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19 de febrero de 2019

Cuando leer no da prestigio

Quienes pasáis por aquí ya sabéis que tengo cierta tendencia a saltar como un resorte, a funcionar por estímulos, y esta vez no es diferente. Vuelvo al blog tras la lectura de este artículo de la periodista Paula Corroto, concretamente por este párrafo:

La lectura no confiere ningún estatus social. No es atractiva. Ni cool. Ni fetén. Y, además, es un acto íntimo en una nueva sociedad volcada hacia el exterior. Nada decimos de nosotros mismos cuando leemos. No al menos de forma inmediata. Nada que ver, por ejemplo, con las imágenes que podemos subir a redes como Instagram donde recibimos aplausos ipso-facto hacia nuestro ego y nuestra autoestima. Por supuesto, es posible ser un adicto a Instagram y leer, pero para esto me temo que la lectura tiene que formar parte de tu conversación. Los libros tienen que haber estado ya ahí.
Y por la afirmación final:  
Hoy leer no da prestigio; el prestigio lo da decir: “no tengo tiempo para leer”

Desde mi última entrada, había entrado en una especie de apatía motivada por la decepción que me produce cierto uso de las redes. Me ocurre cada vez más a menudo. Creer que hay lugares libres de intereses, egos, crispación, discursos y aleccionamientos. Creer que puedes entrar a cualquier red social y ser tan ingenua como para pensar que no van a intentar marcarte el camino.

Dice Paula Carroto:  hubo una época en la que leer, hablar de libros, estaba asociado con un ascenso de estatus. 

Seguro que la visión pesimista que refleja este artículo es cierta y cercana a la realidad. Ojalá no lo fuera. Ojalá no estuviéramos tan condenadamente interesados en mostrar una imagen ficticia o maquillada, en convencer a alguien para hacer tal o cual cosa, en presionarnos en busca de likes o cualquier otra señal actual de reconocimiento. Porque me acuerdo de cuando nos rodeábamos de poca gente y no de un número ilimitado de contactos/seguidores detrás de la pantalla y de cuando tus amigos no intentaban venderte nada y la preocupación por el otro era real. Personas que no querían hacer que cambiaras de opinión, pensamiento o idea. 

Y yo creo que he aprendido a valorar todo eso leyendo a otros, leyendo libros.



2 de febrero de 2019

Yo voy, tú vas, él va - Jenny Erpenbeck

SINOPSIS

A Richard, profesor universitario alemán con una exitosa carrera profesional a sus espaldas, le ha llegado el momento de la jubilación. Desde el escritorio de su casa, mientras contempla el lago tras la ventana, se pregunta cómo llenar todo el tiempo libre del que dispondrá. Se entera entonces de la existencia de un campamento de refugiados en Berlín y decide echar una mano.Allí escuchará historias desgarradoras y esperanzadas de jóvenes llegados desde países lejanos, que vienen huyendo de la guerra y la miseria. Pero la comunicación no siempre es fácil, y en más de una ocasión se producen malentendidos o directamente choques culturales, mientras las autoridades se limitan a aplicar la ley con fría determinación.Esta es una novela que aborda sin maniqueísmos, sensiblería o tópicos fáciles una tragedia candente de la Europa actual. Pero no es solo eso: es también el potente retrato de un grupo de seres humanos, cada uno con sus cuitas, en cuyo centro se sitúa el recién jubilado Richard. Y a través de su peripecia personal emergen en el libro otros temas de calado: cómo afrontar la vejez, la soledad y las heridas abiertas del pasado –la desaparición de la mujer con la que compartió su vida, fallecida hace años–, pero también cómo convivir con el deseo que pervive, y que le despierta una etíope mucho más joven que enseña a los refugiados alemán y los rudimentos de las formas verbales: Yo voy, tú vas, él va...Una novela deslumbrante forjada con la suma de muchas pequeñas historias personales que se entrecruzan y dan forma al gran drama del presente. Un libro que nos muestra la vergüenza de la crisis de los refugiados y la necesidad de entender a los otros por encima de las diferencias culturales.

