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8 de agosto de 2020

Los naufragios del corazón - Benoîte Groult


Tengo el ejemplar de Los naufragios de corazón encima de la mesa, a mi izquierda, mientras intento ordenar en una lista mental lo que quiero y no quiero contar de él. Empezaré diciendo que creo que es uno de esos libros que gustan mucho o no gustan nada a los lectores en virtud de los prejuicios, fantasmas y educación que cada uno tiene. Lo que nadie puede negar sin faltar a la verdad es que su autora, Benoîte Groult, domina el oficio de escribir.

La joven George siempre ha veraneado en el pueblo de la costa bretona donde vive Gauvain. Ambos se conocen desde que eran niños. Con el tiempo, él se ha convertido en un tosco marinero que, en teoría, no debería interesar lo más mínimo a alguien como ella, parisina, universitaria y de buena familia. Sin embargo, una noche, los dos se dejarán llevar por una atracción tan poderosa que ignorará cualquier convención social y que, inevitablemente, los unirá en secreto para toda la vida.


El párrafo anterior es parte de la sinopsis, así que las premisas están claras: ésta es la historia de la atracción de un hombre y una mujer que no tienen nada en común y que mantendrán un relación durante toda su vida. De verdad, no penséis que os acabo de estropear alguna sorpresa, porque hay que entrar en sus páginas para entender todo lo que la autora desea contarnos, una historia que no tiene nada de convencional.

Continúa: La escritora Benoîte Groult, famosa entre otras cosas por su reivindicación de los derechos de la mujer, quiso en esta novela dar voz a un personaje femenino profundamente libre y, a través de él, recrear el lenguaje de la pasión y la sexualidad femenina. Al tener como protagonista a una mujer emancipada que narra su deseo y sus experiencias con toda claridad, un terreno tradicionalmente reservado a la visión masculina, la obra se convirtió en un escándalo cuando se publicó en los años ochenta. Sin embargo, hoy en día está considerada una de las grandes historias de amor de la narrativa francesa contemporánea.

Aquí está el quid de la cuestión. Veréis, Groult nació en 1920 y esta novela se publicó en 1988, así que imagino el escándalo porque la protagonista -George- es una mujer que sabe muy bien lo que quiere y lo que no, lo que está dispuesta a aceptar en su vida, sus intereses intelectuales, laborales y sexuales. He dudado en la elección de la última palabra, ¿quiero decir sexuales o quiero decir amorosos? Hay una línea muy fina a lo largo de la novela sobre esta cuestión. Y aquí es donde intervienen los prejuicios del lector, al menos los míos: ¿estamos preparados para aceptar a un personaje femenino que toma las riendas de su vida y de sus deseos desechando las consecuencias que producirán sus actos?

«Escogí darle unas razones menos buenas pero que le parecían más aceptables (más mezquinas también), lo que le proporcionaría más seguridad. Pero el que habla el lenguaje de la razón es el que menos ama, Gauvain ya sabía eso por entonces.»

¿Estamos listos para que una mujer hable sin tapujos sobre su satisfacción sexual? ¿Y qué opinión nos merece el adulterio? ¿Hay razones suficientes para justificarlo o aceptarlo sin que juzguemos a los implicados? ¿Y qué pasa cuando ese personaje femenino manifiesta pensamientos en los que se siente en superioridad intelectual y cultural respecto a su amante?

«—¿Y qué? ¿Te molesta que estén contentos? Tú decides que la gente es estúpida en cuanto se interesa por cosas que a ti no te interesan —subraya Gauvain como si por fin descubriera el abismo que los separa—.»

«A los veinte años, lo queremos todo y podemos esperarlo todo, razonablemente. A los treinta aún creemos que lo conseguiremos. A los cuarenta es demasiado tarde. No somos nosotros los que hemos envejecido, es la esperanza.»

Lo cierto es que yo, a George, la entiendo y no me siento capaz de juzgarla y declararla culpable de actuar y elegir la vida que quiere y mucho menos de expresarlo con palabras. No la culparé de no esconder su deseo y experimentarlo desde su libertad individual. En el fondo ¿lo que sienten George y Gauvain es muy diferente a lo que sentirían los protagonistas de una gran historia de amor cuyas decisiones sean más convencionales o políticamente correctas?

