una copa". Los límites siempre han estado claros. Todo lo demás son excusas. De las patéticas.

La escena aparece en la serie de televisión Creedme y ha sido el complemento perfecto para acompañar a la lectura del libro en el que se ha inspirado. Sus autores  T. Christian Miller y Ken Armstrong ganaron el premio Pulitzer en la categoría de Reportaje Explicativo en 2016.


Marie es una adolescente que se ha criado en casas de acogida. Nada más alcanzar la independencia, denuncia haber sufrido una violación. Pero nadie la cree. Dos años más tarde, unas investigadoras trabajan para resolver unos casos de violación ocurridos a miles de kilómetros, pero que siguen el mismo patrón que la de Marie. Los autores de Creedme reconstruyen la persecución del culpable, al mismo tiempo que desenmascaran los mecanismos detrás de la escasa credibilidad que históricamente se ha concedido a las mujeres que sufren una violación.


Creedme está contado de manera bastante amena, se nota el relato periodístico, los datos, el análisis y el alejamiento sobre cualquier cosa que pudiera tacharse de opinión. Es difícil no indignarse leyendo lo que le ocurrió a Marie. Es fácil entender por qué se denuncia poco, por qué es necesario que los casos de violencia sexual sean llevados por personas a las que les importa. 


Hay otra escena más en la serie en la que la otra inspectora encargada de encontrar al violador pierde la paciencia y sale de una reunión fuera de sí. Cuando le explica a Duvall el por qué de su enfado dice: lo que me cabrea es que no les indigne. Porque el compañero del FBI acepta fríamente los datos, como si no pudiera hacer nada para cambiarlos. Simples estadísticas que solo afectan a las mujeres. 

Muchas son reacias a denunciar las agresiones sexuales: según varias encuestas, en EEUU solo una de cada cinco mujeres llama a la policía después de ser violada. El estigma que conlleva sigue siendo una enorme barrera a la hora de denunciar. Las mujeres tienen miedo de que sus amigos o su familia se enteren de lo ocurrido. O de que no las crean. O quizá consideren que la agresión no sea lo bastante grave para implicar a la justicia, o no quieren colaborar con la policía para encerrar al que puede ser su novio, marido o padre de sus hijos.

Estos temas son así. Nos importan más a nosotras. Nos interesan más a nosotras. Nos afecta e indigna a nosotras. Lo cierto es que Creedme es una lectura que reafirma ciertas realidades de las que ya somos conscientes.
El gran desafío es que lo lean aquellos que niegan esta realidad. No la existencia de violadores, sino que hay todo un sistema y una sociedad que están dispuestos a no creer a una mujer que denuncia una agresión sexual.

Entre 2009 y 2014, el Departamento de Policía del Condado de Baltimore desestimó el 34% de las denuncias de violación, tildándolas de falsas o infundadas. El porcentaje ya era preocupante de por sí, pero lo era aún más la forma en que se alcanzaba. Una investigación de BuzzFeed News descubrió que el departamento solía desestimar las denuncias sin dar ni siquiera el paso más básico: que un experto en delitos sexuales entrevistase a la presunta víctima. 


Si tenéis opción de ver la serie, es obvio que os la recomiendo. Se agradece que sean interpretadas por buenas actrices que no van disfrazadas de agentes de la ley sexis a lo CSI. #sorrynotsorry 

Queda inaugurado este frío y un poco oscuro 2021. 




31 de diciembre de 2020

Los restos del naufragio - Adiós, 2020.

Cerrar el año como quien llega a la meta de una maratón: exhausta pero feliz de hacerlo. Me siento a hacer balance frente a la hoja en blanco y pienso que ha sido terrible y al instante me digo que aún así queda mucho por salvar de este naufragio. Y, sin embargo, esta entrada pretende ser un ritual, el trozo de papel lleno de todo lo malo que se prende con la intención de que arda y desaparezca.

De todas las frases hechas que se han dicho y oído este año me quedo con que toda esta experiencia nos ha cambiado. En mi caso, siento que lo ha hecho. Ha habido que tomar decisiones difíciles, adaptarnos, agarrar tablas de salvación, tragar saliva y liberarnos de ciertos lastres. He mirado a mi alrededor y he visto a personas a las que quiero viviendo situaciones difíciles, algunas muy alejadas de la pandemia. Cómo no reflexionar o aprender de todo ello. Cómo no salvar a nuestras personas, nuestras lecturas y ficciones de este naufragio.

La poeta Wislawa Szymborska dijo en su discurso de recepción del Premio Nobel: 

«Hay, ha habido y seguirá habiendo un cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.

Personas como ésas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz. Así pues me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.»

