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21 de marzo de 2021

21 de marzo_Día Mundial de la Poesía

ALMA

Ya se nos permite usar tu nombre.
Ya sabemos que eres inefable,
anémica, muy quebradiza y sospechosa
de las misteriosas culpas de la infancia.
Sabemos que ya no se te permite vivir
ni en la música ni en los árboles al apagarse el sol.
Sabemos (más  bien nos han dicho)
que ya no estás en ningún sitio, en absoluto.
Pero, con todo, oímos tu voz cansada
en el eco, en la queja y en las cartas
que nos escribe, desde el desierto griego, Antígona.

Adam Zagajewski

EL VASO QUEBRADO

Hay veces en que el alma
se quiebra como un vaso,
y antes de que se rompa
y muera (porque las cosas mueren
también), llénalo de agua
y bebe,

quiero decir que dejes
las palabras gastadas, bien lavadas,
en el fondo quebrado
de tu alma,
y, que si pueden, canten.

Francisco Brines.

ALMA

I.
Inquilina del cuerpo
sin contrato de alquiler
II
Esencia irrenunciable    
del ser
III
Moneda de cambio

Itziar Mínguez



21 de marzo - Día Mundial de la Poesía.




20 de marzo de 2021

Hamnet - Maggie O´Farrell

Ser o no ser, de eso se trata;
si para nuestro espíritu es más noble sufrir
las pedradas y dardos de la atroz fortuna
o levantarse en armas contra un mar de aflicciones
y oponiéndose a ellas darles fin. 
Hamlet III. 1.56-60

Llego a la última página de Hamnet y cruzan por mi mente un centenar de pensamientos: mereció cada minuto, cada lágrima, ojalá no tener que despedirme ya, ojalá tener este talento, ojalá poder contar una historia con la maestría de Maggie O´Farrell, qué manera de narrar y crear imágenes, qué manera de conmover y de trasladar sentimientos, qué maravilla de edición y qué traducción tan impecable. Y más, muchos más. ¿Qué pensaría Shakespeare si levantara la cabeza? ¿Qué pensaría Agnes y sus hijas sobre esta segunda vida que les ha regalado O´Farrell?

SINOPSIS

Agnes, una muchacha peculiar que parece no rendir cuentas a nadie y que es capaz de crear misteriosos remedios con sencillas combinaciones de plantas, es la comidilla de Stratford, un pequeño pueblo de Inglaterra. Cuando conoce a un joven preceptor de latín igual de extraordinario que ella, se da cuenta enseguida de que están llamados a formar una familia. Pero su matrimonio se verá puesto a prueba, primero por sus parientes y después por una inesperada desgracia.

Partiendo de la historia familiar de Shakespeare, Maggie O’Farrell transita entre la ficción y la realidad para trazar una hipnótica recreación del suceso que inspiró una de las obras literarias más famosas de todos los tiempos. La autora, lejos de fijarse únicamente en los acontecimientos conocidos, reivindica con ternura las inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia y ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. El resultado es una prodigiosa novela que ha cosechado un enorme éxito internacional y confirma a O’Farrell como una de las voces más brillantes de la literatura inglesa actual.

Hamnet está en boca de todos, está en las redes, en los periódicos, en las entrevistas a su autora y en los reconocimientos en forma de premios literarios. No necesita de este rincón para incrementar promoción, ventas o visibilidad. Tiene por fortuna toda la atención, así que no pretendo desgranarla ni repetir lo que ya se ha dicho de ella.

Quiero traerla aquí para recordar que en estos tiempos de caos, ruido e incertidumbre esta novela consiguió trasladarme a un lugar seguro, ser espectadora de una familia, un duelo, un amor en mayúsculas y transversal que lo conecta todo y a todos. Recordar que hay escritoras y traductoras que manejan como pocas su oficio, en este mundo editorial plagado de impostores. Qué maravillosa suerte que cayera en manos de Libros del Asteroide.

Hamnet es como mirar a través del ojo de una cerradura, como cuando Agnes toca a alguien en ese lugar de la mano, entre el pulgar y el índice, y lee en las profundidades de su alma. Es reconocer cada emoción, cada gesto y cada imagen a poco que el lector tenga un mínimo de empatía. 

