Las amigas no se dejan, las amigas son quienes te acompañan a lo largo de la vida. Las amigas se distancian, te dan largas. Las amigas te dicen que quieren quedar pero luego no, después no pueden y tardan semanas, a veces tardan meses, incluso años, les crecen los hijos a las amigas que ya no te quieren ver o no te necesitan o no tanto. (...) Durante un tiempo no hablas tanto, no bailas tanto, no sabes dónde les duele ni ellas dónde te duele a ti, pero aún así hay más espera que abandono. Dejarse es otra cosa. (...) A veces se distancian, eso lo sé, incluso se bifurcan porque la vida es impetuosa a la hora de elegir su camino.
La cita está sacada del inicio del ensayo de Nuria Labari que se titula "La amiga que me dejó. Anatomía de una ruptura".
Me reconozco en cada una de las afirmaciones. He analizado mis relaciones de amistad y he entonado el yo también mientras era consciente de ser esa amiga que tarda meses en quedar, que da largas, que no sabe dónde le duele a una amiga. Y también he sido la que ha estado al otro lado, a la que le han dado largas y sacar un hueco para quedar era una odisea y has estado mal (o bien) y no has podido contar con esa persona a la que quieres arrastrar a tu vida, hacer partícipe, compartir.
Y también he sido la amiga que dejó y a la que han dejado. Las relaciones de amistad son, para mí, subjetivas, sujetas a la emoción. Quizá por eso me dolió ver que mi amiga R. (¿sería más correcto decir ex-amiga?) dejó de ser mi contacto en Facebook a pesar de no haber eliminado su cuenta. Seguía en la red pero ya no estaba disponible para mí. Aquello había sido un acto consciente, valorado. Dolió. Cierto es que resulta difícil mantener una regularidad cuando vives en otro municipio, provincia o incluso Comunidad autónoma. Pero yo sigo considerando amigas a personas a las que hace mucho que no veo y con las que hace mucho que no hablo. Tiene que ver con eso de que hay más espera que abandono. Porque luego ocurre que vences a todos los elementos: la distancia, el momento perfecto, el lugar perfecto y se obra la magia. Tú y tu amiga os veis y desaparece cualquier sensación de abandono, vuelve la complicidad y es como volver al pasado. Cuando no te habías mudado, ni estabas sujeta a un horario ni responsabilidades.
La amiga que me dejó te obliga a pensar en las personas que han pasado por tu vida y también en las que se han quedado, aún manteniendo la amistad en pausa. Porque la vida se interpone, porque a veces es difícil el equilibrio entre la agenda, los planes, la distancia. También te pone ante el espejo: ¿fui/he sido/soy una buena amiga? Y, quizá, lo más importante: ¿nos paramos lo suficiente a valorar a nuestras amigas, lo necesario de su amistad, de su acompañamiento a lo largo de nuestra vida?
Y aquí, creo, hay una clara cuestión de género. Miro las amistades de los hombres que conozco y me resultan tan diferentes. Creo que están más vinculadas a la práctica: me ha gustado la reflexión que hace Labari sobre esas amistades masculinas que presentan a hombres dispuestos a morir los unos por los otros, esa especie de hermandad dirigidas a la acción, la épica de las amistades heroicas. Conozco amigos que mantienen conversaciones sobre temas de cierta banalidad que acuden raudos a la llamada de los otros para ayudar en una mudanza, aconsejar cuál es la mejor aseguradora para el coche, quedar para tomar algo mientras se comentan las últimas novedades del barrio. Y luego estamos las amigas, que necesitamos nuestro tiempo para mirar un poco hacia dentro y compartirlo: cómo nos sentimos, cómo están las personas de nuestro alrededor. Aparecen los temas delicados: los duelos, las maternidades, la vida conyugal. Detecto esa profundidad incluso a la hora de hablar de un libro, de una película. Las mujeres necesitamos compartir, hablar. No puede ser casualidad que veamos clubes de lectura compuestos en su mayoría por mujeres, grupos de amigas que salen a caminar por la tarde o que quedan para compartir un café o un rato de compras. Sosteniéndose.
Leí en el epílogo que hace Luis Rojas Marcos en Más gente que cuenta, de Anatxu Zabalbeascoa la siguiente afirmación:
Numerosos estudios confirman los beneficios de la extroversión, entendida por la comunicabilidad y la sociabilidad, para la salud en su sentido más amplio. Curiosamente, en general las mujeres son más extrovertidas que los hombres. El cerebro femenino ya al nacer tiene un mayor número de neuronas relacionadas con el lenguaje. La mayoría de los estudios comparativos revelan que ellas articulan al día, de promedio, hasta diez mil palabras más que ellos. Al mismo tiempo, la esperanza de vida de las mujeres en el mundo es cinco años más larga que la de los hombres. Francamente, no puedo resistirme a concluir que las mujeres viven más porque hablan más.
Mi amiga E. me ha regalado el libro de Nuria Labari. Una amistad que podría tenerlo todo en contra y, sin embargo, (me) sostiene y se mantiene. Pienso en las amigas que dejé cuando me marché de Córdoba y luego de Madrid y que intento mantener en este equilibrio difícil de no residir ni en un sitio ni en otro. A mis cuarenta y siete cuesta hacer nuevas amigas y, cuando ocurre, se celebra como una victoria.
Leed a Labari. Es lo más parecido a sentarte a tomar café con una buena amiga.