La inspiración, las personas que eligen su trabajo -y, añado, la forma en la que han decidido vivir- y lo hacen con amor e imaginación serán siempre pilares en los tiempos difíciles. Tengo la suerte de conocer a mujeres así. Tengo la suerte de leer a autor@s así, que tras el shock inicial me ayudaron a crear una burbuja, un lugar para el consuelo.

No le pido mucho a 2021. Lo miro con la misma expectación con la que este chico de la fotografía (Christmas toys, 1910) mira algo que desea del escaparate.  Decía la escritora y periodista Leila Guerriero (en relación a la polémica del representante de Louise Glück y la editorial Pre-textos): «el único momento en el que puede permitirse la candidez de tener héroes es la infancia.»



Estoy de acuerdo con Leila. Hace mucho que desapareció la candidez de la infancia. Aún así, miro con cierta ilusión hacia el nuevo año, con energía suficiente para afrontar lo que venga. Con la esperanza de que sigamos teniendo alternativas, como las que la poeta Itziar Mínguez recoge en su poema. Con la canción Happy, de Bukahara, y esos mayores que bailan ajenos a todo. Creo que es una buena manera de despedir 2020. 

ALTERNATIVAS

A veces
lo único que puede hacerse
es tomar conciencia
y respirar

otras
cerrar los ojos
y esperar que pase

algunas 
encomendarse a un dios de guardia
y rezar

en ocasiones
cruzarse de brazos
o cruzar los dedos

en eso consiste
básicamente
la vida.

Itziar Mínguez Arnaiz
Que viene el lobo

7 de diciembre de 2020

Lecturas para cerrar 2020

Antes de empezar a escribir he buscado y leído mi entrada sobre los que eran mis propósitos lectores 2020. Las cifras son claras: 5 libros leídos de 16 previstos. Cri-cri.  Luego vino la pandemia y aquí sigue, desestabilizando cada vida. Al menos, creo, cumpliré con las 50 lecturas que fijaba como reto lector al principio del año.

No sé si tendré tiempo o ganas (especialmente con el estrés laboral que se avecina) de hacer un recuento de las mejores lecturas, pero creo que es fácil adivinar que todas las entradas hasta aquí deberían de contar como tales. Así que voy a mencionar algunas de las que me han acompañado estas últimas semanas y que se fueron quedando en el tintero.

El otro día vi esta foto y pensé que bien podría ser una metáfora de algunas vidas, de las nuestras, últimamente. Sé que hay gente que a los que hablamos de lo importantes que son los libros para nosotros -de ese super poder que ejercen para sacarnos de nuestra rutina o nuestros problemas y llevarnos a otro lugar, o de ese otro super poder sanador- nos toman por locos. Lo cierto es que este año, más que ningún otro, los he necesitado y me han mantenido un poco más a flote. También he echado mano de cine y series; la cuestión es que podía irme a dormir sin haber encendido la televisión en todo el día, pero no sin haber abierto las páginas de un libro. Cuando el agua nos ha llegado al cuello, siempre me han quedado los libros. Y buena compañía para hablar de ellos.



Empezaré por No digas nada, de Patrick Radden Keefe. 


En casa nos hemos empapado de todo el cine relacionado con el conflicto armado irlandés: Michael Collins, En el nombre del padre, En el nombre del hijo, The boxer,  Bloody Sunday, El viento que agitaba la cebada, Hunger, ´71, El viaje, Omagh... En 2012 viajamos a Dublín e invertimos un día en Belfast para visitar los barrios más implicados en el conflicto. Allí aún se palpaba la tensión entre católicos y protestantes. Ahora, después de leer No digas nada he entendido mucho mejor lo que había detrás de cada mural, de cada bandera, de cada valla.

Patrick Radden parte del hallazgo de los restos de una mujer, treinta años después de su secuestro a manos del IRA, y realiza una brillante investigación y desarrollo del conflicto irlandés. 

Es una obra imprescindible para acercarse al pasado y el presente en Irlanda del Norte. En definitiva, me ha fascinado.


El consentimiento, de Vanessa Springora.

Sinopsis: Con trece años, Vanessa Springora conoce a Gabriel Matzneff, un apasionado escritor treinta y seis años mayor que ella, tras cuyo prestigio y carisma se esconde un depredador. Después de un meticuloso cortejo, la adolescente se entrega a él en cuerpo y alma, cegada por el amor e ignorante de que sus relaciones con menores llevan años nutriendo su producción literaria. Más de treinta años después de los hechos, Springora narra de forma lúcida y fulgurante esta historia de amor y perversión, y la ambigüedad de su propio consentimiento.

Admiro lo que ha hecho Springora: contar lo que vivió, hacerlo de manera precisa y con la frialdad necesaria para que no sea tachada ni de oportunista ni de vengativa (aunque probablemente lo han hecho y lo seguirán haciendo). Vivimos rodeados de negacionistas. 

