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8 de julio de 2026

El verano más fresco de nuestras vidas

Empieza Leila Guerriero su artículo de opinión en El País titulado "Una casa en llamas" así: 

No pasa nada. Nada de enorme gravedad, nada como no poder pagar las cuentas, nada como no tener para comer, nada como no tener casa, nada como no tener ropa, nada como estar en guerra, nada como una enfermedad grave, nada como la pérdida del amor, nada como el secuestro o la tortura o la cárcel, nada como no poder caminar y, sin embargo, estamos preocupados.

Continúa el artículo enumerando las pequeñas desgracias diarias que nos mantienen con la atención desviada. Además de todo eso, asistimos como espectadores al auge de la ultraderecha, los discursos de odio, los desmanes de los hombres con poder. La última faltada o injerencia internacional de Trump, el ejemplo que siempre me viene a la cabeza cuando Pérez Reverte decía aquello de que tiene más peligro un imbécil que un malvado.

Resulta que al presidente estadounidense le pilla un poco de todo. Esa clase política sin clase que finge representarnos. Arden las calles de nuestras ciudades con la penúltima ola de calor mientras sabemos que, en el futuro, éste será recordado como uno de los veranos más frescos de nuestras vidas.

Recibimos la jornada intensiva prometiéndonos que aprovecharemos las tardes pero las pasamos buscando refugios climáticos en centros comerciales o encerrados en casa. Buscamos escapadas de vacaciones pero nos damos cuenta de que apenas si podemos pagarlas con ese trabajo que tenemos y que nos mantiene atados a una silla la mayor parte del día. Abrazamos las redes sociales y nos dejamos robar los datos, el tiempo, la vida. La IA sobrevolando y amenazando nuestro trabajo/futuro. Apenas si ponemos atención en lo que hacemos.

En todo esto pensaba cuando leía a Leila Guerriero y me decía: cómo no vamos a estar preocupados desde que se inicia el día.

Supongo que por eso buscamos asideros que nos anclen al ahora, a la esperanza, a algo que nos haga felices, que nos genere cierta paz. Os cuento alguno de los míos estos días:

- Me suscribí hace unos meses a la newsletter de Nuria Pérez, Atentamente. Me fascina la capacidad comunicativa e inspiradora de Nuria. Me gusta que desde el principio la ofreciera con la suscripción de pago. Me molesta esta tendencia que hay de crear contenido gratuito y posteriormente cambiarla a la opción de pago o todas aquellas que ofrecen la opción gratuita pero que también te recuerdan que puedes pagar por ello y que con eso ayudas a quien crea el contenido, haciéndote sentir culpable si no lo haces. En eso se está convirtiendo todo: contenido monetizable. Entiendo las razones, en este sistema capitalista en el que estamos donde tiempo=dinero, pero creo que hay maneras y estilos de hacerlo. En cualquier caso, como dice una amiga: en mi hambre mando yo y no tengo ningún problema en pagar por ello lo mismo que lo hago por una plataforma de televisión. Hace poco sacó una charla en Aprendemos juntos y os dejo el enlace porque, para mí, es fantástica. Un refugio en tiempo de huracanes.

- Varias lecturas que me han gustado:

  1.  La corresponsal, de Virginia Evans. Una obra en clave epistolar entretenida y curiosa que oculta varias cargas de profundidad.
  2.  Canción dulce y El perfume de las flores de noche, de Leila Slimani. Dos lecturas muy diferentes que me han llevado a descubrir a esta autora, disfrutarla y recomendarla.
  3.  Didion y Babitz, de Lili Anolik. Lo primero que os diría es: id a ver los comentarios de Goodreads.  Anolik advierte desde el principio que su libro no es un templo reverencial a la figura de Joan Didion. Es un libro ácido, divertido, nada complaciente con las dos mujeres de las que habla. Me llevó al Hollywood de los 60's y 70's y me mostró cómo se puede desmitificar a un ídolo en cuatrocientas páginas. Hay fans de Joan Didion muy enfadadas con este libro. Yo no soy una de ellas. 

- El 27 de junio fui al concierto de El último de la fila en Sevilla. Han pasado casi 31 años desde la última vez que los vi, siendo una adolescente (se separaron en 1998). Viví una nostalgia invasiva, dolorosa, mientras escuchaba (y cantaba) las canciones que han estado tan presentes durante toda mi vida. Fue precioso, un regalo. Y no, no hice fotos ni vídeos. Está todo en mi memoria y mi corazón. Quise vivirlo en analógico. 

Estamos preocupados, sí. Pero todavía nos queda un resquicio para que no nos venza el desánimo.





31 de julio de 2022

¿Por qué estás en una fiesta si estás triste?

Difficile est tacere cum doleas

Es difícil callar cuando se siente dolor.


¿Qué puedes contar cuando estás en estado de aturdimiento? Cuando no hay lectura que te abstraiga de este cúmulo de malas noticias, cuando no encuentras sitio para la frivolidad, cuando al terminar el día piensas: hoy todo mal.

Hay que encontrar un resquicio, una grieta. Esa por la que dicen entra la luz. 

Estos días inacabables, largos y luminosos. Cálidos y abrasadores. Esta pereza y este caos lector donde se abren varios libros a la vez y cuesta quedarse en alguno hasta el final. Y, aun así, tener siempre un libro a mano. Consolarse en la brevedad de la poesía. Joan Didion y su Noches azules.

Días de regar la sedienta huerta  y cosechar fruto y belleza. Ramos de avenas locas y lavanda. Mirar a un cielo estrellado por la fortuna de vivir en una reserva Starlight y aprender Algo nuevo en los cielos de la mano de Antonio Martínez Ron. Llegar doce años tarde a la película Beginners, pero llegar.

Llenar los días con algo más que este pesimismo latente. Respirar. No perder el tiempo, no al menos con lo no importante. Perderlo cuando corresponde. No abandonar ni abandonarse. Ni dar el día por perdido.


Recordar dónde estabas y dónde estás ahora. 

Encontrar siempre ese resquicio. Y asumir que somos principiantes.


Hunde
la casa.
Trabaja noche y día
en destruirla
pues noche y día habías trabajado
para esconderte en ella.
Destruye hasta que nada
entre el escombro
te sea reconocible.
Comparte la intemperie
con otras alimañas.
Acostúmbrate al frío.
A ese brillo
mortal
de las estrellas
al ojo indescifrable
que habías olvidado.

Porque solo las ruinas
—lo supiste
una vez
por qué en tu descuido
lo habías olvidado—

porque solo las ruinas
pueden

en verdad

habitarse.

Ada Salas.
Esto no es el silencio.