Me resultaba imposible no traer al blog mi última lectura. Imposible no traerlo cuando hay tantas cosas que se pueden decir sobre la crisis de los refugiados, sobre la llegada a la costa mediterránea de cientos de personas procedentes del continente africano. Y, por una vez, se hace siguiendo un discurso solidario y empático, no ingenuo ni demagogo.
A lo largo de la lectura he señalado muchos pasajes. Algunos los dejo aquí, en esta no reseña. No pretendo hablar tanto del libro, como de su contenido. De todo aquello que podemos extraer y reflexionar y con lo que me siento tan de acuerdo.

Nos invaden las noticias sobre las llegadas de inmigrantes a nuestras costas, o la precariedad en la que se encuentra tal o cual embarcación llena de personas. Personas. Vidas. A veces criminalizando a quienes hacen llegar a nuestro país a cientos de ellos, o intentando obstaculizar su labor humanitaria. Y la gente habla sobre ello como si no fueran familias enteras las que quedan destrozadas. Como si Europa no tuviera nada que ver con lo que ocurre en África.

Le gustaría saber adónde han llevado a los diez hombres de la Alexanderplatz, pero no encuentra nada al respecto. Lee, en cambio, que en la isla italiana de Lampedusa se han ahogado sesenta y cuatro refugiados de los trescientos veintinueve que iban a bordo de un bote, originarios de Ghana, Sierra Leona y Níger, entre otros países. Y lee que un hombre de Burkina Faso se ha precipitado en algún punto de Nigeria desde su escondite en el tren de aterrizaje de un avión a tres mil metros de altitud, y lee sobre una escuela de Kreuzberg, ocupada desde hace meses por subsaharianos, y lee sobre la Oranienplatz, donde por lo que parece viven acampados desde hace un año algunos refugiados. ¿Dónde cae exactamente Burkina Faso? Hasta el vicepresidente de los Estados Unidos se ha referido hace poco a África como <<un país>>, cuando en realidad, según afirma el artículo que habla de la metedura de pata, existen cincuenta y cuatro Estados africanos. ¿Cincuenta y cuatro? Él tampoco lo habría sabido. ¿Cuál es la capital de Ghana? ¿Y la de Sierra Leona? ¿La de Níger?

Es curioso como lo juzgamos todo sin plantearnos el esfuerzo de pensar o mirar a nuestro alrededor. Como, mientras disfrutamos de la seguridad de nuestra casa, de nuestros lazos familiares, alimentamos cierto discurso en contra de quienes abandonan su país, su casa y sus familias en busca de una oportunidad. Fijaos en estos fragmentos, seguro que os suena...


<<¿Alguna vez habéis visto a esos respetables caballeros refugiados a los que los apoyan trabajar como dios manda o hacer algo útil en la vida? Porque lo que es yo, desde luego, no>>.
Prohibirles trabajar y acusarlos a la vez de ociosidad, piensa Richard, no deja de ser una pirueta intelectual de lo más audaz.
                                                                 * * *
(...)Tiene un móvil de plástico barato, sujetado con cinta adhesiva, de color rosa, en fin, un teléfono de niña reciclado. Lo tengo desde Lampedusa, hace ya casi tres años, dice levantándolo en el aire. Aunque ahora de vez en cuando le da por tener mala conexión. En la agenda de contactos tiene números italianos, finlandeses, suecos, franceses, belgas, de amigos africanos que, como él, vagan por Europa, que como él son originarios de Ghana, o que trabajaron en la misma obra que él en Libia, o que cruzaron el mar en el mismo bote, personas que conoció en el campo de refugiados de Lampedusa, en alguna estación o en algún centro de Cáritas. Todos ellos amigos que, como no tienen trabajo, tampoco tienen casa ni por lo tanto dirección, que no están registrados en ninguna parte y cuyos nombres de pila y apellidos solo están escritos en letras latinas de forma más o menos correcta en sus documentos de identidad provisionales.
Sin el número de teléfono, ¿cómo iba a encontrarlos?
                                                               *  *  *
(...) Los africanos deberían solucionar sus problemas en África, ha oído decir a menudo Richard en los últimos tiempos. Y también ha oído decir: Alemania acoge a un montón de refugiados de guerra, es un país muy generoso. Y acto seguido añaden: Pero nosotros no podemos alimentar a África entera. Y concluyen: Los refugiados económicos y los falsos solicitantes de asilo les quitan la plaza en los centros de acogida a los refugiados de guerra de verdad, es decir, los refugiados de guerra que vienen directamente de Alemania.

