Yo tengo una hermana, la primogénita. Y nunca la conocí porque falleció a los pocos días de nacer, por contraer meningitis en el hospital. Con unos seis u ocho años yo también pasé la enfermedad y casi no lo cuento, pero esa es otra historia. Mis padres me pusieron su nombre, que era compuesto, pero invirtiéndolo. Curiosamente siempre elegí mi segundo nombre así que, a todos los efectos, me llamo como ella. Después, tras algunos meses de intentar superar la pérdida (intentar es un buen término, mucho mejor que conseguir), nació mi hermano y luego llegué yo. Quien sabe si, de haber sobrevivido, yo estaría aquí.
La hermanita, que es como la hemos llamado siempre en casa, es la niña que fue la causa del prematuro matrimonio de mis padres. Mi madre no tenía ni veinte años, mi padre no había cumplido veinticuatro. Y quedarte embarazada tan joven, casarte sin el pleno consentimiento de tus padres para posteriormente enfrentarte al duelo de tu primera hija me parece hoy, a mis 44 años, un abismo.
Hacia el final de la novela encontré el siguiente párrafo:
Y fue entonces cuando pensé que tenía que hacerlo, que tenía que formular la pregunta. Cogí el teléfono: Mamá, una pregunta que no sabrás a qué viene, pero es que estoy leyendo un libro y no se me quita de la cabeza. La foto de la hermanita... tenerla ¿a ti te consuela, te da alegría conservarla o te da pena? ¿te reconforta poseer este recuerdo físico de ella? Mi madre me contestó que sí, que era una suerte conservar un recuerdo de la niña. El consuelo ganaba a la pena. Aprovechó para enviarme la foto. Volvió a doler un poquito al principio pero terminé sonriendo. En la foto está viva, no como en el caso de los retratados en la novela, pero lo cierto es que siempre ha sido el retrato de un duelo.
Dice una frase: «Al fin y al cabo, no lo hace por dinero, sino por la convicción: la certeza de que la fotografía tiene un sentido, que sirve de ayuda a los que quedan.»
Así que hoy escribo sobre todo esto porque es un ejemplo claro de lo que consigue un libro. Puede que muchos pasen sin pena ni gloria pero, a veces, conectamos de un modo difícilmente explicable. Nos remueve, nos hace pensar, nos lleva a sitios que quizá no queríamos visitar pero que después agradecemos. Nos hace hablar de temas complejos, difíciles e incluso dolorosos. Apartan el velo del silencio. Quizá consiga encontrar el valor para preguntarle a mi madre cómo fue eso de llegar a casa sin bebé, afrontar un entierro y guardar en el trastero todas las cosas que estaban preparadas para la llegada de mi hermana. Y no por mí, creo que a ella le reconfortará contarlo. Como cuando vamos juntas al cementerio y visitamos su lápida. La recordamos. Y allí veo su nombre. Mi nombre.