«Iba a decir algo pero no encontraba las palabras cuando sentí la mano de Gauvain en el muslo. Noté cómo le temblaba.
—Sí— murmuré.
Y había muchas cosas en ese sí: sí, te sigo queriendo, pero también sí, es demasiado tarde y no vamos a seguir jugando a esto toda nuestra vida, sería ridículo, ¿no?»

Terminé el libro con algunas dudas despejadas pero pocas certezas, porque las relaciones no siempre son blancas o negras, hay toda una paleta de color en medio.
Certeza podría ser afirmar que es una lectura provocadora, estimulante y que no deja indiferente. Y que hay párrafos e instantes deliciosos. Lo suficiente para que se mantenga largo tiempo en nuestros pensamientos.

Mención aparte merece la edición y traducción de Libros del Asteroide. Es imposible no reconocer el trabajo bien hecho y esa siempre será una buena razón para recomendar un libro.





«Por primera vez desde que se apareció ante mí con el torso desnudo encima de una carreta, entre las espigas maduras, y acabó con mis sistemas (porque una emoción que dura veinte años equivale a un destrozo), ya no era un centauro triunfante, insensible al sufrimiento y al tiempo.»






28 de julio de 2020

El infinito en un junco - Irene Vallejo

(...)
«La libertad es una librería.
Ir indocumentado.
Las canciones prohibidas.
Una forma de amor, la libertad.»
(La libertad, Joan Margarit)



Terminé este fin de semana el libro que os mencioné en mi última entrada: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Esa misma semana, el 23 de julio, se celebraba un atípico Día del Libro.

No sé vosotras, yo sigo en modo pérdida. Veréis, no me interesa la moda ni que me sirvan en un restaurante y me dan mala conciencia los escasos pedidos online que tuve que hacer durante el estado de alarma. Puedo pasar sin viaje de vacaciones. Todas esas cosas me resultan prescindibles. Imaginad entonces en mitad de una pandemia. Salud, techo, comida, un trabajo que me permita todo eso, tener cerca y bien a mi gente. Enough. A mí esto me parece de lo más obvio, lo normal, pero tratar con otros te enseña que los valores y prioridades cambian de unas personas a otras. Como decía el personaje de Morticia Addams: "La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para una mosca"

¿Sabéis a lo que no me he acostumbrado? Al hurto del espacio donde los lectores encontramos nuestra paz, nuestra evasión. Yo sé que habrá gente aquí que me lea y me entienda. Esta tribu que somos adora entrar a una librería a dejar pasar el tiempo, las páginas y la vida. Y esa sensación es aún más intensa cuando la extrapolamos a las bibliotecas. Yo confieso: dos o tres horas vagabundeando entre las estanterías de una biblioteca, a la caza de un nuevo libro, hojeando aquí y allá, leyendo párrafos sueltos, apuntando títulos para recoger en el futuro... Una suma de tiempo y gestos, un paréntesis cualquier día de la semana conseguía equilibrarla. No necesitaba de poderes ni tretas, cruzaba las puertas de vuelta a casa con la sensación de que era invencible, las energías renovadas. Hasta eso nos ha arrebatado la nueva normalidad.

«La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje, todo libro es un pasaporte sin caducidad.»



Quizá por todo esto leer El infinito en un junco me ha dejado cierta sensación nostálgica y a la vez reconfortante. Porque ahí está la historia de los libros, los clásicos, el poder de la palabra, lo enriquecedor del viaje y el conocimiento, las anécdotas en torno a los hechos que nos cambiaron, la evolución, lo tangible y lo legendario. 

La autora consigue transmitir su vasto conocimiento con un truco simple: ¿quién mejor que una persona que ama los libros para hablarnos de ellos? Un inciso: ojalá deje de ver en las redes la expresión amar los libros vinculada a ciertas acciones e intereses. Amar, por definición, debería aplicarse a todo acto desinteresado o de entrega. Fin del inciso. El texto está plagado de pequeñas historias, de guiños a cualquier lector medio, de afirmaciones en las que se encontrará una referencia, una emoción, una sensación familiar. El reconocimiento de la tribu del que hace tiempo os hablé.


«Los libros nos convierten en herederos de todos los relatos: los mejores, los peores, los ambiguos, los problemáticos, los de doble filo. Disponer de todos ellos es bueno para pensar, y permite elegir.»