Poner sobre la mesa cómo le ocurrió y cómo un entorno familiar y social fue capaz de permitir (y seguir haciéndolo) algo así en nombre de "la libertad y el amor" son razones suficientes para leerlo.

«La carencia, la carencia de amor como una sed que se lo bebe todo, una sed yonqui que no mira la calidad del producto que le suministran y se inyecta su dosis letal con la certeza de estar haciéndolo bien. Con alivio, gratitud y felicidad.»


La hora violeta, de Sergio del Molino.

Dice la sinopsis: Este libro narra un año de la vida de su hijo Pablo, desde que fue diagnosticado de un raro y grave tipo de leucemia hasta su muerte. 

Sí y no. Es eso y mucho más. Es dolor, es sanación y amor. Y hay admiración ante párrafos así:


«En el poema de Eliot, la hora violeta es esa zona de la tarde en que los oficinistas están a punto de abandonar corriendo sus escritorios rumbo a la promesa de un beso, de un baile, de una cena, de una noche en que sus deseos se frustrarán de nuevo. Es ese temblor previo a la estampida, el instante en que nos quitamos la máscara con que nos presentamos ante el orden burgués y asumimos la máscara de carnaval, la que mejor nos sienta, la que merece la pena. La hora violeta es una taxi que espera en marcha en la parada, con el motor encendido. La hora violeta, en realidad, no existe más que como lugar de paso, como transición molesta y necesaria. Nadie vive en la hora violeta: la gente huye de ella hacia la vida real, hacia la vida normal. Yo tengo que aprender a escapar, pero no he encontrado la manera.»


Noches sin dormir: Último invierno en Nueva York, de Elvira Lindo.

Hubo muchas partes de este diario que me interesaron menos, pero incluso cuando no lo parece, Elvira Lindo siempre tiene algo que decir, algunos pensamientos que me guardo en mi cuaderno de notas, porque solo ella sabe contarlos con las palabras precisas. Ni una más, ni una menos.

«Qué difícil es ser buena amiga, pero cuánto más difícil es ser buena adversaria, no denigrar jamás al otro por mucho que te sientas ofendida. Tras una ofensa, cómo reparas una amistad. Qué difícil es encontrar personas que muestren con sosiego su profundo desacuerdo. Quiere una rodearse de buenos amigos pero, sobre todo, de buenos adversarios.»


Tierra salvaje, de Robert Olmstead

Sinopsis: 

Tierra salvaje reconstruye la época de las grandes matanzas que diezmaron al Bisonte americano y narra, con una prosa de gran potencia y lirismo, la epopeya de las caravanas en la segunda mitad del siglo XIX, dentro de una historia personal de amor, lucha y sacrificio.

Tierra salvaje ha sido mi última lectura y aún me duran los efectos. Es tan difícil encontrar un libro situado en esta época, en la que no se huela el tufillo del western con héroes a lo Clint Eastwood y saloons atestados de prostitutas, que ha sido un placer leerlo de principio a fin. Y no es que no haya escenas crudas, que las hay. Lo que ocurre es que este relato está lleno de verdad, matices y silencios. Una protagonista femenina fuerte y determinada, un protagonista masculino arrollador, y una cantidad de imágenes que siguen en mi cabeza y que no voy a olvidar. 

La edición de Hermida Editores es, además, una maravilla.


«Esa noche Michael pensó que la guerra de los americanos no había sido el fin de algo, sino el comienzo de aprender a matar más fácilmente, de aprender que, por muy destructivos que pudieran ser, eran capaces de serlo aún más. El mundo sería un lugar en guerra. Las naciones se formarían y se llevarían cuanto pudieran. El nuevo mundo sería el viejo mundo, solo que peor. Los dueños de la riqueza, los bebedores de sangre, los hombres que se complacen en su vergüenza..., ésos determinarían quién tenía derecho a vivir libre. Si las personas no eran útiles serían asesinadas.»

Y si solo tuviera que dar una razón para leerlo sería por lo valioso del brevísimo ensayo final del autor. 

«En palabras de la Declaración de Sentimientos redactada en 1848 en la Convención de Derechos de la Mujer de Seneca Falls, Nueva York, estaba "civilmente muerta". No tenía derechos de propiedad, ni siquiera respecto al salario que ganaba. Estaba obligada a la obediencia. La teología, las leyes, la educación, la política, todo eso estaba cerrado para ella.
Pensad en esto: como las mujeres no poseían nada, sus vestidos no necesitaban bolsillos. Y una vez que hayáis pensado en ello, volved a pensarlo una vez más.»


Iniciamos la cuenta atrás para decir adiós a este 2020 que más que darnos, nos ha quitado tanto. Incluida la fe, esa que afirmaba que saldríamos mejores.

Cuidaos mucho. Leed siempre.