-¿Sabes una cosa? -dice entre dientes-. Nunca me ha cabido en la cabeza que mi hermana te eligiera a ti por encima de todos. Le dije: ¿Por qué quieres casar con ese? No sirve para nada.  -Recoge el cayado y se lo planta entre las piernas-. ¿Sabes lo que me dijo ella?
El marido, tieso como un junco en estos momentos, con los brazos cruzados y los labios apretados, niega con un movimiento de cabeza.
-¿Qué dijo?
-Que de todas las personas que conocía, eras tú la que tenía más cosas escondidas dentro.
El marido lo mira como si no pudiera creer lo que oye. Su expresión es de dolor, de asombro.
-¿Eso dijo?

No dejo de acariciar las páginas de este libro, de releer escenas que aún me dejan los ojos brillantes, de absorber párrafos que leo desde la admiración más profunda, con una envidia que no voy a fingir no sentir. 

No quiero despedirme de ellos. Aún así lo hago, cuando ponga punto y final a esta entrada tomaré Hamnet y lo dejaré junto a aquellas otras novelas, que son muy pocas, de las que un día pensé: ojalá haber podido escribir yo esto, ojalá haber contado yo esta historia.

Si solo leéis un libro en 2021, que sea Hamnet

7 de marzo de 2021

Jasmina y el 8M

Empezaré confesando que yo admiraba mucho a Pérez-Reverte, al periodista más que al escritor. Mientras estaba en la universidad, leí sus crónicas y artículos, compré los libros que las recopilaban y señalé mis favoritos, esos brevísimos párrafos que contaban una historia, una vida entera.

Los años han mitigado esa admiración y ahora digamos que no siento esa necesidad de leerle, especialmente porque se ha convertido en un tipo faltón y arrogante. También sé que algo hizo click y se rompió cuando leí esta columna que publicó el 21 de agosto de 1994 titulado Jasmina y que reproduzco aquí (está extraído de su blog):

La mataron hace dos años justos. Era Sarajevo en la época dura, agosto del 92, cuando las bombas en las colas del agua y el pan, con veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz y sin medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo. Aunque de nombre y origen musulmán, Jasmina era rubia tirando a pelirroja, y tenía pecas en la cara y en los hombros. Un día estábamos Paco Custodio y Miguel de la Fuente, cámaras de TVE, y el arriba firmante sentados contra el muro de una mezquita demolida a bombazos en la plaza Bascarsija, cuando se acercó Jasmina a pedirnos un cigarrillo. Después preguntó quién era el jefe y sugirió que echásemos un polvo.

No había entonces mucha prostitución en Sarajevo, a pesar del hambre y la miseria; la gente se buscaba la vida manteniendo bastante bien su dignidad. Había chicas que ganaban dinero ofreciéndose como intérpretes a los periodistas en el Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras; pero se trataba, a fin de cuentas, de una relación laboral equitativa, poco más o menos. El caso de Jasmina no era frecuente. Y fue justo eso lo que me sorprendió. Conversamos, se comió uno de nuestros paquetes de galletas, se probó mi casco de kevlar y se guardó en el bolso -un enternecedor bolso de plástico, como el de las niñas- el segundo cigarrillo sin encenderlo, igual que había hecho con el anterior.

Entonces me contó su historia en mal italiano una historia que en aquella ciudad fantasma resultaba poco original: veintitrés años, un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Jasmina no era exactamente una prostituta, sino que se movía un poco de acá para allá, a pesar de los bombardeos -era una experta en intuir la llegada de los morteros serbios-, consiguiendo algo de vez en cuando. Su precio era tan relativo como todo en aquella ciudad y en aquella guerra: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Nunca dinero. El dinero que Jasmina podía ganar en Sarajevo no valía para nada.

Prometí conseguirle más tabaco para su padre, y por la noche se presentó en el Holiday Inn vestida de negro para eludir a los francotiradores. Le di un paquete de raciones militares y medio cartón de cigarrillos. Por aquellos días aún había a ratos agua corriente en las habitaciones, el único lugar de Sarajevo que gozaba de ese lujo, y me pidió permiso para darse la primera ducha en más de un mes. Subió a mi habitación, se desnudó en ella y se puso bajo el chorro de agua mientras yo me quedaba apoyado en la puerta, porque era un gustazo mirarla. Tenía un cuerpo blanco y hermoso, con pecas en los hombros y la espalda, y unos pechos pesados y firmes. Nadie es de piedra ni santo varón, e ignoro lo que habría ocurrido en otras circunstancias, pero hay cosas que no se pueden hacer, lujos que uno no debe permitirse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando salió de la ducha regresamos abajo, al bar del hotel, y nos bebimos doscientos coñacs con Miguel y Custodio a la luz de una vela mientras los serbios sacudían fuerte, afuera. Después, con su medio cartón y su ración de comida, Jasmina nos dio un beso y se largó corriendo, entre las sombras.