Oigo a la mayoría de la gente iniciar ese discurso con el "yo no soy racista, pero..." para continuar hablando de las ayudas que se les regalan, de cómo se les facilita la vida, de cómo se aprovechan de nuestra sanidad, de cómo es posible que no tengan nada pero todos vengan con móviles...

Os diré lo que yo veo cada día en mi oficina de gestión y asesoramiento laboral: empresarios españoles que me piden que les explique cómo despedir a tal o cual trabajador que voluntariamente se quiere marchar de la empresa para que pueda acceder a la prestación de desempleo sin problemas; empresarios españoles pidiendo supuestos y cálculos para ver si se pueden ahorrar algo y evitar ingresar dinero a Hacienda y/o a la Seguridad Social (camuflando salario como dietas, camuflando horas extras...); españoles interesándose por cómo funciona el régimen de empleadas de hogar para saber si les sigue interesando tener a su asistenta extranjera en negro o si le supone mucho gasto darle de alta en la seguridad social; empresarios españoles que acuerdan con algunos trabajadores darles de alta a media jornada (y abonar el resto del salario en B) para que así tal o cual juzgado o administración no pueda embargar la nómina; hosteleros españoles que contratan a extranjeros por dos horas los fines de semana, cuando en realidad van a hacer dobletes...

Perdonad si siento que estos - mi compatriotas que luego hablan de lo mal que está todo, de que la política migratoria se va a cargar nuestra economía - son tan culpables como los políticos corruptos o las entidades financieras que desvalijan las arcas públicas. Tanto o más. Perdonad si siento que son mis compatriotas los que, con su corrupción, desvergüenza, falta de escrúpulos y chanchullos, están poniendo en peligro la sanidad pública, las pensiones, y las prestaciones por desempleo.


Lo que crece y fluye en el mundo basta de sobra para todos, y sin embargo aquí, Richard puede reconocerlo en las veinte furgonetas de la policía, se libra una batalla por la supervivencia. ¿Actuará esa misma policía contra los alemanes que, de tan pobres, en Navidad solo pueden comer asado de ganso robado? Más bien no, piensa Richard, de lo contrario habría visto ya muchas veces apostadas frente a alguna filial bancaria veinte furgonetas llenas de policías completamente equipados para detener a los directores culpables de desfalcar miles de millones. En efecto, piensa, lo que sucede ante sus ojos parece un teatro, y de hecho lo es, es un frente artificial que oculta otro frente real. El público ruge reclamando sangre y los gladiadores sacan a la arena su vida de verdad. ¿Ya hemos olvidado, precisamente en Berlín, que una frontera no solo mide el tamaño del enemigo, sino que también lo crea?

Si tenéis alguna duda sobre lo fácil que lo tienen los inmigrantes y los refugiados para conseguir papeles, entrad a revisar las instrucciones, requisitos y formularios que son necesarios para un permiso de residencia y trabajo o una solicitud de asilo y pensad en si, conociendo el idioma, conseguiríais rellenarlos y presentarlos correctamente en una única vez. La maraña burocrática solo les hace ganar tiempo, pero no es ninguna garantía de obtener una residencia legal y acceder a todas esas ayudas de las que tanto se habla.

Podríamos recordarles también, a quienes dicen que todos los españoles que emigraron durante la guerra y la posguerra iban con sus papeles en regla, si el medio millón que cruzó la frontera a Francia huyendo de la represión franquista, también llevaban debajo del brazo un contrato.

Geometría burocrática, un concepto que leyó hace unos días en la obra de un historiador sobre las consecuencias del colonialismo. A los colonizados se los ahogaba en un mar de burocracia. Una manera ciertamente sutil de impedirles toda acción política. ¿O es que aquí simplemente se estaba defendiendo a los buenos alemanes de los malos alemanes? ¿Acaso se protegía al <<pueblo de los poetas>> del peligro de ser llamado otra vez el <<pueblo de los asesinos>>?

Leed Yo voy, tú vas, él va, aunque solo sea por ver la otra cara de la moneda. Quizá no es una novela perfecta (he echado en falta algún testimonio femenino, entre otras cosas), pero al menos nos permitirá ver otra versión de los hechos.