22 de noviembre de 2020

Vivir es ir de victoria /en victoria/ hasta la derrota final - Miki Naranja

Recámara

Amo la palabra porque
será munición para mañana.
(Miki Naranja)








Se veía venir. Era fácil que un día, puestos en la balanza los pros y contras de seguir dando contenido a ciertas redes sociales, el sentido común ganara y entendiera que el tiempo de compartir en Instagram se había acabado. 
Se suponía que iba a escribir una lista de "cosas" por las que podíamos salvar este 2020, pero lo cierto es que es mucho más difícil y más complejo que todo eso, ni siquiera se está a salvo ya en la considerada "red social friendly".

El 07 de noviembre me desperté con la noticia de que Miki Naranja había fallecido víctima del cáncer que padecía. Le seguía en las redes porque era poeta, porque hablaba de poesía y compartía el trabajo de otros poetas dejando clara su admiración por ellos. Le seguía porque siempre tenía una palabra amable o certera o una emoción que se nos instalaba en el pecho a quienes le leíamos. Y, de pronto, un sábado sin importancia deja de serlo porque irremediablemente algo ha cambiado. Sabes que se cumplen todos los clichés y frases manidas: ya nada será igual, no es justo que se vayan aquellos cuya presencia es luminosa y hacen que, desde esa distancia quirúrgica de las redes, nuestros días sean mejores. Las reacciones no se hacen esperar: Instagram se llena de pesar, de pésame y de pequeños obituarios y homenajes. 

No fui capaz entonces de decir nada porque en estos casos me puede ese pensamiento que comparte Sally Rooney en Gente normal cuando ironiza sobre esa tendencia a llenar el muro de la persona fallecida de comentarios que nunca leerá. No niego que darán consuelo a sus familiares pero me reconozco en ese lugar crítico que juzga severamente el escaparatismo de las redes.
Puede que haya algo que podamos salvar de este 2020, pero vaya si nos está dando momentos de destrozo, incertidumbre y oscuridad. Recuerdo haber pasado el fin de semana intentando cubrir el vacío y la presencia de su muerte con un maratón de capítulos de This is us y hojeando libros y fragmentos.  Todos necesitamos permitirnos buscar el consuelo y la tregua en la ficción.


Recuperé un fragmento del discurso del poeta polaco Adam Zagajewski, recitado en la entrega del Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aquel en el que afirmaba que la poesía no estaba de moda:


«Descubrimos la dualidad del mundo, por una parte, la imaginación; por otra, la obstinada realidad de una mañana de noviembre cuando ya han caído las hojas de los árboles. Durante mucho tiempo, no sabía qué era más importante, lo que existe o lo que no existe, la gente que va al trabajo temprano por la mañana, los hombres soñolientos que leen los grandes titulares de los periódicos deportivos y siguen las derrotas y las victorias de sus clubes preferidos de fútbol y las mujeres que dormitan en el autobús; o antes bien las cosas escondidas, la música y la luna, las ciudades que ya no existen, los cuadros de los grandes maestros, actuales y antiguos, en los museos. Y necesité muchos años para entender que hay que tener en consideración ambas caras de este dualismo desigual, puesto que vivimos en una ambivalencia eterna, no podemos olvidarnos del sufrimiento de la gente y de los animales, del mal, que es mucho más tenaz y astuto que los sueños que perseguimos.

No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia que continuamente cambia de forma, de las cosas que perecen, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever.»


Vivimos en esta ambivalencia de pérdidas y ganancias, de tristeza y felicidad. Esta gestión de sentimientos contradictorios que nos arrasa sin ninguna piedad. Por eso quizá me cuesta volver aquí a hablar de lecturas y lo hago para hablar de emociones. Por eso quizá mi tiempo de escaparate instagramero toca a su fin. 

Nos iremos todos, pero solo algunos lo harán dejando huella, apareciendo de vez en cuando en nuestro recuerdo y, en el caso de Miki Naranja -Miguel Ángel Herranz-, tendremos además un regalo tangible para hacerlo, en forma de poemarios y palabras. Y qué mejor manera de cerrar esta entrada que hacerlo con alguno de sus poemas publicados en Palabras de perdiz. 


Acolchados

Saber caer

-en silencio-

como las hojas
como los gatos

como cae la noche

y 

la desgracia.


Viernes

Requisito para ser un náufrago:

vivir rodeado por mar,
conservar al menos un amigo
imaginario,
reír sin fundamento, llorar
a sabiendas de no ser escuchado,
mantener la esperanza abierta,
remota,
de que alguien
                         algún día
por razones que se nos escapan
se salga de su ruta habitual
nos mire,
nos vea

y 

quizá nos rescate.



No lo olvides, hijo


Tu avión de papel
tiene más de avión
que de papel.