Aún nos la encontramos por la ciudad un par de veces, y siempre le dábamos cigarrillos. Y un día de esos con muchos muertos nos fuimos, como cada vez, a filmar la colecta diaria en la morgue del hospital de Kosovo, y entonces Miguel, que estaba con la cámara al hombro filmando muertos para el telediario de las tres, se vino hacia mí y dijo: echa un vistazo a ver si la conoces. Y eché un vistazo y, en efecto, la conocía. Jasmina estaba en la trasera de un Volkswagen Golf, con un vestido de domingo y su bolsito de plástico y las piernas desnudas colgando sobre el parachoques trasero, con una costra de sangre seca a un lado de la cara, mucho más pálida que bajo la ducha de mi habitación del Holiday Inn. Y tenía los ojos abiertos y ya no sonreía ni volvería a hacerlo nunca.

Miguel, creo, tiene una foto en que estamos ella y yo, y lleva puesto mi casco. Y Miguel se ofreció a regalarme esa foto, pero le dije que se la guardase, gracias, la foto de Jasmina con mi casco puesto. Y hoy he visto en la tele a un ministro español de Exteriores que se llama Javier Solana diciendo que lo de Ruanda es intolerable. Recuerdo que, cuando lo de Jasmina, también oí decir al mismo fulano que aquello era intolerable. A mí, quienes me parecen intolerables son los bocazas sonrientes que llevan tres años autojustificando su impotencia con tan escasa vergüenza. Pero a lo mejor es que yo vi ducharse a Jasmina y ellos no.

Como os decía, algo hizo click en mi cabeza tras leerlo: ¿pretendía el periodista justificar y afirmar que se comportó como un caballero dejando que una chica de moral cuestionable -aprovecha bien el primer párrafo para sembrar la duda e insinuar que no era prostituta pero y posteriormente considera equitativa y tilda de relación laboral el intercambio entre periodistas masculinos e intérpretes femeninas- se duchara sin ninguna privacidad frente a él porque la segunda opción podría haber sido que la comida y los cigarrillos los hubiera conseguido con un intercambio sexual? A mí me lo parece. Me parece que ese relato habría sido muy distinto de haberlo podido contar Jasmina.

Quizá Jasmina habría hablado de que solo contaba con su cuerpo y su inteligencia para poder sobrevivir en una guerra, que tenía que acceder a que un tipo desconocido se colara en el baño para mirar cómo se duchaba y que eso ya era una suerte, porque podría haber tenido que consentir que se la follara a cambio de una ducha, unas galletas y unos cigarrillos. Que tenía que mostrarse agradecida por poder salir indemne y sin las manos vacías de una habitación donde estaban tres extranjeros y que por eso se había despedido con un beso. No sé si Jasmina habría querido ser recordada en un artículo donde se dan detalles de su cuerpo desnudo y de cómo acabó. No sé si habría querido terminar en un artículo que finaliza como si fuera una muesca más en el cinturón de conquistas de Pérez-Reverte porque consiguió verla desnuda y ese recuerdo le resulta más agradable al escritor que conservarla en una foto vestida. Tampoco sé qué opinaría de esas supuestas relaciones en un plano de igualdad entre periodistas y las intérpretes que, al fin y al cabo, trabajaban para ellos.

Se dice que necesitamos un cambio de narrativa, una amplitud en la mirada, dejar de ser contadas con los ojos de los hombres, dejar que seamos nosotras las que podamos contarnos y hablar del mundo que nos rodea desde nuestra perspectiva que, sin ningún género de dudas, es muy distinta de la mirada masculina. Y todo eso pasa por hacer fuerte el feminismo, por seguir luchando por conseguir un lugar donde podamos narrarnos, donde dejemos de ser cosificadas y humilladas, desde el que podamos cambiar todo lo que no funciona para nosotras por el mero hecho de ser mujeres. Ni siquiera voy a enumerar todos los obstáculos y desmanes a los que nos enfrentamos cada día en el mundo. Mañana, 8M, seguiremos reivindicando la igualdad de derechos. Lo haremos por todas las Jasminas, por todas las mujeres, por todas nosotras.