27 de enero de 2019

Rutinas de domingo

Abro los ojos gracias a la claridad que entra por la ventana. Es ese mi despertador los fines de semana. En el piso nuevo no hay ruidos, estamos alejados del centro. Adiós a los ladridos de perros que son paseados por sus dueños antes de las ocho, a las charlas entre vecinos madrugadores debajo de la ventana, al trinar estridente de una pareja de urracas que siempre hacían parada en el árbol de enfrente. Adiós al sádico ruido de los sopladores de hojas y los camiones de basura.

Si remoloneo un poco en la cama acabaré escuchando el paso de algún Cercanías o de uno de esos trenes de mercancías que tocan la bocina cuando pasan por la estación avisando a los viajeros de que es mejor apartarse de las vías. Curiosamente, cuando ocurre, el sonido de los trenes me resulta relajante. Creo que es porque mientras ahí fuera el mundo se mueve, aquí dentro me estoy permitiendo una pausa sin sorpresas: pondré la radio, haré café, hojearé algún libro, y si todo está bien, me sentaré detrás del teclado a escribir.


Todo se ha cumplido. En mis manos, El gran número Fin y principio y otros poemas, de la poetisa polaca y premio Nobel Wislawa Szymborska.  En Spotify suena Ludovico Einaudi. 


No creo que pueda pedirle más a una mañana de domingo.

NADA DOS VECES

Nada sucede dos veces
ni sucederá, y por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es lo mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Ayer mientras que tu nombre
en voz alta pronunciaban
sentí como si una rosa
cayera por la ventana.

Ahora que estamos juntos,
vuelvo la cara hacia el muro.
¿La rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Como una flor o una piedra?

Dime por qué, mala hora,
con miedo inútil te mezclas.
Eres y por eso pasas.
Pasas, por eso eres bella.

Medio abrazados, sonrientes,
buscaremos la cordura,
aun siendo tan diferentes
cual dos gotas de agua pura.


CAYENDO DEL CIELO



Pasa la magia, aunque las grandes fuerzas
tal como eran, siguen siendo. En las noches más bellas
no sabes si es una estrella u otra cosa lo que cae.
No sabes si es eso lo que tiene que caer.
Y no sabes si es oportuno entretenerse en deseos,
¿adivinar? ¿Por un malentendido estelar?
¿Como si constantemente nuestro siglo fuera el no-veinte?
Qué brillo te juramenta: soy una chispa, una chispa auténtica,
una chispa de la cola de un cometa,
nada salvo una chispa, que suavemente desaparece,
no soy yo la que cae en los periódicos de mañana,
es esa otra, justo a mi lado, que tiene su motor estropeado.




21 de enero de 2019

Maldito Blue Monday

Dicen que hoy es el día más triste del año. Blue Monday. Que hay estudios que así lo acreditan. Mi lado rebelde cree que es una de esas cosas absurdas que nos cuentan para desviar la atención, para darnos la posibilidad de alimentar nuestro ego más que dispuesto para la queja, para la caída.

Es curioso que sea este el motivo que me haya hecho sentarme a escribir por primera vez en el blog desde que empezó el año. Enero amenazaba con irse como si tal cosa y estaba a un paso de contagiarme de la pereza y la falta de estabilidad que suele caracterizar esta época. Poner fin a las fiestas navideñas, a las vacaciones de enero, empezar en el trabajo con la vista puesta todavía en 2018 porque toca cerrar el año laboral y fiscal.
Y el puñetero Blue Monday me trae aquí de vuelta.

Leía este fin de semana la entrada de María Montesinos De propósitos y manifiestos personales. María y su blog son uno de mis descubrimientos más queridos. Leerla siempre me inspira y me motiva, uno de esos blogs-oasis a los que siempre vuelvo porque sé que me marcharé con otro estado de ánimo después. Leí su entrada, os contaba, y me dije: deberías de hacer una lista por escrito. De propósitos. No quiero engañaros, cada cierto tiempo añado algo a la lista mental y, como adivinaréis, se queda a dormir el sueño de los justos hasta el final de los tiempos...