«Los libros no han perdido del todo ese primitivo valor que tuvieron en Roma, la sutil capacidad de trazar un mapa de los afectos y las amistades. Cuando unas páginas nos conmueven, un ser querido será el primero a quien hablaremos de ellas.
(...)
Ciertas lecturas son una forma de derribar barreras, ciertas lecturas nos recomiendan al desconocido que las ama.
(...)
A pesar del empuje de la mercadotecnia, los blogs y las críticas, las cosas más bellas que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido -o a un librero convertido en amigo-. Los libros nos siguen uniendo y anudando de una forma misteriosa.»


Nos han despojado del placer de pasear entre las estanterías de las bibliotecas y de la expectativa de elegir sin prisas y sin distancias de seguridad nuestras lecturas en las librerías. El Día del Libro no parece el mismo sin esas experiencias. Pero aún queda una leve esperanza porque, como dice Irene Vallejo, nos quedan los libros y también el placer de hablar de ellos y recomendarlos. 
No importa cuándo fueron escritos, en ellos encontraremos todo aquello que nos hace más conscientes de nosotros mismos, más vulnerables y más humanos. Me conmueve y me transporta el fragmento final que os dejo para cerrar esta entrada. Buscad la escena original entre las últimas páginas de La Ilíada de Homero. Nos une mucho más que aquello que nos separa.


«En el cruel universo bélico, los jóvenes mueren y los padres sobreviven a sus hijos. Una noche, el rey de Troya, se aventura a solas hasta el campamento enemigo, para rogar que le devuelvan el cadáver de su hijo, con el fin de enterrarlo. Aquiles, el asesino, la máquina de matar, se compadece del viejo y, ante la imagen de dolorida dignidad del anciano, recuerda a su propio padre, a quien no volverá a ver. Es un momento conmovedor en el que el vencedor y el vencido lloran juntos y comparten certezas: el derecho a sepultar a los muertos, la universalidad del duelo y la belleza extraña de esos destellos de humanidad que iluminan momentáneamente la catástrofe de la guerra.»



19 de julio de 2020

Lost in... como estado natural


"Goya", sustantivo proveniente del urdu: Dejarse llevar por la imaginación hasta sentir algo ficticio como real.



Goya es el reino de la fantasía, de historias asombrosas capaces de hacerte olvidar dónde estás y qué estás haciendo; historias que te elevan hasta alturas inimaginables o que te permiten surcar océanos sin saber dirigir un timón. (De "Lost in translation",  Ella Frances Sanders publicado por Libros del zorro rojo)



Goya es una de las palabras intraducibles que existe, como lo son saudade o tsundoku y habla de ese dejarse anestesiar por la ficción. ¿No creéis que en estas últimas semanas, está siendo imprescindible?

En mi caso no hablo solo de la pandemia y sus consecuencias: lo inasumible que está resultando la nueva normalidad, el aluvión de malas noticias, los discursos de odio, los enfrentamientos en las redes... Están también los acontecimientos que te afectan de una manera más personal. No sé qué pasa que últimamente mujeres a las que quiero y aprecio están pasando por situaciones bastante alejadas de lo que podríamos considerar baches en el camino: son como un océano en mitad del sendero y te pillan sin una mísera piragua. No es suficiente con apretar los dientes y seguir adelante, no al menos sin valorar primero todos los escenarios. Quizá por eso hay veces en las que una se encuentra torpe e inerme para dar alivio.

Esta semana, de camino al trabajo, estoy leyendo El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo, de Irene Vallejo. Premio el Ojo Crítico de Narrativa 2019 y Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020. Dice su biografía que estudió Filología Clásica y obtuvo el Doctorado Europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia. Lo que yo puedo afirmar de ella es que ama lo que conoce y lo transmite con el mismo amor y pasión. El infinito en un junco está siendo mi goya. Ese paréntesis ante la realidad. Es consuelo. Prometo dedicarle una entrada solo por el gusto de alargar la despedida.

En El infinito hay una cita a un poema de Wislawa Szymborska. Creo que sabía mucho sobre la naturaleza humana, sobre el comportamiento, sobre la vida. En estos tiempos convulsos en los que resulta difícil mantener la esperanza hacia nuestros congéneres, Szymborska dirige sabiamente el foco.


CONTRIBUCIÓN A LA ESTADÍSTICA

De cada cien personas,
las que todo lo saben mejor:
cincuenta y dos,
las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,
las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,
las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,
las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho,
las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,
las capaces de ser felices:
como mucho, veintitantas,
las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,
las crueles
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,
las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori,
las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,
las encorvadas, doloridas
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,
las dignas de compasión:
noventa y nueve,
las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.


