22 de noviembre de 2020
Vivir es ir de victoria /en victoria/ hasta la derrota final - Miki Naranja
25 de octubre de 2020
La literatura como puente entre los pueblos - Amos Oz
«Con solo un hombre decir "no quiero", tembló Roma.»
Espartaco.
Y, sin embargo, es fácil estar al otro lado. No diré que la lectura cura del fanatismo porque sería un error. Nunca nada es blanco o negro y no existe un pensamiento único. Pero puede que sí encontremos alivio en ciertos discursos y en muchos libros. Esos que te salvan, que te interpelan desde sus páginas: mira, aquí, todavía, hay lugar aún para la esperanza.
Elegid bien la compañía en los tiempos difíciles. Elegid bien con qué alimentáis el alma. Elegid bien las causas por las que merece la pena batirse el cobre.
Los mensajes más extraordinarios, más emotivos y duraderos, los que más he aplicado en la vida los encontré entre las páginas de los libros. A veces quieres decir algo y no encuentras las palabras precisas porque éstas ya han sido pronunciadas por otros. Por eso hoy dejo el inicio del discurso de Amos Oz, el que pronunció al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007.
Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.
Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.
Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.
Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.
Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.»
Decía Publio Terencio Africano: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto». «Hombre soy, nada humano me es ajeno»
Y, sin embargo, impera esa sensación de que una se siente más segura en los libros, que fuera de ellos.
12 de octubre de 2020
Las personas son respetables. Las opiniones, no.
«Un buen sitio desde el que construir es desde donde todo está perdido.
«No»
No hay bandera que valga un sólo muerto.
No hay fe que se sujete con el crimen.
No hay dios que se merezca un sacrificio.
No hay patria que se gane con mentiras.
No hay futuro que viva sobre el miedo.
No hay tradición que ampare la ignominia.
No hay honor que se lave con la sangre.
No hay razón que requiera la miseria.
No hay paz que se alimente de venganza.
No hay progreso que exija la injusticia.
No hay voz que justifique una mordaza.
No hay justicia que llegue de una herida.
No hay libertad que nazca en la vergüenza.
20 de septiembre de 2020
Los chicos de la Nickel - Colson Whitehead
Los chicos de la Nickel, de Colson Whitehead, ha sido galardonada con el Premio Pulitzer 2020 y publicada este mes de septiembre por el grupo editorial Penguin Random House. A pesar de tener su anterior obra, también Premio Pulitzer -El ferrocarril subterráneo-, esperando en mi estantería no pude resistir la atracción que me produjo su sinopsis.
Desde pequeño, Elwood Curtis ha escuchado con devoción, en el viejo tocadiscos de su abuela, los discursos de Martin Luther King. Sus ideas, al igual que las de James Baldwin, han hecho de este adolescente negro un estudiante prometedor que sueña con un futuro digno. Pero de poco sirve esto en la Academia Nickel para chicos: un reformatorio que se vanagloria de convertir a sus internos en hombres hechos y derechos pero que oculta una realidad inhumana respaldada por muchos y obviada por todos. Elwood intenta sobrevivir a este lugar junto a Turner, su mejor amigo en la Nickel. El idealismo de uno y la astucia del otro les llevará a tomar una decisión que tendrá consecuencias irreparables.
Después de El ferrocarril subterráneo, Colson Whitehead nos brinda una historia basada en el estremecedor caso real de un reformatorio de Florida que destrozó la vida de miles de niños y que le ha hecho merecedor de su segundo premio Pulitzer. Esta deslumbrante novela, a caballo entre el momento presente y el final de la segregación racial estadounidense de los sesenta, interpela directamente al lector y muestra la genialidad de un escritor en la cima de su carrera.
Habitualmente, los casos de abusos y agresiones físicas a menores han tenido cierta presencia en el cine: Los niños de San Judas, Sleepers, Spotlight..., son algunos ejemplos. Los chicos de la Nickel está inspirada en la historia de la escuela Dozier para Chicos de Marianna, Florida. Lo que se vendía al mundo como un reformatorio-escuela era en realidad un lucrativo negocio para sus administradores y trabajadores que disfrutaban además de total impunidad para aplicar malos tratos a los jóvenes que acababan tras sus muros. La diferencia es que el componente racial suponía un plus para traspasar todos los límites. Jóvenes que acababan allí con cargos y acusaciones por delitos menores que, una vez dentro salían más dañados o, en el peor de los casos, no salían. Especialmente si eras negro.
