Cada libro tiene su lector. Cada película, su espectador. ¿Existe un concepto universal que defina qué es el "amor"? ¿Existe un único sentido para el "final feliz"?
No lo creo. Para mí, "Llámame por tu nombre" y "De óxido y hueso" tienen mucho de eso. Lo digo desde la perspectiva de alguien que no cree en las grandes declaraciones, pero sí en los pequeños gestos. Todo sujeto a libre interpretación, claro.
Y ahí están, esas dos pequeñas joyas. Si fueran estaciones del año, una sería el verano y la otra el invierno. Y las dos derrochan una belleza y una emoción contenida, como pocas. Quizá sea esa la razón por la que tengo abandonado el género romántico y ya no me valga lo evidente, lo trillado, ese amor romántico que ya me parece artificioso e irreal. Tan poco reconocible, apenas creíble.
Y, cuando ya estás un poco cansada de lo convencional y te cruzas con esto, caes rendida a sus pies.
Llámame por tu nombre
¿Libro o película? Las dos. La novela, llena de matices, la deliciosa narrativa de André Aciman, la transgresión por atreverse a contar un amor de verano, homosexual, entre un jovencísimo Elio y un Oliver con casi diez años más, con la seguridad que da la edad y aun así, con tanto por descubrir junto a Elio. Un canto a la vida, al despertar sexual, a las Artes, a los pequeños desengaños. Una experiencia sensorial, llena de sensualidad, sensaciones, olores, miradas y desnudez. Y, en mi opinión, con un final perfecto en la novela.
<<... Y no quería palabrería, ni charlas en bici, ni tampoco charlas sobre libros. Simplemente el sol, la hierba, la esporádica brisa marina y el perjume fresco de su cuerpo, de su pecho, de su cuello y de sus sobacos. Cógeme sin más y múdame la piel y pon mis entrañas al aire, hasta que, al igual que el personaje de Ovidio, me mimetice con tu lujuria, eso desearía. Véndame los ojos, cógeme la mano y no me pidas que piense. ¿Harías eso por mí?>>
Una banda sonora tan bella, que ella sola es razón suficiente para ver la película.
De óxido y hueso
Tanta gente afín hablando de ella. Y vaya si merecía la pena. La película. El libro del mismo título -de Craig Davidson-, aunque sirviera de inspiración, no tiene el mismo contenido. Una historia con tantos mensajes para quienes queremos interpretarlos, estudiarlos, vivirlos: superación, libertad, dureza, sinceridad, dolor. Dos personajes unidos por la casualidad, rotos, aferrándose a lo que pueden para continuar, para hacerle un corte de mangas al destino y gritarle que si quiere hundirles tiene que hacerlo mejor, porque ahí están ellos para enfrentarlo. Vivos.
Preciosa, Marion Cotillard, sin rastro de maquillaje, sin nada que oculte al personaje de Stéphanie. ¿Cómo superas un accidente que te ha dejado sin piernas que te sostengan? Quizá solo por tus propios medios y dejando entrar en tu vida a alguien que no va a compadecerse de ti, del que no puedes depender.
Perdido y difícil, Alí (interpretado por Matthias Schoenaerts). Real, inconmovible, distante, poco fiable. Un tipo tan poco recomendable y, a la vez, lo que parece necesitar Stéphanie.
Fijada en mi memoria, por su belleza, la escena en la que Stéphanie se comunica con una de las orcas que amaestraba. Oscura, luminosa, original, trágica y conmovedora. Así es De óxido y hueso. Un placer para los sentidos y para mi corazón.