La cuestión es que no tengo propósitos para cumplir este año. No tengo retos lectores ni de ninguna otra clase. Quiero un año sabático, libre de imposiciones. No quiero dejarme arrastrar por la ola, por mucho que esté de moda. Quizá por eso transijo menos ante la tiranía de las redes, de lo que debemos opinar sobre tal o cual asunto. Política, feminismo, la última barrabasada editorial, el último revuelo mediático... ¿Os he dicho que me niego a que me digan que hoy es el día más triste del año? Depende de cada uno que lo sea. 

Lo único que sé de 2019 es que espero estar aquí, a mi ritmo. Que se avecinan cosas muy bonitas para gente a la que quiero y otras que ya han venido y que veo desde la barrera con auténtico placer. Que deseo seguir aprendiendo, creciendo y dejándome contagiar por todo lo que me da serenidad, me inspira y me ayuda a mantener los demonios a raya. No es que me haya tomado una pastilla zen, es que neutralizar lo tóxico me supone un verdadero esfuerzo. 

Cierra María Gainza un relato de su novela El nervio óptico con el siguiente párrafo:


<< Y no sé qué hacer con esa muerte tan tonta, tan gratuita, tan hipnótica, y tampoco sé por qué lo estoy contando ahora, pero supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa >>


Yo he hecho como María. La culpa es del puñetero Blue Monday.
La próxima, prometo hablaros de libros.

If there is a light
You can’t always see
And there is a world
We can’t always be
If there is a dark
Now we shouldn't doubt
And there is a light
Don’t let it go out

Si hay una luz que no siempre puedes ver,
y hay un mundo 
en el que no siempre podemos estar,
si hay oscuridad, no deberíamos dudar,
y hay una luz, no dejes que se apague.









23 de diciembre de 2018

Hay ángeles que buscan playas abandonadas donde olvidar el cielo

2018 toca a su fin y he estado dejando rezagada esta última entrada del año: un poco por falta de tiempo, un poco porque la actualidad te pide hablar de otros temas pero la energía que te queda prefieres invertirla en cosas que no te desgasten más.
Creo que llevo semanas intentando despedirme de este año y no voy a añadir más a lo que he dicho en mis últimas entradas, porque toca hablar de lecturas y quiero cerrar el año lector como merece.

<<Hay ángeles que buscan
playas abandonadas donde olvidar el cielo>>
                                 Benjamín Prado

El título de esta entrada no está elegida al azar. Cambio ángeles por lectores, playas abandonadas por libros, cielo por realidad.

Cuántas veces hemos pensado que los libros nos salvan, nos enseñan, nos emocionan. Todo eso han hecho las lecturas de las que voy a hablar. Las que, por unas razones u otras, me parece que deben ser destacadas de todas las de este año (68 en total, según mi Goodreads).

Por emocionarme

Con el paso del tiempo voy siendo más consciente de que soy una lectora de género sentimental. Puedo disfrutar con una novela de casi cualquier género pero, si consigo conectar, aquellas que permanecen en mi memoria son las novelas sentimentales o lo que yo considero como tal.

Llámame por tu nombre es una delicia para los sentidos y para quienes disfrutamos de cierta narrativa, de una manera de contar historias. 
Por si me oyes es, sin lugar a dudas, la novela con la que más he disfrutado, sentido, conectado y en la que se ha quedado mi corazón. Buen corazón, quebranta mala ventura.
Quédate conmigo será siempre la novela a la que le debo una reseña, aquella que recomiendo en cuanto tengo oportunidad. Por su originalidad, por la valentía de esta autora nigeriana, por los estados de ánimo por los que te lleva y por conseguir que no quisiera soltarla hasta su sorprendente desenlace.
Nadina o la atracción del vacío, tan bien acompañada de las anteriores. Porque si hablo de ella, entonces, tiene que ocupar este rincón donde gobiernan las emociones. Cuando has abandonado casi totalmente un género como el romántico, volver a él resulta casi un esfuerzo. Sin embargo, con Marisa Sicilia se convierte en un placer. Nadina, Mathieu y Dmitry me trajeron de vuelta a un espacio donde cada sentimiento, cada detalle, cada emoción se hace real, donde son posibles las segundas oportunidades. Acudir junto a su autora a la presentación en Madrid fue un auténtico bonus track. 






Reparar a los vivos y El cielo oblicuo no podían no estar porque a veces no es solo lo que te cuentan, sino cómo lo hacen. 