La actriz Saadet Aksoy en la adaptación cinematográfica de La palabra más hermosa, M. Mazzantini.



21 de febrero de 2021

Tierra de mujeres - María Sánchez

Ha sido tan fácil abandonarse a los relatos de María Sánchez y su Tierra de mujeres. Hay veces que es necesario que te recuerden que tu situación de urbanita es casi un espejismo, que tienes que mirar atrás y recordar tus orígenes, prestar atención, rebuscar en la memoria.

María Sánchez, nacida en Córdoba, es veterinaria de campo y ha publicado un poemario llamado Cuaderno de campo y el breve ensayo Tierra de mujeres. Reflexiona en él sobre la situación del mundo rural y sobre el papel silencioso e invisible de las mujeres. No pienso que haya un discurso innovador en él, pero eso quizá sea porque trata de situaciones que no me son ajenas. No es que compartamos un pasado común, nada más lejos, pero sí conozco ese entorno rural del que habla, ese lenguaje que se está perdiendo, el papel de las mujeres de mi familia en un entorno rural.


Mi pueblo se sitúa en la campiña cordobesa y gran parte de su población vive del olivo. Mis abuelos siempre trabajaron en el campo. Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar los días de mi infancia en los que mi abuelo materno volvía de sus olivos en una motocicleta de la que colgaban unas alforjas, se sentaba en un escalón del corral, se quitaba las botas y los calcetines gordos y mi abuela dejaba lo que estuviera haciendo para atenderle. Recuerdo el patio con su pozo, una zahúrda que era más despensa que cochiquera, el limonero con la mitad del tronco pintado de blanco y las macetas con helechos bordeándolo. La cocina junto a la pila con jabón casero, los lebrillos de barro y cinc donde nos bañábamos siendo críos. La mesa camilla con sus enaguas para mantener el calor del brasero de picón, con la espumadera al lado  para atizar las brasas y que tenía bajo el cristal facturas, estampitas, fotografías en blanco y negro, calendarios, notas con teléfonos, décimos de lotería y un sinfín de documentos que a mí me fascinaban.

Mientras la economía familiar dependía del jornal de mi abuelo, mi abuela criaba a sus hijos, mantenía la casa impoluta, encalaba fachadas y patios, aliñaba aceitunas (partías, rayás, de piedra...) en enormes garrafas, enseñaba a bordar a varias niñas del pueblo en torno al patio interior: era una comunidad donde se bordaba, se educaba, se hacían recados, pero sobre todo era una fuente de ingresos alternativa. A mi cabeza han vuelto los días de verano que terminaban en la calle al calor de la charla entre vecinos que salían al fresco de la noche con sus butacas y sillas de enea, y que saludaban a los viandantes con un «vaya usted con Dios». En mi pueblo se estila poco el tuteo, mi abuela siempre me pregunta «¿y ustedes, como estáis?», aunque en realidad se dice ¿ostés, cómostáis?

Recuerdo a mi abuela paterna trajinando en la cocina, con su bata y su mandil, siempre feliz de vernos y malcriarnos, interesándose por mis estudios y aconsejándome en los últimos años que fuera independiente, que intentara no depender nunca de un hombre. La echo terriblemente de menos, más de un tiempo a esta parte. Las navidades, la vida, nunca fue igual desde que ya no está. 

Leer Tierra de mujeres me ha hecho recordar de dónde vengo, no es que lo haya olvidado, es que hace demasiado tiempo que vivo lejos de mis raíces y de mi acento, el que voy perdiendo a base de castellanizarlo para evitar el prejuicio activo, el que vincula lo andaluz con lo paleto y la juerga. Como María Sánchez, soy nieta de esas mujeres que trabajaron muy duro, que han mantenido las tradiciones y las palabras, que hacen comunidad, que ya sabían lo que era la sororidad antes de que nadie inventara la palabra. Quizá por eso leer a María ha sido un placer y un bálsamo.