No sé vosotras, pero yo ando muy perdida estos días, con esa sensación de ir dando palos de ciego, de estar dentro de un engranaje en el que no te sientes cómoda.
He pasado de la incertidumbre más absoluta a la planificación más exhaustiva. Parece recurrente en las conversaciones que tengo con algunas amigas eso de estar más centrada en el futuro, en los planes, en los retos y en todas las expectativas que en el propio presente. Y sin darme cuenta finaliza julio y me siento en un estado a contrarreloj. Cuántas veces somos conscientes tarde de que se nos han ido los días, perdidos... y esos ya no vuelven. Así que hoy he pensado que quizá, a partir de ahora, debería de centrarme más en el ahora y, como me decía el otro día una amiga, familiarizarme con el término objetivos razonables.

Me he traído un poema de Alfonso Brezmes para apuntalar este deseo. Tomar conciencia del ahora.


LOS PUNTOS INVISIBLES

Desconfío de las rectas:
van a donde quiero ir,
no por donde quiero ir.

La sucesión de los recodos
que conducen a un lugar
¿no son acaso parte del lugar?

¿No dibujan las flechas
dirigidas a un solo corazón
el mapa mismo del deseo?

Una vez estuve a punto de perderme
por querer salir del ahora
para llegar antes al después.

Solamente cuando tardo
porque entro en el paisaje
logro ver los puntos que lo unen.

Sólo cuando me demoro
en el camino que me lleva
logro saber a dónde voy.

A ciertas alturas de la vida,
el por dónde es importante:
Ítaca —ya lo sabíamos—
se desvanece al llegar.


Yo creo que a Irene Vallejo le gustaría, aunque solo fuera por su referencia a Ítaca. Esa Ítaca que tanto se parece a la de Kavafis.


Bonus track.
No sé qué os parecerá a vosotros, pero cerrar el domingo y esta entrada con Ophelia The Lumineers me parece una buena manera de hacerlo.
¡Feliz semana y felices lecturas!









29 de junio de 2020

Vivimos, ergo resistimos

Han pasado casi dos semanas desde mi última entrada. Ayer, mi querida accountability partner publicaba una entrada en su blog titulada In extremis (podéis leerla aquí) relatando lo que supone tener una semana llena de temas pendientes que se quedan en stand by, sin cumplir.


La leía y me sentía muy identificada porque mis últimas dos semanas se reducirían a productividad laboral. Y aparte de eso, bastante poco. Conseguí terminar Grita libertad, de John Briley. Las lecturas que tenía empezadas estaban bien, pero mi cabeza necesitaba algo de ficción, así que recurrí a este libro que es mitad guion de película, mitad relato sobre la vida del activista sudafricano Steve Biko. El resto de mi limitado tiempo de ocio lo he invertido en dejarme conquistar, de nuevo, por la maravillosa serie Downtown Abbey, en versión original. Creo que pocas series pueden aunar tan bien la estética, la fotografía, el retrato de una época, el humor y el drama. Mención aparte merece el elenco de actores y actrices.

Al menos el fin de semana he podido viajar a visitar a parte de mi familia y recordar por qué en Madrid siempre me sentiré un poco forastera. Hay cosas que una siempre sabe.

Empezaba hablando de la entrada de Una bloguera eventual porque leerla me ha hecho ponerme delante de la pantalla y ella, más que ninguna otra, sabe lo importante que es para mí (para nosotras) cumplir con este ritual de enfrentarnos a la hoja en blanco y publicar. Porque así ocurre a veces, necesitas que alguien te motive para pasar a la acción. Sin embargo, mientras la leía pensaba que no quería quedarme con su enfoque, no quería sentir que una semana sin cumplir con los objetivos era una semana perdida. Creo que ya es bastante frustrante sentir que no se llega a todo, como para dejar que la culpabilidad termine de darnos la puntilla. No hay nada de malo en permitirnos, de vez en cuando, algo de compasión.

«Nuestro destino, afirmaba Ortega y Gasset, es nunca lograr lo que nos proponemos y ser pura pretensión, pura utopía, pues  ❝partimos siempre hacia el fracaso y, antes de entrar en la pelea, llevamos ya herida la sien ❞  »
(fragmento de En la ciudad líquida, de Marta Rebón)


Pienso en que, a veces, nuestra mejor intención no cuenta, nuestros esfuerzos no tienen la recompensa merecida o, como me gusta decir en los días en los que todos los trámites y gestiones se tuercen: cada paso, una escalera. Algo de razón tiene Ortega y Gasset: antes de entrar en la pelea, llevamos ya herida la sien.