La historia de Elwood y Turner le sirve a Whitehead para denunciar algunas de las prácticas que allí se realizaban: la corrupción, los malos tratos, las secuelas. El autor no necesita dar demasiados detalles para que entendamos lo que ocurría en el centro y para volver a poner al descubierto el nivel de racismo que existe en EEUU. Lo muy profundamente arraigado que está. El racismo ha sido siempre una infección que se extiende sin hacer demasiado ruido, pero cuyos efectos son devastadores. En los últimos tiempos, los dispositivos móviles están poniendo en evidencia y mostrando lo que los afroamericanos llevan décadas denunciando.
Pensaba en lo ingenuo que es decir nivel de racismo que existe en EEUU. Imagino que forma parte de esos mecanismos de alejamiento de la realidad que tanto usamos en nuestra sociedad. Como si eso fuera cosa de los americanos y de nadie más. Como si aquí no existiera una infección en el mismo sentido, aunque con perfil bajo.
Hace algunas semanas, cuando todavía tenía que coger un cercanías para desplazarme al trabajo, fui testigo de uno de esos momentos que son como una bofetada de realidad. Entraba en la estación y vi como un chico con uniforme de seguridad le decía a otro compañero que se dirigía al andén algo así como déjalo en paz. El individuo en cuestión: varón, metro noventa de estatura, corte de pelo a cepillo, andares de Clint Eastwood impartiendo justicia y cuerpo de gimnasio con exceso de esteroides. Todo su lenguaje corporal lo gritaba a voces: era un capullo buscando un saco de boxeo a las siete de la mañana. La víctima, un chico negro que estaba sentado en uno de los bancos del andén. Desconozco la grave infracción que había cometido pero el resultado fue que el machaca de turno tuvo que ser apartado del andén por dos compañeros mientras éste insultaba y amenazaba al usuario del tren que se mantuvo en todo momento sentado en el banco sin responder a sus provocaciones. Lo que todos supimos en ese momento fue que la persona que se suponía que debía de velar por la seguridad de todos los usuarios del transporte era dos cosas: un abusón y un racista. Están por todas partes. Últimamente se disfrazan de patriotas.
No creo que los libros conviertan a las personas, las hagan mejores, sean el antídoto para todo. Simplemente no es algo universal y sería naíf pensar que una persona que lee refuerza los valores que toda sociedad debería defender y sobre los que debería asentarse. Pero creo que leer Los chicos de la Nickel puede ser una buena manera de no mirar hacia otro lado, de ampliar y reflexionar sobre lo que ya sabemos o creemos que sabemos. Una forma de entender por qué, cada vez que salta la noticia de una nueva agresión policial en EEUU, los afroamericanos salen a sus calles exigiendo justicia y medidas contra dichos abusos. Son sus cuerpos lo que defienden, sus vidas. Cuerpos que generan gran parte de las ganancias que el sistema carcelario estadounidense ha ido perfeccionando con el tiempo.
Estoy deseando saber qué tiene que contarme Colson Whitehead en El ferrocarril subterráneo.
13 de septiembre de 2020
El arte de la ficción
Marianne y Connell son compañeros de instituto pero no se cruzan palabra. Él es uno de los populares y ella, una chica solitaria que ha aprendido a mantenerse alejada del resto de la gente. Todos saben que Marianne vive en una mansión y que la madre de Connell se encarga de su limpieza, pero nadie imagina que cada tarde los dos jóvenes coinciden. Uno de esos días, una conversación torpe dará comienzo a una relación que podría cambiar sus vidas.«Leyendo las conferencias sobre el arte de la ficción que James Salter dio en la Universidad de Virginia en 2014, uno no puede creerse que esas palabras hayan sido escritas y dichas por un hombre de ochenta y nueve años. Y el motivo no es el grado de lucidez que muestran y la agudeza de sus observaciones, sino el aire de asombro y de tanteo que irradia de ellas, de entusiasmo a la vez sobrio y romántico hacia el oficio de escribir y las posibilidades de la literatura.» Más adelante añade: «Hay quien antes de publicar e incluso de escribir ya habla como si fuera un escritor, como si formara parte de ese club, de ese gremio.»
No sé cómo resultarán sus novelas pero reconozco que me ha gustado El arte de la ficción. Comparto algunas de sus afirmaciones, especialmente ahora que cualquiera, con mucho o nulo talento, se autodenomina escritor@ y se coloca en las listas de Amazon o es superventas en una editorial. No es una crítica, es un hecho. 30 de agosto de 2020
A corazón abierto - Elvira Lindo
Partiendo de un episodio ocurrido en Madrid en 1939, la narradora de esta historia cuenta la apasionada y tormentosa relación de sus padres, y cómo la personalidad desmedida de él y el corazón débil de ella marcaron el pulso de la vida de toda la familia.