«Nuestro medio rural necesita otras manos que lo escriban, unas que no pretendan rescatarlo ni ubicarlo. Unas que sepan de la solana y de la umbría, de la luz y la sombra. De lo que se escucha y lo que se intuye. De lo que tiembla y de lo que no se nombra.
Una narrativa que descanse en las huellas. En las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando, a la sombra, sin hacer ruido, y que siguen solas, esperando que alguien las reconozca y comiencen a nombrarlas para existir.»

6 de febrero de 2021

Julio Cortázar y Cris - Cristina Peri Rossi

 El amor es un asunto de palabras
Cristina Peri Rossi

«Soy consciente de que la escritura es una forma de recuperación, de salvación frente a la muerte y a la desaparición.»


No sé si era esa la intención de Cristina Peri Rossi cuando accedió a escribir y publicar Julio Cortázar y Cris. El amor es un asunto de palabras y a ella le bastan apenas cien páginas para dejarnos una buena muestra de ello. El amor es el único sentimiento que perdura en el tiempo, el que se mantiene incluso por aquellas personas que ya no están.

La generación de Julio Cortázar (1914-1984) y la de Cristina Peri Rossi (1941-   ) se me queda lejos, aunque después de leer este brevísimo retrato autobiográfico, sé algo más de ellos. Dice un extracto de la contraportada: Julio Cortázar le dedicó Quince poemas de amor a Cris y, muchos años después de su muerte, Cris escribe la crónica de esa amistad amorosa irrepetible.

Creo que, como en la vida, la literatura está llena de impostores. Autor@s con obras que apelan a la emoción y que nos dejan absolutamente indiferentes. 

A veces incluso ves el truco venir: juegan la carta del duelo, del drama familiar, de la injusticia... un universo de lugares comunes, y eres consciente de que no, no vas a caer en el burdo ardid: es falso, carece de toda consistencia, es puro artificio.

Simplemente hay sentimientos que no se pueden fingir y cuando están ahí, cuando hay verdad en ellos, tienen el efecto esperado. Te hacen partícipe, te incluyen, te emocionan. Con apenas unos retazos de conversaciones y recuerdos, Cristina Peri Rossi consigue transmitir toda la complicidad, la admiración y el amor que se tuvieron y que va mucho más allá de lo romántico. No he podido evitar pensar en Éramos unos niños, de Patti Smith y en la pureza que ella conseguía transmitir al hablar de su relación con Robert Mapplethorpe. Claro que, Cortázar y Peri Rossi, compartían además de la fascinación por los caleidoscopios y los dinosauros, su condición de exiliados políticos.

Dicen que para que algo exista, hay que nombrarlo. Imagino que por eso existen expresiones como alma gemela, para hablar de una persona con la que se tiene una especial conexión o afinidad. Leyendo a Peri Rossi una se da cuenta de que mucho de eso había. 

Julio Cortázar escribió este poema para Cris

Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha

Cris escribió estas palabras para hablar de Julio

Ambos amábamos la poesía. Julio siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas. «Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto de los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy muy triste o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiche. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.


Qué afortunados fueron de encontrarse y qué suerte la nuestra de tener sus palabras, sus obras. Me acompaña mientras cierro esta entrada la voz de Neil Young y su Heart of gold. Otro regalo para la nostalgia.

 



16 de enero de 2021

Creedme - T. Christian Miller y Ken Armstrong


La escena empieza así: la inspectora de policía Duvall cena en un pequeño bar, está en la barra y lee un libro. Unos metros más allá un tipo la mira con fijeza, la incomoda. Cuando ella le devuelve la mirada, él no aparta la suya, parece desafiarla. Entran en el bar varias chicas, jóvenes, para recoger un pedido. El tipo las observa con descaro hasta que se marchan. Casi puedes leer en su rostro lo que piensa, lo que sexualmente haría con ellas. Es esa mirada que tan bien identificamos las mujeres.
La inspectora no ha perdido detalle y parece que ya ha tenido suficiente. Se levanta y, cuando está segura de que vuelve a tener la atención del tipo, coge su cartera lentamente asegurándose de dejar bien a la vista su placa de policía y su arma reglamentaria.
El tipo retira inmediatamente la mirada, como cogido en falta, consciente de haber cometido un error. Ella paga y se dirige a la puerta. De camino a la salida se para justo detrás de él, unos largos segundos. Y ahí está la magia de la escena, el cambio de tornas: durante ese breve instante es el tipo el que se siente incómodo, violentado, asustado. Sin necesidad de violencia explícita, sin un cruce de palabras, los papeles se han invertido. El tipo ya no tiene el poder porque ella ha dejado de ser solo una mujer a la que poder acosar en un bar, ahora es una figura con autoridad.