Pero no me quiero quedar con lo que no conseguimos, con lo que estropeamos, con lo que perdemos. Por eso, cuando descubrí el Kintsugi supe que era ese tipo de cosas de las que querría hablar en el blog. Fue en una serie donde escuché por primera vez el término y su sentido. Google os mostrará miles de fotos y os llevará a su significado a un golpe de clic. Yo vuelvo a recurrir a Marta Rebón y esa manera tan diestra que tiene de explicarlo en su libro:

«Existe una tradición japonesa que se remonta a finales del siglo XV, el Kintsugi, consistente en reparar las piezas de cerámica rotas mediante el encaje y la unión de sus fragmentos con barniz de oro.
Así, la cerámica recupera su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transforman su esencia estética y evocan el desgaste que el tiempo obra sobre objetos e individuos, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. El kintsugi es una metáfora valiosa para referirse a los límites de la biografía»



Quien sabe. Estas dos semanas sin escribir, sin apenas leer, en las que he sentido que se me ha escapado el tiempo y la vida, quizá también fueran importantes. Quizá por eso hoy escribo intentando unir las piezas, intentando que la ausencia pueda repararse, que apenas se note.

Decía Leonard Cohen: Hay una grieta en todo, así es como entra la luz.


14 de junio de 2020

Mi vida en la carretera - Gloria Steinem

En realidad, no sabemos qué decisiones del presente condicionarán el futuro. Pero tenemos que actuar como si todo lo que hacemos importara. Porque podría ser así. 
Como decía mi madre: «La democracia es una semilla que sólo se puede plantar allá donde estés»


Ni pena ni miedo, es la frase que el poeta Raúl Zurita hizo excavar en el desierto de Atacama, tiene 3.140 metros de longitud y solo puede verse desde el aire.
Me gusta lo que representa, eso de pensar en la posibilidad de una vida sin pena ni miedo, donde sentimientos así no gobernaran  nuestras decisiones.

He pensado en ello al terminar Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem. La editorial Alpha Decay resume bastante bien en la sinopsis lo que vamos a encontrar entre sus páginas.

«Cuando la gente me pregunta por qué aún mantengo la esperanza y mi energía después de todos estos años, siempre digo lo mismo: “porque viajo”. Emprender un camino, y con esto quiero decir que sea el camino quien te lleve a ti, ha cambiado mi forma de ser. La carretera es complicada, de la misma forma en que la vida es complicada. Nos aleja de la negación y nos conduce a la realidad, nos aparta de la teoría y nos lleva a la práctica, elimina las precauciones y te pone en marcha, te hace abandonar la estadística para entrar de lleno en las historias. En otras palabras, te saca de tu cabeza y se adentra en tu corazón.»

Gloria Steinem tuvo una infancia itinerante. Cuando era pequeña, su padre solía meter a toda la familia en el coche y conducir, cada otoño, a lo largo de Estados Unidos en busca de aventuras para ganarse la vida. Y así se plantó la semilla: Steinem se dio cuenta de que crecer no tenía por qué significar estar siempre en el mismo lugar. Así comenzó una vida dedicada al viaje, al activismo y al liderazgo, a escuchar las voces de quienes inspiran el cambio y la revolución. Mi vida en la carretera es la historia amena, conmovedora y profunda de cómo Gloria fue creciendo, y con ella también creció el movimiento revolucionario por la igualdad, desde su primera experiencia de activismo feminista en India a su trabajo como periodista en los años sesenta; del torbellino de las campañas electorales a la fundación de la revista Ms.

Con una prosa rica y reveladora, Gloria nos recuerda que, si vivimos con la mente abierta, atentos y siempre «en la carretera», podemos cambiar, aprender sobre nosotros mismos y entender a los demás.