Reparar a los vivos trata sobre la pérdida de un hijo, la despedida de su cuerpo para que éste, sus órganos, puedan salvar la vida de quienes esperan un trasplante.

El cielo oblicuo trata sobre la maternidad y la no-maternidad de una manera que resulta poética y preciosa.



Por enseñarme 

Suite francesa me hizo acercarme con mayor precisión a Irène Némirovsky y a la Francia ocupada por los nazis. Siempre me resulta curioso constatar que aprendemos más de la historia con una novela que con un manual. Es más fácil ponerse en la piel de otra persona que limitarte a recopilar datos. 
La voz dormida me enseñó a entender por qué es tan necesaria la Ley de Memoria Histórica, la importancia de no perder de vista de dónde venimos como país. La guerra civil, la posguerra, los represaliados... esa venda histórica que escritoras como Dulce Chacón intentan eliminar.
Medio sol amarillo ha sido mi primera toma de contacto con la Chimamanda Ngozi novelista. Y no me ha defraudado. La autora habla del nacimiento y fracaso que supuso la República de Biafra con un estilo muy personal, a veces crudo, sin medias tintas. 


                                                    

Sarajevo 1992-2008 
Gervasio Sánchez

Uno de los temas que se me grabaron a fuego cuando leí La palabra más hermosa de Margaret Mazzantini fue el conflicto de los Balcanes. Bosnia, Sarajevo, Srebrenica comenzaron a ser lugares conocidos. Presté atención entonces a los periodistas de guerra. Arturo Pérez-Reverte, Mercedes Gallego, Olga Rodríguez, Jon Sistiaga...
Gervasio Sánchez forma parte de aquellos periodistas que hoy ya son considerados auténticos veteranos. El 10 de noviembre tuve el privilegio de asistir a un Taller intensivo que impartía Gervasio Sánchez en Azuqueca de Henares. Creo que hay pocas experiencias comparables a compartir el mismo espacio y poder escuchar a un profesional al que admiras por su sinceridad, su implicación y compromiso pero, especialmente, por su humanidad. Este año también me ha regalado eso y es una de las cosas que hacen que al día siguiente, saturada la retina de imágenes de lo mejor y lo peor del ser humano, te sientas una persona diferente, que tu mochila personal y emocional pese un poco más. Y además de todo eso, me traje Sarajevo 1992-2008: una recopilación fotográfica de Gervasio Sánchez que muestra el antes y el después, los mismos lugares heridos por la guerra y retratados 16 años después.


Por darme qué pensar


Ante todo, no hagas daño podría describirlo como mitad tratado médico, mitad tratado de vida. Empecé la lectura animada por las recomendaciones que hablaban de Henry Marsh como un neurocirujano brillante con un discurso muy humano. Al principio pensé que no era para tanto pero, después de terminarlo, estuve días volviendo a él, a todo lo que hay de reflexión sobre la enfermedad, el miedo a morir, el miedo a vivir sin calidad de vida, lo importante de cada gesto, de la compasión, del trato médico. Ha sido una grata sorpresa y me parece una lectura muy recomendable (mucho más si además estudias o ejerces la medicina, que no es mi caso y aun así lo disfruté mucho).




Laëtitia o el fin de los hombres no podía no estar entre las lecturas destacadas de 2018. Por lo exhaustivo de la investigación sobre el secuestro y asesinato de la joven francesa Laëtitia Perrais, por el discurso que presenta sobre la violencia, la educación, la familia, las fallas del sistema si perteneces a cierta clase social baja, el rédito político de ciertos dirigentes ante casos tan mediáticos (y que me llevan a pensar en la actualidad de nuestro país). 
Una lectura que no deja indiferente. 


Podría cerrar aquí esta entrada pero no me voy a olvidar de lo importante que ha sido (la música y) la poesía este año para mí. O quizá deba decir que lo ha sido descubrir a Ben Clark, Mary Oliver, Karmelo C. Iribarren, Benjamín Prado, Chantal Maillard, Wislawa Szymborska... La poesía me ha ayudado a canalizar estados de ánimos, a ponerle palabras a sensaciones para las que yo no tenía. 

