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25 de septiembre de 2017

Leer es viajar. Viajar es aprender.

La entrada de hoy tiene un poco de todo: libros, lugares e historia. Y todo ello unido por la palabra casualidad. Porque fue casualidad que hace varios años leyera "Entre sueños" de Ángeles Ibirika y me quedara prendada no solo del romance que había tras las páginas, sino también de la zona de Navarra que tan bien retrataba en ellas. Fue casualidad que este año volviera al valle del Roncal y del Salazar de vacaciones, tachando de la lista los lugares que no había podido visitar en mi anterior viaje. Fue casualidad parar el coche en Esparza de Salazar y encontrar en su tablón de anuncios que dos días después habría una conferencia en relación al campo de concentración francés -en Gurs- que había sido creado inicialmente como campo de refugiados de españoles y brigadistas en 1939. Un conjunto de casualidades que me sirven para hablar también de la falta de memoria histórica.

ENTRE SUEÑOS
Ángeles Ibirika


Sin duda, mi novela romántica favorita de Ángeles Ibirika, seguida de cerca por Antes y después de odiarte y Un refugio en Katmandú (que no pertenece al género romántico). Entre sueños es una historia que suelo releer casi cada año porque siempre me transmite la intensidad de los sentimientos de los protagonistas, Jon y Beatriz, pero también por el retrato que hace de ciertas zonas de Navarra, sus paisajes, leyendas, costumbres e incluso gastronomía. 

Para mí es una guía turística y creo que no me he dejado ningún lugar mencionado entre sus páginas sin visitar. Por eso aprovecho para recomendar que hagáis como yo: leed la novela y trazad en un mapa los lugares que aparecen en ella. El valle del Roncal y del Salazar y sus pueblos: Roncal, Burgui, Ochagavía, Orbaizeta, la selva de Irati, la foz de Arbayún, Aitzmurdi (en la zona de Leitzaran), etc...


Uno de los encantos de la zona es que puedes coger el coche una tarde e ir parando por los pueblos y dedicarles un tiempo a cada uno, visitar los puentes, senderos, iglesias y casas.


Son pueblos pequeños, limpios y preciosos. Las casas y su decoración floral son, por sí solas, obras de arte.




En esas estábamos cuando paramos en Esparza de Salazar, a escasos 7 km de Ochagavía. Que a la entrada de cada pueblo tengas la posibilidad de ver el tablón de anuncios con las actividades programadas también me parece un plus. Y allí estaba anunciada una conferencia que cambiaría mi destino de vacaciones: Gurs. Tan cerca, tan lejos.


GURS. EL CAMPO VASCO.

JOSU CHUECA

El ponente, Josu Chueca, profesor de Historia Contemporánea de la UPV, publicó hace diez años el libro sobre Gurs, un campo de concentración situado a menos de 100 km de donde nos encontrábamos, pasando los Pirineos. Os confesaré algo: temía que la conferencia fuera en euskera y perdérmela. Pero no. Fue en castellano, con documentación fotográfica y realmente bien explicada. Suficiente para ser consciente de que una vez más no sabemos nada. A menos de dos horas estaban los vestigios de un campo de concentración en el que habían estado, entre otros, más de 25.000 españoles y brigadistas internacionales que lucharon en la guerra civil.






Teniéndolo tan cerca, fue fácil hacerle un hueco, cruzar los Pirineos y llegar hasta Gurs. Previamente paramos en Mauleón-Licharre (la Iglesia es preciosa y hay visita obligada al Château). Podéis encontrar información del campo de Gurs en varias páginas on line o en el libro de Josu Chueca  pero quería dejaros varios apuntes:

- Existe un memorial en la entrada, con vídeos y fotografías. Los franceses, llevados por la vergüenza, intentaron ocultar su existencia y convirtieron sus casi dos kilómetros en un bosque. Eso no le resta mérito a que, actualmente, sí se haya hecho un trabajo de rehabilitación y de memoria. Me parece muy significativo que, además de en francés, la información esté disponible en otros idiomas: español, inglés y alemán.

- Existe un cementerio. No fue campo de exterminio (aunque muchos de los judíos que estuvieron internados fueron deportados) pero las pésimas condiciones en las que estuvieron se cobraron más de mil vidas en el tiempo que permaneció abierto.

- Justo en la entrada se instalaron unas vías de tren. No fue así cómo llegaron sus residentes, sino en vehículos, pero es su forma de recordar a los judíos que fueron deportados desde allí y enviados a los campos de exterminio.

- El campo fue creado para distribuir refugiados. Corría el año 1939 y se montó en 42 días. En 1940 lo ocuparon aquellos a quienes llamaron "los indeseables": presos políticos, prostitutas, judíos, represaliados...  En 2017, ser consciente de que nada ha cambiado es una bofetada para la comunidad internacional y ese reparto de refugiados que nadie quiere asumir. O para los campos de concentración para homosexuales en Chechenia. La historia siempre se repite.