Me ha resultado bastante enriquecedor leer esta especie de memorias-diario de momentos históricos de mano de esta activista feminista la misma semana que se archivaba el caso 8M: la investigación por un presunto delito de prevaricación al permitirse la manifestación previa a la crisis del coronavirus. La misma semana en la que un periódico sacaba en portada en grandes letras mayúsculas: "Abofeteé a J.K.Rowling y no me arrepiento", palabras del ex-marido de la famosa escritora de la saga Harry Potter. La misma semana en que dicha escritora ha sido también linchada en twitter y acusada de TERF, es decir, de transfobia. Quizá también influya que ya tenía la sangre caliente con la irrisoria condena a los miembros de la manada por su agresión en Pozoblanco, o la sentencia que nos llegó de Argentina en la que absolvían  a seis hombres acusados de violar en grupo a una menor de 16 años alegando que actuaron por "desahogo sexual".

Veréis, a mí hay veces que me dan ganas de tirar la toalla, de no mojarme, de optar por el esta guerra no es mía o el no merece la pena pringarse. Y lo digo porque a pesar de lo que haya podido parecer en el pasado, la polémica me gusta lo justo. Lo que espero conseguir cuando denuncio algo que considero injusto es hacer reflexionar, no tener que estar defendiéndome, ni sentir la condescendencia de ciertos comentarios o ver que hay quien aquí opina una cosa y luego hace otra muy diferente. No por nada sigo sin tener WhatsApp ni Twitter.  Yo creo que ambos me acortarían la vida.
Pero un día lees a Gloria Steinem e inmediatamente piensas en que hay personas como ella que están aquí para cambiar vidas, para mejorarlas o, al menos, para tomar conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor. Simplemente te das cuenta de que la inacción no es una opción.

«Recordad: "Por un clavo se perdió una herradura, por ésta se perdió un caballo, por éste un jinete, por éste se perdió una batalla, y por ésta se perdió la guerra". Esta parábola debería servir de mantra para todos los que opinan que su voto no cuenta.»

Gloria Steinem ha dedicado toda su vida a escuchar a mujeres y a darles voz donde no la tenían. A dar charlas y recaudar fondos para causas particulares o para candidat@s políticas. En su libro, Steinem habla sobre temas muy diversos: desde el sexto sentido que los taxistas tienen con la política y el voto de los ciudadanos, la lucha de las azafatas de vuelo por mejorar su estatus personal y laboral, la situación de las mujeres en los campus universitarios, la importancia de militar políticamente y la de poner en valor a las diferentes comunidades nativas. No negaré que me he perdido en ciertos momentos, quizá por la diversidad de temas que es capaz de abarcar en tan pocas páginas.

«Me he dado cuenta de que el conflicto estimula a los grandes líderes políticos. A mí, en cambio, me estimula escuchar historias ajenas y tratar de dar con soluciones que satisfagan a todos. Ésta es la labor de una activista.»

Menciona también la polémica que se generó entre ella y Betty Friedan, la autora de La mística de la feminidad. Buscando información sobre ello me encuentro con que HBO emite una serie llamada Mrs. America donde se pone de relieve el enfrentamiento que ambas mantuvieron, a pesar de dirigir sus esfuerzos hacia un mismo objetivo: la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos.

Quienes opinan que el feminismo es una moda, deberían leer a Gloria Steinem. No importa el tiempo que pase, los mismos problemas a los que se enfrentaba ella y sus contemporáneas, las mismas tristes anécdotas que hablan de discursos políticos que intentan mantener el control sobre el cuerpo de la mujer y de las manifestaciones en contra del movimiento feminista, siguen en nuestros días. Las mismas muestras machistas en los medios de comunicación en forma de titulares que buscan el descrédito de ciertas figuras feministas, las mismas fricciones que dividen al movimiento, la misma falta de justicia, la misma injusticia racial...

«En las elecciones presidenciales de 2008, el presentador derechista Rush Limbaugh se opone a la candidatura demócrata de Hillary Clinton acusándola de llevar trajes con pantalón para ocultar unas piernas "feas", mientras que aplaude a Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia de los republicanos por llevar faldas que lucen sus "buenas" piernas.»


«El nombre del órgano vaticano que investiga a las monjas es la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo que encabezó la Inquisición, conocida como el Holocausto femenino porque nada menos que ocho millones de mujeres curanderas y lideresas de la Europa precristiana fueron asesinadas mediante torturas y quemadas en la hoguera a lo largo de más de cinco siglos. Su principal pecado fue el de transmitir los conocimientos de hierbas abortivas que permitían a las mujeres decidir si querían parir, y en qué momento.»