Puede que el año no empezara bien, pero ha merecido la pena persistir, permanecer. Ha merecido la pena aceptar todo lo bueno que me ha traído 2018 y hacerlo de la mano de quienes han estado y me han acompañado a las duras y a las maduras. Sí, ha sido un buen año. Espero que para vosotros también. 

Si queréis, nos encontramos el año que viene. Hasta entonces, 

¡Felices Fiestas y Felices Lecturas!


<<Sé paciente con todo aquello que esté sin resolver en tu corazón e intenta amar las preguntas en sí mismas. No busques las respuestas, no se te pueden dar, pues no serías capaz de vivirlas. Y la clave está en vivirlo todo. Vive las preguntas ahora. Quizá, poco a poco, sin percatarte, vivas hasta llegar, un día lejano, a la respuesta>>


                                                                      Rainer María Rilke (Cartas a un joven poeta)











1 de diciembre de 2018

Hogar es donde habita el corazón

Escribo esta entrada desde nuestro nuevo piso (de alquiler), agotada pero feliz. Supone el broche final a este año de cambios. En los últimos días pensaba lo mucho que se parecen las mudanzas a los giros más o menos inesperados que hay en nuestras vidas. Hay momentos en los que también tienes que vaciarte, encontrar tu nuevo espacio y luego llenarlo de aquello que quieres y dejar fuera lo que no.

Tenía un equipaje muy pesado al empezar el año. Ahora ya no. Estoy en paz con las decisiones tomadas, con las personas que han llegado a través de las redes para quedarse, y con las que ya no están. Para mí, tanto el blog como la lectura son refugio, hobbies a los que no quiero renunciar. Si no puedes cambiar lo que pasa a tu alrededor, cambia tu propia perspectiva. 

Una de mis últimas lecturas ha sido el poemario Felicity, de Mary Oliver, la edición bilingüe de Valparaíso Ediciones es preciosa.

Entre sus páginas, revelador (#señales), su poema Trastero.


TRASTERO

Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio.
¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.
Y lo llené. Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban
eran cada vez menos, pero más
importantes. Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero. Se lo llevó
todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente le quitan la carga de encima. ¡Cosas!
¡Quémalas, quémalas! ¡Haz un hermoso
fuego! ¡Habrá un espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles! Para los pájaros
que nada poseen – la razón por la que pueden volar.


Diciembre es el mes de los balances y este año ha sido todo un carrusel. Casi no lo cuento. Siguen pareciéndome indecentes ciertas prácticas editoriales y de la blogosfera/instagramsfera, pero yo también he aprendido a mirar hacia otro lado. Ese otro lado que, cuando cerré el blog, me trajo de vuelta. Porque hay tardes en las que nos reunimos mujeres que adoramos la lectura y conspiramos para cambiar el mundo. Porque una tarde de mediados de junio, una amiga presentaba su último libro y estuve allí para acompañarla y dejarme contagiar por la emoción de toda una sala. Porque me gusta cumplir con la tradición de ir al menos un día a la Feria del Libro de Madrid y siempre, siempre, las personas con las que coincides hacen que merezca la pena. Porque siguen existiendo lectores a los que agradecer sus sinceras recomendaciones y yo aspiro a convertirme en una de ellas. Porque la actualidad, la vida, te sacude y piensas que si puedes argumentar una opinión y hacer reflexionar a alguien, habrá valido la pena. Porque en nuestro profundo egoísmo, todos queremos aportar algo valioso. 

Aquí está mi balance, que es un poco como el Trastero de Mary Oliver. En algún momento llamé al basurero y le dije que se lo llevara todo y, ahora, caben otras cosas.

B. y yo continuamos convirtiendo el nuevo piso en un hogar. Tan importante como elegir un techo, lo es elegir la compañía. Podría hablar de B, pero creo que hay formas y formas de hablar de la persona que amas. Mary Oliver lo hace así de bonito y sencillo y quiero que sean sus versos los que cierren esta entrada. 


SALVO EL CUERPO

Salvo el cuerpo
de quien amas,
incluyendo todas sus expresiones
en privado y en público,

los árboles, creo yo,
son las más bellas
formas sobre la Tierra.

Aunque, desde luego,
si esto fuera un concurso
los árboles quedarían
en un extremadamente distante segundo puesto.