A una le da que pensar cuando la ve. Recuerdo haber rebobinado para apreciar cada detalle de nuevo. Ellos siempre saben cómo y cuándo ejercer su poder. La mayor parte del tiempo las mujeres vamos desarmadas. Por eso resulta tan delirante escuchar frases como "es que ya no vamos a saber si nos van a denunciar por invitar a una mujer a una copa". Los límites siempre han estado claros. Todo lo demás son excusas. De las patéticas.

La escena aparece en la serie de televisión Creedme y ha sido el complemento perfecto para acompañar a la lectura del libro en el que se ha inspirado. Sus autores  T. Christian Miller y Ken Armstrong ganaron el premio Pulitzer en la categoría de Reportaje Explicativo en 2016.


Marie es una adolescente que se ha criado en casas de acogida. Nada más alcanzar la independencia, denuncia haber sufrido una violación. Pero nadie la cree. Dos años más tarde, unas investigadoras trabajan para resolver unos casos de violación ocurridos a miles de kilómetros, pero que siguen el mismo patrón que la de Marie. Los autores de Creedme reconstruyen la persecución del culpable, al mismo tiempo que desenmascaran los mecanismos detrás de la escasa credibilidad que históricamente se ha concedido a las mujeres que sufren una violación.


Creedme está contado de manera bastante amena, se nota el relato periodístico, los datos, el análisis y el alejamiento sobre cualquier cosa que pudiera tacharse de opinión. Es difícil no indignarse leyendo lo que le ocurrió a Marie. Es fácil entender por qué se denuncia poco, por qué es necesario que los casos de violencia sexual sean llevados por personas a las que les importa. 


Hay otra escena más en la serie en la que la otra inspectora encargada de encontrar al violador pierde la paciencia y sale de una reunión fuera de sí. Cuando le explica a Duvall el por qué de su enfado dice: lo que me cabrea es que no les indigne. Porque el compañero del FBI acepta fríamente los datos, como si no pudiera hacer nada para cambiarlos. Simples estadísticas que solo afectan a las mujeres. 

Muchas son reacias a denunciar las agresiones sexuales: según varias encuestas, en EEUU solo una de cada cinco mujeres llama a la policía después de ser violada. El estigma que conlleva sigue siendo una enorme barrera a la hora de denunciar. Las mujeres tienen miedo de que sus amigos o su familia se enteren de lo ocurrido. O de que no las crean. O quizá consideren que la agresión no sea lo bastante grave para implicar a la justicia, o no quieren colaborar con la policía para encerrar al que puede ser su novio, marido o padre de sus hijos.

Estos temas son así. Nos importan más a nosotras. Nos interesan más a nosotras. Nos afecta e indigna a nosotras. Lo cierto es que Creedme es una lectura que reafirma ciertas realidades de las que ya somos conscientes.
El gran desafío es que lo lean aquellos que niegan esta realidad. No la existencia de violadores, sino que hay todo un sistema y una sociedad que están dispuestos a no creer a una mujer que denuncia una agresión sexual.

Entre 2009 y 2014, el Departamento de Policía del Condado de Baltimore desestimó el 34% de las denuncias de violación, tildándolas de falsas o infundadas. El porcentaje ya era preocupante de por sí, pero lo era aún más la forma en que se alcanzaba. Una investigación de BuzzFeed News descubrió que el departamento solía desestimar las denuncias sin dar ni siquiera el paso más básico: que un experto en delitos sexuales entrevistase a la presunta víctima. 


Si tenéis opción de ver la serie, es obvio que os la recomiendo. Se agradece que sean interpretadas por buenas actrices que no van disfrazadas de agentes de la ley sexis a lo CSI. #sorrynotsorry 

Queda inaugurado este frío y un poco oscuro 2021.