Solo se me ocurre cerrar esta entrada invitándoos a visitarlo y recordando las palabras de Primo Levi que inician su testimonio como superviviente en un campo de concentración nazi en Si esto es un hombre, libro que empecé y he abandonado momentáneamente por toda la desolación que me transmitía.

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
 Considerad si es un hombre
 Quien trabaja en el fango
 Quien no conoce la paz
 Quien lucha por la mitad de un panecillo
 Quien muere por un sí o por un no.
 Considerad si es una mujer
 Quien no tiene cabellos ni nombre
 Ni fuerzas para recordarlo
 Vacía la mirada y frío el regazo
 Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
 O que vuestra casa se derrumbe,
 La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro. 


8 de junio de 2015

Un refugio en Katmandú - Ángeles Ibirika


UN REFUGIO EN KATMANDÚ

Ángeles Ibirika


Edición impresa y ebook
ISBN: 9788408141969
(2015)
Planeta





Romántica Contemporánea



SINOPSIS

Matthew jamás pensó que su exitosa carrera como jugador de béisbol se truncaría por decisión propia; que desaparecería de la faz de la tierra para embarcarse en una peligrosa aventura en el desconocido Nepal; que en la milenaria ciudad de Katmandú, entre tradiciones que ni entendería ni compartiría, encontraría el amor de su vida; que su plan inicial acabaría en desastre y se vería obligado a trazar un desesperado plan B, ni que con el paso del tiempo llegaría a creer que aquello no saldría bien. Sin embargo, siempre supo que llegaría hasta el final arriesgando su libertad, y hasta su vida, si era necesario, para conseguirlo.
Pero en la vida, más aún en el país de un millón de dioses, todo ocurre en los momentos más inesperados y por las razones más insospechadas.

La última novela de Ángeles Ibirika se ha hecho esperar. La anterior, Días de lluvia, se publicó en 2013, y ya tenía ganas de volver a reencontrarme con esta autora de novela romántica. Ahora que lo he terminado, tengo ciertos sentimientos encontrados, lo que no significa que no me haya gustado sino, más bien, que le cambiaría la etiqueta de novela romántica porque es mucho más que eso.

Matthew, un reconocido jugador de béisbol de los Yankees de Nueva York, llega a Katmandú con la determinación de cumplir con una misión a la que está ligado por una promesa. Una vez allí, su primer intento de llevar a cabo su objetivo se ve frustrado y acaba siendo atendido en el hospital donde Claudia trabaja como médico. Para seguir con sus planes tendrá que recuperarse y aprovechar la ayuda que ella pueda proporcionarle, lo que alargará su estancia en un lugar cuya cultura y tradiciones son completamente diferentes a las que él conoce. 

Un refugio en Katmandú nos lleva a hacer un viaje a la capital de Nepal, a conocer su cultura, muchos de sus mitos y lugares sagrados. Es una novela bien documentada que consigue transportarnos durante su lectura a un lugar lleno de contradicciones, de costumbres milenarias y sensaciones. De la mano de la autora he recorrido sus calles y poblados, recreando olores, colores y sabores. Me ha sorprendido conocer el papel de la mujer nepalí, la importancia de pertenecer a una determinada casta o posición social y cumplir con las arraigadas tradiciones.

Por eso creo que el hecho de etiquetarla como novela romántica induce a error ya que, para mí, la trama amorosa queda en un segundo plano cuando lo protagonizan personajes que desde un principio tienen claras sus prioridades y los caminos que desean seguir: Matthew quiere cumplir su promesa y desaparecer, Claudia permanecer en el lugar que ella considera su hogar. 

"Durante unos segundos, los dos permanecieron en silencio, observando la algarabía que formaban mujeres, niñas y agua helada.
—La vieja Shyam asegura que nadie debería ser jamás dueño de un espíritu libre —dijo al fin Gordon—, y que Claudia es un espíritu libre."

Destacaría la luz con la que la escritora ha dotado a los personajes secundarios, pero sobre todo al de Claudia. Un personaje firme, de fuertes convicciones, absolutamente transparente y desprovisto de dobleces. Como contrapunto, Matthew irá despejando sus sombras a medida que vamos conociendo sus intenciones y desprendiéndose de las capas de protección que él mismo se ha impuesto.

Considero más que acertada la elección de la portada, con una referencia clara a la fiesta de Holi, porque creo que transmite el espíritu de la novela. Paradojas de la vida, justo unas semanas antes de su publicación, Nepal sufrió una de las peores catástrofes naturales a las que se ha enfrentado: un terremoto de cuyas consecuencias tardarán años en recuperarse. Es difícil no pensar en ello cuando, después de leer esta obra llena de sentimientos, de compromiso y detalle, sientes que has viajado hasta allí de la mano de la autora y te has prendado de la magia de aquel lugar exótico, extraño, lejano y fascinante.