Citaba al principio la frase de Raúl Zurita porque estoy segura de que la vida de Gloria Steinem no habrá sido un camino de rosas. Ella misma menciona las veces que tuvo que enfrentarse a grupos antiabortistas que la llamaron asesina y a medios de comunicación que obviaban su discurso para poner en valor su físico. Sin embargo, ahí está todo un legado para las nuevas generaciones. Y a mí me ha recordado que hay causas e ideas que merecen ser defendidas y que necesitan de todos los medios disponibles para darles voz o para ser denunciadas. Y deberíamos hacerlo sin pena, ni miedo.




7 de junio de 2020

La belleza de la luz regala el día - Marcos Ordóñez (Una cierta edad)



Sabiduría de Leonard Cohen: 
«Nunca hay que lamentarse. 
Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos, 
que sea en los confines estrictos de la dignidad y la belleza 
(Discurso de la recepción del Premio Príncipe de Asturias).»



No debe ser casualidad que mis últimas elecciones lectoras sean ensayos o textos autobiográficos. En concreto estoy enredada en tres lecturas muy diferentes de las que voy extrayendo reflexiones, citas y pensamientos. Son El infinito en un junco, de Irene Vallejo; Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem y Una cierta edad de Marcos Ordóñez. 

Creo que cada una de estas lecturas merece su propio espacio en el blog, así que me centraré en Una cierta edad. Marcos Ordóñez me deslumbró con su novela Detrás del hielo, así que cuando vi que había publicado un libro a modo de dietario/diario, con anotaciones y reflexiones que abarcan desde 2011 a 2016, no me lo pensé.

Ordóñez nació en 1957, tiene la edad de mi madre, y hay momentos en los que soy muy consciente de la diferencia generacional. En sus textos hay referencias literarias y cinematográficas que yo nunca tuve ni tendré. Pero lo curioso es que el libro está salpicado de temas universales y ahí sí que se produce la conexión. 

«Necesitamos la precisión del arte, un arte que fije y nos fije; necesitamos ese punto y aparte que, colocado en el lugar correcto, como pedía Isaak Bábel, nos desgarre el corazón con la fuerza de unas tenazas.»

Una cierta edad habla de cine, de literatura y del oficio de escribir, de la crítica y los críticos, de la sabiduría de la calle y la de las grandes sentencias de ciertos personajes famosos y admirados. Hay un poquito de mirada social y de mirada íntima. Hay anécdotas, un poco de ironía y algunos recuerdos pasados por el tamiz de la felicidad, fugaces y únicos. 

«Toda vida es una sucesión de vidas breves, como bien contó Onetti: por eso nos cuesta siempre reconocernos en las viejas fotos. El problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual. O al revés: que cuando crees haber aprendido el funcionamiento de la máquina, un tropiezo de raíces muy lejanas te hace ver que no has cambiado tanto como creías. La vida te pone siempre en su sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene.»

Me reconforta leer los pensamientos de Marcos Ordóñez en estos tiempos convulsos porque ya sabéis que tengo tendencia al pesimismo y lo que ocurre en nuestro mundo no invita al optimismo; a pesar de todo, soy consciente de estar siendo testigo del cambio: una pandemia global, la crisis climática y la migratoria, la lucha feminista y el movimiento contra el racismo... No son meros eslóganes. Espero que en el futuro, los pequeños hitos, queden reflejados en los manuales de Historia. 

«La historia es conocida. Nietzsche en Turín. Una oscura y borrascosa tarde de invierno rompe a llorar y se abraza a un viejo caballo azotado sin piedad por el cochero. Quizás los hombres se dividan entre quienes consideran ese acto como el comienzo de la locura del filósofo y quienes perciban la grandeza de su alma, y lloren también, un poco, y vean en los ojos del viejo caballo a todos los inocentes bajo la fusta de los bárbaros.»

Quizá si un día hiciera como Marcos Ordóñez y decidiera tomar notas sobre lo que ocurre y sobre lo que me importa, todos estos temas llenarían páginas y páginas. ¿No lo es ya acaso, aunque sea un poco, este blog? Pero seguro que también los lugares seguros y comunes que toca el autor y que ya he mencionado. 

Dice Ordóñez«Hablando puedes decir incontables memeces; escribiendo tienes la oportunidad (y diría que la obligación) de repensarlo.»

Puede que suene a obviedad, pero a mí me parece una de esas conclusiones a las que uno llega cuando ha traspasado una cierta edad.